Capítulo 10
—¿ D e verdad crees que alguien está envenenando a los residentes del centro de tu padre...?
—He dicho que no lo sé, ¿vale? —La voz de Maggie salió tensa, ahogada por la banda del cinturón mientras tomaba la salida hacia casa de su padre demasiado rápido y de forma demasiado brusca.
Los neumáticos chirriaron. Su cuerpo se fue hacia delante de un tirón.
El cinturón la catapultó de vuelta contra el asiento.
Pero lo único que sentía era... entumecida. Exhausta.
—Lo investigaré —dijo Reid, con la voz metálica al otro lado del teléfono—. ¿Dorothy te dijo cuándo se produjeron todos esos ingresos hospitalarios?
Maggie negó con la cabeza. ¿Por qué no se lo había preguntado sin más, o llamado a Reid mientras estaba en el hospital? Podría haber dejado que Dorothy hablara directamente con él.
—¿Maggie?
Ah. ¿Estaba negando con la cabeza delante de un móvil? Qué fina. Puso el intermitente y se aclaró la garganta.
—Perdona. No, no me dio fechas. Pero por cómo lo contó, todos parecían recientes, y yo no había oído nada en el hospital antes de que él se cayera.
Porque no estabas allí: estabas en casa lamiéndote las heridas, dejando a tu padre a su suerte en ese apartamento, y por eso se cayó en primer lugar. Le dolía la mandíbula.
—Llamaré a Tristan dentro de un rato y, de camino a casa, me pasaré por la residencia. Si Dorothy no está, hablaré con quien haya por allí y... mierda.
Su voz la devolvió al presente justo cuando el coche que llevaba delante reducía la marcha. Giró a la derecha, esperando que Reid se explicara, que terminara la frase. Pero, cuando lo único que oyó fue su respiración al otro lado de la línea, preguntó:
—¿Reid? ¿Estás bien?
—Sí, es que... estoy conduciendo. Me da mala espina. Resopló, como si quisiera quitarle importancia, pero seguro que sabía de sobra que no podía hacerlo.
—¿Te sigue alguien?
—Si es así, lo va a lamentar. Llevo pistola.
—Reid, no es momento para bromas.
Siempre había pensado que no existía un mal momento para bromear, pero la noche que la rodeaba rebosaba amenaza; cada árbol y cada edificio junto a la carretera podían ocultar a alguien.
—¿No podrías pedir refuerzos o algo así? Owen te vio hoy fuera de la consulta, así que está claro que sabes que hay algo más en toda esta historia de Harry como asesino.
Hubo una pausa.
—Hoy no he estado fuera de tu consulta.
Se le erizó el vello. Le temblaban las manos mientras giraba para entrar en el barrio de su padre.
—¿No... estabas?
Entonces, ¿a quién había visto Owen en el aparcamiento? El silencio se prolongó. Maggie tomó la última calle a la derecha, la de su padre, y se detuvo suavemente en la entrada.
—Maggie, ¿qué pasa? —preguntó Reid al fin—. ¿Por qué creías que yo...?
—Owen vio antes un coche patrulla en el aparcamiento. Al menos, creía que era una patrulla; pensaba que eras tú.
—Si era uno de los nuestros, averiguaré qué hacía allí —dijo Reid—. Pero el jefe se partiría de risa y me echaría de la comisaría si pidiera otra vigilancia después de lo que pasó hace unos meses.
Ah, claro. Reid llevaba en el punto de mira desde el caso de su hermano. Había montado vigilancia las veinticuatro horas, le había costado al departamento un dineral en horas extra, y la asesina había resultado ser su mejor amiga. Maggie ni siquiera había estado en peligro.
Puede que fuera más de lo mismo: otra falsa alarma.
Pero... si el del aparcamiento no era policía, el vehículo resultaba sospechoso. Eso significaba peligro. ¿No? Salvo que fuera cualquier persona que se hubiera detenido a consultar un mapa.
¿Por qué había pensado Owen que era Reid? ¿Qué cosas eran sospechosas y cuáles simples malentendidos? No tenía ni idea. Lo cual significaba que probablemente debería investigarlo todo. Mierda.
Abrió la puerta del coche de una patada y escrutó la carretera, la casa, las sombras, con el corazón martilleándole en las sienes. Nada se movía.
