Epílogo
L e recorrió las costillas con los dedos mientras su lengua se ensañaba con el punto sensible entre sus piernas. Maggie cerró los ojos y gimió. Era el sonido más dulce que había oído en su vida.
Oh, había pasado por muchas cosas durante aquellas últimas semanas: una breve estancia en el hospital, una pelea con un asesino. Perder su casa.
Pero él iba a hacer que lo olvidara.
Dejó que sus dedos danzaran sobre los pezones. Ella abrió más las piernas para él. Oh, sí, Maggie. Sí.
Mírame. Pero no podía pedírselo. Ella mandaba; así era como le gustaba.
Aun así, ella lo miró. No podía verle la cara, claro; la gruesa tela de la máscara se lo impedía. Solo veía sus labios, el rosa de su lengua. Y sus ojos. Él tampoco podía verle el rostro, pero sabía qué aspecto tenía; lo sabía demasiado bien.
Al otro lado de la puerta cerrada, el club palpitaba como una criatura viva, pero aquella noche habían ocupado una de las salas privadas. Y aunque era ella quien llevaba la iniciativa, siempre ella, él jamás se sentía más poderoso que cuando se abría para él sobre la cama.
Ella se estremeció y arqueó la espalda, y él se apartó. Cuando ella se impulsó contra él, bajó los dedos para acariciar los suaves pliegues entre sus piernas.
Se incorporó apoyándose en los codos. Qué hermosa era, allí apoyada en la cama, mirándolo. Si dependiera de él, no saldría nunca de aquella habitación.
Entonces se movió. Maggie se incorporó en silencio, despacio, hasta quedarse de pie, desnuda frente a él, casi rozándose los pies.
Le agarró la cara y, durante un horrible instante, creyó que iba a quitarle la máscara.
Pero, en vez de eso, lo atrajo hacia sus labios tirándole de la barbilla hacia abajo. Sabía a sexo: sal, especias y almizcle.
Entonces ella apartó los labios y él sintió frío en la boca. La mano de ella en su nuca lo hizo temblar.
Señaló la cama. Las correas de cuero cuidadosamente dispuestas a lo largo del cabecero. Las ataduras que estaban allí solo para él.
Hizo exactamente lo que le pidió; siempre lo hacía. Y mientras ella subía a la cama y bajaba sobre él, centímetro a centímetro, cada uno dolorosamente húmedo, él se perdió en su ritmo: al principio despacio; luego, con más fuerza, más deprisa. Ella echó la cabeza hacia atrás. Le arañó el pecho.
Y entonces Maggie gritó. Oh, cuánto daría por oírla gritar su nombre.
Pero no lo haría. No sabía quién era, aunque él la amaba.
Y él no iba a decírselo.
No estaba dispuesto a estropear algo tan bueno.
Los muertos no hablan es la segunda novela de la serie Juegos de la mente. ¡Consigue Los muertos no hablan aquí!
Los muertos no hablan
Capítulo 1
Reid
El detective Reid Hanlon nunca había sido amigo de las extravagancias, aunque sí tenía cierta querencia por lo dramático.
No en sus palabras ni en sus actos, sino en los pequeños estallidos de color de los que se rodeaba, en ese toque de estilo que componía su día a día.
Su casa estaba decorada en suaves grises musgo, pero su colección de arte era una mezcla ecléctica de amarillos vibrantes, blancos lechosos y azules cerúleos profundísimos.
Aquel día llevaba un traje gris a medida —no estaba nada mal a sus treinta y nueve años, si él mismo podía decirlo—, rematado con una corbata de un violeta deslumbrante. Llamativa, casi teatral.
Pero la habitación en la que se encontraba…
aquella profusión de color resultaba excesiva.
La escena le cortaba por dentro, cruelmente, pese a sus veinte años en el cuerpo.
Si alguna vez dejaba de sentir algo ante los horrores del trabajo, sería señal de que tenía que dejarlo.
Así que, cuando se le tensó la mandíbula, lo recibió como una manifestación de que su humanidad aún coleaba y se abandonó a la repulsión.
Aspiró el olor metálico. Dejó que el desasosiego le calara hasta los huesos.
No es que la casa en sí tuviera nada de raro.
Era difícil volver inquietante una vivienda clónica de clase media sin que la asociación de vecinos te multara.
Habitaciones de tamaño corriente, mesas de centro labradas en caoba oscura y lustrosa.
Las paredes lucían aquel beige estándar de las constructoras, con margen de sobra para animarlas con uno o tres cuadros, lienzos que podían cambiarse según el humor o la estación.
Ahora no había cuadros, pero al yeso no le faltaba color.
La sangre salpicaba las paredes como el dibujo entusiasta de un niño, en patrones y remolinos que cobrarían todo su sentido para los analistas forenses que pronto llegarían a desentrañar los ángulos de impacto y el patrón de salpicadura resultante.
