Los muertos no ven (Juegos de la mente 4) Capítulo 8
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Capítulo 8

C uando por fin salió de la consulta, no había ningún coche patrulla esperándola en el aparcamiento, y no sabía si aquello era bueno o malo. O Reid había cambiado de opinión y tenía pruebas de que Harry había cometido los crímenes, o le daba igual lo que pudiera pasarle.

¿De verdad esas eran las únicas opciones?

Claro que no. Pero estaba demasiado cansada para averiguar cuál era cierta...

demasiado distraída. Las fotos del móvil de Reid la acompañaron hasta el hospital, sentadas de copiloto entre sus orejas, susurrándole que cada semáforo en rojo podía ser aquel en el que un desconocido saliera reptando del asiento trasero y le apretara un cuchillo —o unos dientes afilados como cuchillas— contra la garganta.

Pero llegó al hospital sin incidentes. El aparcamiento estaba libre de miradas indiscretas, aunque eso no impidió que un hormigueo le recorriera la columna.

El hombre que había hecho aquello estaba entre rejas, o al menos eso intentaba convencerse hasta que tuviera pruebas de lo contrario.

E incluso si era verdad, no estaba segura de que fuese a sentirse mejor.

¿Cómo había podido no darse cuenta de lo enfermo que estaba?

Quizá era pésima en su trabajo. Quizá debería dejarlo todo: la consulta, las colaboraciones con la policía y, sobre todo, el trabajo en la prisión.

Pero había cosas que no podía abandonar sin más. Su padre era una de ellas.

El hospital estaba tranquilo a esas horas, pues hasta los médicos tenían que cenar y, en aquella ala, la cena solía servirse temprano.

Como si quisiera demostrarlo, una bandeja medio vacía descansaba en un carrito metálico con ruedas junto a la cama de su padre; la esquina reblandecida de un sándwich de pavo yacía al lado de un cartón de zumo vacío.

Su padre estaba reclinado, con el pelo blanco surcado de vetas de un naranja rojizo que, si entornabas los ojos, podían pasar por sangre.

Maggie mantenía los ojos muy abiertos, como una rana toro, pero cada parpadeo le recordaba que la mujer del sótano podría haber sido ella.

Sus párpados podían estar en algún sitio, dentro de un tarro, con aspecto de uñas postizas... pero con pestañas.

Su padre levantó la mirada al acercarse ella.

—Ese sándwich era asqueroso —dijo, señalando la bandeja—. Hazme uno de jamón y pimientos amarillos.

Exigente. Pero ni rastro de reconocimiento.

—Puedo preguntar si te traen otro sándwich —respondió con alegría; demasiada alegría, tan empalagosa que le dolían los dientes.

Maggie se detuvo al pie de la cama y apoyó una mano en el piecero, junto a la pierna sana de su padre.

La otra estaba vendada y escayolada desde el muslo hasta el talón, tres veces más gruesa que la primera.

No alcanzaba a verle los dedos bajo la manta, pero estaba bastante segura de que los del otro lado seguían azules y verdes... amoratados.

—¿Cómo te encuentras?

Él sonrió, pero las comisuras de los ojos permanecieron tensas.

—Dicen que pronto podré volver a casa, y eso está bien. Seguro que mi mujer me echa de menos.

Maggie mantuvo la sonrisa pegada a la cara, aunque le dolía la mandíbula.

Un mal día para su memoria. Muy malo. Sus padres se habían divorciado hacía mucho, y su madre había abandonado el país pocos días después de que encontraran los huesos de Aiden en un pozo.

Pero su padre... seguía sonriendo. Sonriendo a pesar del dolor porque su mujer le echaba de menos.

En momentos así, Maggie casi deseaba el olvido que brindaba la demencia.

Su hermano, aún vivo; su madre y su padre, todavía juntos; mamá en casa, esperando a que él regresara.

Y la propia Maggie, gloriosamente intacta en vez de una cáscara hecha de fragmentos afilados, pegados de cualquier manera y lijados por un sádico hasta que solo parecían lisos.

Pero bastaba mirarla con atención para descubrir la verdad: el dolor.

Parecía estar bien, pero se sentía hecha añicos.

Su padre ladeó la cabeza. Esperaba una respuesta.

—Qué bien —consiguió decir—. Seguro que tienes ganas de volver a casa.

Se movió y la palma se le quedó pegada al plástico del piecero. Puaj. Se limpió la mano en los pantalones.

—Hola.

Maggie dio un respingo y se volvió hacia la voz. Era aguda y amistosa, pero tenía los nervios tensos como cuerdas de violín.

