Capítulo 38
M aggie entreabrió la ventanilla del Toyota y dejó que la brisa fría le secara el sudor de la frente.
Había salido de casa de Tristan poco después de que el detective se llevara a Jeanna esposada. Reid también había llamado a una ambulancia, pero Tristan parecía más empeñado en hablar con Maggie que en recibir atención por sus heridas leves.
Probablemente Owen la estaría esperando en casa con una olla de sopa de pollo o una infusión de manzanilla, cualquier remedio casero que creyera que podía ayudarla a sobrellevar la pérdida de todas sus pertenencias.
Solo intentaba ser amable, pero, cuando apareció la salida, no fue capaz de tomarla.
Sus otros amigos también parecían preocupados.
Alex e Imani le habían escrito para preguntarle si quería salir a comer pizza o comida tailandesa, respectivamente.
Pero no le apetecía explicar por qué llevaba la ropa nueva manchada de tierra, cómo se había escabullido de la escolta policial, cómo había acabado en comisaría viendo a Reid interrogar al hombre equivocado.
Ni cómo, al final, se había enfrentado a una asesina en el salón a oscuras de su paciente, con quien, ah, sí , había tenido sueños subidos de tono.
Estaba cansada de dar explicaciones y todavía más cansada de pensar.
La consulta estaba desierta, tal como esperaba.
No había ni una sola luz encendida en el edificio; solo el resplandor constante del vestíbulo de la planta baja y los focos del aparcamiento, que hacían centellear el asfalto.
Dentro reinaba un silencio absoluto, inquietante después de todo el jaleo en casa de Tristan.
Mientras subía las escaleras, una pesada sensación de abatimiento le oprimía el pecho: el bajón de adrenalina, su cuerpo intentando recuperar el equilibrio.
Lo sabía racionalmente, pero no le gustaba que el silencio pareciera agudizar su desasosiego.
Tenía los nervios en carne viva. Le latía la cabeza.
Subió a la tercera planta. La presión en el pecho no remitía.
La ignoraría, revisaría el correo, quizá se pondría al día con el papeleo.
Intentaría redimirse por haber pasado por alto por completo las intenciones asesinas de Jeanna.
Se sentía una farsante. Pero al menos podía usar aquella sensación de hundimiento para motivarse y resolver los problemas de otra persona.
La culpa sin un propósito te devoraba viva.
Su silla seguía donde la había dejado, la botella de agua aún descansaba en una esquina del escritorio y el cuadro estaba exactamente en su sitio.
Las muescas de los cajones parecían clavarle la mirada, pero aquella semana compraría archivadores metálicos.
Se aseguraría de que no volviera a ocurrir, aunque tampoco esperaba que se repitiera: habían atrapado a los responsables tanto del robo como de los homicidios.
Entonces, ¿por qué no sentía que todo hubiera terminado?
Maggie se dejó caer en la silla y pulsó una tecla para despertar el monitor.
Luego dio un sorbo de la botella mientras repasaba la lista de correos.
Seguía teniendo la garganta seca e irritada por el humo del día anterior.
Sammy le había enviado un mensaje sobre un cliente nuevo; estaba convencido de que era inocente.
¿Podía hacerle una evaluación cuanto antes?
Sonrió. Sammy siempre sabía exactamente lo que necesitaba. Debería comprarle más utensilios de hierro fundido. Quizá esta vez hasta prescindiera del payaso del reparto… nah .
Maggie dio otro trago a la botella, acercó el teclado y apuntó la cita en la agenda. Pero cada vez que parpadeaba veía a Jeanna, la «hermana» de Tristan, detrás de los párpados.
Jeanna quería a Tristan, pero ¿lo bastante como para matar?
¿Habría llevado sin querer a las escenas del crimen los pelos canos de su padre?
Era posible; vivían juntos. Y la madre de Tristan…
No habría aprobado que se casara con su hermana, pero ¿se habría arriesgado Jeanna a matarla?
En cuanto Tristan lo descubriera, la habría dejado a aquella asesina.
Suspiró. En una casa así, donde los impulsos humanos normales se tergiversaban y convertían en algo «impuro» o «pecaminoso», hacían falta mecanismos de defensa cognitivos poco saludables solo para sentirse cuerdo.
Pero Jeanna había ido demasiado lejos. Estaba delirando, imaginando que ella y Tristan compartían una vida, un futuro, un hijo; quizá incluso negándose a aceptar que la violación hubiera tenido lugar.
Y Maggie no había visto nada de aquello. Aunque, pensándolo bien, no le había preguntado a Jeanna nada personal. Le había mencionado los pendientes de Christine y le había enseñado una… una foto de… de Rich…
Las manos se le desplomaron sobre el escritorio. De pronto, los dedos le pesaban; el teclado no respondía. La habitación empezó a girar. Y los pelos de la nuca se le erizaron violentamente mientras una voz le susurraba en la cabeza, a ráfagas entrecortadas: Amenaza. Te observan. No estás sola.
Maggie se echó hacia atrás en la silla y levantó la mirada hacia la puerta: había alguien allí. ¿Quién era? Jeanna no, desde luego que no; estaba encerrada. El padre de Jeanna seguía también en comisaría, y aquella figura era pequeña. Demasiado pequeña para ser un hombre… ¿no?
Parpadeó, pero no conseguía enfocar la vista. Apoyó las palmas sobre el escritorio y se puso en pie; notó el frío del pisapapeles contra el canto del meñique: la serpiente. La bilis le subió por la garganta. Creyó que iba a vomitar.
—Hola, criatura.
Las palabras le llegaron desde muy lejos.
Debería haberlo visto venir. Claro. La matriarca dominante que se había impuesto a Jeanna incluso con su propia hija, la mujer cuyo nombre figuraba en la joyería, la que movía todos los hilos.
Seguramente le había dicho a Jeanna que hiciera aquellas llamadas a las ex de Tristan, que fuera a verlo aquella noche.
La había convencido de que Tristan le pertenecía.
Y había hecho todo lo posible para que fuera así.
Maggie cerró los dedos alrededor del cristal; un cristal pesado y resbaladizo. Aquellos pelos canos de las escenas del crimen nunca habían sido de Benedict. Y Reid no lo sabría hasta que llegaran los resultados del ADN… mañana.
—Hola, Eden —le salieron las palabras pastosas—. ¿Vienes a… ver a alguien por… una serpiente?
Una oportunidad, Maggie. Solo tienes una oportunidad. Concéntrate. Finge que intentas acertar a un blanco entre los árboles.
Eden entró en la habitación; su silueta oscilaba. Maggie inspiró hondo, reunió hasta la última gota de fuerza que le quedaba y lanzó el brazo hacia la figura.
Debería haber vuelto a casa de Owen.
Ese fue el último pensamiento que tuvo antes de que la oscuridad se la tragara.