Los muertos no ven (Juegos de la mente 4) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Le faltaba aire; los pulmones se le habían quedado demasiado pequeños.

Otra vez con el no lo sé . Pero ambos crímenes se habían cometido con objetos encontrados allí mismo; era posible que, en pleno frenesí, ni siquiera registrara qué arma había cogido.

Y si se había disociado, si se le habían activado las respuestas al trauma, olvidar el episodio entraba dentro de lo posible.

—¿Y Cara? —preguntó—. ¿Recuerdas con qué la apuñalaste?

Harry frunció el ceño.

—Con cristal.

Sí . Con Cara tenía razón. Y eso solo podía saberlo el asesino. Entonces, ¿por qué su confesión seguía pareciéndole equivocada?

—¿Cuántas veces apuñalaste a Joel?

Negó con la cabeza.

—No quiero hablar de eso.

—No pasa nada, Harry.

A Maggie le dolían las manos. Bajó la vista hacia los dedos entrelazados. No se había dado cuenta de que también tenía los puños sobre la mesa, de que estaba imitando la postura de Harry.

—Sé que solo querías protegerme, y te lo agradezco.

Se inclinó hacia él, por encima de las manos, sin apartar los ojos de su cara.

—Dime de qué otra manera los castigaste. Cómo me protegiste.

—Los maté.

La voz se le quebró en la última palabra. Las lágrimas le corrían libremente por las hondonadas de las mejillas y le goteaban por el cuello.

—Que Dios me ayude.

Alzó las manos entrelazadas hasta los labios y la mirada hacia el techo, rezando.

—Lo siento muchísimo. Dios, lo siento tanto, tanto.

Estaba arrepentido; de eso no dudaba ni por un instante. Pero ¿estaba arrepentido de esto ? Volvió a recorrerle la mandíbula con la mirada, la zona de barba incipiente que se le había pasado por alto al afeitarse antes de ir a comisaría.

—¿Hacerles daño te hizo sentir igual que cuando mataste a Sara?

Cara, Sara... Los nombres se parecían. ¿Formaba aquello parte del detonante?

Harry se quedó inmóvil. Cuando volvió a bajar la mirada hacia ella, sus ojos se habían apagado.

—¿Te gustó matar a Sara? —preguntó—. ¿El balcón no hizo más que despertarte la sed de sangre? ¿Querías más? Vamos, Harry, reacciona. Enséñame qué se me está escapando.

Tragó saliva y parpadeó. Su mirada apagada se endureció hasta volverse pétrea. Apretaba tanto la mandíbula que Maggie estaba segura de que iba a partirse las muelas. Sus manos, con aquellas pulseras relucientes, volvieron a caer sobre la mesa de acero inoxidable.

—Pensé que, si hacía las cosas bien, llegaría a alguna parte —susurró—. También quería algo mejor para mi hijo.

Su hijo… su bebé. El bebé de Isabelle.

—¿Dónde está tu hijo?

—A salvo —consiguió decir entre sollozos.

Las lágrimas le resbalaban por las comisuras de los ojos. Harry dejó caer la cabeza entre las manos, con la frente a escasos centímetros de la mesa. Los hombros se le sacudían.

—Quiero volver a la cárcel —sollozó—. Enciérrenme. Déjenme… volver.

—Harry…

—No quiero hablar más. Se acabó. Estoy tan… solo ahí fuera. No quiero volver a estar solo.

Apenas se le entendían las palabras. Pero Maggie le creyó; las sintió en el dolor palpitante que le atravesaba la médula. Ella también se sentía sola. Eso era lo que ocurría cuando las personas que componían el tejido de tu vida desaparecían de pronto.

Maggie salió de la sala de interrogatorios más inquieta que cuando había entrado. ¿Mentía? ¿Solo necesitaba una manera de regresar a prisión? Si de verdad era culpable, había estado equivocada en todo lo referente a aquel hombre desde el día en que se conocieron.

Reid seguía de pie en la sala de observación donde lo había dejado, los ojos fijos en Harry y el rostro demacrado. Al verla entrar, se volvió hacia ella y se separó del marco de la ventana.

—Antes de que lo preguntes, hemos investigado el accidente de la novia. Fue sin duda un accidente de tráfico: su coche fue embestido por un camión que se saltó un stop. No hay nada sospechoso.

Maggie asintió, deseando que aquello le aliviara más.

—Harry no parecía saber nada de las marcas de mordedura.

—Puede que lo hiciera en el arrebato del momento. Quizá no fue una decisión consciente, ¿no?

