Capítulo 35
M e arrepiento de esta decisión al instante.
Pero ya era demasiado tarde para echarse atrás. Y una vacilación de un segundo podía costarle la vida… o costársela a otra persona.
Así que, aunque el miedo le sabía a hierro en la lengua, aunque el corazón le martilleaba en las sienes, se quedó inmóvil, con los zapatos hundiéndose en la tierra blanda.
La había sorprendido junto a la tumba destrozada de su madre; ella también tenía las manos sucias.
¿Recordaba haber hecho aquello? Era imposible que pensara que había destrozado la sepultura de su madre por diversión.
Pero sus ojos… estaba alterado, y desde luego parecía enfadado con ella.
—Helena está a salvo —dijo.
Maggie parpadeó. Era una buena noticia, sin duda, pero no alivió la tensión que le agarrotaba la espalda.
—¿Por cuánto tiempo?
—Para siempre. Solo necesitaba… ayuda.
Tenía la boca tan seca que le costaba hablar, pero logró decir:
—He conocido a tu detective acosador: Reid Hanlon. ¿Por qué lo llamas Rich?
—Es la forma corta de Richard. Porque siempre ha sido un capullo.
Ah… aquello era bastante gracioso, en realidad. Muy de hermano. Pero no podía reírse; apenas podía respirar, aunque él mantenía la mirada clavada en el suelo, a los pies de Maggie.
—¿Es aquí donde vienes por las noches, Tristan?
Negó con la cabeza.
—Hace años que no vengo. O… no creo haber… —Suspiró mirando al suelo—. Sí estuve aquí.
Pero la entonación no encajaba. ¿De verdad acababa de darse cuenta?
—Si no sabías que venías aquí, ¿por qué has venido ahora?
—Rastreé tu móvil —dijo, como si espiar a tu psicóloga fuera lo más normal del mundo.
Maggie recorrió con la vista el paisaje que la rodeaba: los árboles, las hileras interminables de lápidas, las verjas de hierro a lo lejos. No había ni un alma viva por los alrededores. Nadie podría ayudarla si él la atacaba.
Pero ¿creía de verdad que iba a hacerlo?
La furia de sus ojos verdes se había apagado, si es que alguna vez había sido rabia.
Ya no sabía qué pensar. Sus músculos no estaban tensos, preparados para abalanzarse sobre ella.
Su voz era suave, demasiado serena para alguien en pleno arrebato de cólera.
Si fuera un psicópata, quizá estaría más preocupada; tenían una habilidad extraordinaria para aparentar calma antes de atacar.
Pero Tristan Simms no era ningún psicópata.
Estaba dispuesta a jugarse la reputación a que no lo era… y, al parecer, también la vida.
Siempre pasaba todo tan jodidamente deprisa.
Tragó saliva con dificultad.
—Saber que me siguen no me hace sentir especialmente segura.
—Quería asegurarme de que estabas bien. De que nadie… te había hecho daño.
—¿Por qué iba alguien a querer hacerme daño?
Era una pregunta estúpida: se le ocurrían cinco razones para matarla sin pensarlo demasiado, y sus horribles juegos de palabras ocuparían un sólido sexto puesto. Pero las preguntas abiertas dejaban mucho margen para responder.
—¿Por qué alguien le hizo daño a Tonya?
Ah. Había respondido a una pregunta con otra pregunta.
Genial: se conocía todos los trucos de psicóloga.
La brisa sopló, rozó a Tristan antes de llegarle a la nariz.
Almizcle. Y la sensación encajaba con aquel olor: una vibración densa, como la que se respiraba en el funeral de un niño pequeño; tristeza teñida de un miedo que te retorcía las tripas y te decía que el siguiente podía ser tu hijo.
—Necesito que dejes de fingir, Tristan. Están asesinando a mujeres. Anoche alguien intentó matarme. Así que, si quieres mi ayuda, vas a tener que contármelo todo. Ahora mismo.
—Es justo. —Bajó la cabeza—. No supe con certeza que Tonya estaba muerta hasta que el detective vino a interrogarme la semana pasada.
—¿Y Lillian?
Alzó la cara.
—Ni siquiera sabía que había desaparecido hasta que apareció muerta. Pensé que me había ghosteado.
Vaya. ¿Sería verdad? Había dicho que sus novias solían dejarlo, a veces de repente.
No usaba redes sociales en absoluto. ¿Era posible que de verdad no se hubiera enterado de que estaban desaparecidas?
Sammy había dicho que solo ahora estaban relacionando los casos, así que, si la desaparición de Lillian no se había vinculado a los demás crímenes hasta que encontraron el cadáver, Reid no habría sabido de su existencia hasta el otro día.
Una sola foto en la playa quizá no habría bastado para convertir a Tristan en sospechoso a ojos del policía que se hubiera hecho cargo de su expediente de desaparición.
