Capítulo 6
E s uno de los tuyos.
A Maggie le palpitaba la cabeza cuando se puso al volante rumbo a la comisaría.
Había pasado por su consulta para repasar deprisa el expediente de Harry, pero no encontró nada que indicara que fuera capaz de cometer aquellos crímenes.
Hijo de un padre maltratador y una madre manipuladora, había acabado en prisión después de empujar a su novia desde el balcón de su casa.
Pero el abogado del caso creía que había circunstancias atenuantes: Harry sufría maltrato a manos de su pareja, una mujer con antecedentes violentos y, según todos los indicios, una sociópata.
Solo se había defendido para protegerse.
Fue entonces cuando llamaron a Maggie como consultora, y ella coincidió con la valoración del abogado.
No creía que Harry fuera una amenaza para nadie, salvo quizá para sí mismo.
Maggie suspiró, con los nudillos doloridos de apretar el volante.
Un expaciente. ¿Había defendido la puesta en libertad de un hombre que debería haber pasado el resto de su vida entre rejas?
¿Había tratado al hombre que ahora mataba a mujeres que se parecían a ella y asesinaba a hombres con los que se había acostado?
Puso el coche en posición de estacionamiento de un golpe seco y entró en la comisaría a grandes zancadas, con la camisa pegada a la espalda.
Al pasar, saludó con la mano a Clark Lavigne, un detective corpulento con el que Reid trabajaba a veces.
Buen tipo; quizá demasiado bueno para su gusto.
O quizá sencillamente no le parecía de los que disimulan.
La sala de observación, minúscula como un armario, estaba casi al final de un pasillo aséptico y comunicaba con la de interrogatorios mediante un espejo unidireccional.
—Está sujeto al suelo; Clark le ha puesto los grilletes —dijo Reid cuando Maggie se colocó a su lado y miró a través del cristal.
Harry Folsom ya estaba sentado ante la mesa de acero inoxidable, con los dedos entrelazados en una bola tensa sobre la superficie y las esposas metálicas reluciendo en sus muñecas.
Ancho de hombros, mandíbula cuadrada y bien afeitada, sin tatuajes asomando bajo las mangas de la camiseta.
Lo bastante alto para degollar a Joel sin ayuda.
Tenía los nudillos blancos: estaba nervioso. Y era todo él tan… pálido .
—¿Quieres que entre contigo? —preguntó Reid.
Sin apartar los ojos de Harry, dijo:
—Será más efectivo si entro sola.
Él asintió, pero Maggie notó la tensión de sus bíceps contra el codo. No le gustaba la idea de que estuviera a solas en una habitación con un asesino. A solas con alguien que quería verla muerta.
Pero ¿de verdad Harry quería hacerle daño a ella ?
¿Qué clase de móvil tenían entre manos? Llevaba más de un año en libertad, demasiado tiempo para mantener en pausa una vendetta homicida.
Y aunque podía habérsele escapado un acosador —su especialidad era pasar desapercibidos—, ¿de verdad no habría reconocido a un hombre al que conocía en cuanto lo viera?
Frunció el ceño. ¿Encajaba Harry? ¿Encajaba de verdad? Hacía ocho meses que no lo trataba. ¿Por qué ahora? Además, era imposible que hubiera estado en aquel club: no dejaban entrar a nadie con antecedentes penales.
—¿Así que hoy ha aparecido sin más y ha confesado?
Reid asintió.
—Ha dicho que vio las noticias y se sintió mal.
Se sintió mal. Vaya psicópata homicida. Pero la culpa encajaba con la personalidad de Harry.
La culpa era la razón por la que había confesado haber matado a su novia.
Ella le había clavado un cuchillo en el costado, y él no le contó a nadie que lo había atacado hasta que los agentes vieron la herida.
Tras dedicarle un último asentimiento a Reid, Maggie salió de la sala de observación y empujó la puerta de interrogatorios.
Era hiperconsciente de la luz cruda de los fluorescentes y de cómo rebotaba en el espejo reluciente.
Una huella de palma en la esquina inferior derecha del cristal le pareció siniestra, como si un fantasma atrapado tras aquel panel tratara desesperadamente de escapar.
Harry parpadeó al verla sentarse frente a él. Reconocimiento, sí, pero no la furia que habría esperado de un hombre que había asesinado a una mujer que se parecía a ella y a un hombre que se había acostado con ella… aunque dormir, lo que se dice dormir, no habían dormido.
—Ha pasado tiempo, Harry.
—Sí. —Tragó saliva con esfuerzo; bajo la oreja izquierda le relucía la barba incipiente, una zona que se había dejado sin afeitar—. Quería ser bueno.
La frase le resonó en la memoria. La había usado a menudo durante las sesiones, tanto en prisión como después de salir. Siempre había querido ser bueno.
—Lo sé. Y lo fuiste durante años, ¿verdad? La última vez que hablamos trabajabas de mecánico. Incluso tenías una novia nueva. Creía que las cosas iban bien. Estaba embarazada, ¿no?
Y había pasado tanto tiempo… Ya tendrían un hijo, ¿no?
Los ojos de Harry se entornaron y el ceño se le frunció hasta formar una máscara de angustia.
