Capítulo 37
TRISTAN
T ristan parpadeó, pero los bordes de su campo visual siguieron borrosos. La habitación le llegaba a retazos, envuelta en niebla. ¿Dónde estaba?
En casa. Reconoció los ventanales de suelo a techo, los sofás negros, la chimenea de gas —encendida a todo trapo—.
La pared de cristal frente a él daba a la piscina.
No tenía ni idea de cómo había llegado allí, pero al menos sabía que no era un asesino.
Eso aflojó un poco la opresión en su pecho, aunque no hizo gran cosa por ayudarle a averiguar qué había pasado.
Había salido de comisaría. Había vuelto en coche a casa. Se había servido una copa, como hacía después de un día largo —y todos los días eran largos—. Y después... oscuridad.
Tristan tiró de una muñeca hacia el techo, luego de la otra, pero el cerebro no le funcionaba; sus brazos se negaban a obedecer. Espera... No. No era el cerebro ni los brazos: había una cuerda. Una silla.
Sacudió la cabeza, intentando despejarse. ¿Un sueño? Seguro que era un sueño. Con sus episodios de sonambulismo estaba reviviendo la muerte de su madre, intentando intervenir; eso era lo que había dicho Maggie. ¿Sería aquello... alguna versión de lo mismo?
Tristan se retorció mientras su mente empezaba a despejarse.
Las ataduras no estaban en su cabeza ni eran restos de una pesadilla: estaba sujeto de verdad, aunque no con cuerda.
La silla de comedor a la que lo habían atado ocupaba el centro de su salón, y la cinta americana alrededor de sus muñecas apretaba tanto que le estaba cortando la circulación.
Tenía insensibles los dedos desde el corazón hasta el meñique; los otros le hormigueaban, atravesados por pinchazos.
El corazón le latía con fuerza en las sienes, intensificando aún más el aturdimiento.
Incluso libre, se sentía demasiado mareado para ponerse en pie.
Mierda . ¿Qué demonios estaba pasando? Habían capturado al asesino: Benedict estaba con Richie.
¿Lo habrían soltado tras el interrogatorio?
¿Habría venido allí a terminar el trabajo? ¿Era siquiera posibl...?
Creeeee...
El ruido del pasillo le hizo volver la cabeza, pero también la tenía pesada; los ojos seguían empañados, como si tratara de ver a través de agua sucia.
Una silueta difusa, como una aparición a medio formar, entró en su campo de visión, y el golpeteo de unos pasos le retumbó en los oídos.
Su pelo... largo, oscuro, brillante. Y allí estaba ella, un ángel centelleando a la luz del fuego.
Se le erizó el vello de los brazos, aunque apenas lo sintió: una impresión apagada, embotada sobre la carne. No sabía por qué Jeanna había decidido pasarse por allí, pero jamás se había alegrado tanto de verla.
—Jeanna, gracias a Dios. Ayúdame. Rápido, no sé dónde está.
Jeanna sonrió; su melena oscura brillaba como olas nocturnas.
Tristan recorrió febrilmente la habitación con la mirada, pero había muy poco allí que pudiera servirle si Benedict volvía.
¿Le haría daño a Jeanna? Tristan no lo creía, pero Benedict había hecho daño a su madre, había matado a tantos otros...
¿Por qué no iba a matar también a Jeanna?
Quizá el vaso de vodka de la mesa baja pudiera servir como arma.
No, los trozos de cristal serían demasiado pequeños para hacerle daño de verdad.
El atizador... ¿podría llegar al atizador?
Jeanna seguía de pie junto al pasillo, inmóvil como una estatua, seguramente tan atónita de encontrarlo así como él de verse en semejante situación.
—En serio, Jeanna, luego te lo explico, por favor...
—Ya hemos esperado bastante, Tristan —dijo, como si no le hubiera oído.
Se acercó. Sus movimientos eran entrecortados bajo la luz del fuego, demasiado rápidos para que sus ojos nublados pudieran seguirlos.