—Pero debería haber sido una decisión consciente si tenía relación conmigo. Hasta la ubicación de la mordedura, idéntica a la de Alex… es demasiado perfecta para haber sido algo impulsivo.

La cicatriz de la nuca le dolía, palpitando sordamente como una uña infectada.

—Y a Joel lo mordieron después de muerto, cuando ya había pasado el arrebato de matarlo.

Reid frunció el ceño.

—Puede que no entendamos del todo por qué lo hizo, pero el fiscal tiene todo lo necesario para meterlo entre rejas.

No tiene coartada. Ha confesado los asesinatos.

Sabe cómo mataron a Cara, un detalle que no se ha hecho público.

Dejó a su hijo en el parque de bomberos el día que asesinó a Cara: lo planeó todo.

Por supuesto, volveré a interrogarlo y comprobaré sus movimientos las noches de ambos crímenes.

Pero, ahora mismo, parece nuestro hombre. Enarcó una ceja. —¿No estás de acuerdo?

Maggie miró a través del cristal. Harry seguía sollozando, con la cabeza apoyada contra el metal.

—¿Había sangre en sus zapatos?

—Dice que se deshizo de la ropa.

—¿Las dos veces? El tipo es mecánico, no va comprándose botas nuevas cada tres días.

No conseguía apartar la mirada de la ventana.

—Y Harry jamás había estado obsesionado conmigo, nunca había acosado a nadie. No encaja en su perfil. ¿Y cómo demonios iba a saber lo de aquel club?

Aquello implicaba un nivel de sigilo del que no lo creía capaz.

—Aún estamos intentando averiguarlo, pero si te siguió…

—¿Por qué iba a seguirme y luego no entrar?

Si alguien la había seguido, si el asesino sabía lo del club y había elegido a Joel por eso… tenía que haber estado dentro para ver con quién había estado ella. Se le revolvió el estómago.

—Puede que sí entrara. Puede que el propio Harry fuera alguien con quien tú… —Se aclaró la garganta, con gesto incómodo—. ¿Alguien con quien estuviste?

Maggie negó con la cabeza.

—El proceso de solicitud y selección lleva tiempo. No puedes presentarte allí y entrar sin más. Además, no admiten a exconvictos. Cualquier antecedente penal te descalifica automáticamente.

—Vale, quizá le pagó a alguien por la información. Quizá lo dedujo por quién salió del club a una hora parecida.

Maggie abrió la boca para protestar —las entradas y salidas estaban coordinadas, no era tan fácil—, pero él prosiguió.

—Solo sígueme la corriente, ¿vale? ¿Había alguien que pareciera especialmente prendado de ti? Alguien que rechazara los avances de los demás o… lo que sea que ocurra allí.

Sexo, Reid. Eso es lo que ocurre allí.

Pero tenía razón. Y, aunque no sabía cómo se llamaba, se había acercado más de la cuenta a un miembro habitual. Más veces de las que quería contar se había imaginado la cara de Kevin superpuesta a la de aquel hombre. También la de Tristan, y admitir eso le apetecía todavía menos.

Reid seguía observándola. Maggie parpadeó.

—Había un hombre —admitió a duras penas—. Lo veía a menudo durante el último año. Pero no me imagino que me estuviera acosando. Era yo quien tenía que… elegirlo. Él no podía insinuárseme por su cuenta.

Joder. ¿Era eso parte de su frustración? Quizá sí era el asesino.

Reid frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Yo llevaba la pulsera roja.

Le sostuvo la mirada un instante más de lo que dura un parpadeo y luego negó con la cabeza.

—O sea, ¿es una cosa de sumisión? ¿Así determináis quién es el dominante en el encuentro?

Asintió.

—Quiero decir… más o menos, sí.

—Pero… si el asesino hubiera estado vigilando durante el último año, habría muchos más cadáveres, ¿no?

Aquello no era una pregunta sobre Harry. Era una pregunta sobre su vida sexual; casi podría haberle preguntado cuál era su «número de cuerpos». Se encogió de hombros.

—Si me hubiera estado acosando, tú estarías muerto. Así que ahí tienes.

Los ojos de Reid se endurecieron, dos esquirlas de cobre reluciente. Furiosos. Cuando volvió a hablar, tenía la voz tirante, como si estuviera haciendo un esfuerzo por no desmoronarse.

—Solo quería decir que, si hubiera estado en ese club, lo lógico es que hubiera atacado a otros hombres durante el último año. ¿Por qué empezar por Joel?