Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 34
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Capítulo 34

E l coche patrulla estaba aparcado fuera de la residencia cuando Maggie salió del pasillo y entró en el vestíbulo.

Desde dentro del edificio alcanzaba a ver a los agentes; el vehículo estaba orientado hacia la carretera, como si así llamaran menos la atención.

Maggie encontró un asiento al fondo del vestíbulo, detrás de un murete coronado de helechos, y sacó el móvil.

Solo necesitó unos minutos rebuscando en los archivos de esquelas para encontrar lo que buscaba: una copia de la esquela de la madre de Tristan, publicada en el periódico local a la vieja usanza. Cerca del final aparecía, en negrita, el nombre de la iglesia.

Sin duda era la iglesia a la que asistían Benedict Rose y la madre de Tristan; quizá también Tristan, si de verdad era tan religioso como Reid parecía creer.

Y Maggie estaba de suerte: el cementerio anexo era enorme.

Pulsó para ampliar la vista del recinto.

Flores, comprobado. Farolas, comprobado. Y... bancos.

¿Cómo se te ha podido pasar esto, Maggie? Te dijo que empezó a caminar dormido después de que muriera su madre, ¿y tú pensaste que se dedicaba a vagar por un parque? Eres más tonta que una maldita col.

Pulsó unos cuantos botones más para poner en marcha su recién concebido plan de fuga y volvió a guardarse el móvil.

Entrecerró los ojos para mirar el aparcamiento a través de los helechos.

Apenas se distinguían las oscuras siluetas de las cabezas de los agentes, pero seguían allí, dentro del coche.

Estaban demasiado lejos para verla escondida tras las plantas, pero la verían en cuanto saliera por la puerta principal.

Si llevaba sin querer a los agentes hasta Tristan, acabaría con una bala en la cabeza, igual que el paciente de su padre, por culpa de la meticulosa campaña que Reid había montado contra él.

Jamás sabría con certeza si Tristan era culpable o si un asesino dentro del cuerpo le había tendido una trampa.

Y Maggie sí creía que Tristan era sonámbulo.

Creía que cavaba. Lo que no sabía era si estaba haciendo daño a alguien.

Tal vez hoy lo averiguaría.

Rodeó el vestíbulo por la parte de atrás, con la cabeza baja. Los agentes seguían en el mismo sitio cuando se escabulló por la puerta trasera.

Maggie echó a andar.

El aire en la nuca le erizó el vello a lo largo de la columna, pero, por una vez, no se sintió vigilada.

El sol golpeaba con fuerza su pelo llameante y calentaba la piel del dorso de sus manos desnudas.

Los escaparates a ambos lados prometían helados, souvenirs y zapatos; la gente que pululaba por la calle auguraba complicaciones.

Siguió caminando, poniendo distancia entre ella y la residencia... y los agentes. ¿Estoy haciendo lo correcto? Quizá esa fuera la pregunta equivocada. Tal vez convenía más preguntarse: ¿esto me llevará al desenlace que quiero? El bien y el mal llevaban días fundidos en un gris enfermizo.

Miró el móvil y luego alzó la vista hacia la calle justo cuando una berlina azul que no reconocía se detenía junto al bordillo. Se le cortó la respiración, pero entonces vio la pegatina de Hytch. Los hombros se le destensaron.

El conductor no le hizo más preguntas que adónde quería ir, lo cual era de agradecer.

«No quería que me siguiera la policía» no le habría inspirado demasiada confianza a la hora de aceptar la carrera.

El trayecto hasta el cementerio transcurrió en un silencio denso, aunque sin miradas compasivas ni más presión que la que ya llevaba dentro de la cabeza.

Aquello no se ajustaba al manual ni se guiaba del todo por su instinto, pero sabía qué habría elegido su padre.

Era él quien conseguía dormir por las noches, incluso antes de que el derrame le borrara de la memoria sus errores.

También sabía qué habría hecho su madre, aunque mamá seguramente habría ido pasando un cubo lleno de pistolas Glock.

Vaya tradiciones familiares tenían.

El trayecto duró veintisiete minutos, y cuando el conductor redujo la marcha hasta detenerse en el aparcamiento de la iglesia, le hormigueaba la columna de pura energía nerviosa.

Más allá de las altas verjas de hierro se extendían colinas onduladas; tres lados del cementerio estaban flanqueados por murallas de pinos gigantescos.

El viento en la cara le pareció rancio, empapado de miseria y muerte.

Las verjas no tenían candados. No había ningún vigilante que la detuviera mientras atravesaba el césped y alcanzaba el sendero de grava.

Ni siquiera se veía a nadie de mantenimiento por los alrededores, aunque el cementerio parecía muy bien cuidado.

No crecía ni una sola mala hierba entre las lápidas.

Así que ¿dónde? ¿Dónde buscar a la madre de Tristan? ¿Debía buscar flores marchitas, como aquellas en las que él se había revolcado? ¿De qué color había dicho que eran?

Pero una segunda voz, más fervorosa esta vez, le susurró en respuesta: Lo sabrás cuando lo veas.

Miró hacia atrás. Las verjas de hierro se alzaban a lo lejos y respiraba con dificultad... ¿había estado corriendo? Redujo el paso mientras seguía adelante, pero el viento prácticamente le aullaba que retrocediera. El golpeteo errático de su corazón sonaba como unas pisadas.

Un banco, Maggie. Busca el banco.

Solo distinguía uno, al otro lado del cementerio, montando guardia junto al sendero de grava.

