Capítulo 3
L a noche avanzó rezumando como el pus de una herida infectada: espesa, oscura, horrible.
Su hermano, muerto. Su madre, desaparecida.
Kevin, un hombre que la había querido desde la infancia, un hombre con quien quizá habría acabado casándose…
algún día…, muerto. Por su culpa. Estaba perdiendo a su padre lenta pero inexorablemente; la demencia parecía empeorar cada día, y con cada día que pasaba era más urgente encontrarle un sitio donde pudieran atenderlo mejor.
Alex, una de sus mejores amigas, había matado a su hermano cuando ella tenía trece años, y Sammy, su otra mejor amiga, la había ayudado a encubrirlo.
Las dos le habían mentido. ¿Cómo no se había dado cuenta? Menuda psicóloga estaba hecha.
Todos los caminos la habían llevado hasta allí, y al final no había ningún caldero de oro, solo insomnio salpicado de alguna que otra pesadilla.
Al menos tenía su carrera y a su socio. Owen siempre había sido un poco tiquismiquis, pero no había apuñalado a nadie de su familia ni lo había tirado a un pozo, así que algo era algo.
Y luego estaba Reid. Su colega detective, el único otro hombre en quien había confiado, se había liado con ella con una intensidad abrasadora durante una noche…
y después lo había dejado por culpa de su hijo de acogida.
Ezra empezó a dar problemas cuando la sorprendió escabulléndose de la casa.
¿Le guardaba rencor a un crío de primaria?
Ajá . ¿Y estaba mal? Pues sí, sobre todo porque el chico era paciente suyo por entonces.
Pero ya no: había conseguido trasladarlo a otra consulta.
Y seguía evitando la órbita sentimental de Reid; la facilidad con que él la había dejado le había atravesado el corazón como un cuchillo.
Sí, la había llamado un par de veces, pero entre el duelo por su hermano, por su madre y por casi todos sus amigos, no le quedaban fuerzas para complicaciones.
¿Tenía que ser así? Podrían haber mantenido una relación sin contacto físico.
Podrían haber tenido sexo por teléfono sin que ella tuviera que ir a su casa.
La gente mentía a los niños con lo de Papá Noel; ¿no podían mentirle ellos a Ezra sobre si se estaban tirando o no?
Qué ridícula, Maggie. Solo estás sola. El hombre al que amabas te pidió matrimonio, le dijiste que no y se tiró con el coche desde un puente. Echas de menos a tus amigas aunque ambas tuvieron algo que ver con el asesinato de tu hermano. ¿Qué clase de hermana eres?
Se tragó un Benadryl a palo seco, pero solo consiguió que las mantas parecieran más acogedoras; que el sutil almizcle de la colonia de Kevin se le colara en las fosas nasales; que el hombro se le calentara como si él la estuviera abrazando.
Y que le ardieran los ojos porque él no estaba.
En el sonido de las ramas contra los cristales oyó el aliento susurrante de sus amigas —sus examigas— dentro de la habitación.
Cuando las cosas se ponían difíciles, Sammy, Alex y ella siempre se apiñaban en casa de una de ellas para ver películas ridículas. Sufrían juntas para aliviar la carga.
Ahora todas sufrían solas. Al menos Sammy tenía a Imani. Maggie también tenía a Imani, pero era la mujer de Sam: el padre de los hijos de una iba por delante de una amiga. A veces Maggie sentía que había perdido a Imani en un divorcio.
Cuando el sol volvió grises las ventanas, tenía la boca pastosa, las manos húmedas y el pecho oprimido por el agotamiento.
La ducha no sirvió de mucho. Cada gota de agua le golpeaba la piel con demasiada fuerza, clavándosele como agujas, y solo le quedaba una toalla limpia.
Se había quedado sin pasta de dientes. Mierda.
La cocina también era un desastre, pero al menos el té chai olía de maravilla.
Quizá necesitara empezar a tomar un antidepresivo.
Solo durante un mes o así, hasta volver a encarrilarse.
La mayoría de los problemas de su vida venían de fuera —le estaban pasando a ella y, por tanto, escapaban a su control—, pero a cualquier paciente en aquella situación lo habría mandado al psiquiatra semanas atrás.
Le vino a la cabeza un anuncio de su infancia: Este es tu cerebro con drogas…
¿alguna pregunta? El cerebro drogado del anuncio era un huevo roto, pero a veces las drogas eran la cáscara.
Claro que la metanfetamina se parecía más a un cartucho de dinamita dentro de una gallina, pero los creadores de los anuncios antidroga no eran muy exigentes con sus metáforas.
La mayoría de las cosas tenían más sentido cuando no pensabas demasiado en ellas.
Maggie se vistió despacio y con esmero: blusa de seda blanca, pantalón negro y una chaqueta de cuadros rojos y negros sobre la que se podía jugar al ajedrez.
