Epílogo #2
Se acercó un poco más, entrecerrando los ojos; tenía la boca con sabor a monedas.
No había heridas graves en la parte posterior de los brazos: no había tenido tiempo de presentar heridas defensivas.
Pero el asesino le había asestado hachazos de todos modos, rajando las sábanas y la fascia que le cubría el abdomen.
El intruso había iniciado allí arriba su reino de terror; Diane no podía haber seguido dormida durante la refriega del salón.
El estrépito de arriba probablemente había despertado a Ted, que se había quedado dormido en el sofá.
¿Sabía el asesino que iba a encontrarse con que dormían separados?
En ninguno de sus crímenes anteriores había dejado sangre en las escaleras.
Aquella desviación gritaba «improvisado».
Reid veía en su cabeza las notas del último asesinato: Heridas infligidas en trayectoria descendente; múltiples cortes, de poca fuerza.
Por el ángulo, el asesino casi con toda seguridad había estado agachado junto a la cama, o arrodillado como si rezara.
Eso encajaba con sus crímenes anteriores, igual que su eficiencia.
Siempre era rápido: acababa con cada víctima y seguía adelante antes de que los demás ocupantes tuvieran tiempo de reaccionar.
Pero Diane había muerto deprisa; Ted, no.
Abajo, el asesino había hecho cortes más superficiales, sin emplear toda su fuerza.
Sin embargo, Reid estaba bastante seguro de que no había perdido el valor.
Primero había incapacitado al hombre y solo después se había asegurado de que Ted estuviera muerto.
A diferencia de sus otros crímenes, no había querido que aquella muerte fuera rápida. Había odiado que lo fuera.
¿Qué tenía Teddy de distinto?
Reid seguía dándole vueltas mientras salía al pasillo. Allí el agua sonaba más fuerte, reclamando su atención a gritos, intentando arrastrarlo hacia el baño de la derecha. Pero el baño siempre era la última parada del asesino.
Tomó aire e imaginó la planta de arriba en silencio.
El agua no habría estado corriendo cuando el asesino recorrió aquel pasillo por primera vez.
Quizá habría oído el gimoteo de un niño al despertarse.
Quizá los crujidos y quejidos de sus propios pasos.
Y, por los diminutos puntos que salpicaban el rodapié, el goteo acompasado de la sangre de Diane cayendo de su hoja.
El ploc , ploc , ploc imaginado del hacha fue ganando volumen; el agua se apagó en sus oídos. La habitación de la izquierda —la del niño— estaba vacía, tal como le habían dicho. Reid se detuvo ante la puerta del último cuarto a la derecha, se preparó y cruzó el umbral.
Las paredes rosa chicle estaban cubiertas de pósteres de caballos y dibujos de los mismos hechos con lápices de colores.
La niña yacía en la cama, bajo una fotografía enorme de ella montando un corcel blanco.
Si hubiera sido morena, casi habría podido creer que dormía, pero su pelo rubio blanquísimo estaba teñido por el dramatismo de la extinción, oscuro de sangre: un único golpe seco en la nuca.
Pero, igual que su madre, no había sufrido.
Aún abrazaba con el brazo izquierdo un unicornio de peluche, el cuerno moteado de carmesí que empezaba a coagularse.
Se le encogió el estómago. Aquel unicornio.
Sus deditos rodeando con tanto cuidado el cuerno.
Hacía que Lily Darren pareciera viva, y la sentía viva, como si su esencia aún permaneciera allí.
Abajo solo había percibido la energía de una vida ya extinguida, el silencio sordo y embriagador que acompañaba a las cosas muertas.
Pero en aquella habitación casi creía que la niña podía incorporarse de repente y mirarlo. Quizá rogarle que la salvara.
Se le erizó el vello de la nuca, un hormigueo incómodo pero insistente que, al captar un destello de movimiento por el rabillo del ojo, se convirtió en agujas de pánico.
No estoy solo.
Reid se volvió en redondo, con la mano en la culata de la pistola. Y se irguió. Su propio rostro le devolvía la mirada desde el espejo de cuerpo entero colgado en la puerta entreabierta del baño, una segunda entrada al destino final del asesino. Ceroso y pálido; no tenía buen aspecto.
Los hombros se le relajaron. Un truco de la mente, quizá porque quería que la niña estuviera viva.
O tal vez porque el incesante siseo del agua corriendo casi sonaba como una respiración.
También era posible que Marshall hubiera dejado entrar al equipo forense y él no se hubiera enterado, por el agua y por su empeño en bloquear los ruidos de la casa.
Pero no oía el trajín de instrumentos ni voces, solo el silbido a presión de la bañera. Aunque...
Frunció el ceño. El suelo estaba seco; el pasillo también. Cuando la policía había llegado a la última escena del crimen, una cascada bajaba por las escaleras. En la anterior, la moqueta estaba empapada. ¿Se le había olvidado al asesino poner el tapón de la bañera?
Improvisado. Sin duda, improvisado. ¿Qué se le escapaba?
Reid se acercó al baño, cuadrando los hombros...
¡Clinc!
Se quedó inmóvil. Podría haber pensado que aquello también era un truco de la mente, pero el sonido volvió a oírse.
¡Clinc-clinc!
Nítido, rápido e indiscutiblemente real.
Desenfundó el arma.
—¡Policía!
El tintineo cesó. Se quedó quieto, escuchando, con el arma apuntando a la puerta entreabierta. No debería haber nadie más allí. Según los vecinos, el niño pequeño estaba de campamento, y todos los demás estaban localizados: muertos, pero presentes.
—¡Salga con las manos en alto!
No creía estar hablándole al asesino. Probablemente sería un animal. ¿Tenían gato los niños? Pero no iba a arriesgarse a que le partieran la cabeza con un hacha solo porque aquello le pareciera improbable. Policías mejores que él habían muerto por errores mucho menos graves.
Vigiló la puerta del baño. No se acercaban pasos desde el otro lado; tampoco vio una sombra bajo ella. Se deslizó hasta el lateral de la jamba y terminó de abrir la puerta con la punta del pie.
El corazón le dio un vuelco y se detuvo. Bajó el arma.
El baño era sencillo: más paredes beis, sanitarios blancos y armarios de caoba. El grifo de la bañera estaba abierto y el desagüe, destapado; la bañera permanecía limpia y vacía. Pero ahí terminaba la normalidad.
Un niño rubio estaba sentado sobre la tapa cerrada del váter, con los dedos de los pies encogidos bajo el cuerpo y los brazos rodeándose las rodillas.
Tenía los dedos y los pantalones bañados en rojo rubí, las uñas cubiertas de una capa espesa de sangre grumosa.
Un cochecito de juguete descansaba en un charco embadurnado junto a la base del váter.
Sujetaba un hacha entre los puños, pegada a las rodillas; el filo aún goteaba y el mango estaba oscuro de sangre.