Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

Le dio un mordisco al primer taco. Seguro que estaba perfectamente condimentado; Imani cocinaba mucho mejor que cualquiera de ellos, salvo Sammy.

Pero le supo a cartón. Se obligó a tragarse el resto, cuyos bordes parecían afilados, como si quisieran cortarle la garganta. Tal como había hecho el asesino.

—¡Joder! —gritó Sammy desde algún punto del pasillo del fondo.

Maggie dio un respingo y dejó caer el segundo taco en el plato. Todos alzaron la vista cuando Sammy entró con paso airado en el salón, sosteniendo en alto una fotografía impresa de un payaso de colores vivos y dientes ensangrentados.

—¿Has pegado esto con cinta detrás de la puerta del baño?

Ella sonrió. No sintió el placer en lo más hondo del pecho, pero era preferible a pensar en las cosas en las que no quería pensar.

—Owen te va a echar a la puta calle por tus jugarretas —dijo Sammy, arrugando la foto en el puño.

Owen parpadeó, pero no dijo nada. No le gustaban los enfrentamientos, ni siquiera en broma.

—Me encantaría verlo intentarlo —replicó ella—. ¿No sabe que no tengo casa?

Sammy tiró la imagen a la papelera con una mueca.

—¿Y de dónde coño has sacado eso?

La imprimí desde el ordenador del despacho de Owen mientras vosotros estabais ocupados compadeciéndoos de mí. O haces reír o te hacen daño… o te hacen daño y luego haces reír para olvidarlo.

Imani seguía sonriendo.

—Los niños todavía hablan de cuando contrataste a un payaso para el cumpleaños de Sammy y le pagaste un extra para que se presentara en mitad de la noche. Con una semana de adelanto.

—Oye, aquel payaso trajo una tarjeta regalo superespecial y las sartenes de hierro fundido por las que Sammy babeaba.

Sammy la señaló con un dedo acusador.

—Por esto no podemos tener cosas bonitas.

Alex e Imani se miraron, luego miraron a Maggie y estallaron en risitas al ver la expresión horrorizada de Sammy. Maggie se unió a ellas, pero el pecho… Sentía como si todavía estuviera inhalando humo. Opresión. Calor.

Como si hubiera oído lo que pensaba, Owen le tendió las cartas.

—Reparte. Yo voy a por algo de picar.

El juego se llamaba Treses salvajes; solo a la pandilla de D parecía no haber dormido en toda la noche.

Muy bien, Owen, haz que todo gire alrededor de ti.

No le gustaba aquel pensamiento mordaz, pero tenía los nervios demasiado a flor de piel como para sentirse culpable.

—Sé que quieres mantener la cabeza ocupada —dijo él—, pero ¿segura que no quieres tomarte un día para recomponerte?

—Segurísima.

Su sesión en prisión era con un hombre que le había arrancado a mordiscos los dedos de los pies a su mejor amigo mientras los dos iban colocados con alguna droga sintética de diseño. ¿Qué podía distraerla más que estar encerrada en una habitación con alguien así?

Además, resultaba reconfortante saber dónde estaba el peligro.

Y, aunque sabía que era una idea pasajera, estaba harta de sentirse inútil.

No podía arreglar su casa; no podía devolverle la vida a Kevin; no podía curar a su padre.

Pero podía ayudar a otra persona, por pequeño que fuera el gesto. Era algo.

Owen no parecía convencido.

—¿Por qué no dejas que te acompañe? —Su voz era suave, como si intentara persuadir a un niño pequeño y testarudo para que se bajara de una cornisa—.

De todos modos tengo que llevarte hasta el coche de alquiler.

Puedo llevarte a la prisión y esperarte.

Luego iremos a recoger tu coche y podremos comer algo.

—Ni hablar. Tú también tienes trabajo hoy. Y alguien del departamento de policía va a seguirme, ¿verdad?

—No… no estoy seguro. —Apartó la mirada, pero no antes de que ella detectara la lástima en sus ojos—. Creo que sí, pero…

—Ese incendio ni siquiera fue tan grave como el del circo —murmuró—. Aquel fue en carpas. Carpas... carpe diem . ¿Lo pillas?

Él enarcó una ceja, se volvió de nuevo hacia los fogones y por fin la dejó en paz. Su padre tenía razón: había gente que de verdad odiaba los juegos de palabras.