¿De qué estaba hablando? Volvió a sacudir la cabeza, otra vez intentando despejarse, intentando entender, pero no lo consiguió.
Ella se le sentó a horcajadas, con una pierna a cada lado de sus muslos y el aliento caliente contra su garganta.
Una arcada ácida le sacudió el estómago.
No, aquello estaba mal. Ella era su hermana .
Nunca habían tenido más contacto físico que un abrazo para darse ánimos o un choque de manos cuando él salía por la puerta.
—Jeanna, para, ¿qué estás...?
—No dejes que el diablo te meta ideas en la cabeza. A mí también me las mete, pero no le escucho. Ya no.
Bajó la boca hasta la suya. La presión fue brutal; sus labios quedaron aplastados entre los dientes de ambos.
Tristan apretó los dientes para impedirle meter la lengua e intentó apartarse, pero los músculos apenas le respondían. Cada movimiento era un recordatorio a cámara lenta de que era inútil, de que estaba indefenso.
—Para —dijo, pero le salió amortiguado.
Logró apartar la cara sacudiendo la cabeza, y ella por fin se apartó para mirarlo. Le brillaban los ojos como cuando hablaba de Robin: pura alegría. Como si todas las piezas de su vida hubieran encajado por fin.
Está loca. No era una persona normal en una situación anormal: estaba literalmente loca.
—Jeanna, ¿por qué estás aquí? Estoy cansado; el cerebro no me funciona bien. Dime qué está pasando. Explícamelo como si tuviera cinco años.
Estaba ganando tiempo. Por favor, que se me pase pronto el efecto de lo que sea que me haya dado.
—Christine ya no está. Todos se han ido. Tú, yo y Robin... podemos ser una familia.
Ya eran una familia. Ella era su hermana .
—No quiero hijos, Jeanna.
—Tú querías a Robin.
—Te ayudé porque eres familia , no porque quisiera una hija.
—La quieras o no, tienes una.
No. De ninguna manera. No sabía quién era el padre de Robin, pero desde luego no era él.
—Jeanna, siempre estaré aquí para ayudarte. Te quiero como a una hermana.
—Sé que me quieres; Nana y Papá también lo saben. Por eso esto es tan perfecto.
—¿Te ha metido tu padre esta idea en la cabeza? ¿Te ha dicho que deberíamos... estar juntos?
Jeanna le habría creído. Se creía cualquier cosa que dijera el viejo.
Robin solo estaba allí porque Benedict le había dicho a Jeanna que tenía que tener al bebé; que, si abortaba, ya no tenía padre.
Todos los sueños de Jeanna, destruidos de una sola embestida violenta.
No era de extrañar que hubiera perdido la cabeza.
—No necesito que él me diga que debemos estar juntos. Todo lo que he hecho ha sido por ti. Las llamadas, decirles a esas mujeres que no tenían ninguna posibilidad...
¿Las amenazas?
—¿Eras tú?
—Creo que deberíamos hacerlo oficial. Casarnos. Dejar de vivir en pecado.
—Desátame, Jeanna. Podemos hablar de todo esto.
Ella sonrió y acarició el colgante que descansaba sobre su clavícula: San Benito. La mirada se le ensombreció.
—Sé todo lo que solías hacer con Christine. Los juegos que te gustaban.
Ay, ay.
Las uñas de Jeanna se le clavaron en los hombros: afiladas, dolorosas.
—Esto es lo que te gusta, ¿verdad?
—¿Me estabas vigilando? —logró decir con voz ronca.
Le aplastaba la caja torácica con sus caderas huesudas.
O quizá solo estaba imaginando a Christine, a Lillian, a Tonya, a todas ellas jadeando, sin aire.
Jeanna había matado a todas las mujeres que le habían importado porque...
¿creía que estarían juntos, que criarían a Robin juntos?