Dorothy Cosgrave no pareció advertir lo alterada que estaba Maggie.

La directora del complejo residencial para mayores donde vivía su padre siempre le había recordado un poco a Rosie, de El cantante de bodas .

Ese día lucía uñas color chicle, pintalabios rosa oscuro y una gruesa capa de sombra de ojos beige, que se le había acumulado en las arrugas de los párpados formando pliegues.

—Señora Connolly...

Doctora. Pero Maggie no se molestó en corregirla.

Estaba imaginando qué aspecto tendría Dorothy sin aquella sombra de ojos, sin párpados.

Inspiró, parpadeó y apartó a la fuerza la imagen de sus ojos sin párpados, pero la forma en que Dorothy la miraba ahora no le gustó más.

Tenía la expresión desencajada, angustiada.

Estupendo. ¿Qué más? Maggie abrió la boca para preguntarle qué ocurría, pero Dorothy se le adelantó.

—Me han dicho que a su padre le darán el alta dentro de dos días.

Dorothy señaló la cama con un gesto de la cabeza. Maggie miró de reojo, pero su padre había vuelto a cerrar los ojos, como si la voz de Dorothy lo hubiera aburrido hasta dejarlo dormido en el acto.

Maggie se volvió hacia ella.

—Hoy no he hablado con los médicos, pero la última vez que hablamos pensaban darle el alta mañana. Aún tengo que hablar con ellos de la rehabilitación. Necesitará fisioterapia.

—Sí, eso he oído...

La voz se le apagó. No era de eso de lo que Dorothy había ido a hablar.

—¿Qué ocurre? ¿Ha pasado algo...?

—Tenemos que trasladarlo de forma permanente a una residencia con atención de enfermería las veinticuatro horas.

Dorothy cuadró los hombros.

—Si lo sacamos del apartamento antes de que le den el alta, podrá pasar allí la convalecencia.

La palabra convalecencia hacía que sonara como una frágil dama de la época de Orgullo y prejuicio que necesitaba varios meses para reponerse de los vapores.

Pero, aun así, a Maggie se le hundió el corazón.

Llevaba mucho tiempo esperando aquel día; años, si quería ser completamente sincera.

El complejo residencial había podido atenderlo cobrando un suplemento por planificar y llevarle las comidas, además de hacerle visitas de control extra junto con las visitas habituales de Maggie.

Pero la demencia era una bestia. A medida que él se le escapaba mentalmente, también se escapaba de sí mismo: de su autocontrol, de su capacidad para evaluar lo que le rodeaba, de su capacidad para atender sus propias necesidades.

Dorothy seguía mirándola.

Maggie suspiró.

—Supongo que ya habrás empezado con el papeleo, ¿no?

Dorothy asintió.

—El proceso de traslado será complicado, pero no podemos atender⁠—

—He dicho que lo sé —espetó Maggie.

Los ojos de Dorothy se abrieron tanto que ocultaron la sombra de ojos cuarteada; otra vez, sin párpados. Maggie había acertado al imaginar cómo se vería sin ellos.

—Perdona —rectificó—. Es que… ha sido un día muy largo.

Si quieres ponerlo en marcha, firmaré lo que necesites.

Pero necesitaré tiempo para vaciar el apartamento y llevar las cosas al otro lado de la calle.

Justo después de comprobar que el asesino detenido es el asesino que estamos buscando. ¿Debería volver a comisaría esta noche?

—Sería mejor que lo dejáramos resuelto antes de que le den el alta —dijo Dorothy.

Eso sería dentro de dos días. Maggie se quedó mirándola.

Dorothy apartó los ojos.

Jodidamente perfecto. Pero la mujer tenía razón: sería mucho más fácil trasladar las cosas de su padre si él no estaba allí, gritándole durante todo el proceso.

—De acuerdo. Lo… — reza por un milagro — haré.

—¿Para mañana? Si no puedes hacerlo tú misma, pediré al personal⁠—

—No, lo haré yo.

Aquel apartamento contenía todo lo que le quedaba: las únicas cosas que todavía reconocía. La idea de que un desconocido toqueteara sus pertenencias sin extremar el cuidado, después de todo lo que ya había perdido… No podía hacerle eso. Tampoco querría que nadie se lo hiciera a ella.

—Lo tendré listo para mañana —repitió.

De todos modos, no iba a dormir.

Dorothy asintió y se le relajaron los hombros, al parecer satisfecha.

A Maggie se le erizó el vello al ver aquella cara de suficiencia, aunque quizá no fuera justo.

La mujer solo trataba de hacer su trabajo.