Se apresuró hacia él. El vello de la nuca se le erizó, esta vez ante una amenaza: la sensación de que unos ojos indiscretos la observaban.

Maggie se volvió de golpe, pero no vio ni rastro de nadie.

No había más que hojas correteando a su espalda, arrastradas en torbellinos por el viento racheado.

La grava crujía bajo sus zapatos como el resuello ronco de un pulmón enfisematoso, rematado por un último siseo áspero cuando se detuvo junto al banco de hierro forjado.

Había visto días mejores: el asiento, castigado y desteñido por la intemperie.

A su alrededor se alzaban fila tras fila de lápidas, un auténtico jardín de seres humanos.

Unas pocas tumbas estaban adornadas con flores plantadas, pero la mayoría permanecía cubierta de hierba; las más recientes, coronadas por tepes que empezaban a amarronar y luchaban desesperadamente por echar raíces antes de que la helada dejara las briznas tan muertas como el cadáver de debajo.

Pero a mitad de la cuarta fila había una tumba sin tepe ni hierba.

Se encaminó hacia ella, con el corazón en la garganta.

La vegetación irregular de allí no se debía a un tepe mal arraigado ni a que alguien hubiera clavado una pala en la tierra para plantar una hilera de crisantemos. No había flores alrededor de la lápida sucia, pero eso no quería decir que no las hubiera habido antes. Y la tierra misma...

El calor le atravesó los pulmones como dedos de corriente viva.

El corazón le golpeaba las costillas. El suelo estaba zombificado, con la tierra desgarrada como si alguien hubiera tratado de abrirse paso a zarpazos desde abajo.

Quizá lo había hecho. ¿Estaba mirando la escena de un crimen que la policía aún no había descubierto?

Cayó de rodillas y apartó puñados de tierra, esperando que, con cada arañazo, asomaran los dedos grises y agusanados de algún cadáver. ¿Debería sentirse culpable por el relámpago que le corría por las venas, por la electricidad que le estallaba en el cerebro?

Maggie escarbó con más fuerza, jadeando, manchándose los pantalones caqui y quizá también la blusa verde azulado, pero se detuvo en seco al raspar una capa de tierra compactada con tanta violencia que se despellejó las yemas de los dedos.

Allí el suelo estaba duro y áspero, apisonado por el tiempo y las pisadas.

Maggie arrancó las manos de la tierra y entrecerró los ojos al mirar el índice: se le había desgarrado la uña.

Sangraba. Y en su mente vio los dedos de Tristan. Sus manos heridas.

Si hacía poco que habían ocultado un cadáver allí, la tierra debería estar suelta: Tristan no había enterrado a nadie en aquel lugar. Aunque podía haber otra tumba con un cuerpo de más dentro.

Maggie alzó la vista hacia la lápida.

En la parte superior, dentro de una cruz, habían grabado AL AMPARO DE DIOS y, debajo, en letras más pequeñas, como si su nombre fuera una ocurrencia tardía: ABIGAIL SIMMS. La cara frontal de la lápida estaba inmunda.

Pero desde aquel ángulo distinguió un patrón en la mugre: regueros marrones y negros, más espesos arriba, que se afinaban hasta convertirse en líneas finas y desaparecer cerca de la base de la piedra. Marcas de garras ensangrentadas.

El cielo gris se cernía sobre ella, hosco.

El mundo olía a tierra, a larvas y a tormenta inminente.

Maggie se sentó sobre los talones. De pronto sintió en los huesos la agonía de lo que había sucedido allí, una desesperación tan tangible como la brisa en la cara.

Aquel daño, tanto en la lápida como en los dedos de Tristan, no era obra de un asesino que intentara hacer sitio para una nueva víctima.

Era frenético, nacido del terror. De la pérdida.

Quizá tuviera sentido. La madre de Tristan murió, empezaron los episodios y luego remitieron.

Tonya desapareció, y eso provocó un breve rebrote.

La visita del detective para interrogarlo desencadenó otra racha de sonambulismo y, desde entonces, Reid no había dejado de sacar a la superficie aquellos recuerdos una y otra y otra vez.

Tristan no había ido allí a enterrar a una persona.

Tal vez su subconsciente intentaba salvar a alguien sin darse cuenta de que ya era demasiado tarde.

Quizá ella habría hecho lo mismo.

Pero seguía en pie la pregunta: ¿qué tenía que ver aquello con las mujeres desaparecidas?

Sin duda existía una conexión. ¿Tristan estaba perdiendo la cabeza?

¿Arañaba la tumba de su madre muerta por las noches mientras dormía, secuestraba mujeres y las asesinaba cuando estaba despierto?

¿Venía allí después de enterrar los cuerpos en otro sitio?

¿Alguien le estaba trastocando la mente?

La teoría del acosador celoso había tenido tanto sentido...

, pero su mejor sospechoso era un cadáver achicharrado.

Eso dejaba al propio Reid, pero ¿por qué iba a matar a esas mujeres?

¿Eran sustitutas de Christine? ¿Estaba celoso de su hermano?

A su espalda sonó algo de repente: el chasquido nítido de una ramita. Se volvió de golpe y se puso en pie tan rápido que estuvo a punto de perder el equilibrio. Y enseguida se alegró aún más de no haberse caído.

Tristan Simms estaba al pie de la tumba de su madre, con los puños apretados a ambos lados del cuerpo y la mirada ensombrecida por la furia.