A menudo eran los detalles nimios los que marcaban la diferencia para los analistas: un puntito en una pared lejana o el grado de brillo de un charco que empezaba a coagularse.
Que la escena fuera tan reciente ayudaría.
Menuda suerte. Puede que ni siquiera estuviera allí de no haber sido por aquella minúscula mancha color clarete en la cara interior del cristal de la ventana.
—Iba en bici cuando vi la… la… la sangre —había dicho el niño.
Tenía diez años y nadaba dentro de una sudadera demasiado grande que hacía juego con sus enormes ojos azules. Las mejillas pecosas le brillaban de lágrimas.
—Tienes buen instinto, señor Kole Bishop —había dicho Reid—. Ojo de halcón.
En Fernborn, Indiana, les gustaban expresiones así: suavizaban el golpe; hacían pensar en el vuelo del halcón, no en la muerte que se retorcía atrapada entre sus garras.
El niño había parpadeado y le había dedicado una sonrisa temblorosa, pero el terror vidrioso que relucía en los ojos del pequeño Kole le había encogido el corazón.
Reid apartó la vista de la ventana. Tantos ángulos que analizar. Tantas penetraciones.
Tanta sangre.
Se arrodilló junto al hombre de la casa.
Ted Darren yacía boca abajo, con la parte posterior de la cabeza formando un ángulo contra la pata del sofá y el cuello torcido de forma extraña.
No parecía roto, pero partirle el cuello habría sido excesivo.
El sofá estaba empapado de carmesí; los charcos relucían húmedos bajo la luz que entraba por los ventanales de suelo a techo.
Profundas heridas le cruzaban el abdomen y el pecho.
La sangre se acumulaba bajo las piernas; el asesino le había rebanado los tendones de detrás de las rodillas y los tobillos, seguramente para asegurarse de que no pudiera correr.
Otras laceraciones le habían arrancado porciones de músculo de los antebrazos y dejado los huesos al descubierto.
Heridas defensivas. Darren había visto venir el arma.
Tal vez un hacha, a juzgar por cómo se hundía el tejido bajo la mandíbula: un golpe mortal en la yugular.
¿A quién quería engañar? Sabía que era un hacha.
Lo que no quería era que fuera un hacha, porque eso significaba que había vuelto a ocurrir, igual que dos distritos más allá.
Que él siquiera conociera aquel caso había sido pura casualidad: el detective Tengreddy, de Point Harris, lo había llamado la semana anterior para pedirle su opinión.
¿Qué probabilidades había? ¿Sabía el asesino que habían contactado con Reid?
Quizá atacar allí no fuera una coincidencia, después de todo…
—¿Detective Hanlon? Ya está aquí el equipo forense.
Reid entrecerró los ojos, mirando el cadáver.
—Aún no —le dijo al muerto—. Aún no.
No necesitaba mirar al patrullero apostado en la puerta; probablemente seguía tan pálido como cuando Reid había llegado, con aquellos ojos castaños y acuosos revoloteando por todas partes salvo hacia el cadáver.
—Pero… —empezó el agente Marshall.
—Por favor —dijo Reid, poniéndose en pie—. Les dejaré pasar en cuanto termine de recorrer la casa.
Necesitaba verla como había sido antes. Quería verla como la habría visto el asesino, rodeado de un silencio tan cortante como una herida de desuello. Rodeado únicamente por las víctimas.
Marshall lo miró durante un latido de más, con expresión suplicante o quizá solo nerviosa, y luego retrocedió.
Reid aguardó hasta que la puerta se cerró con un clic y se dirigió a las escaleras.
El pasamanos, pulido en madera oscura, hacía juego con las mesas de centro.
Teddy Darren, o tal vez su esposa, tenía un ojo excelente para el detalle.
Subió al piso de arriba con las manos en los bolsillos y los codos pegados al cuerpo para no rozar las paredes ni la barandilla.
Había sangre en los escalones; algo extraño para este asesino.
Pero ya oía correr el agua, una de sus señas de identidad.
El agua sonaba más fuerte al llegar arriba, y aún más al acercarse a las habitaciones. Reid se deslizó con cautela por la puerta ya abierta del dormitorio principal.
Diane Darren —vaya aliteración desafortunada le había tocado al casarse— seguía arropada bajo las mantas, pero él alcanzaba a verla…
o a ver partes de ella. Sus ojos velados permanecían abiertos de par en par, fijos en el techo; tenía la boca desencajada, como si la hubieran sorprendido, y los rizos color arena se derramaban sin vida sobre la almohada.
Había muerto deprisa a causa de la abertura descomunal bajo la mandíbula: músculo diseccionado, tráquea seccionada.
Una muerte casi instantánea, lo que venía a ser un premio de consolación, como quedar primero en un concurso de comer mierda.