Los muertos no ven (Juegos de la mente 4) Capítulo 11
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Capítulo 11

T ristan respondió al móvil al primer tono, pero el bullicio de fondo la hizo vacilar. Por lo visto estaba en una cena de negocios; ¿podía ir hasta allí? Sacaría tiempo para ella durante el postre.

Vale. Tampoco es que tuviera nada mejor que hacer.

Ni que tuviera que trasladar a su padre de la residencia donde estaba a otra nueva.

Ni que tuviera vida propia y pacientes que atender.

Pero la idea de sentarse en casa a darle vueltas una y otra vez, imaginando qué podría haber hecho de otra manera con Harry para que no matara a una mujer que se parecía a ella, cómo podría haber salvado al hombre que había acabado muerto en el suelo de su garaje, resultaba insoportable.

No había buenas respuestas: o era una terapeuta de mierda, o ella y la gente que conocía seguían en peligro.

Pero, aunque alguien hubiera tendido una trampa a Harry, ningún asesino en su sano juicio la atacaría en público.

Y no se le escapaba que los platos sucios del fregadero y la ropa tirada por el suelo quizá tenían algo que ver con su estado actual.

Llevaba dos meses de bajón; de bajón desde que perdió a sus amigos, a su madre y a su hermano, cada uno de una forma distinta, pero todos en la misma semana.

¿Era más temeraria? No mucho; siempre había sido un poco adicta a la adrenalina.

Pero desde luego no parecía importarle tanto como debería.

Cuando sentía ojos clavados en la espalda, miraba a su alrededor, pero no parecía capaz de entrar en pánico salvo en las circunstancias equivocadas…

como cuando alguien hacía una broma sobre veneno.

Seguramente había mandado a Reid a una persecución inútil mientras ella deambulaba por la noche para ir a gritarle a su medio hermano.

El restaurante estaba a solo veinticinco minutos de su casa, y Maggie pasó el trayecto discutiendo consigo misma cuál era la mejor manera de abordar aquello. ¿Debería haberlo hecho por teléfono?

Pero no: si lo hubiera hecho por teléfono, no habría podido tirarle la pulsera a la cara.

Solo quieres estar con alguien que quiera estar contigo, Maggie.

Tristan puede sacarte de quicio, pero no tienes a nadie más con quien hablar.

Si aún se hablara con Sammy y Alex, seguro que le estarían diciendo que no fuera; que solicitara una orden de alejamiento, que lo llamara para ponerlo a parir, que mandara un maldito vídeo en el que dejara caer la pulsera en el río.

Quizá debería llamar. No a Alex, solo a Sammy. Le había mentido, pero había intentado protegerla. Él no había matado a Aiden.

¿Cuánto se tardaba en perdonar algo así? ¿Cuánto tiempo más estaba condenada a permanecer sola? No podía hacer amigos nuevos, y menos amigos como Sam. Cada día era otro día de castigo por un crimen que no había cometido.

Suspiró. Mierda. Owen tenía razón. Entendía por qué estaba enfadada, pero no quería que prolongara su propio sufrimiento. Y empezaba a parecer que eso era exactamente lo que estaba haciendo.

Estaba tan cansada de no tener ningún control.

Por eso en realidad vas a ver a Tristan, Mags.

Bajó la vista hacia los diamantes que centelleaban en su muñeca izquierda.

No se la había puesto ni una sola vez desde que él se la regaló, esperando que se diera cuenta y captara la indirecta; tampoco había dicho una palabra sobre ella.

Había probado de todo, desde decirle que parase hasta ignorar por completo los regalos.

Salvo solicitar una orden de alejamiento, ya no sabía qué más hacer.

Pero si se los devolvía… montaría una escena.

Haría que se avergonzara de sí mismo. Haría que la dejara en paz o sí que involucraría a la policía y dejaría que Reid se encargara de su hermano.

Se había acabado. Por fin iba a tomar las riendas de aquel sinsentido y poner fin al enfermizo juego al que estaban jugando los dos.

Porque podía.

El restaurante estaba bañado en luz de velas. Las notas tintineantes del piano del rincón conferían al local un aire vagamente aristocrático, aunque quizá aquella impresión se debiera a los hombres de traje y corbata, cuyos Rolex centelleaban más que los diamantes de su muñeca.

Tristan estaba comiendo un esponjoso postre de chocolate en la mesa del rincón, solo. Traje negro, sin corbata, camisa desabrochada en el cuello. Alzó la vista al verla acercarse, se levantó y señaló la silla frente a él.

—Te has arreglado bien.

Maggie se miró la ropa: blusa blanca de seda, pantalones negros, chaqueta de cuadros rojos y negros; la misma ropa con la que había ido a trabajar. Has venido a gritarle, Maggie. No caigas en sus gilipolleces. Echó los hombros hacia atrás.

—Y tú te has arreglado como un auténtico capullo. ¿Qué eres, Elon Musk?

Soltó una risita y volvió a dejarse caer en la silla.

—A Elon no le sentarían estos pantalones ni la mitad de bien.