Unas bailarinas rojas sin cordones completaban su característico atuendo friki-chic, si es que podía decirse que tenía estilo alguno. Estaba cogiendo el móvil cuando vibró.
Un mensaje. De Tristan:
«Hola. ¿Qué haces hoy?»
Nada contigo, graciosillo. La noche anterior tampoco le había dicho nada del regalo; claro que ahora iba a escribirle para recordarle que existía.
El día de su cumpleaños le mandó un mensaje mientras abría el regalo en el porche.
No sabía si él —el gurú tecnológico— tenía de verdad alguna forma de vigilarla, pero sí sabía que una vez había rastreado su móvil para averiguar dónde estaba.
El medio hermano de Reid era insistente hasta la exasperación, pero al menos sabía lo que quería.
Al menos estaba dispuesto a luchar por ella, a diferencia de Reid, que había estado más que dispuesto a dejarla porque aquello cabreaba a su hijo.
No quieres a alguien que se salta los límites de esa manera. Aunque los regalos fueran... bastante bonitos. No, Maggie. Tienes que dejarlo ya. Los pulgares se le quedaron suspendidos sobre las teclas antes de escribir:
«Tengo que limpiar el armario. Tirar un montón de cajas sin abrir.»
La respuesta llegó al instante:
«Qué raro. Pero vale. Voy a tu casa, ¿de acuerdo?»
Cómo se nota que has captado la indirecta.
Maggie negó con la cabeza y se dirigió a zancadas a la cocina, a por las llaves.
Platos en la encimera, platos en el fregadero, una pizza de hacía una semana aún dentro de la caja, el queso ya rancio.
Luego. Iba por la mitad de otra respuesta —«No vengas, estoy ocupada»— cuando oyó el coche.
Entornó los ojos, escuchando el crujido de la grava, el quejido grave del motor.
Se le erizó el vello. ¿Para qué molestarse en escribirle si iba a aparecer dijera lo que dijera?
Maggie borró el mensaje justo cuando los golpes resonaron por la cocina.
Toc-toc, toc.
Tenía que ir a trabajar, así que, a menos que saliera a escondidas por la puerta del garaje, echara a correr hasta el Sebring y atravesara el césped del vecino al estilo de Dukes of Hazard , no podría escapar sin verlo. Miró hacia la puerta del garaje, vaciló y apartó aquella idea de la cabeza.
Se guardó el móvil de un empujón en el bolsillo de la chaqueta, con tanta fuerza que la costura chilló. Sus pasos marciales sobre el linóleo sonaban enfadados, quizá incluso un poco pegajosos.
El pomo estaba frío.
—Tristan, yo...
Se quedó helada. El pecho se le contrajo en un espasmo que le robó el aliento.
Reid estaba en el umbral, con una ceja arqueada y el rostro demacrado, agotado. Había envejecido diez años desde la última vez que lo vio. Sus ojos ambarinos estaban surcados de telarañas de sangre.
Eso pasa por no follarte a una pelirroja: el mono. La otra parte de su cerebro replicó al instante: Quizá fue estar contigo lo que le chupó la vida. Mira lo que le hiciste a Kevin.
Mierda. Tal vez debería disculparse. No, espera... Ella no había sido quien lo había echado todo a perder. Entonces ¿por qué tenía tantas ganas de abrazarlo? ¿Porque estaba... sola? Claro. Sola.
Reid sorbió por la nariz, con la mirada fija en el interior de la casa, más allá de Maggie, como si buscara a su medio hermano, o quizá a otro hombre; como si aquello fuera asunto suyo.
—Siento decepcionarte.
¿Qué? Ah, claro. Lo había llamado Tristan.
—No me has decepcionado. Quiero decir, no estoy... Yo...
Hacía semanas que no hablaban, pero su sentido de la oportunidad era peor que el de una ardilla hasta las cejas de cocaína intentando cruzar una carretera muy transitada.
Y, al mirarlo a la cara, Maggie percibió en Reid una energía muy de ardilla: el potencial de una sucesión de arranques y frenazos aterrados hasta que alguna parte del cuerpo acabara aplastada.
Que aquel día le hicieran papilla el corazón, en sentido figurado, entraba dentro de lo previsible, pero tenía muchas cosas que hacer y prefería ponerse ya con ellas.
Además, no quería mirar aquellos ojos inyectados en sangre ni un segundo más de lo estrictamente necesario.
Se aclaró la garganta.
—Estaba a punto de irme a la consulta. ¿Esto — sea lo que sea — puede esperar?
—Ojalá pudiera —dijo él.
Por fin la miró a los ojos, y a Maggie se le erizó el vello de la nuca. La tristeza acechaba tras sus iris, pero estaba entreverada con algo mucho más electrizante que el remordimiento por su relación.
Miedo.
Algo había pasado.
Algo terrible.