Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 33
82%

Capítulo 33

L a policía la estaba siguiendo, efectivamente.

El coche sin distintivos mantenía una distancia prudencial, o quizá pensaban que iban de incógnito absoluto, pero cualquier personaje de Scooby-Doo medio competente los habría calado en un minuto.

Si supieran pasar más desapercibidos, podrían usarla de cebo.

Estaba claro que el asesino iba a por ella, y Reid parecía convencido de que estaba haciendo algo «indecoroso»: protegiendo a alguien que no se lo merecía, y por eso ella recibiría su merecido.

Si él no era el asesino, parecía lógico que la utilizara para hacer salir al sospechoso de su escondite.

Maggie aparcó al fondo del aparcamiento de la prisión y, de camino a la entrada, saludó con la mano a los agentes del coche. Los agentes se miraron entre sí. Sí, habían pensado que estaban escondidos. Pringados .

Las sesiones en prisión pasaron deprisa y con relativa calma.

Hasta el mordedor de dedos de los pies parecía introspectivo, y eso alivió un poco el peso que sentía en el corazón, la presión en el pecho.

Pero, en cuanto salió, aquella calma se desvaneció.

Fuera de los muros de la prisión, cualquiera de sus pacientes podía estar mintiéndole; puede que el detective también.

Conducía de vuelta al lugar donde todo había empezado, sin respuestas y apenas a salvo.

Las ventanillas del Toyota temblaban como si estuvieran esforzándose desesperadamente por no reventar hacia fuera, incapaces de contener tanta energía nerviosa.

Hasta los huesos le vibraban: un zumbido enfermizo que le hacía estremecerse la columna y que se intensificó al tomar la salida hacia la consulta.

O se había equivocado y había dejado libre a un asesino para que volviera a matar, o Tristan era inocente y ella lo había protegido, pero en el proceso había puesto en peligro a Helena.

Al menos, si lograba confirmar adónde iba Tristan por las noches —si podía demostrar que estaba en otro lugar cuando murió Christine—, podría descartarlo como sospechoso.

Pero no tenía ni idea de adónde podía ir de noche, fuera sonámbulo o no.

¿Un banco? ¿Una farola? ¿Un poco de tierra?

¿Y qué se suponía que debía hacer ella con eso?

Y ahora alguien iba tras ella. Alguien le había dejado a una mujer muerta dentro de casa. El peor regalo de amigo invisible de la historia .

Maggie apretó el volante y se resistió al impulso de aporrearlo.

Joder. Owen tenía razón: ir a la consulta en aquel estado sería una irresponsabilidad.

Además, si alguien la vigilaba, podía estar poniendo en peligro a otros pacientes; ya había arriesgado la vida de Helena.

¿Cómo no había pensado en eso antes? Y, de paso, se ahorraría más miradas compasivas de Owen.

Suspiró y agarró el teléfono.

—Oye, Owen. Tenías razón: necesito tomarme un descanso. ¿Puedes cancelar las citas de mis pacientes?

Hasta a ella le sonó tensa la voz.

—No, no necesito compañía. Solo voy a visitar a mi padre.

Déjalo, Owen. Déjame ir. Le llevaría cinco minutos despejarle la agenda de toda la semana, y para la siguiente se encontraría mejor y podría dedicar a sus pacientes la atención que merecían. Para entonces, con suerte, el asesino estaría bajo custodia.

Por el momento, iría a ver a alguien que no podía saber hasta qué punto había caído. Que no sabría lo desesperada que estaba. Que no lamentaría la pérdida de las fotos de su hermano porque, al fin y al cabo, ni siquiera recordaba al chico.

—Tráeme un sándwich, ¿quieres? La otra chica dijo que no hay queso, pero se le notaba que mentía.

El padre de Maggie era alérgico a los lácteos desde que ella tenía uso de razón.

Se echó hacia atrás en el sillón reclinable y sacó el móvil del bolsillo, procurando concentrarse en su padre y no en la televisión. Estaban poniendo su programa, pero al menos le había permitido bajar el volumen: ya le martilleaba la cabeza al llegar.

—Llamaré a cocina para que suban unos bocadillos. ¿Qué te parece?

—Me parece bien, Mags. Bueno, ¿qué hay de nuevo?

Hoy me ha llamado cuatro veces un detective. Mi casa se ha incendiado. Estoy faltando al trabajo y la policía me sigue. Pero... Mags . Se volvió hacia él bruscamente.

—¿Papá?

Le brillaban los ojos, no porque estuviera alterado por lo del sándwich, sino por un reconocimiento más hondo.

—¿A quién esperabas, al Conejo de Pascua? —Se rio entre dientes y arqueó una ceja—. Antes de que se me olvide... ¿Llevaste flores a la tumba de tu abuela? Ayer fue su cumpleaños.

Sintió que se le desinflaba el pecho. No, ayer no había sido el cumpleaños de nadie. De nadie que ella conociera. Pero, bueno, un poco de lucidez era mejor que ninguna.