—He recibido tu regalo. Eso es, Maggie, ve directa al grano.

Él enarcó una ceja.

—¿Ah, sí?

—No es apropiado. Y mandar algo tan íntimamente relacionado con Kevin es una bofetada. Un puñetazo en el estómago. Una patada en los⁠—

—Vale, esto ya parece cosa de Mike Tyson, pero sin el ceceo.

Negó con la cabeza.

—Aunque no sé por qué crees que he sido yo.

¿Lo decía en serio?

—Siempre eres tú.

—¿Ah, sí?

—¿Por qué respondes a todas las preguntas con otra pregunta?

—¿Eso hago? —Sonrió y dio un sorbo a su vino—tinto. Como sangre vieja.

Las aletas de la nariz se le dilataron y apretó los dientes en una mueca que esperaba le diera aspecto de estar a punto de soltarle un Mike Tyson en toda la cara.

—Tienes que parar .

Él dejó la copa a un lado.

—Ya he parado.

—Tristan...

Él le sostuvo la mirada. Sus ojos, de un verde brillante, centelleaban bajo las tenues luces del techo. Un color tan parecido al de Dylan. ¿Por qué estás pensando en Dylan ahora, Maggie?

—He querido hacerte regalos —dijo—. Incluso estuve mirando DeLoreans. La persona que destrozó tu coche iba a por mí, y el coche fue un daño colateral. No me pareció justo.

Maggie cruzó las piernas y se recostó en el asiento sin apartar la vista de él. Reponerle el coche que había ayudado a destrozar —el que había quedado hecho añicos mientras ella lo protegía a él— tenía sentido. A Tristan no le faltaba precisamente el dinero.

—Pero me dijiste que parara —prosiguió Tristan—. Unas flores por tu cumpleaños no me parecían para tanto, pero perdiste los papeles.

—Las flores no, pero... —Alzó la muñeca.

Él parpadeó al ver la joya y después la miró a los ojos. Ni rastro de reconocimiento.

La sala quedó inmóvil; el piano enmudeció. Sus vértebras se fundieron en una barra de metal fría.

—¿No reconoces esto?

Él se encogió de hombros.

—¿Debería?

—Me la diste tú. —Se quitó la pulsera y la dejó sobre la mesa, donde centelleó como purpurina derramada—. Solo la he traído para devolvértela. Entonces ¿por qué te la has puesto, Maggie? Podrías haberla dejado en la caja.

Él miró de nuevo la pulsera y después alzó los ojos hacia Maggie.

—Yo no te di ninguna pulsera. Te envié flores por tu cumpleaños. Nada más.

—Dentro del ramo había una pulsera de diamantes. Del ramo que enviaste tú.

—Maggie, no tengo ningún motivo para mentirte sobre esto. Si había una pulsera en mis flores, alguien la metió después de que entregaran el ramo. No era cosa mía. Y te habría regalado algo más personalizado que una ristra de diamantes. —Frunció el ceño ante la joya—. Un cliché de manual.

Claro: su padre de acogida había tenido una joyería. Pero aquello podía ser una pieza única y ella no tendría ni idea. Y además... ¿eran siquiera auténticos? Tragó saliva.

—Entonces... ¿la cometa?

Tristan enarcó una ceja.

—Puede que la pulsera no sea mi estilo, ni el tuyo, pero una cometa todavía menos.

Mierda. No había sido él. Otra persona le había estado enviando regalos. ¿Harry, quizá?

—¿Y las otras cosas? Los sándwiches de corned beef...

Él levantó una mano.

—Te los mandé porque habías pasado la tarde ayudándonos a Reid y a mí a elaborar un perfil.

Él dijo que creía que tendrías hambre, que te habías saltado la comida, y me pidió que te los hiciera llegar.

Fue una decisión conjunta, y desde luego no pensé que fuera a causar ningún roce.

Ni siquiera creo que enviara una nota. Era más una cortesía que un regalo.

Eso... tenía sentido. Incluso las flores que Tristan le había enviado eran algo que podía hacer cualquier amigo; Reid le había regalado por su cumpleaños un dibujo enmarcado de su hermano. ¿Llevaba todo ese tiempo furiosa con Tristan por nada?

—¿Y las entradas para Weird Al? ¿Los billetes de avión? —Le temblaba la voz.

A Tristan se le abrieron los ojos como platos.

—¿Te gusta... Weird Al?

Se le puso la piel de gallina. Podría haber achacado la pulsera a Harry Folsom, pero los billetes de avión, los pases para aquel espectáculo... ¿Con quién se habría encontrado si hubiera ido? Desde luego, no con Tristan.

Pero tampoco podía haber sido Harry. Aquellos billetes se los habían enviado antes de que ella empezara a tratarlo en prisión. Cuando recibió aquel regalo en la puerta de su casa, ni siquiera había conocido a Harry Folsom.

—¿Maggie? ¿Qué ocurre?

—Tenemos que llamar a Reid —dijo.

Tenía un armario lleno de regalos de procedencia desconocida. Y todos podían ser pistas.

La única pregunta era si las conducirían hasta un asesino.