Capítulo 36
M aggie contemplaba la sala de interrogatorios a través del espejo bidireccional, asombrada de encontrarse siquiera allí.
Tristan la había llevado a recoger su coche, y el detective se reunió con ellos en comisaría.
Allí, Reid escuchó con atención la valoración de Maggie sobre la salud mental de Tristan y después su historia: la teoría que ambos tenían sobre Benedict Rose.
Y, aunque dos veces se había referido a Tristan como «el mejor amigo» de Maggie, Reid parecía creerlos de verdad.
Ahora observaba el interrogatorio en busca de incoherencias en el comportamiento de Benedict, apostada ante el cristal como un mirón.
En aquel armario con ínfulas no había ni una triste silla; solo una mesita con un televisor que emitía en directo lo que ocurría dentro de la sala de interrogatorios.
Reid se acomodó en la silla, frente al joyero barbudo.
—¿Mató usted a Christine Archer, señor Rose?
Directo a arrancar la tirita de golpe, ¿eh?
Benedict abrió mucho los ojos. Maggie se inclinó hacia el espejo de doble cara, buscando las microexpresiones típicas de quienes mienten…
o sienten pánico. No lograba verle bien la boca, pero los músculos alrededor de sus ojos se crisparon con irritación, algo menos habitual en quienes intentan engañar deliberadamente.
—Creía que quería hablarme de Tristan.
Eso era lo que Reid le había dicho al pedirle que acudiera.
Supuso que no era del todo mentira, solo casi del todo, aunque la mirada de Reid había conservado una sinceridad cuidadosamente ensayada, por no decir impostada.
Aquel Reid mentía bastante bien. No le gustaban nada las trolas cuando iban dirigidas a ella, pero ahora veía la utilidad que tenían.
—Eso no responde a mi pregunta.
Benedict se cruzó de brazos, a la defensiva.
—Por supuesto que no le hice daño a esa chica. Aunque fuera una ramera, eso es cosa suya y de Dios.
Desde luego, aquello no sonaba precisamente a un no. Aunque lo negara, también insinuaba que no culparía a una deidad por fulminarla. Si se veía a sí mismo como el custodio del juicio divino, ¿culparía a Dios o se culparía a sí mismo?
—Quizá le preocupara su hija, Benedict. —Reid se encogió de hombros y lanzó una mirada al espejo, como si quisiera asegurarse de que Maggie estaba prestando atención—. Jeanna y Tristan tienen una relación especial, ¿verdad? Son uña y carne. Y Tristan no para de comprarle cosas a la niña.
—Mi hija no es asunto suyo. Y mi nieta tampoco.
—¿Robin es hija de Tristan?
Maggie se quedó de piedra. ¿Qué? Ni se le había ocurrido.
¿No había dicho Tristan que Jeanna era su hermana?
Y, si no recordaba mal, Jeanna había sido violada.
Era una de las cosas que Tonya adoraba de Tristan: la compasión que había mostrado y cómo había cuidado de su hermana tras aquella agresión.
La mirada de Benedict se afiló.
—Desde luego, Tristan le da dinero como si esa criatura fuera hija suya. Pero no me lo dirían ni aunque fuera verdad. No los crié para que… hicieran eso.
—Fuera intencionado o no, quizá crea que debería casarse con ella si piensa que es el padre de la niña.
Pero, para eso, tendría que enderezar su camino.
Deshacerse de malas influencias ayudaría, sin duda.
Puede que hasta volviera desesperado a la iglesia si todas sus mujeres no paran de morir, ¿verdad?
El torrente de acusaciones era tan espeso que Maggie sentía que avanzaba a duras penas por él. Tristan también debería estar aquí para verlo. Pero no tenía ningún motivo profesional para estarlo y todas las razones del mundo para mantenerse lejos.
A Benedict se le hincharon las aletas de la nariz.
—Tristan va por mal camino, eso seguro. Ha salido a su madre; al final, sus pecados acabaron pasándole factura. Pero yo no puedo salvar a nadie, Richie. Eso solo puede hacerlo Dios.
Reid entrelazó los dedos sobre la mesa.
—Usted es quien siempre le dijo que la muerte de su madre había sido culpa suya.
Ay. Era duro, pero Maggie se lo creía. Ni siquiera Reid, un hombre que había pasado los últimos años investigando a su hermano, parecía pensar que Benedict hubiera tratado bien a Tristan. Aquello hizo que se ablandara un poco con él… solo un poco.
—La muerte de Abigail fue culpa suya , eso es lo que siempre he dicho. Pero él tampoco ayudó, con esa manía suya de jugar con fuego. La pobre Abby nunca encontró el camino, y sus payasadas no hicieron más que empujarla todavía más a los brazos de esos fornicadores.
—¿Como mi padre? —Reid sonrió; tenía unos dientes bonitos—. Pero seguro que una sesión rápida con un cura arreglaba lo que hizo mi padre. Penitencia y todo eso. Me crié en la fe católica, Benedict; la confesión es como una goma de borrar mágica. No necesitaba matar a nadie.
—La confesión no es perfecta, Richie. No para los verdaderos creyentes. Incluso nuestro papa actual… no es un hombre de Dios.
Prácticamente escupió las palabras. Vaya, si el papa no era lo bastante católico, al resto más le valía rendirse y esperar a que les cayera un rayo en el culo.