—Isabelle murió.
Murió. ¿La había matado Harry también? ¿Era Cara la segunda víctima, no la primera?
—¿Cómo murió Isabelle, Harry?
La tensión se le borró del rostro; sus ojos castaños se vaciaron. Ojos castaños, nada que ver con los verdes de Dylan. No es que hubiera pensado que él era… Jesús, Maggie, deja de pensar.
—Accidente de coche —prácticamente susurró—. Hace tres semanas.
Maggie estudió su cara. ¿Era verdad? Lo parecía, por la firmeza de su mirada y la relajación uniforme de los músculos de la frente.
¿La muerte de su novia había sido el detonante de aquella nueva oleada de asesinatos?
Eso explicaría por qué había esperado tanto desde su salida de prisión para cambiar de chip y entrar en modo homicida.
—Hablemos de esta semana, Harry. Parece que has tenido unos días moviditos.
Él bajó la mirada hacia la mesa y examinó las yemas de sus dedos. Las esposas relucieron.
—He hecho algunas cosas —murmuró a sus propios puños—. He hecho daño a gente.
—Y entonces confesaste. Debiste de sentirte fatal por ello.
Esperó un momento, por si respondía, y, al no hacerlo, prosiguió:
—Quiero saber exactamente qué pasó. Tu versión, igual que quise conocerla cuando estabas en prisión.
En aquel entonces había creído que Harry no era un asesino a sangre fría. Aunque se hubiera equivocado, a estas alturas debería haberse ganado su confianza.
Harry se lamió los labios. El silencio se prolongó.
—¿Harry?
Él alzó la vista. Tenía los ojos vidriosos, con lágrimas reluciendo en las comisuras. Maggie aguardó unas respiraciones más, sostuvo su mirada y dijo:
—Dime por qué mataste a Joel.
Usar su nombre, humanizar a la víctima, al menos debería arrancarle alguna señal de remordimiento.
Pero el rostro de Harry permaneció inexpresivo, indiferente. Eso era lo que cabría esperar de un psicópata, pero ella jamás había tomado a Harry por uno.
—Joel tenía novia —dijo al fin—. Te habría hecho daño igual que se lo estaba haciendo a ella.
¿Joel... había muerto porque era un infiel? ¿Porque Harry estaba protegiendo sus sentimientos después de un rollo de una noche en un club de sexo?
—Y la mujer, Cara... Se parecía a mí, Harry. Como si fuera a mí a quien querías hacer daño.
Lo cual no tenía sentido alguno si había matado a Joel para protegerla.
Harry sorbió por la nariz. Giró una palma hacia arriba y después la otra; examinaba sus huellas dactilares o quizá la cara interna de las muñecas: cicatrices desvaídas que le iban desde la parte carnosa de la palma hasta la mitad del antebrazo. Tragó saliva con esfuerzo.
—Supongo que... me enfadé.
—¿Por qué?
¿Celos? ¿Rabia contra las mujeres en general por los abusos que había sufrido a manos de sus padres y de su ex? ¿Había proyectado aquella furia sobre Maggie, otra mujer ante la que se había mostrado vulnerable?
—No lo sé.
Su voz era apagada, cargada de desesperanza.
Le recorrió la columna un estallido de espinas, arañándole la espalda.
Respondía a sus preguntas, pero no estaba reviviendo los crímenes en su cabeza.
No había gratificación sexual en el recuerdo.
Intentó imaginarlo de pie sobre Cara, hundiéndole aquella hoja en la carne, pero solo logró verlo en un rincón, mirando, aturdido, como siempre se lo había imaginado ante el cadáver de su ex.
¿Estaba sesgada por la relación que habían tenido? Quizá. Pero aun así, no encajaba.
—Fuiste la única persona que me trató bien —acabó por decir con la voz rota—. La única que creyó en mí. ¿De verdad está tan mal querer protegerte? Yo solo quería protegerte .
Maggie vio cómo una lágrima se desprendía de su ojo izquierdo y le resbalaba por la mejilla.
Estaba diciendo lo correcto, lo que creía que debía decir.
Pero durante el tratamiento le había contado que había empujado a su novia desde el balcón.
Que había llamado a la policía cuando estuvo seguro de que estaba muerta.
Que se había sacado aquel cuchillo del costado porque se sentía tan culpable por lo que había hecho que no quería echarle la culpa a ella.
Pero una respuesta... siempre había tenido una respuesta inmediata.
Y ahora... ¿había empezado con no lo sé ?
—¿Qué les hiciste? —preguntó despacio.
—Los apuñalé.
Los músculos de las comisuras de los ojos de Harry le temblaron con pequeños espasmos, como si padeciera un trastorno nervioso. Mentía. Estaba mintiendo. Pero ¿sobre qué? Desde luego, los habían apuñalado.
—Los apuñalé —repitió—. Los maté a los dos.
Pero a Joel le habían arrancado el tatuaje. Lo habían mordido. Cara había estado atada. Les habían arrancado los párpados. Aquello era mucho más que apuñalar. Sentía los ojos de Reid taladrándole la sien.
—¿Con qué apuñalaste a Joel?
—No me acuerdo.