Capítulo 39
TRISTAN
T ristan levantó el pie del acelerador. Ahora se encontraba bien, pero, después de lo que fuera que Jeanna le había dado, seguramente convenía andarse con cuidado. Aun así, tenía algo que hacer aquella noche, y no le parecía que pudiera esperar.
Llevarle comida china a la doctora no debería parecerle tan importante; lo sabía racionalmente.
También sabía que era lo mínimo que podía hacer después de que ella le hubiera salvado la vida.
Y Maggie no debía quedarse sola, no hasta que averiguara qué era aquella presión persistente en el pecho, aunque se enfadara con él por rastrear su teléfono. Otra vez.
Jeanna... No podía creer que fuera Jeanna. Siempre le había parecido una... bueno, una estirada. Ni siquiera era capaz de enfrentarse a su padre. Pensar que atraía a sus novias hasta la hierba alta y las asesinaba...
Nunca llegabas a saber qué oscuridades se escondían dentro de una persona, pero aquello era una locura. Una auténtica locura. Una locura de remate. ¿Cómo no había visto semejante nivel de desequilibrio?
El coche de alquiler de Maggie estaba aparcado en la parte delantera del aparcamiento. La luz de su consulta seguía encendida.
Subió en ascensor hasta la tercera planta, mientras los envases de poliestireno impregnaban el aire de sal y glutamato.
¿Le gustaba la comida china? Creía que sí.
¿A quién no le gustaba, verdad? Había reunido tanta información sobre ella y ni siquiera había investigado cuáles eran sus platos favoritos.
Ese era el principal motivo por el que estaba allí: prometerle que no volvería a entrometerse en su vida ni en la de sus pacientes; decirle que Helena estaba a salvo y que siempre lo estaría.
Había estado desesperado por asegurarse de que no llamara a la policía ni alertara a Rich de...
bueno, de nada. Pero parecía que su hermano no era el culpable de la muerte de su madre.
Se había equivocado. Llevaba todos aquellos años equivocado.
Eso también le atormentaba: su madre. Puede que Richie no la hubiera matado, pero tampoco había sido Jeanna.
Podía entender que hubiera matado a sus novias —de una manera enfermiza y chalada—, pero lo de su madre no podía aceptarlo.
¿La muerte de su madre se había limitado a proporcionarle a Jeanna el modelo para sus crímenes?
Entonces, ¿quién había matado a su madre?
Tenía que ser alguien cercano a Jeanna, si ella tenía información privilegiada sobre el patrón ritual del asesino.
Quizá hubiera sido su padre después de todo.
Con suerte, Richie lo resolvería pronto.
Ya había pasado demasiado tiempo sin respuestas.
El ascensor redujo la velocidad y se detuvo.
La puerta exterior de la consulta de Maggie estaba cerrada, como esperaba. Alzó la mano para llamar, pero entonces probó el pomo. Cedió.
La sala de espera estaba vacía.
—¿Doctora Connolly?
No hubo respuesta. Cruzó la sala de espera y se internó en el pasillo del fondo. La lámpara de vidrieras de Maggie proyectaba colores de arcoíris sobre la moqueta, frente a la puerta entreabierta de su despacho.
—¿Doctora?
Nada. El corazón se le aceleró hasta desbocarse. Se le erizó el vello de los brazos. Y, al acercarse a la puerta, percibió un olor ácido bajo el fuerte aroma de la comida china. No supo identificarlo, pero sí supo que no estaba bien. Que era peligroso.
Empujó la puerta del despacho y esta se abrió de par en par. El silencio le inundó los oídos. Tristan dejó caer la bolsa al suelo.
La habitación se le presentó a retazos: un solo parpadeo cargado de un millón de fragmentos de información.
Había un cuerpo tendido ante él, encogido sobre el vientre.
El pelo estaba teñido de un rojo rubí enfermizo; bajo su cabeza se abría un lago de sangre.
Una parte del cráneo, por encima de la oreja, estaba hundida como si alguien le hubiera dado a una sandía con un martillo.
Pero el lago ya había dejado de crecer. El cuerpo no se movía.
¿La doctora? No. Aquel cuerpo tenía formas más blandas y era más ancho por la cintura. Pelo gris alrededor de la herida.
—¿Maggie?
Pasó con cuidado por encima del cuerpo, entrecerrando los ojos mientras buscaba señales de vida, pero solo vio el burdeos que mancillaba el suelo: una ameba de carmesí brillante. Tanta sangre. Entonces le vio la cara. Eden. Era Eden. No parecía respirar.
¿Dónde estaba Maggie? ¿Estaba bien? ¿Había salido a buscar ayuda? No. Habría llamado a la policía desde allí.
Apartó la vista del cráneo destrozado de Eden. Dos sillas seguían en su sitio en el centro de la estancia. La mesa auxiliar, con un guante de béisbol encima, permanecía intacta bajo la ventana. El escritorio...
Detrás del escritorio.
Pies.
Oh, no.
Saltó hacia el escritorio, con el corazón en la garganta, y dobló la esquina a trompicones, rezando para que estuviera caliente.
Para que siguiera viva. ¿Estaba Maggie allí, tendida boca arriba en el suelo y fría, tan ensangrentada como el cuerpo junto a la puerta?
Durante un instante creyó que estaba muerta, con los párpados cerrados y el rostro vuelto hacia el techo, pero no: aquello no era sangre.
Era solo su pelo, extendido en abanico alrededor de la cabeza.
Cayó de rodillas.
—¡Maggie! ¡Despierta, cariño! ¡Despierta!
Cariño. ¿Acababa de llamarla cariño? Pero ella no estaba despierta, o le habría gritado por eso, y ¿qué demonios estaba diciendo? Él no llamaba cariño a nadie. Nunca.
Le tocó la cara; tenía la piel fría y pegajosa. Tristan no le vio heridas, lo cual supuso un alivio, aunque tenía una rodilla mojada. ¿Estaba sangrando después de todo? Bajó la vista. Unos añicos de cristal relucían sobre la moqueta. La botella de agua se había hecho pedazos.
Las drogas. Esa zorra la había envenenado.
—¡Maggie! ¡Despierta!
Ella gimió, un sonido minúsculo y tenue, pero estaba ahí. El corazón se le disparó de alivio.
—Estoy aquí.
Sacó el teléfono y la estrechó contra su pecho. El aliento de Maggie le rozaba el cuello, tenue pero perceptible.
—Te tengo, cariño —dijo, y la palabra le resultó dulcísima en la lengua.
No tenía muy claro qué significaba aquello, pero sí sabía que su mundo sería mucho más oscuro sin la doctora Maggie Connolly en él.