Reid casi puso los ojos en blanco: eran de un castaño oscuro, cargados de inteligencia. Ahora que estaba de su lado, hasta resultaba un poco atractivo.
—Sí, ese papa, siempre con la paz. Mejor la ira y el fuego infernal, ¿verdad? ¿Sangre en los dinteles? ¿Langostas?
—El fuego es lo único real , como el metal candente del horno de fundición.
La fundición… Ah, las herramientas para marcar huesos.
¿Cómo se me pasó esto? No había ido a la tienda buscando a un asesino, pero aquello era descarado, evidente.
Y aunque había visto a más de uno transformarse de Dr. Jekyll en Mr. Hyde, su manera de comportarse en aquella tienda sencillamente no encajaba.
Incluso ahora, viéndolo despotricar sobre las mismas cosas que deberían incriminarlo, la idea de que Benedict fuera el asesino le resultaba… rara .
—Tengo pruebas, Benedict. Pruebas contundentes. ADN. Su ADN.
—Sea lo que sea eso que cree tener, se equivoca. —Pero sus ojos se apagaron, inseguros.
—Lo que creo tener es un caso contra usted. Puedo vincularlo con la escena del crimen de Lillian Mace. Hace una hora me enteré de que encontraron dos pelos canosos junto a su cadáver, y estoy bastante seguro de que coincidirán con su barba.
Vaya, aquello había ido rápido. Mientras ella y Tristan resolvían el caso en el cementerio, Reid lo había estado resolviendo allí.
Con razón se había mostrado tan dispuesto a aceptar su declaración como un hecho.
Eso, si Reid decía la verdad. No había ninguna ley que prohibiera mentirle a un sospechoso durante un interrogatorio.
Benedict no pareció darse cuenta de esto último. Se le desencajó la mandíbula; la barba se abrió, dejando a la vista la caverna de su boca.
—Puedo demostrar que estuvo en esa escena del crimen —repitió Reid—. Que tenía un motivo para matar a la madre de Tristan y a las mujeres que podían estar descarriando a su hijo. Y tengo eso.
Señaló el pecho del hombre, justo bajo su barba desgreñada. La cadena apenas se distinguía rodeando la joroba de grasa de su nuca, pero bajo las luces intensas de la sala de interrogatorios Maggie veía el contorno de un objeto circular bajo la camisa.
El medallón.
Casi podía oler la carne quemada, aunque quizá fuera la habitación… o su propia nariz. A la ceniza le gustaba quedarse pegada en los senos nasales.
Benedict frunció el ceño.
—¿Esto?
Alargó la mano hacia el collar y lo sacó de debajo de la camisa: brillante, metálico y del tamaño justo para haber dejado aquellas marcas en las mujeres.
Maggie entrecerró los ojos, intentando distinguir los detalles, pero solo alcanzó a ver la forma oblonga grabada en el centro y las franjas vacías a ambos lados.
—Es san Benito, mi santo tocayo. Para protegernos. Hice uno para cada uno de nosotros.
De pronto dejó de hablar; entornó los ojos como si dijera: pero no hice uno para ti, Richie, porque tú no formas parte de esta familia .
—Protección, ¿eh?
Reid se inclinó más hacia el joyero, apoyado sobre las manos; los músculos de los hombros se le ondulaban como si se contuviera para no abalanzarse sobre él por encima de la mesa de acero.
—¿Se le ocurre de qué podrían haber necesitado protección esas mujeres muertas?
Benedict frunció el entrecejo, pero los pequeños músculos alrededor de sus ojos permanecieron inmóviles esta vez: un indicio claro de que no estaba diciendo la verdad.
Se guardó el medallón bajo la camisa y volvió a cruzarse de brazos, aunque parecía más una maniobra evasiva, una pausa para decidir qué responder.
A Maggie se le erizó el vello de la nuca, hormigueándole bajo aquella vieja cicatriz ya curada.
No, aquello estaba mal... Esa evasiva no pegaba con él. Benedict era un hombre recto, un fanático. Hombres así sangraban por sus creencias, morían por sus creencias. Mataban por ellas. Y eran los primeros en pregonarlas a los cuatro vientos, sobre todo si sabían que los habían pillado.
El fuego es lo único real.
Aquello bien podría haber sido una confesión. Entonces, ¿por qué Benedict se había quedado de repente mudo cuando se trataba de sus convicciones?
—No es un símbolo raro —dijo Benedict.
Tenía la frente húmeda, reluciente de sudor.
—Pero esta pieza sí lo es. Porque usted solo hace trabajos por encargo.
Reid imitó el gesto de Benedict y se cruzó los anchos antebrazos sobre el pecho.
—Si tiene una coartada para anoche, le sugiero que la suelte ya.
—Estaba en casa.
—¿Alguien puede confirmarlo?
Sus ojos llamearon, pero era más miedo que actitud defensiva.
—No, estaba solo. Desde que murió mi esposa, no paso mucho tiempo fuera de casa.
—Recuérdeme cómo murió su esposa, otra vez.
Maggie se quedó mirándolo. Reid ya sabía cómo había muerto la mujer de aquel hombre. Tenía que saberlo.
—Un día sencillamente no despertó. Dios tendría sus motivos.
—¿Se llevaban bien por entonces?
Benedict hizo una pausa; le temblaron las aletas de la nariz. Eso es que no.