—¿Cómo acabaste en la escena del crimen?
—Estaba paseando, intentando averiguar adónde iba por las noches. Me saltó una alerta sobre el cadáver. —Se encogió de un hombro—. Y, antes de que preguntes, siento haberte mentido sobre mi madre… y sobre mi padre. El padre de Richie. Lo solté sin pensar.
Eso no le preocupaba. No ahora. Sería como preocuparse por lo mala que es la limonada que sirven a bordo de un barco que se hunde.
—Vamos a ocuparnos de un asunto cada vez, del más urgente al menos urgente. Y daremos por sentado que no tuviste nada que ver con la muerte de tu madre.
—¿Mi… madre? —La mirada le saltó de la tumba a Maggie y de nuevo a la tumba; se le tensaron los hombros y se le iluminaron los ojos al comprender—. No. Claro que no, yo…
—El detective cree que sí. Cree que las mataste a todas, que manipulaste mi coche, que…
—Tiene razón.
Ay, ay.
—¿Cómo dices?
—En lo del coche. Rich puede rastrear el GPS que instalaste cuando rehiciste el interior; le resulta mucho más fácil acceder a él que rastrear tu móvil.
A ti no te ha costado nada rastrear mi móvil. Tenía la espalda empapada de sudor.
—¿Intentabas protegerme? Es una forma muy rara de hacerlo.
Pero ella había pensado lo mismo: que alguien había saboteado su coche para engañar al asesino y hacerle creer que estaba en casa.
—No quería que Rich te siguiera, que llegara hasta ti.
Es peligroso. Mi madre… —Entrecerró los ojos, y un destello de ira relumbró como el sol sobre un estanque turbio.
Ahí está la furia. —Él la mató; estoy seguro.
No puedo demostrarlo, el tío es escurridizo de cojones, pero me odiaba desde que se enteró de que mi madre y su padre se liaron…
—Pero no la odiaba a ella .
No se había dado cuenta de que lo pensaba hasta que las palabras le salieron de la boca, pero… era verdad. Reid Hanlon era buen actor, pero no tan bueno.
—A Reid le importaba tu madre. Se acostó con su padre, pero parecía sinceramente apenado por su muerte.
Su comportamiento contigo es más propio de un detective movido por un afán de justicia que de un asesino en serie que intenta borrar sus huellas.
Además, ¿por qué iba a tenderte una trampa?
De entre todas las personas a las que podía haber elegido, serías el último en caer sin luchar.
Tienes recursos de sobra para protegerte, y los altos mandos podrían haberlo apartado del caso en cualquier momento solo por estar emparentado contigo.
—Puede que Rich matara a mi madre y no a las otras mujeres, pero cree que también puede achacarme su muerte a mí.
—¿Crees que… hay dos asesinos ahí fuera? ¿Rich y…?
Se encogió de hombros.
—A mi madre no la mataron igual que a las demás, así que es posible.
Y puede que, aun así, yo sea… responsable de las víctimas más recientes.
Sin querer —se corrigió al ver que ella alzaba una ceja—.
Mientras estoy despierto no soy peligroso.
Pero cuando duermo… no lo sé. —La voz le tembló—.
Pero yo no maté a mi madre. No tuve ni un solo episodio antes de que muriera.
Maggie frunció el ceño. Lo que decía no tenía sentido.
—A tu madre y a esas otras mujeres… las mataron de la misma manera , Tristan. Me lo dijo Reid.
Podría haberse imaginado que esa parte se la había inventado, pero Reid lo había dicho delante de su mejor amiga, la fiscal. Sammy habría sabido si estaba mintiendo.
Tristan ya negaba con la cabeza.
—La enterraron, sí, pero fue distinto: había insectos. Y mis novias no empezaron a desaparecer hasta Tonya. Eso significa que el asesino hizo daño a mi madre y luego esperó siete años antes de matar a nadie más.
—Quizá hubo otros cadáveres entre medias que desconoces. ¿Qué tal se te da llevar la cuenta de tus ex?
Fatal, a todas luces, si ni siquiera sabía que Lillian había desaparecido. Y Tristan había tenido rollos de una noche de sobra.
Frunció el entrecejo.
—Supongo que podría ser, pero parece mucho más probable que sea otra persona imitando su muerte. Quizá incluso… yo.
Bajó de nuevo la vista hacia la tierra, hacia la tumba. Se estremeció.
De verdad no tenía ni idea. De verdad creía que podía ser culpable. Pero ella ya no lo creía. Dio un paso hacia él.
—Tristan, te equivocas. El asesino está usando el mismo medallón para causar quemaduras y las mismas técnicas para dejar marcas en los huesos, detalles que la policía no ha revelado al público. Tiene que ser alguien que conoce íntimamente los detalles de la muerte de tu madre…
—Espera… ¿un medallón? —Levantó la cabeza—. Rich nunca dijo nada de ningún medallón.
