Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 36 #2
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Capítulo 36 #2

—¡Cómo se atreve, muchacho! Es igual que su padre: igual de sucio, intentando arrastrar consigo al infierno a la gente de bien.

—¿Por qué discutían, Benedict? ¿Quería volver a trabajar cuando Jeanna fuera mayor, aprovechar el título de Farmacia que le había costado tantos años sacarse? ¿Quería unos derechos humanos básicos pese a ser mujer?

La pulla dio en el blanco: a Benedict se le encendieron los ojos de furia.

—El estrés... Eso fue lo que la mató. Mi esposa fue quien empujó a Jeanna a irse a la universidad, quien la apartó de Dios. Y mire lo que pasó.

—¿Se refiere a Robin?

Él resopló.

—Quiero a esa criatura. Pero gracias a Dios mi esposa murió antes de tener que ver lo que habían provocado sus decisiones. Antes de que nuestra chica apareciera embarazada, sin padre a la vista y sin anillo en el dedo.

Joder.

—Y antes de que me acuse de algo verdaderamente horrible, ningún buen cristiano acabaría con una vida antes de que Dios considerase que ha llegado el momento.

La mandíbula de Benedict era piedra.

—Tráigame a mi abogado, Richie.

Reid sonrió.

—Como desee, Benny .

Se levantó de golpe, haciendo que la silla se quedara balanceándose sobre dos patas antes de volver a posarse con un repiqueteo, y salió de la sala de interrogatorios a grandes zancadas. Maggie no lograba apartar la vista de la figura encorvada de Benedict. No parecía derrotado, sino... devastado.

Frunció el ceño. ¿Era Benedict Rose un fanático religioso?

Sin duda. ¿Había pruebas circunstanciales que apuntaban hacia él, como aquel pelo suyo en la escena del crimen?

Quizá. Pero se habría jugado su cuadro de payaso más espantoso a que para él el asesinato era un pecado del tipo «que Dios lo fulmine y lo mande al infierno».

Valoraba mucho más la otra vida que esta; había parecido horrorizado ante la idea de que alguien pudiera haber matado a su esposa.

Y su nieta no le tenía miedo: le había mostrado un cariño genuino pese a cómo había venido al mundo.

Se saltaba las normas por quienes quería.

Se volvió cuando Reid abrió la puerta de su cuartucho de mirón.

—¿Tú qué opinas? —preguntó, cerrando la puerta a su espalda. Estaba tan cerca que Maggie podía oler su sudor. Nada de chicle de canela, solo el almizcle de un día interminable.

—Está claro que es devoto.

Y sí que mentía. Mentía sin ninguna duda. Sin embargo, algo no terminaba de encajarle en la cabeza. Tal vez tuviera el radar averiado desde que un asesino en serie que había intentado matarla le había destrozado la casa entera. Obvio.

—Sé que tienes pruebas contra él —dijo despacio—. Pero no me cuadra como sospechoso.

Reid arqueó una ceja.

—¿Porque es un abuelito encantador?

—No, porque...

No es celoso. No es de los que acosan.

—No encaja en el perfil.

Un perfil psicológico podía cambiar, por supuesto, pero no tanto. A menos que se hubiera equivocado tanto desde el principio.

—A veces los peores criminales son los que parecen más normales. A no ser que hayas cambiado de idea y ahora creas que tu mejor amigo Tristan tiene más pinta de asesino en serie. Yo lo encerraría solo por el mote que me ha puesto.

Le brillaron los ojos. ¿Eso era una broma?

—No es mi mejor amigo. No es nada para mí.

El destello se apagó. Reid resopló.

—Tenemos a un equipo trabajando en ello. Reconstruiremos los movimientos de Benedict en cada uno de esos asesinatos, pero entre el GPS de su coche y ese pelo canoso, ya lo hemos situado en tres de las escenas. Una confesión habría estado bien, pero...

Se encogió de hombros.

Tristan tenía razón: eran rápidos rastreando los GPS de los coches. Maggie miró a través del espejo. Benedict se frotaba otra vez el pecho, con el rostro demacrado.

—Ha cambiado de discurso tan deprisa, Reid. Ha pasado del fuego y el azufre a pedir un abogado.

—Se ha dado cuenta de que lo habíamos pillado.

—No lo creo. Creo que, si lo hubiera hecho... estaría orgulloso.

Benedict levantó un dedo y se secó un ojo. Estaba llorando. Ya no quedaba en él ni una pizca de orgullo.

—Está protegiendo a alguien —susurró.

A alguien que había hecho daño a las mujeres que le importaban a Tristan. Y, con Benedict bajo custodia, el verdadero asesino tendría que actuar deprisa si tenía algo especial reservado para Tristan... o planes para alguna otra mujer desafortunada.

—Mañana tendremos la confirmación de ADN de esas escenas del crimen.

Si tiene un cómplice, lo sabremos. Pero incluso si lo tiene, es muy poco probable que haga nada esta noche con Benedict detenido.

¿Por qué demostrar que nuestro principal sospechoso es inocente si eso significa que detendremos al cómplice en su lugar?

Reid miró de reojo al espejo y volvió a girarse hacia ella.

—Espero que puedas dormir más tranquila ahora que todo ha terminado.

Sus ojos ardían con lo que parecía un remordimiento sincero.

—Has terminado de interrogarme, ¿eh?

—He terminado de ser malo contigo —dijo—. Pero eso no significa que tú y yo hayamos terminado de hablar. Trabajamos bien juntos.

Qué raro que sonara como una invitación.

Qué raro que ella siguiera sintiéndose tan intranquila.