Los muertos no ven (Juegos de la mente 4) Capítulo 9
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Capítulo 9

E l asesino observaba el Bronco de Reid, que zigzagueaba entre el tráfico. Claro que él no se consideraba así: un asesino. Era una palabra demasiado simple.

Era un amante, no un luchador, aunque no le importaba luchar cuando hacía falta. Era la ley de la selva: matar o morir. En el fondo, todos eran animales.

Reid dio un volantazo y el camión de detrás hizo sonar el claxon. Junto a la oreja del detective brilló un puntito de luz: el móvil. ¿Estaría hablando con Maggie? ¿Qué le estaría diciendo? ¿Que el mundo era peligroso, que él era el único capaz de protegerla?

La idea era ridícula. El detective apenas era capaz de ver lo que tenía delante de las narices. Mientras Reid vivía en su propio mundo, lidiando con asesinos y con su niñato de mierda, este rey de la selva había estado en aquel club.

Con Maggie.

Los vaqueros eran una cárcel, y la erección le rozaba dolorosamente la cremallera.

¿Se sorprendería ella al descubrir lo cuidadosamente que había preparado aquellos encuentros, lo meticuloso que había sido para asegurarse de que lo eligiera a él cada vez?

Al final tendría que enterarse... ¿no? Quizá no.

Aún no lo había decidido. Era flexible; uno tenía que ser flexible.

En el amor y en la muerte. Un trozo de cristal, un tubo, una esquirla de metal: todo servía.

Había cientos de maneras de resolver un problema si eras listo.

Él nunca había sido demasiado listo, pero su padre siempre decía que era astuto.

Ladino. Le había bastado para acercarse a ella.

Pero el sigilo ya no bastaba.

Había saboreado el cuerpo de Maggie. Ahora quería que se entregara a él en cuerpo, mente y alma.

Era una forma cursi de pensar, una chorrada new age en cualquier otro contexto, pero le parecía adecuada.

La posesión no era algo que pudiera imponerse por la fuerza.

Podías doblegar a alguien a tu voluntad mediante el dolor y la manipulación.

Pero poseer era más complicado. El acto de rendirse se posaba sobre la carne como una gasa, una película emocional que te volvía más ligero.

La auténtica sumisión también era profunda, densa y viscosa, lo bastante poderosa para ahogar las penas, para sofocar el odio que acechaba dentro de ti.

Y ella era quien podía darle aquello; podían dárselo el uno al otro. Estaba seguro. Nunca había estado enamorado, pero sabía que podía sentir eso por Maggie. Quizá ya lo sentía. Quizá incluso tendrían hijos, una vida... una vida de verdad.

Nunca le había importado nadie como le importaba ella. Y si fracasaba en esto, si fracasaba con Maggie...

El Bronco de Reid dio otro volantazo y se aferró al volante con más fuerza.

Capullo . Amante, luchador: sería puro animal si lo encerraran en una habitación con el detective.

Le hundiría una hoja en el vientre. Metería un dedo en la herida, la abriría, la estiraría, la desgarraría hasta tener la mano metida en las tripas de Reid hasta la muñeca.

Pero ahora no era el momento. Levantó el pie del acelerador y dejó que el coche se rezagara. Dos coches por detrás, luego cuatro, cinco, hasta que acabó siguiendo a un Caprice rojo con una pegatina en el parachoques que decía Blue Lives Matter. Le pareció una premonición, una provocación. No...

Un desafío .

Si tenía que matar a Reid, lo haría con cuidado.

Aunque el hombre había demostrado ser un apoyo poco fiable, Maggie no querría que muriese.

Tal vez un accidente de coche o un tiroteo; muerto heroicamente en acto de servicio.

No veía motivo para permitir que relacionaran la muerte de Reid con las otras muertes.

Su ausencia por sí sola bastaría para dejarla vulnerable.

Y bastaría; ya había bastado antes. Nadie había sospechado jamás que su asesinato más útil hubiera sido otra cosa que un accidente.

El camión de delante pegó un frenazo y él hizo lo mismo; el cinturón de seguridad le dio un tirón en el hombro, como si intentara retenerlo físicamente.

Sí, tendría que contenerse. Maggie le había enseñado algo sobre eso: paciencia .

Frunció el ceño y fulminó con la mirada los pilotos traseros del camión.

Podía controlar sus impulsos más oscuros. Todo el tiempo que fuera necesario.

Todo era un medio para alcanzar un fin. No era un monstruo.

Simplemente estaba enamorado. Y eso no era malo, ¿verdad? Se habían escrito un millón de canciones sobre eso mismo y, con ella, por fin las comprendía. El amor era un bálsamo contra el mal. El amor era la salvación.

La noche en que conoció a Maggie, la noche en que olió su sudor por primera vez, fue la noche en que cambió para siempre. Desde entonces perseguía aquel subidón.

El amor lo salvaría; ella lo salvaría. Y él la salvaría a ella.

Lo esperase o no.