Capítulo 2
M aggie Connolly se echó los brillantes rizos pelirrojos sobre el hombro izquierdo y recorrió la carretera con la mirada; la autopista estaba espesa de oscuridad.
Por la ventanilla abierta, el aire dulce de la noche le rozaba la nariz.
Pero ella solo olía el club. El tufo húmedo de las escaleras del sótano; el modo en que la sala principal había palpitado con la energía sensual de una bailarina de danza del vientre, rítmica y seductora, impregnada de excitación, como si, concentrándote lo suficiente, pudieras convertirte en pura energía…
libre para ser absorbida. Por eso había ido, claro: quería rendirse a aquello.
Soltarse, aunque solo fuese durante una hora.
Apretó los dedos sobre el volante. Recompónte, Maggie.
Eso era lo que necesitaba hacer. Volver a centrarse en su vida y dejar de comportarse como si estuviera dirigiendo una película titulada Han surgido unos cuantos factores de estrés y ahora mis pensamientos están atrapados en una espiral emocional: una autobiografía .
Maggie suspiró. No eran simples factores de estrés cotidianos, y lo sabía.
Dos meses atrás habían encontrado el cadáver de su hermano pequeño, veinticuatro años después.
No era ninguna tontería. Su madre, una delincuente convicta, había salido del país; Maggie seguía sin saber adónde.
El secretismo que rodeaba aquella marcha sin duda era deliberado: evitarle tener que mentir o atormentarse pensando si debía contárselo a su compañero detective.
Y Alex, su mejor amiga… era la razón de que Aiden estuviera muerto.
Y Sammy, su otro mejor amigo, sabía dónde estaba el cuerpo de Aiden. También le había mentido.
Su pena seguía siendo palpable, incluso ahora.
El dolor. Y aunque el filo incesante de aquellas traiciones empezaba a embotarse, resultaba que la falta de pánico absoluto no era más que otra oportunidad para que el cosmos hiciera de las suyas y algo más saliera mal.
No habría ido al club aquella noche si su padre no se hubiese hecho tanto daño la semana anterior.
Un resbalón en la ducha, una cadera rota y fracturas abiertas en los huesos de la parte baja de la pierna.
Podría haber sido peor —podría haber sufrido otro ictus—, pero aquello ya era bastante malo.
Terrible, de hecho. Ahora estaba en el hospital, pero en unos días le darían el alta para volver a la residencia. ¿Y después qué?
De la sartén al fuego… o, más bien, al contenedor en llamas que era su vida.
Aunque hasta un montón de basura desprendía suficiente calor para cocinar un perrito caliente si te acercabas lo bastante.
Quizá solo pensaba en perritos calientes porque acababa de atiborrarse de salchichas de desayuno y tortitas de Denny’s.
Pero aquello no había arreglado nada. No la había ayudado a olvidar.
No como el club.
Bajó más la ventanilla y dejó que el aire le secara el sudor de la cara.
Su distracción de aquel día había sido un hombre alto, de hombros anchos, con las muñecas atadas al cabecero y los tobillos sujetos al pie de la cama; las correas de cuero relucían a la luz de las velas.
Aún podía sentir el vello áspero que le descendía por los abdominales cincelados, ver las mangas de tatuajes que le cubrían los brazos y se extendían sobre el omóplato para pintarle la espalda: calaveras rojas y negras y serpientes que se retorcían y ondulaban mientras ella hacía con él lo que le daba la gana.
Le recordaban a los tatuajes de su exprometido, un hombre con el que quizá se habría casado si no hubiese despeñado el coche desde el puente de Fernborn.
En los dos años transcurridos desde su muerte, casi siempre había visto el rostro de Kevin en las máscaras de aquellos desconocidos.
Y cada vez que volvía a subirse al coche después, era como perderlo de nuevo.
Un claxon bramó y Maggie dio un respingo, con el corazón en la garganta.
Volvió al carril central, su carril. Muy bien, Mags; un accidente de coche habría hecho que esta semana fuese muchísimo mejor.
Entrecerró los ojos al mirar por el retrovisor.
Los faros del conductor que había pitado brillaban cada vez más, más y más, hasta que de pronto desaparecieron cuando el coche se desvió al carril izquierdo y pasó zumbando junto a su Sebring descapotable: era un Scion de líneas cuadradas.
Observó el rubor de sus pilotos traseros mientras el Scion pasaba a un pelo de su parachoques delantero; el rojo se intensificó mientras el otro trataba de decidir si podía colarse entre ella y el camión que ya circulaba demasiado cerca por delante, y luego el fulgor desapareció cuando volvió a pisar el acelerador.
Normalmente, ella sería quien adelantara a toda pastilla a los demás vehículos, pero, al parecer, ni siquiera que su estúpido cerebro fuera a mil tras aquel largo y estúpido día en aquella estúpida carretera bastaba para ganar a un estúpido Scion en una estúpida carrera.
Maggie puso el intermitente y se pasó al carril de la derecha del todo.
Dos salidas más y estaría casi en casa… bueno, técnicamente, en casa de su padre.
Había decidido vender la suya, que no era más que un solar empapado de ceniza desde que un asesino en serie redujo el edificio a cenizas.
Pero su padre no volvería a vivir jamás en la casa donde ella se había criado.
A veces recordaba la casa, pero no tenía ni idea de que Maggie hubiera crecido, y por lo general ni siquiera registraba que hubiera tenido un hijo.
Olvidar que habías perdido a un hijo era un efecto secundario de la demencia por el que muchos de sus pacientes en duelo matarían.
Pero no había ninguna pastilla capaz de hacer olvidar.
