Capítulo 7
C uando llegó a la consulta, ponerse al día con el papeleo era una causa perdida, pero fue lo mejor: tampoco habría sabido cómo plasmar sus pensamientos sobre el papel.
Las imágenes del móvil de Reid la perseguían.
A lo largo de los años que llevaba colaborando con la policía en casos de asesinos en serie, había visto cosas peores, o al menos igual de horribles.
Pero aquello era distinto. El cuerpo de la pelirroja parpadeaba en su mente como una animación entrecortada: se movía, alzaba la cabeza hasta mirarla de frente con aquellos ojos despellejados.
Y con igual frecuencia veía su propia cara, sus propios iris devolviéndole la mirada desde aquellas cuencas sin párpados.
Aquello iba por ella. La víctima podría haber sido Maggie.
Y aún podía acabar como Cara.
Reid creía que tenían al hombre adecuado, pero Harry no le cuadraba como sospechoso. Aquel club sexual había hecho tambalear la confianza de Reid en su criterio; notaba la distancia entre ambos. Sentía su desconfianza como agujas clavándosele en la piel.
Pero no era la primera vez, ¿verdad? Reid tampoco había confiado en ella cuando su medio hermano estuvo bajo sospecha, y Maggie había demostrado que Tristan era inocente pese a él.
¿Tendría que hacer lo mismo esta vez? Si la policía creía que ya había atrapado al culpable, no buscaría a otro sospechoso.
La confesión de Harry podía ponerla aún más en peligro.
Debería habérselo dicho mientras seguía en la sala de interrogatorios.
Volvería. Tenía que volver. Aunque Reid le había asegurado que seguía investigando, intentando confirmar la confesión de Harry, no creía que pudiera dejar el asunto hasta que tuvieran una prueba concluyente.
Y sí, quizá le gustaba estar cerca de Reid.
Quizá simplemente le gustaba estar cerca de... alguien. Cualquiera.
Maggie se acomodó en la silla tras el escritorio, con el estómago hecho un nudo y los ojos llenos de arenilla.
El muñeco cabezón de Bert sobre la mesa asintió; Kevin se lo había regalado en el instituto.
Él llevaba a Ernie en el salpicadero cuando condujo el coche al río.
El Salto del Muerto: así había llamado siempre Sammy al puente de Fernborn, y Maggie nunca había pasado por alto que tirarse de cabeza era un acto deliberado.
Mierda. ¿Debía llamar a Sammy y a Alex? Sammy trabajaba en la fiscalía, así que seguro que el cotilleo ya le había llegado, de esos que corren de boca en boca por todo el pueblo. Pero Alex...
Maggie apoyó los codos en el escritorio y dejó descansar la pesada cabeza sobre los puños.
El gesto se parecía tanto a Harry llorando sobre la mesa de acero inoxidable que le escocieron los ojos.
¿De verdad era culpable Harry? ¿Había alguien más en peligro?
¿Lo estaba ella? Aunque su pasado se hubiera usado como modelo para los asesinatos, el asesino la había dejado tranquila.
La puerta de la consulta la arrancó de sus pensamientos. Que empiece la función.
Sus dos primeros pacientes pasaron deprisa.
Un paciente nuevo, seguido de J.D., un exconvicto con un tatuaje de lágrima.
Logró mantener la concentración en él, pero cada vez que vislumbraba aquella lágrima veía los ojos llorosos de Harry, sus hombros sacudidos por los sollozos.
¿Y si también se equivocaba con J.D.? Y, peor aún, ¿y si no se equivocaba con Harry?
¿Y si el asesino seguía ahí fuera, todavía con hambre de sangre?
Pero sentir la amenaza como una niebla siniestra no significaba que fuera real. Ya se había equivocado antes. Y esta vez no deseaba nada tanto como estar equivocada.
A pesar de las dos horas de tensión insoportable, el estómago le rugía cuando acompañó a J.D. hasta la puerta. Le palpitaba la cabeza, tenía las costillas agarrotadas por el estrés de... yo qué sé ... que uno de sus pacientes hubiera matado a dos personas por su culpa.
Pero un estómago hambriento no espera a nadie.
Maggie pidió tacos para ella y Owen en el local de más arriba, esperando que él tuviera hambre, y garabateó unas notas para distraerse mientras aguardaba.
Apenas lo consiguió. La mirada se le iba una y otra vez hacia la mesa bajo la ventana, hacia el guante de béisbol de su hermano y una foto de Aiden y ella, ambos sonriendo.