Por eso empezó a matar a mis amantes hace tres años: fue entonces cuando necesitó un padre para su bebé.
Tristan volvió la cabeza de un lado a otro, como si pudiera sacudirse aquellas garras de encima.
—No necesito vigilarte. Sé lo que te gusta. Y te convengo más que Christine.
—Claro que eres mejor. Eres de la familia.
Jeanna se quedó rígida. Aquellas palabras no habían salido de su hermana, y aquel tono tampoco era el suyo. Pero la voz sí la reconoció.
Maggie . La doctora asomaba medio cuerpo en la habitación desde la terraza trasera, con las manos separadas del cuerpo y la silueta envuelta en una bruma naranja apagada.
Tenía las rodillas del pantalón caqui manchadas de tierra.
¿Estaba allí de verdad o era cosa de su cerebro embotado?
Se dio cuenta de que el mundo parecía más sólido por los bordes, aunque seguía costándole enfocar la vista.
—No pasa nada, Jeanna —dijo Maggie—. Sé que no quieres hacerle daño a Tristan. Lo quieres más de lo que nadie podría quererlo jamás.
Los dedos de Jeanna se aflojaron sobre sus hombros.
Se puso en pie y, en cuanto la presión sobre sus muslos cedió, un dolor punzante, como miles de agujas, le atravesó las pantorrillas.
Tenía las manos dormidas. Aunque consiguiera librarse de las ataduras, no podría reducir a Jeanna antes de que le hiciera daño a Maggie. No servía para nada.
Pero Jeanna no había drogado a Maggie como lo había hecho con él. Frente a la doctora, estaría en clara desventaja.
Jeanna pareció darse cuenta al mismo tiempo. Retrocedió de un salto hacia la chimenea. Maldita sea, se había acordado del atizador.
Maggie avanzó sin amilanarse ante el arma.
—Sé que yo no te importo lo más mínimo. Pero soy la única que sabe que él siente lo mismo.
—Se acercó un poco más, aunque sin abandonar el lado izquierdo de la habitación.
Era como si evitara la silla a propósito, como si evitara acercarse a él, igual que un ladrón esquivando rayos láser que pudieran hacer saltar una alarma.
Jeanna alzó aún más el arma, empuñándola como un bate de béisbol.
—Tú no sabes nada.
—Sé lo suficiente. Sé que lo que te hizo tu padre no estuvo bien. Hacerte creer que no podías ir a la universidad. Hacerte sentir que...
—¡Él no me hizo nada!
—Las familias sanas no se controlan unas a otras, Jeanna.
Tu madre te apoyaba; quizá incluso logró que tu padre aceptara lo de la universidad, hasta que alguien te atacó.
No sé cómo murió tu madre. No sé si la mató tu padre.
No sé exactamente cómo te sientes. Pero sí sé lo que es querer controlar algo cuando el resto del mundo parece inestable.
—El dolor en la voz de Maggie era palpable: hablaba desde la experiencia, no desde un manual de psicología—. Pero no puedes controlar a Tristan.
—Estamos hechos el uno para el otro —dijo Jeanna, aunque las palabras le salieron en un gemido débil.
Las palabras de Maggie estaban haciendo mella en ella, igual que habían hecho en él durante su primera sesión.
Maggie bajó las manos hasta apoyarlas sobre los muslos del pantalón caqui.
—Si lo quieres, tienes que dejar que elija. Como debería haber hecho tu padre contigo.
—Papá me dejó ir a la universidad y mi madre murió .
—La muerte de tu madre no fue culpa tuya.
— Claro que fue culpa mía.
Tristan sintió aquellas palabras en las entrañas, como si cada una le abriera una herida distinta.
Las lágrimas brillaban en los ojos de Jeanna.
Pero no podía creerlo de verdad. ¿O sí? Él nunca había oído a Benedict culpar a Jeanna de la muerte de su madre, pero...
podía haberlo hecho. Desde luego, había culpado a Tristan de la muerte de la suya, aunque de forma más sutil.