Pero… qué raro. El personal del complejo para jubilados y de la residencia asistida anexa no iba normalmente al hospital; Maggie jamás había visto allí a nadie de las oficinas del centro.

—¿Has venido solo para pedirme que saque las cosas de mi padre? —preguntó Maggie.

Eso podía haberse resuelto con una llamada.

Dorothy negó con la cabeza, pero su mirada se afiló.

—Claro que no. Ahora mismo tenemos a seis pacientes ingresados. Quería pasar a ver a quienes no tienen familia. Y a tu padre, por supuesto, aunque él ha tenido la suerte de recibir unas cuantas visitas extra.

Alzó una ceja.

Pasar a ver a quienes no tienen familia. ¿Era una pulla? Maggie no había pisado el complejo en las últimas dos semanas. Pero ¿seis pacientes?

Frunció el ceño.

—Son muchos ingresos para un centro de vuestro tamaño.

Dorothy asintió.

—Desde luego: el triple de lo habitual. Durante unos días, llegué a pensar que alguien había echado algo en el zumo.

Soltó una risita, pero a Maggie se le secó la garganta. Los ojos se le fueron a la botella de plástico de la bandeja de su padre. La botella vacía. Los ojos cerrados de su padre. Su pecho seguía subiendo y bajando, subiendo y bajando.

¿De verdad podía tratarse de un envenenamiento? ¿Había ido el asesino —Harry u otra persona— a por su padre antes de matar a los demás aquella semana y simplemente no había conseguido acabar con él? Papá jamás se había desplomado así, y unos cuantos fármacos podrían haberlo empujado al…

—Estoy bromeando, querida —dijo Dorothy, posando las yemas de los dedos sobre el brazo de Maggie—. Pareces aterrorizada. ¿Te encuentras bien?

No. No estoy bien en absoluto.

La mano de Dorothy estaba fría y seca, como papel. Como si llevara días muerta y el viento le hubiera sorbido la humedad de la carne.

—Solo estoy cansada.

—Bueno, no te quitaré más tiempo —dijo Dorothy, volviéndose para marcharse.

Pero Maggie la agarró del brazo. ¿Qué más acababa de decir? Algo sobre…

Dorothy parpadeó y Maggie la soltó.

—Perdona, ¿has dicho que ha tenido… otras visitas?

—Sí. —Dorothy miró hacia la cama y asintió—. Mencionó que un hombre había venido a verlo esta tarde.

—¿Un hombre? ¿Qué hombre?

Odiaba el filo de su voz, el pánico.

Dorothy frunció el ceño.

—No tengo ni idea; yo no lo vi. Tu padre lo mencionó de pasada. Desde luego, no parecía angustiado, así que no era nadie con quien estuviera enemistado.

El estómago de Maggie se revolvió: las tortillas de taco librando una batalla contra el pollo y los chiles. ¿Tendría algo que ver aquel desconocido con el caso? Tal vez alguien vigilaba para averiguar a quién le importaba. Tal vez su presencia allí estaba poniendo a su padre en peligro.

Tengo que llamar a Reid.

—¿Has visto a alguien más por aquí? —preguntó Maggie—. ¿Guardias, civiles, otras personas que no parezcan tener nada que hacer aquí?

Los ojos de Dorothy volvieron a abrirse, aquellos párpados que desaparecían por arte de magia.

—¿Guardias? ¿Por qué iba a haber…?

—Por nada —cortó Maggie—. Pero si por casualidad te enteras de quién estuvo con mi padre, ¿me llamarás? Preguntaré a las enfermeras al salir, a ver si han visto a…

—Era Kevin.

Ambas se volvieron hacia la cama. Su padre tenía los ojos muy abiertos, convencidísimo, pero se equivocaba. Era evidente que se equivocaba.

—Ah, sí. Así lo llamaba tu padre —dijo Dorothy—. Kevin. Lo siento, se me había olvidado.

Kevin.

El corazón se le hundió. Quizá solo fuera un auxiliar, alguien a quien había confundido con su prometido muerto.

Su padre continuó:

—Quería saber si podía llevar a mi hija al baile del instituto. Le dije que yo no era su guardián, que tenía que preguntarle a ella . Toda esta mierda misógina.

Negó con la cabeza, asqueado.

Dorothy ladeó la cabeza y se volvió hacia Maggie.

—¿Quién es ese Kevin?

Pero Maggie ya no podía mirar la sombra de ojos cuarteada de Dorothy, ni aquella cara tan empapada de lástima. Ya no podía soportar la certeza de la mirada de su padre.

Estaba tan seguro. Y se equivocaba tanto.

Quizá de ahí le viniera a ella.