Los muertos no ven (Juegos de la mente 4) Capítulo 5
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Capítulo 5

N o. No puede ser.

La mano de Reid permanecía inmóvil, las yemas pálidas contra el teléfono, los nudillos crispados.

—Creía que habías dicho que no lo conocías.

—No le reconocí la cara.

Frunció el ceño.

—Ajá.

Era una palabra cargada de intención, y Maggie sabía por qué: la mayoría de la gente reconocía a alguien por la cara, no por su… piel desnuda. Tatuajes . Eso, los tatuajes.

—¿Cómo lo conoces? —preguntó Reid.

—Yo…

Me lo follé anoche en un club sexual clandestino del que nunca te hablé, porque literalmente solo fuimos pareja un día. Eso ni siquiera contaba como ser pareja. Había sido un polvo de una noche. Colegas con derecho a roce.

Como ella siguió callada, él negó con la cabeza.

—Maggie, tienes que ponerme en antecedentes. Conoces a la víctima masculina. Y, teniendo en cuenta el parecido físico de la mujer con… bueno, contigo…

Tragó saliva por encima del nudo que tenía en la garganta.

—Crees que todo esto va de mí.

Iba de ella. ¿Es que había alguna duda?

Maggie se apretó aún más contra el brazo del sofá, como si poniendo distancia entre ella y Reid pudiera alejarse también de su teoría de que ella era el centro de todo. ¿Cómo podía estar ocurriendo otra vez? Era estadísticamente imposible, una posibilidad astronómicamente remota.

Trabajas con la policía, Maggie. Trabajas en prisiones. Persigues a asesinos en serie. Cada vez que aceptaba un caso con Reid, aumentaban las probabilidades de que otro asesino fuera tras ella.

Pero aquellas marcas de mordedura, las puñaladas… la cuchillada en la mejilla. Alguien estaba reproduciendo los casos de su pasado; de su adolescencia, mucho antes de que empezara a colaborar con la policía.

Era algo personal.

Maggie clavó la vista en la mesa de centro, con los pensamientos desbocados.

Cuando tenía trece años, Kevin y ella habían ido a un edificio de oficinas abandonado el día antes de que lo demolieran.

Habían pasado unas horas haciendo el idiota: tirando ladrillos contra las mamparas interiores, pintarrajeando las paredes castigadas por la intemperie.

Pero cuando Kevin salió un momento, entró el hermano de Alex y la atacó; la inmovilizó contra el suelo y le mordió la nuca.

Ella logró escapar clavándole un trozo de cristal en la cara.

Aún podía verlo sobresalir bajo su pómulo, atravesándole la lengua.

Aún podía oler su sangre mezclada con la de ella en un bouquet metálico y enfermizo que le empalagaba el fondo de la garganta.

Pero Dylan… no podía ser Dylan en persona.

Por fin, Maggie volvió la cara hacia Reid.

—Tristan dijo que Dylan estaba muerto.

Lo habían encontrado tres semanas después del ataque, en el estado de al lado, con tres semanas de descomposición encima.

No había historial dental con el que comparar; Dylan no tenía radiografías archivadas.

Pero la causa de la muerte era reveladora.

Había muerto de una infección, provocada por la herida que ella le hizo, con la camiseta de Alex todavía apretada contra la cara. Lo incineraron enseguida.

El barítono de Reid la devolvió al presente. Tenía la voz cansada, áspera.

—No digo que Dylan no esté muerto. Un cadáver sin identificar encontrado a unas horas de Fernborn, con exactamente la misma herida en la cara y la camiseta de Alex… bastó para que lo identificaran oficialmente como Dylan, el chico que llevaba veinticuatro años sin nombre.

—¿Y entonces qué cojones pasa con las marcas de mordedura? ¿Con la cuchillada en la cara de ella? ¿De verdad creemos que es un imitador?

Aunque, pensándolo bien, no lo era. No del todo. Que ella supiera, Dylan no había hecho daño a un solo hombre. Solo iba a por mujeres, por gente más pequeña que él.

Reid se encogió de hombros.

—Es más probable que alguien esté copiando crímenes sobre los que ha leído a que Dylan fingiera su propia muerte.

Maggie frunció el ceño. No le faltaba razón.

Dylan habría tenido que rajarle la cara a alguien a quien nadie fuera a echar de menos, alguien que se pareciera muchísimo a él; retenerlo para asegurarse de que la herida se infectaba, esperar a que muriera…

Era demasiado para un chaval herido de dieciséis años.

Además, lo habían hospitalizado por sus lesiones, y atacar y reducir a otro adolescente que, por fuerza, tenía que tener su misma altura y su mismo peso…

¿Habría sido Dylan capaz de hacerlo apenas unas horas después de escapar del hospital?

Reid resopló.

—Es una posibilidad remota, pero haré que Tristan vuelva a revisarlo. Y no sé por qué Dylan iba a ignorarte todos estos años. ¿Encaja ese nivel de paciencia con el perfil que tienes de él?

No. No encajaba. De eso estaba segura. Dylan había sido sádico, pero había regresado a Fernborn por una razón lógica: trasladar a su primera víctima para que no lo descubrieran.

Cuando Kevin y ella lo interrumpieron, la atacó a ella y luego fue a por su hermana, Alex, en un arrebato de rabia. Alguien tan al límite, tan volátil…

—No. Dylan no habría esperado hasta ahora. Si hubiera estado obsesionado conmigo, furioso por lo que pasó, habría vuelto enseguida.

