Capítulo 4
M aggie dio un paso atrás y le hizo un gesto para que entrara en la cocina, pero cambió de idea al recordar los platos apilados en el fregadero y lo llevó al salón.
Había unas cuantas mantas y camisetas tiradas sobre el sofá, pero al menos no olía a pizza de hacía una semana: salsa de tomate enmohecida, parmesano podrido.
—¿Está Ezra…?
—Es por un caso. Me vendría bien tu ayuda para elaborar un perfil.
—Ah.
Hacía meses que no colaboraba en un caso; no desde que enterró a su hermano.
No es que lo echara de menos, exactamente.
Cuando has estado a punto de ser asesinada un par de veces, empiezas a dar prioridad a la vida por encima del trabajo, por muy adicta a la adrenalina que seas.
Pero algunas noches, mientras miraba el techo fijamente, se preguntaba si no estaría haciendo algo más útil para la humanidad que permanecer tumbada en la cama pensando en lo terriblemente mal que había salido todo.
—¿Por eso me ha escrito Tristan?
Reid se encogió de hombros y entró en el salón con paso firme, mirando a izquierda y derecha. Su pelo corto y castaño necesitaba un recorte, pero su traje azul marino estaba impecablemente planchado, como siempre.
—Probablemente. También lo han llamado a él.
—Ah.
Miró la hora en el móvil. Tenía pacientes citados aquella tarde, pero si se saltaba el papeleo de la mañana, disponía de dos horas. Podría terminar las notas de los casos por la noche. ¿Qué iba a hacer si no? ¿Dormir? Como si pudiera.
Maggie se acomodó en el sofá, con la espalda pegada al reposabrazos derecho.
—Entonces, ¿qué pasa?
Reid apartó una pila de cómics y la dejó sobre la mesa baja, junto a unos envases de comida tailandesa de dos días atrás, y se dejó caer en el otro extremo del sofá, procurando mantenerse lo más lejos posible de ella.
No se lo reprochaba. La mayoría de la gente a su alrededor moría o desaparecía, y era difícil no tomárselo como algo personal.
—¿Estás bien, Maggie?
—Estoy bien.
Su rodilla no tocaba la de ella, pero estaba lo bastante cerca para irradiarle calor al muslo. Una sensación punzante. Incómoda. Pero también cálida. Tan cálida. Reid entrecerró los ojos.
—Eso dijiste la última vez que contestaste al teléfono. Pero no pareces estar bien. Pareces… descentrada.
Alex mató a mi hermano, Sammy me mintió durante veinte años, mi hermano está muerto, mi padre se está muriendo, mi madre ha desaparecido, estoy completamente sola… Estoy de puta madre. Pero él no la miraba. Fruncía el ceño ante la mesa, ante la limonada que se había avinagrado.
El pecho se le encendió. Quizá debería contratar a alguien para que fuera a limpiar.
—Solo estoy haciendo malabares con demasiadas cosas. No he tenido tiempo ni de pensar en recoger.
Forzó una sonrisa y se encogió de hombros.
—¿Podemos ir al grano? Tengo pacientes.
Y tenerlo tan cerca le hacía doler el pecho. Una cosa era echar de menos a gente a la que no tenías por qué ver, y otra muy distinta enfrentarte a aquello que habías perdido.
Él se volvió hacia ella y asintió una sola vez, como si hubiera tomado una decisión respecto a una pregunta que ella no había formulado.
—Hace unas dos horas, unos vecinos encontraron a un hombre muerto en el garaje de su propia casa. Le habían rajado la garganta con un fragmento de metal de su banco de trabajo. Murió desangrado.
Maggie observó sus ojos, la preocupación marcada en las líneas que los rodeaban con la misma claridad que si llevara una lágrima tatuada con tinta que cambiara de color según el estado de ánimo y solo apareciera cuando estaba alterado.
Un cadáver era motivo de preocupación, por supuesto, pero como detective de Homicidios lidiaba con muertos continuamente; no todos le afectaban igual.
Maggie asintió para que siguiera, pero la habitación pareció encogerse de repente, su rodilla pareció acercarse y el aire mismo se tensó como una soga alrededor de su garganta. Vaya, Maggie, qué dramática eres.
—No fue el primero —continuó Reid—. Encontraron otro cadáver hace dos días.
Una víctima femenina, descubierta en el sótano de un almacén calcinado, en Klington.
Estaba atada, con las muñecas sujetas por encima de la cabeza.
La golpearon y después la rajaron con un trozo de cristal.
Heridas superficiales en los brazos, pero las del abdomen, la garganta y la cara eran profundas, hasta el hueso.
Como la segunda víctima, murió desangrada.
Maggie frunció el ceño. Una víctima apuñalada con un trozo de cristal; otra, con un fragmento de metal.
El asesino confiaba en su capacidad para improvisar armas homicidas con lo que encontrara en las escenas.
Y él —casi con toda seguridad un hombre, por el tipo de armas y la proximidad que exigían— no parecía tener preferencia por el sexo de sus víctimas.