—Creía que tu trabajo consistía en saber cosas.
Pero no podía saber lo que el detective no hubiera dejado registrado en internet. Y Reid protegía sus pruebas casi tanto como ella la intimidad de sus pacientes… aunque no tanto.
—Era más o menos de este tamaño. —Se lo indicó con el pulgar y el índice—. Me dijeron que Christine lo tenía.
—Ella tiene el mío, pero…
La expresión se le transformó tan deprisa que fue como si se hubiera convertido en otra persona. El rostro flácido y pálido, los ojos muy abiertos. Atormentado. Un fantasma de sí mismo.
—¿Tristan?
Tragó saliva con fuerza.
—Mi medallón… no era el único collar.
Alzó la mano y presionó con las yemas de los dedos un punto en el centro del pecho, quizá donde habría descansado el medallón…
¿donde habían quemado a su madre? Pero aquello no fue lo que le paró el corazón.
Se tocaba el pecho exactamente en el mismo sitio en que Benedict lo había hecho al mencionar a la madre de Tristan.
—Benedict los hizo para todos; mamá también tenía uno. Fue la única pieza que repitió. Para protegernos o algo así, para mantenernos unidos entre nosotros y con Dios.
Benedict había hecho medallones para todos: para Tristan, para su madre, para sí mismo. Y… Si tuviera que apostar, diría que es algo religioso, pero solo es una corazonada. Imaginó la enorme cruz brillante de la pared, reluciente de joyas; después, los pendientes. Los pendientes de Tonya.
El mundo a su alrededor se oscureció y después volvió a palpitar con los vivos colores que preceden a una tormenta: un verde tan exuberante que le hacía daño en los ojos.
De pronto sintió que los pulmones se le abrían de par en par; las revelaciones le bullían en la cabeza y encajaban en su sitio más deprisa que las hojas que salían disparadas con el viento embravecido.
Tristan se aferraba el pecho, la camisa retorcida en su puño.
Eso explicaba cómo sabía el asesino quiénes eran las mujeres que acababan muertas y por qué se libraban los rollos de una noche de Tristan.
Benedict solo conocía a las mujeres para las que confeccionaba joyas a medida; les habría pedido sus datos.
Quizá algunas de aquellas mujeres recibieron una llamada de Christine y decidieron dejar en paz a Tristan.
Una vez que dejaron de corromper al hijo adoptivo de Benedict, ya no hacía falta matarlas.
Pero las que siguieron con él, todas las chicas a las que Benedict culpaba de echar a perder a Tristan…
estaban enterradas allí fuera. En algún lugar.
Se le revolvieron las tripas, como un nido de roedores correteando entre espinos en llamas.
Por eso había muerto Christine. Le había resultado útil durante un tiempo; quizá el joyero creía que las llamadas amenazadoras de Christine ayudaban a proteger a Tristan.
Y el numerito que Christine montó en Eden había dado a entender que Tristan no estaba interesado en ella.
No suponía una amenaza. Pero Maggie le había hecho ver a Benedict que aquella mujer seguía husmeando alrededor de Tristan.
Hasta que Maggie la dejó en evidencia, la había considerado cómplice de su misión.
Le dolían las costillas; el corazón le daba espasmos.
Apretaba tanto la mandíbula que le palpitaba toda la cara.
Entendía lo que era quedarse en shock ante los actos de un progenitor, la sorpresa de encontrarte en la vista de sentencia de tu propia madre, pero ¿descubrir que tu padre de acogida era un asesino?
¿Que había matado a tu madre y a las mujeres que amabas?
Tristan era como los hijos de Mannie, asimilando los crímenes de su padre con una incredulidad horrorizada: La X marca el lugar . Pero la madre de Tristan era inocente.
Y aquel no era ni siquiera el asunto más importante que le atenazaba el cerebro, clavándose como esquirlas de cristal en la materia gris.
Apenas acababan de empezar a encontrar los cuerpos.
Pero Benedict era un anciano; era muy poco probable que hubiera empezado a matar solo ahora.
¿Cuáles habían sido sus motivos antes de que Tristan le proporcionara un blanco sobre el que concentrar sus inclinaciones?
¿Cuántas mujeres muertas más quedaban aún por descubrir?
¿Cuántas había antes de la madre de Tristan?
Tristan miraba fijamente la lápida, la cara cerosa por la conmoción.
Intentó que no le temblara la voz al preguntar:
—¿Cuántas joyas mandaste hacer, Tristan?
Tomó aire con un estremecimiento.
—Más de una docena de piezas.
Cuando alzó los ojos hacia ella, los tenía vidriosos. Insensibles. Devastados. También tenía el rostro verdoso, como si fuera a vomitar. Maggie adivinó lo que iba a decir antes de que abriera la boca.
—Creo que tenemos que llamar a Rich.