—Hoy compraré flores y me pasaré por allí. —Intentó mantener un tono ligero, pero la voz se le quebró. También le ardían los ojos. Siempre conseguía aguantar hasta que Sammy o su padre la desarmaban con una mirada. Esos sinvergüenzas.

—Mags, ¿qué ocurre?

—Ha sido una... una semana dura. Mi casa se incendió. Perdí muchas fotos. —¿Recordaba a Aiden? ¿Sabía que su hijo ya no estaba..., que había muerto? ¿Que su pareja había muerto? Si lo sabía, no quería refrescárselo solo para que sufriera unas horas antes de olvidarlo de nuevo.

—Vaya, eso no está nada bien.

¿Que no estaba nada bien? Era como decir que Canción de hielo y fuego no estaba mal, o que estar encerrada en un búnker desolado con un caníbal que practicaba kickboxing era un poquito preocupante.

—Eso sí que es quedarse corto.

—Bah. Casi todo lo es, si tienes la actitud adecuada.

—Tus chorradas de psicólogo no me funcionan, papá. —Era una broma recurrente entre los dos: ninguno podía hacerle terapia al otro. Y le sentó de puta madre llamarlo «papá» y que él supiera lo que significaba.

Pero su padre no sonreía. Su mirada se había vuelto sombría, pensativa. ¿Ya lo había perdido otra vez?

—Si hay fotos que echas mucho de menos...

, vuelve tú misma. Busca a un dibujante forense, enséñale las que conserves como referencia y descríbele con todo detalle las partes que faltan.

Págale lo que haga falta para que consiga exactamente lo que necesitas.

¿Qué otra cosa vas a comprarte, un vídeo de lujo?

Sintió que se le aligeraba un poco el corazón. ¿Era esperanza lo que le cosquilleaba en el pecho? Era... una idea fantástica. Alargó el brazo por encima del hueco entre los sillones y le apretó el brazo.

—Gracias, papá. Es perfecto.

—Y, por el amor de Dios, haz una copia digital esta vez. Nunca se sabe cuándo volverás a dejarte el fuego encendido.

El fuego... Ah. Era una cocinera desastrosa; a los quince años había estado a punto de incendiarle la casa preparando macarrones con queso.

Claro que supondría que había sido culpa suya, sobre todo porque no le había contado que alguien había intentado matarla.

Demonios, quizá creía que aún tenía quince años, atrapada para siempre en su adolescencia.

Uf. Preferiría ganarme la vida probando bombillas rectales.

—No hay nada que no puedas arreglar si usas la cabeza. —Se dio unos toquecitos en la sien con un dedo huesudo y volvió a mirar la televisión—. ¿Puedes subir el volumen? ¿Y buscarme un sándwich? La otra chica dijo que no hay queso, pero se le notaba que mentía.

Parpadeó. Ya no la miraba, pero incluso de perfil pudo ver que la luz se le había apagado en los ojos. Tan rápido. Siempre ocurría tan rápido. Adiós, papi. Hasta luego.

Pero había conseguido lo que había ido a buscar. Durante veinte minutos, había vuelto a ser ella misma.

—Haré una llamada por lo del queso, ¿vale? Y me aseguraré de pasarme por casa de tu madre. —Daba igual que él creyera que iba a casa de la mujer o a su tumba: con esa frase no se pillaba los dedos.

Él asintió.

—Es su cumpleaños. Le encantan las margaritas, así que asegúrate de...

—Lo haré. —Después de tantos años, él todavía recordaba con todo detalle cómo olía su madre.

Las flores que le gustaban. Los demás tenían que coger malas hierbas alergénicas de las cunetas y sentarse en tumbas vacías para sentirse más cerca de sus seres queridos, mientras su padre podía creer que seguían allí, dispuestos a aceptar un ramo de...

Parpadeó. Margaritas. Flores .

El ruido de la televisión se apagó en sus oídos. Después del episodio de sonambulismo, Tristan le había dicho que había tenido pétalos de flores en las manos. Una cosa era soñar y otra muy distinta tener pruebas de que habías estado jugando en un jardín.

No era un jardín. Probablemente tampoco un parque: el detective llevaba toda la semana rastreando parques.

Pero un cementerio tendría todos los elementos que Tristan le había descrito: bancos, luces, flores.

No demasiada seguridad, así que sería más fácil evitar que lo detectaran.

E incluso si a Reid se le había ocurrido aquello, un perro adiestrado para encontrar cadáveres no serviría de nada en un sitio donde había cuerpos enterrados legalmente cada tres metros.

Si Reid tenía aunque fuera un poco de razón al pensar que Tristan estaba obsesionado con la muerte de su madre..., quizá tenía sentido que visitara su tumba.

Pero había algo más, comprendió; quizá precisamente aquello que le había mantenido el cerebro en tensión y el pecho oprimido.

Ahora que Christine, que había sido la compañera de Tristan durante una década, estaba muerta, daba la sensación de que se acercaban a algún desenlace.

Fuera Tristan el culpable o no, quizá alguien implicaría a su madre, el catalizador de todo aquello. El círculo se cerraba.

O encontraría una explicación menos asesina para las actividades nocturnas de su paciente, o encontraría otro cadáver.

Puede que más de uno.