—Mi padre... Puede que un hombre fuera a verlo al hospital, pero no sé si era un visitante de verdad o un celador. Papá pensaba que era Kevin.
—Le pediré a Tristan que lo averigüe. El hospital tiene cámaras, así que debería ser fácil.
—Gracias. Y quiero volver a hablar con Harry.
El césped cedía mullido bajo sus zapatos, como si caminara sobre almohadas. Dios, estaba agotada.
—Bien —dijo él—. Iba a preguntarte si podías pasarte por comisaría.
—¿Ibas a...?
Maggie se quedó paralizada a mitad de los escalones, pero no por Reid.
La caja que había ante su puerta no tenía marcas, como siempre, y aquella noche resultaba especialmente siniestra.
Maggie subió el último escalón hasta el porche.
¿Siniestra? No, solo era otro regalo. Pero aquel día le picaban los dedos por abrirla.
No podía soportar ni una sorpresa más: necesitaba saber qué había dentro.
A diferencia de los demás problemas que se arremolinaban en su cabeza, aquel era un misterio que podía resolver enseguida.
—Sí, se justifica otra entrevista —prosiguió Reid—.
Hemos encontrado sangre de Joel en el edificio de apartamentos de Harry.
Y también de Cara. Tiró la ropa, pero no limpió el conducto de la basura.
Además, había unas gotas de sangre dentro de su apartamento.
Son pruebas de ADN que lo relacionan con los dos asesinatos.
Así que... era Harry. Joder. Con razón Reid no la vigilaba, con razón no necesitaban un coche patrulla.
—¿Hay cámaras en las escaleras? ¿Alrededor del edificio? Quiero decir, ¿y si alguien entró en su casa?
—No hay cámaras —dijo Reid despacio—. Y tampoco señales de entrada forzada; lo comprobé. Pero quizá a ti te cuente más de lo que me ha contado a mí. Lo tuve una hora en interrogatorio y no dijo ni una palabra.
Maggie se agachó junto al paquete y metió la llave bajo el borde de la cinta adhesiva. Al no responder, Reid preguntó:
—¿Sigues ahí?
—Sí, aquí estoy. La psicóloga de mierda a tu servicio. Pasó la llave por la línea de cinta.
—Entonces... ¿mañana? —preguntó él.
Volvió a asentir, se dio cuenta de lo que hacía y respondió:
—Sí. Estaré allí por la mañana.
La cinta del otro lado del paquete se rasgó limpiamente. Las solapas se abrieron. Vaya. Maggie frunció el ceño al ver el contenido de la caja. ¿Tela? ¿Una camiseta? Se sujetó el teléfono entre el hombro y la oreja y sacó el regalo a la luz del porche.
El ácido le subió por la garganta, le quemó el esófago, le abrasó el corazón.
No era una camiseta: era una cometa de Bert y Ernie.
Kevin le había regalado el muñeco cabezón de Epi para el escritorio cuando eran adolescentes.
Él todavía llevaba a Blas en el salpicadero cuando metió el coche en el río.
Blas lo había visto morir. Y aquello... era como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el estómago.
—Maldita sea, Tristan —masculló.
Los diamantes y las entradas para conciertos eran una cosa, pero tratar de apropiarse de una broma privada, de algo que compartían ella y su casi prometido muerto...
—Sigo siendo yo —dijo Reid.
—Perdona. Tengo que colgar.
La llamada se cortó antes de que lograra pulsar el botón, pero Maggie no era capaz de asimilar lo que aquello significaba. No podía apartar los ojos de la cometa; habría sido tan perfecta si se la hubiera enviado Kevin. Pero no era así.
No era así.
Le escocían los ojos, pero el fuego que le ardía en el pecho era más caliente, más brillante. Aquello era pasarse de la raya. Dolía. Era una ofensa.
Los dedos de Maggie se cerraron como garras sobre el cartón.
Había estado desesperada, sola; se había equivocado al no enfrentarse a aquel comportamiento con más contundencia.
Era... estúpido. Pero había llegado el momento de poner fin a aquel juego.
Reid podía seguir trabajando con Tristan como estaba haciendo esa noche, pero ella había terminado.
Estaba harta de que todo en su vida escapara a su control.
Maggie entró en la casa y se dirigió al dormitorio. Tenía algo que devolver antes de cortar para siempre con Tristan.