Eso haría más difícil determinar dónde podría atacar después.
La cicatriz de la cabeza le palpitó: un dolor hondo y acompasado. Aquello le tocaba demasiado de cerca. Ella había apuñalado con un trozo de cristal al chico que le había dado un mordisco en la cabeza. Con un objeto que había encontrado allí.
Reid sacó el móvil. El trabajo policial moderno implicaba más fotos de iPhone que expedientes, y Maggie había trabajado con él las suficientes veces para saber qué significaba aquel gesto. Enderezó la espalda y tensó los hombros, preparándose para la sangre.
Tal como esperaba, él recorrió las imágenes, pulsó una y giró el teléfono hacia ella. El aire se enrareció. Maggie esperaba un cadáver, sangre, algo gore, pero no esperaba… aquello.
La mujer estaba atada, con los brazos por encima de la cabeza y la cara cubierta por el pelo.
Moratones en la pierna derecha, heridas profundas en el abdomen, tres cortes claramente diferenciados en la axila.
Iba vestida: pantalones cortos vaqueros y camiseta de tirantes.
Ningún botón desabrochado, ninguna tela rasgada.
No había violación, salvo que la hubiera vestido después, pero no le parecía probable.
—No hay signos de agresión sexual, ¿verdad?
Maggie no podía apartar los ojos del pelo rojo de la mujer. Rizos del mismo tono que los suyos. De la misma longitud también. Estaba mal. Era siniestro. Una premonición. Solo estás cansada, Maggie. Reid no se ve reflejado en cada hombre muerto de pelo castaño.
Reid negó con la cabeza.
—Ninguno, aunque con ese cuchillo…
—Piquerismo —dijo ella.
Cuando él alzó una ceja, prosiguió:
—Un cuchillo u otro instrumento afilado sirve como objeto de penetración y, por tanto, como fuente de gratificación sexual. En esos casos esperarías encontrar heridas de arma blanca, pero menos indicios de agresión sexual.
Señaló la herida abierta del vientre; la sangre coagulada alrededor del ombligo de la víctima ocultaba las lesiones.
—Eso era lo que tenía Dylan, ¿no?
Dylan. El hermano de Alex, el que había atacado a Maggie y le había arrancado un pedazo de la cabeza de un mordisco; el que ella había apuñalado.
—No puedo asegurarlo en el caso de Dylan, pero tengo serias sospechas. En vez de una cuchilla, utilizó los dientes para penetrar la carne. No es algo raro en este trastorno.
Parpadeó de nuevo mientras miraba la foto, viendo su propio rostro en el de la mujer muerta, sintiendo aquellas heridas en el vientre igual que sentía el dolor de la cabeza.
Pero al menos sabían que no era Dylan. El hombre estaba muerto; llevaba veinticuatro años muerto.
La camisa de Alex había aparecido junto al cuerpo descompuesto de Dylan, empapada de sangre allí donde él se la había apretado contra la cara.
—Como Dylan, esperaría que este asesino se sintiera sexualmente inadecuado. Un marcado historial de abandono y rechazo. Una vida familiar traumática.
Reid se aclaró la garganta.
—Fue una escena del crimen muy dura. Al principio pensé que era…
—Yo.
—Sí. —Reid retiró el teléfono y, en cuanto la imagen quedó fuera de su vista —aquel pelo rojo deslumbrante—, la habitación se expandió y volvió a contraerse, como si respirase.
Maggie hizo lo mismo, llenándose los pulmones, pero apenas sirvió para aliviar la presión en el pecho.
¿Por qué tenía que estar tan cerca? La rodilla de Reid ardía.
—Me preocupo por ti, Maggie. Aunque hayamos estado… sin contacto.
¿Sin contacto? ¿Así lo llamaban ahora? Si su madre estuviera allí, le diría que se le echara encima.
Pero aquella impulsividad de gatillo fácil era la razón por la que mamá había tenido que huir a otro país.
Y Maggie no podía negar que llevaba en la sangre parte de aquella necesidad impulsiva de buscar emociones fuertes.
¿Quién si no elegiría perseguir asesinos en serie cuando ya tenía una rentable consulta de psicología?
El silencio se prolongó. Reid frunció el ceño. Después sacudió la cabeza, como si su cerebro fuera un Telesketch y estuviera intentando borrar los pensamientos.
—¿El piquerismo hace que la gente haga esto? —Volvió a girar el teléfono hacia ella. Era otra foto de la mujer, tomada en la morgue. Limpia, pálida, con una herida abierta en una mejilla, negra y furiosa, y los ojos…
Maggie tragó saliva. Los iris azules y vidriosos de la mujer miraban a la cámara… a través de la cámara. Sin párpados.
—Puede ser, pero lo más habitual es apuñalar los ojos; quizá se lleve los párpados como trofeos. ¿A la segunda víctima le quitaron los párpados?
Reid asintió.
—Sí. Pero a él se los cortaron después de morir.
Lo cual quería decir que… ¿a la mujer se los habían quitado mientras aún vivía? A Maggie se le revolvió el estómago, pero señaló los surcos grabados en la axila.