—A veces las cosas simplemente pasan. —Maggie se acercó un paso...
No, se desplazó hacia un lado. Tristan tuvo que estirar el cuello para verla.
¿Estaba retrocediendo hacia el arco que daba al vestíbulo?
—. Jeanna, déjalo ir. Si no lo haces, Robin se quedará sin padres.
—Maggie lo miró; sus ojos taladraron los de él. Tristan comprendió.
—Yo cuidaré de ella —dijo, aunque hablar con Jeanna le revolvía el estómago y hacía que el corazón le latiera tres veces más deprisa.
Jeanna se volvió hacia él, con la boca formando una pequeña o de asombro.
—Me aseguraré de que Robin tenga todo lo que necesita. Me aseguraré de que vaya a la universidad.
Y lo haría. No quería a Jeanna, nunca había querido tener un hijo, pero Robin merecía una suerte mejor de la que le había tocado.
—Los dos nos aseguraremos de que Robin tenga lo que necesita —le dijo Jeanna en voz baja, peligrosa.
La mirada se le oscureció, como si acabara de tomar una decisión crucial, y, Dios, fuera cual fuese, traería malas consecuencias para la doctora. Porque Jeanna solo tenía una forma de salir de aquella habitación para cuidar ella misma de Robin: tenía que eliminar a la testigo.
Jeanna se apartó de él. Al apretar el arma, los brazos se le tensaron hasta formar gruesos cordones de tendones y músculos. Se abalanzó.
No hubo tiempo para gritar. Jeanna se lanzó hacia Maggie como un animal salvaje, con el extremo afilado del atizador reluciendo a la luz del fuego.
Tristan jamás se había sentido tan impotente: atado, con la lengua convertida en un bulto al fondo de la boca.
Maggie iba a morir. Como su madre. Como Tonya. Como todos los demás.
Maggie saltó hacia la derecha, fuera de su campo de visión...
Una figura borrosa saltó desde la oscuridad a su espalda. Antes de que Tristan pudiera asimilar lo que estaba viendo, Jeanna ya estaba en el suelo, chillando, con el brazo que sujetaba el atizador inmovilizado a la espalda.
—Deja de moverte o te vas a abrir otro agujero en el culo —dijo el hombre que la tenía debajo.
¿Richie?
Maggie rodeó a quienes forcejeaban en el suelo —su hermana trastornada y su medio hermano, que lo odiaba con toda su alma— y se arrodilló junto a la silla.
—Menudo lío en el que te has metido, ¿eh?
Estaba demasiado aturdido para responder, y ella no parecía esperar que lo hiciera. Maggie tiró de la cinta que le sujetaba la mano derecha. Un hormigueo feroz le explotó por el antebrazo; los nervios le gritaban. Le liberó la otra mano y después se agachó para ocuparse de los tobillos.
—Eres mi héroe —dijo Tristan.
Maggie resopló, pero Richie respondió:
—Muchas gracias. —Rich miró a Maggie—. Te dije que te fueras a casa, doctora Connolly.
—Oye, yo también he ayudado. Y trabajamos bien juntos; lo dijiste tú mismo.
Tristan miró con los ojos entornados primero a Maggie y luego a Rich, que seguía sonriendo mientras cerraba las esposas en torno a las muñecas de Jeanna.
Se le oprimió el pecho, y no tenía nada que ver con Jeanna.
Movió los tobillos en círculos, intentando obligar a la sangre a llegarle a los dedos de los pies.
Richie puso a Jeanna en pie de un tirón. A Jeanna le relucía la saliva en los labios y las lágrimas en las mejillas. Gimoteó.
—Tris, ayúdame. Diles que todo ha sido un malentendido. ¡Díselo!
Tristan la miró a los ojos.
—Está loca —dijo.
Vio cómo se le venía abajo el rostro. Pero Tristan no sintió lástima por ella.
Ni un poco.