Entonces las cosas eran más sencillas. Era una friki monumental, pero tenía a Sammy, tenía a su familia y no era el centro de ninguna oleada asesina.
¿Lo ves? Sencillo. Solo quería un año en el que nadie muriera por su culpa. ¿Era tanto pedir?
Cuando por fin llamaron a la puerta con el pedido, pagó al repartidor con su último billete de veinte y, de camino de vuelta a su escritorio, dio unos golpecitos en la puerta de la consulta de Owen.
Desde que Sammy y Alex habían quedado al margen, ella y Owen habían empezado a comer juntos casi todos los días.
Puede que él lo hiciera porque le daba lástima, pero estaba atravesando un divorcio turbulento.
Los dos necesitaban un respiro. Los dos necesitaban un amigo.
Owen parecía de bastante buen humor al entrar en su consulta, aunque tenía las comisuras de los ojos tensas y las escleróticas inyectadas en sangre. Se dejó caer en la silla, pero sonrió con viveza cuando ella abrió la bolsa y le pasó un taco crujiente y un plato.
—Ha salido un nuevo directorio de terapeutas —dijo, inclinándose para servirse pollo con una cuchara en el taco—.
Tiene una interfaz que empareja terapeutas y pacientes según la especialidad, pero incorpora algunas funciones más.
Los pacientes pueden filtrar por un montón de factores que no aparecen en las otras páginas.
La conversación era tan mundana, tan normal , que le sentó como una bofetada. Y era justo lo que necesitaba: que alguien la abofeteara para sacarla de su propia cabeza. Maggie mordió el taco, masticó y dijo:
—O sea, que si buscan a una psicóloga a la que le guste Dungeons & Dragons y tenga un sentido del humor retorcido — y un psicópata pegado al culo —, ¿pueden pinchar en mi perfil y llamar a la consulta?
Owen asintió.
—Más o menos. Puede traernos muchos clientes nuevos.
Pero Maggie sabía lo que estaba pensando: Clientes que no estén en libertad condicional. A Owen le molestaba mucho que atendiera a presos... o a expresos. Siempre se preocupaba por ella, incluso cuando no tenía a un maníaco persiguiéndola. Y aún tenía que contarle lo de Harry.
No quería para nada contarle lo de Harry.
—Genial —dijo—. ¿Necesitas que me cree el perfil o vas a hacer uno para toda la consulta?
—¿Toda la consulta? ¿Tú y yo? —Se rió por lo bajo, aunque la risa no llegó a sus ojos azules. Con aquel pelo rubio platino, tenía un aire curioso, como de surfista reconvertido en profesor de teología. —Ya me encargo yo. Copiaré tu perfil de alguna de las otras páginas. Me vendrá bien distraerme.
Ay, Ay. Apartó el plato.
—¿Cómo estás? Quiero decir, aparte de volver a acostumbrarte a ser un tío soltero.
Owen llevaba tiempo peleándose con su mujer en los tribunales, pero parecía que el novio-abogado de ella había ganado...
de momento. Iba a llevarse a sus hijas a California, dejando a Owen condenado a coger aviones de ida y vuelta para ver a las niñas, que aún estaban en primaria.
Maggie no conocía demasiado a Katie, pero sospechaba que la mujer se había echado al mejor abogado que pudo encontrar solo para joder a Owen.
De hecho, había sido la mujer de Owen quien le había hablado de la existencia del club, pero a él ya le había escandalizado bastante con solo oír hablar del sitio.
—Está siendo... duro —dijo—. Ya lo sabes. Al menos las niñas vuelven a casa dentro de un par de días, para pasar el verano. —Cogió otra tortilla, pero no hizo ademán de rellenarla. Seguramente intentaba mantener el tipo para el resto de sus pacientes—. ¿Qué tal la mañana? —preguntó.
—Bien. Mentira .
Entrecerró los ojos.
—¿Seguro? He visto una patrulla en el aparcamiento.
Bajó el plato al escritorio.
—¿La has... visto?
—Sí. —Le dio un mordisco al taco, tragó y prosiguió—. —Desde la ventana no distinguía bien, pero estoy casi seguro de que era Reid. Pensé que había venido a verte, pero luego no entró. ¿Vosotros estáis... bien?
Reid le había dicho que creía que Harry era su hombre...
, pero aun así se había pasado por allí.
Sintió un calor en el pecho y parte de la tensión se disipó, aunque seguía enfadada.