Si hubiera querido hacerle daño simbólicamente durante veinticuatro años, también habrían encontrado otros cadáveres. Y seguramente en algún sitio donde ella se habría enterado.

—Además, sabemos qué aspecto tiene Dylan. Un tío con un tajo enorme en la cara es bastante difícil de pasar por alto. E incluso si de algún modo fingió su muerte y consiguió una cirugía plástica buenísima, es difícil borrar hasta el último indicio de quién eras. No imposible, pero…

Maggie negó con la cabeza.

—Hay otra explicación. Otro desencadenante para quien haya hecho esto. Quizá… ¿la publicidad en torno a la muerte de mi hermano?

Dylan no habría necesitado la reciente atención de los medios para ponerse en marcha, pero en las semanas posteriores al hallazgo de los huesos de su hermano, alguien había filtrado los detalles de la agresión que sufrió de adolescente, junto con los de Alex.

Alguien de dentro de la policía; tenía que serlo, aunque jamás habían logrado averiguar quién.

Maggie sospechaba del detective Birman, el hombre que investigó el caso de Aiden y luego se fugó con su madre. Ese rencoroso mierdecilla.

Reid se reclinó, con los ojos fijos en la habitación, en la mesa.

—Eso es lo que pensaba yo también. Un imitador. ¿Has hablado con Alex últimamente?

¿Mi mejor amiga, que asesinó a mi hermano?

Paso. Negó con la cabeza, pero solo oír el nombre de Alex le provocó un espasmo en el pecho.

Allí tenía un agujero, donde antes había tenido amigos.

Donde antes había tenido un hermano. Una madre.

Pero no era eso lo que Reid preguntaba: seguramente quería saber si Alex había notado algo raro.

Alex había salido en las noticias durante semanas, relacionada con la muerte de Aiden.

Era una historia sensacionalista, siendo justos: si sangra, vende, y había corrido mucha sangre.

—Hablé con Imani la semana pasada.

La mujer de Sammy no había hecho nada malo, pero aun así le costaba estar cerca de ella: le hacía echar de menos a Sammy. Maggie se deshizo del nudo de la garganta y prosiguió:

—Dijo que Alex seguía recibiendo cartas de presos: de pederastas, asesinos de niños… Algunas eran para felicitarla. Igual que las que recibió hace unos meses, justo después de que se cerrara el caso.

Esa parte nunca salía en Scooby-Doo : las consecuencias, cuando Shaggy y Velma tenían que lidiar con cartas amenazantes de gente que apoyaba al malvado dueño del parque de atracciones.

—Si yo fuera el centro de todo esto, supondría que nuestro sospechoso me habría escrito a mí, pero es difícil saberlo. Y, obviamente, alguien que está en prisión no está haciendo esto.

—Pero quizá sea alguien a quien hayan puesto en libertad hace poco. Lo comprobaré.

Asintió.

—Así que o tenemos a un imitador, a alguien atraído por la repercusión mediática tras el hallazgo del cuerpo de tu hermano, o tienes otra clase de acosador: alguien decidido a llamar tu atención.

Reid se sorbió la nariz y cruzó un tobillo sobre la rodilla contraria. El silencio se alargó. Cuando por fin ella le sostuvo la mirada, dijo:

—¿Podemos volver a las víctimas?

Preferiría que no. Pero asintió.

—¿Conoces a la mujer? Se llamaba Cara Price.

Maggie negó con la cabeza.

—¿Cómo conociste a Joel Oliver?

Ah, el momento de la verdad. Esa parte también se la saltaban en Scooby-Doo . Aunque un perro de dibujos animados en un club de sexo sería una clase de dibujos completamente distinta.

—Pertenezco a un club… exclusivo. Allí nos conocimos.

Reid entrecerró los ojos.

—Vale. ¿Dónde está ese club? Una dirección ayudaría.

Dio unos golpecitos al móvil, su bloc de notas.

—No es tan fácil. Es un…

Bajó la mirada; no quería mirarlo a los ojos para esta parte.

—Bondage, salas de juego, grupos… Da igual lo que te guste, siempre hay alguien que busca lo mismo.

Alzó la cabeza.

—Que yo sepa, es el único de todo el estado, así que hay gente que conduce durante horas para… bueno.

Las cejas se le elevaron hasta la línea del pelo a cámara lenta, como si cada milimétrico movimiento delatara una nueva pieza encajando en su cabeza.

—¿Perteneces a un club de sexo?

Hablaba despacio, con cautela, como si creyera que, formulándolo de la manera exacta, ella podría responder que no.

—Anoche estuve allí. Estuve con la víctima. Sexualmente. Seguro que hay — puaj, puaj, puaj — restos de mis fluidos en su cuerpo. Necesitaréis mi ADN para descartarme.

A Reid se le desencajó la mandíbula, mucho más deprisa de lo que se le habían movido las cejas.

—¿Estás…?

La frase se le apagó. Parecía incapaz de encontrar las palabras para rematarla.

—¿En serio? Sí.

Él parpadeó mientras miraba el teléfono; al menos ya no la miraba a ella.

—Necesitaré descripciones. Los nombres de cualquiera que estuviera allí y pudiera conocer a ese hombre.

Maggie volvió a negar con la cabeza.