—¿Y el número dos?
Reid alzó una ceja.
—A mí me parece más la letra z . Pero di por hecho que lo había hecho sin orden ni concierto.
—Las otras heridas cumplen una función —dijo ella—. Forman parte de su trastorno. Pero las de la axila son superficiales, vacilantes. ¿Había arañazos superficiales en la otra víctima?
Él negó con la cabeza.
Maggie asintió.
—Puede que se los hiciera durante el forcejeo. Las axilas no son un lugar habitual para apuñalar; es más frecuente encontrar heridas alrededor de los órganos sexuales. Pero no es una regla inamovible.
Alzó la cara y se encontró con los ojos de Reid.
—¿Al hombre del garaje lo golpearon o lo ataron?
—No. Parece que el asesino esperó en el garaje hasta que entró con el coche y lo atacó por sorpresa. Le rajó la garganta por detrás; el patrón de salpicaduras en la ventanilla de la camioneta demuestra que nadie estaba delante de él.
—¿Las víctimas se conocían?
—No.
—Pero está claro que es obra de un asesino en serie. Los ataques tan seguidos, las similitudes en el modus operandi…
—Pero hay diferencias importantes entre los casos —dijo él.
Maggie le sostuvo la mirada.
—Los ataques con objetos improvisados no son raros, y la incertidumbre de no saber cómo se desarrollará el ataque puede formar parte de la emoción.
Las diferencias entre las escenas pueden deberse a las capacidades físicas del asesino, a la disparidad entre las víctimas.
Quizá quería tomarse más tiempo con el hombre, pero sabía que no podía ganarle en una pelea, así que le rajó la garganta y completó el resto de su patrón después de matarlo.
Y, aunque resulta extraño que una víctima sea hombre y la otra mujer, creo que eso solo indica que tiene un criterio distinto para elegirlas.
—¿Como cuál?
Ella se encogió de hombros.
—Tal vez los dos se interponían en un objetivo mayor. Tal vez ambos participaban en alguna actividad concreta que el asesino considera intolerable. Pero tiene que haber alguna conexión.
Reid asintió.
—Todo eso tiene sentido. Pero hay más. Por eso estoy aquí.
Había ido a buscar un perfil; eso era lo que había dicho. Eso era lo que estaban haciendo. La rodilla de Reid ardía; ahora se tocaban las rodillas. Ella se había acercado al mirar las fotos. Se echó un poco hacia atrás y apoyó el codo en el brazo del sofá.
—No me tengas en ascuas.
Reid volvió a deslizar el dedo por la pantalla del móvil, una vez y otra, y se la mostró.
—¿Lo reconoces?
Un retrato de un muerto, con el rostro vuelto hacia el techo. Presumiblemente, la otra víctima. En vida habría sido guapo: mandíbula firme, mentón partido, el pelo cortado al rape. Ojos turbios, oscuros bajo los párpados ausentes.
—No. No lo conozco. —Hizo una pausa—. ¿Por qué iba a conocerlo?
Nunca antes le había preguntado si reconocía a un sospechoso, ¿verdad?
Los hombros de Reid se relajaron. Un alivio descarado.
—Tenía que preguntarlo, por tu parecido con la víctima.
—Además, el peligro me persigue a todas partes, ¿no? Tenías que asegurarte de que yo no fuera la conexión.
—Todavía no estoy seguro de que no lo seas. —Apretó los labios—. Trabajas con muchos delincuentes condenados, tanto en prisión como cuando salen de ella. El pelo rojo, sobre todo de esa longitud y esa textura exactas, no es común. Lo he comprobado con Tristan esta mañana.
Y aquella herida en la mejilla de la víctima: una herida idéntica a la que ella le hizo a Dylan. Abrió la boca para decirlo, pero Reid ya pasaba a la siguiente foto: la parte posterior del cuerpo. Amplió la imagen.
La carne de la pantalla era un desastre sanguinolento, una franja despellejada que serpenteaba desde la parte delantera del bíceps hasta la parte posterior del brazo. Sobre la piel arrancada destacaba una marca de mordisco, colocada con precisión en la parte trasera del omóplato.
—Esta mordedura está exactamente en el mismo sitio que la de Alex —dijo Reid.
Dylan. Esa era la conexión. También había mordido a su hermana.
La cicatriz bajo el pelo le palpitó mientras clavaba la vista en la imagen, con el corazón atascado en la garganta. No conseguía apartar los ojos de la tinta que rodeaba el cuadrado de carne ausente. Una lengua bífida sobre la herida. Una cola de gusano debajo.
—El tatuaje… Antes eran serpientes —dijo en voz baja—. Y calaveras.
Calaveras negras y rojas.
Reid se puso rígido.
—Entonces sí lo reconoces…
—Yo… sí.
—¿Por tu trabajo en prisión?
No podía explicarlo. Maggie no encontraba aire. Seguía mirando la foto, pero en su mente veía las serpientes tatuadas retorciéndose como la noche anterior. Sobre la carne de un hombre enmascarado muy vivo.