¿Por qué Reid no le decía sin más que la creía?
¿Que sabía que no estaba loca? Y... tampoco eran buenas noticias que pensara que necesitaba protección.
Miró hacia el escritorio. Bert la contemplaba fijamente.
—Seguís distanciados, ¿eh? Lo siento. —Owen le dio otro mordisco al taco—. Entonces, si no venía a verte... ¿vas a contarme por qué está vigilando nuestra consulta?
Si no me queda más remedio. Suspiró.
—Harry Folsom, un hombre al que traté, mató la semana pasada a una mujer que se parecía a mí y ayer a alguien más que conozco... — conocía —. Incorporó a los asesinatos detalles del día que desapareció mi hermano y de mi agresión. Ahora está detenido.
Pero si Reid había estado allí, si Reid la estaba vigilando... ¿de verdad habían detenido al asesino? El tiempo lo diría.
—Joder, Maggie. —Owen abrió mucho los ojos, dejando bien visible el blanco alrededor de los iris. Estaba «en shock», como dirían los hijos de Sammy. Dios, cómo los echaba de menos. A Sammy también. Sí, tengo que llamarlo para contárselo. Seguramente Reid ya lo habría hecho.
—Lo sé. Pero la policía está en ello...
—Quieres decir que Reid está en ello. —Le guiñó un ojo.
No le gustaba que trabajara con pacientes peligrosos —o que lo hubieran sido en el pasado—, pero le había acabado cogiendo cariño a Reid, probablemente por la misma razón que Sammy: el detective parecía mirar por ella y, en más de una ocasión, la había mantenido fuera de peligro.
—Sí. Eso es lo que quiero decir.
Owen frunció el ceño.
—Pero si lo tienen detenido, ¿por qué Reid se ha pasado por aquí como un acosador?
—No estoy segura de que Harry sea culpable. Ha confesado, pero me parece más un chivo expiatorio.
—Confío en tu criterio, Mags.
Con solo oírselo decir, se le relajaron los hombros. Gracias, tío.
—Entonces ¿qué vas a hacer? Quiero decir, no me hace ninguna gracia que te metas en otro caso de asesino en serie...
Claro que no.
—Te entiendo. De momento, pienso llamar a Reid al salir del trabajo para ver qué más han averiguado —y darle todos los detalles que pudiera sobre el club.
Por su cuenta no llegaría muy lejos en ese frente: los datos estaban bloqueados, incluidos los suyos.
Pero ella quizá tuviera más suerte que la policía—.
Necesito tiempo para asimilarlo. Me he enterado esta mañana, he ido a entrevistar al tipo, después he tenido pacientes y esta noche tengo que ir al hospital...
—Joder, me había olvidado de tu padre. —Se echó hacia atrás y se cruzó un tobillo sobre la rodilla contraria, igual que hacía Reid. Solo que, cuando Reid lo hacía, significaba que estaba estresado. Cuando lo hacía Owen, por lo general solo intentaba ponerse cómodo—. ¿Cómo está?
—Le darán el alta dentro de unos días, pero no sé qué tal se apañará en el apartamento. Parece que está...
—Deteriorándose —terminó Owen cuando ella no fue capaz de decirlo.
Maggie asintió.
—Dime qué puedo hacer para ayudar —dijo—. Lo que necesites.
—¿Quieres llamar a Alex de mi parte?
No se había dado cuenta de que lo estaba pensando hasta que las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Él enarcó una ceja.
—Claro, supongo. ¿Y qué le digo?
—Ni siquiera lo sé. Que un paciente al que quizá le gustaba había asesinado a dos personas, pero estaba detenido.
Que, aunque alguien estaba imitando crímenes relacionados con su pasado, nadie había ido a por sus seres queridos ni a por ella misma.
Incluso si Alex y ella hubieran estado hablándose, la conversación habría resultado incómoda.
—Supongo que cuéntale lo que te he dicho sobre Harry.
Owen clavó los ojos en ella.
—Lo haré, claro que lo haré, pero ¿estás segura de que no quieres llamarla tú? Quiero decir... entiendo que no quieras, pero tampoco quiero que sufras, no quiero que prolongues este dolor si aún hay margen para una reconciliación. Y esto se parece mucho a... —Se mordió el labio—. Perdona, yo...
—No tienes que disculparte. Parece que me estoy castigando más a mí misma que a ellos, ¿verdad?
Frunció los labios, pero no dijo nada más. No le hacía falta.
Puñeteros psicólogos.