Ninguna terapia tan eficaz que pudiera borrar por completo el dolor de un hijo muerto.
La salida estaba ya cerca. Tomó el desvío y frenó al final de la rampa.
El semáforo tiñó de granate el dorso de sus nudillos, como un hematoma rojizo y espantoso.
Le ardían los ojos de puro cansancio. Desde que habían encontrado los huesos de su hermano en aquel pozo, a menudo se despertaba en plena oscuridad, aterrorizada y bañada en sudor, viendo el diminuto punto de luz a lo lejos tal como lo habría visto él, sintiendo la puñalada en el pecho.
Esa era otra razón por la que había vuelto al club del sótano.
La oscuridad de aquel sótano no era para dormir; tampoco para recordar. Insomnes del mundo, uníos.
De pronto le vino a la nariz el olor del sudor.
Oyó cómo gemía aquel hombre cuando ella tensaba las correas, vio cómo se le iban los ojos hacia atrás.
Sintió sus labios rozándole los pechos. También le dolía la vieja cicatriz de la nuca, cruel y punzante, mientras las serpientes tatuadas de él temblaban al compás de sus cuerpos.
Era extraño hasta qué punto el placer y el dolor se enredaban algunas noches, cómo se entretejían tan estrechamente, como si el uno sin el otro fuera demasiado insulso para despertar sensación alguna.
El semáforo cambió.
Maggie pisó el acelerador. Los labios del hombre seguían ardiéndole en la piel, los ojos seguían escociéndole, y el corazón le martilleaba al ritmo del palpitar de la cicatriz en la base del cráneo.
Aquella cicatriz le recordaba el día en que Kevin y ella se enamoraron: el mejor y el peor día de su vida al mismo tiempo.
Porque también fue el día en que se llevaron a su hermano, el día en que asesinaron a Aiden. Lo mataron aquellos a quienes quería.
Tragó saliva contra el nudo de la garganta. Podía respirar, pero Maggie seguía sintiendo que se ahogaba.
El barrio de su padre estaba silencioso a aquellas horas, y la calle que llevaba a su casa estaba cargada de sombras; en la esquina faltaba una farola.
Los focos del garaje iluminaban bastante bien la fachada, arrancando un brillo húmedo a la puerta pintada y a los espinosos arbustos de hoja perenne, cada punta espinosa como una aguja de fuego. Aparcó en la entrada.
Si iba a quedarse allí, debería decorar la casa a su gusto; al menos modernizar las lámparas y arrancar el papel pintado. Pero aún no estaba preparada para borrar a su padre. Y…
Tampoco estaba preparada para eso .
Maggie salió del coche y cerró la puerta de una patada.
Frunció el ceño al ver la caja sobre el porche: del tamaño de una panera y coronada por un voluminoso lazo de terciopelo.
De haber sido de Sammy, habría supuesto que era otra fuente que mea, compañera de la que tenía en el jardín trasero y que pervertía la integridad de varios personajes de Barrio Sésamo .
Pero Sammy no le había regalado nada últimamente; apenas la había llamado desde que ella descubrió que llevaba todos aquellos años sabiendo quién había matado a su hermano.
Y, aunque no había tarjeta, sabía quién le había enviado la caja.
Joder, Tristan. Le había dicho que dejara de mandarle regalos.
Por su cumpleaños habían sido flores y una pulsera de diamantes.
Durante el año y medio anterior había recibido billetes de avión, entradas para el concierto de su artista favorita, incluso envíos de sus sándwiches preferidos: de carne en salmuera.
Pero, aunque le había pedido que parase y después había ignorado los regalos por completo, aquel hombre no había desistido.
Sí, seguramente le agradecía que ayudara a la policía a demostrar su inocencia; cuando se conocieron, él había sido paciente suyo y sospechoso de una serie de homicidios.
El verdadero asesino había incendiado la casa de Maggie.
Tal vez por eso conservaba los regalos: como una compensación.
Pero la gratitud era motivo de sobra para respetar sus límites. Seguía siendo un expaciente.
Maggie fulminó la caja con la mirada, mientras el viento le enredaba el pelo y los pájaros nocturnos chillaban.
Últimamente no había afrontado el asunto de los regalos; no había hablado con Tristan desde que se cerró el caso del asesinato de su hermano.
Tampoco había vuelto a colaborar con la policía en ningún otro caso de asesino en serie.
Sin embargo, pese a que se había apartado tan ostensiblemente de aquel círculo, los regalos se habían multiplicado en las últimas semanas.
Parpadeó ante la caja, el lazo de terciopelo rojo ondeando con la brisa.
El calor le subió por el pecho. Se sostenía por un hilo; su vida se estaba desmoronando, y no le correspondía lidiar con las chorradas de Tristan.
Ya le había dicho que parase. No iba a suplicárselo.
Quizá algún día, cuando estuviera menos agotada, donaría los paquetes no deseados a una organización benéfica.
O… los abriría.
Maggie tragó saliva. Era enfermizo, lo sabía, pero las cajas sin abrir demostraban que a alguien le importaba ahora que sus mejores amigos ya no estaban, junto con la mayor parte de su familia.
En cuanto abriera una, tendría que valorar el regalo en relación con su remitente; si era el regalo equivocado, tendría que aceptar que él no la conocía de verdad, que no podía quererla tanto como creía.
Pero por el momento… aquel cartón marrón era un símbolo.
Por retorcido que resultase, la caja en sí ya la ayudaba a sentirse menos sola.
Sobreanalizadores Anónimos, allá voy.
Maggie se agachó para recoger el regalo —más ligero de lo que esperaba— y metió la llave en el cerrojo. De camino al dormitorio, tiraría la caja al armario.
Con las demás.