Capítulo 32
E l padre de Maggie aún tenía una casa en la ciudad de al lado, la casa a la que había mandado a Helena. Ahora no vivía nadie allí, pero pensar en ir sola y enfrentarse a todo lo que había perdido, en que también estaba perdiendo a su padre, encima de todo lo demás… era demasiado.
Ya no sabía quién era. Le picaba la piel por el sudor seco y el calor se la tensaba; tenía el cerebro en llamas.
Las costillas se le habían fundido en una sola plancha de hueso encogido.
Alguien había intentado matarla. Si la culpable no era Christine, ¿quién quedaba?
¿Tristan, su hermano el detective o alguien completamente distinto?
Reid tenía razón en una cosa: quienquiera que fuese el responsable, ella seguía en peligro.
Matar a Christine en el incendio de una casa no satisfaría a un sospechoso obsesionado con un ritual concreto.
El asesino no habría podido ver la quemadura que el medallón dejaba en la carne, ni saborear los instantes dedicados a hacer muescas en los huesos que había debajo.
No habría podido envolver a su víctima en lino y enterrarla en la tierra.
¿Cuánto tiempo tenían antes de que el asesino lo intentara de nuevo? ¿Cuánto faltaba para que aquel pirómano homicida matara a alguien más?
La casa de Owen estaba en un barrio tranquilo, a media hora de la suya.
Maggie quería quedarse allí, en la calle, viendo arder su hogar, llorando cada copo de ceniza que caía sobre el césped, pero no se sentía con ánimos de discutir con Sammy.
Cuando él le echó un brazo por los hombros y empezó a caminar hacia su Jeep, ella lo siguió sin decir una palabra.
Apenas llevaban unos minutos conduciendo cuando la conmoción empezó a remitir.
—Creo que el sospechoso de Reid es inocente.
Tristan podría haber sido culpable e ido a terapia en busca de absolución, pero no le encajaba. A menos que hubiera esperado que ella lo detuviera.
Y no lo había hecho. Solo había contemplado el mejor de los casos. No había sabido reconocer las otras opciones, las complicaciones añadidas. Y ahora había otra mujer muerta.
—Puede que sea inocente. Ahora mismo es difícil saberlo.
Sammy asintió y le dio una palmadita en la pierna, sin la menor condescendencia, solo como muestra de apoyo.
Cuando desapareció el hermano de Maggie, Sammy la ayudó a colgar carteles.
Y cuando Maggie se rindió y se quedó en la cama, Alex fue a verla y se metió bajo las mantas con ella, mientras Sammy se tumbaba atravesado sobre los pies de ambas.
Sammy veía programas absurdos de televisión con ella todos los días, hasta que su madre le obligaba a volver a casa para cenar; a veces, su madre les llevaba la cena.
¿Qué había hecho Tristan cuando murió su madre?
Desde luego, no había tenido un hermano en quien apoyarse.
No uno como Sammy; por lo que parecía, Reid le habría soltado un puñetazo antes que darle un abrazo.
Jeanna y Benedict Rose parecían personas en las que podía apoyarse, pero Tristan no era un tipo muy dado a abrirse.
Puede que, en vez de hablar de sus sentimientos, se sentara a oscuras a planear su venganza.
Puede que el duelo por su madre hubiera crecido hasta convertirse en furia, mientras que la pérdida de Maggie se había suavizado hasta volverse una pena constante.
—Reid conoce a Christine —dijo, mirando al parabrisas—. A la mujer muerta que había en mi casa. Tenía una relación sentimental con ella.
Sammy la miró de reojo.
—¿Cómo sabes eso?
Porque invadí la intimidad de un paciente y hablé con su familia adoptiva.
—Fíate de mí, ¿vale?
Él parpadeó, con el ceño fruncido, pero asintió.
—Siempre lo hago. Pero hazme un favor: no contactes con ese paciente. Solo complicaría las cosas. Me has contado todo lo que sabes, ¿verdad?
Ella asintió.
—Todo lo relevante.
No era del todo cierto, pero si estaban tendiéndole una trampa a Tristan, no quería darle a Reid más munición.
Y Sammy tenía razón en que no debía llamar a Tristan.
La última vez que había hablado con él, amenazó a Helena.
Contactar con él ahora podía irritarlo y llevarlo a hacerle daño a Helena…
o algo peor. En el mejor de los casos, se limitaría a marearla un poco más.
Cualquier otra cosa que quisiera saber tendría que averiguarla por su cuenta.
O, bueno, dejar que Sammy y la policía se encargaran, teniendo en cuenta que ahora mismo no tenía casa, ni coche y… ni ropa.
Sin hermano pequeño.
Sin Kevin.
Casi sin padre.
Sammy frunció el ceño y giró a la izquierda por la calle de Owen.
Las farolas bañaban el vecindario en un resplandor fantasmal, como si las hojas que centelleaban sobre ellos los estuvieran observando.
La sensación de que la vigilaban no estaba por completo en su cabeza.
Sammy había hecho que el detective pidiera protección policial y, cuando aparcó frente a casa de Owen, el coche patrulla ya aguardaba al otro lado de la calle, con las luces apagadas.
Sammy se quedó inmóvil, con las llaves todavía en el contacto.
—Confío en ti, Mags. Y necesito que tú también confíes en mí.
Se volvió hacia ella, con expresión sincera.
—Reid Hanlon es un tiburón. Si cree que tiene razón, jamás se detendrá, ni siquiera cuando debería hacerlo. Aunque acabe destrozándolo. En eso se parece a tu padre, pero es bastante más capullo.
Que fuera un capullo no importaba.
—¿Con qué frecuencia se equivoca? —preguntó mientras salían del coche.
Tenía las extremidades tan pesadas que casi se desplomó en la entrada.
La expresión de Sammy se endureció.
—Investigaré qué relación tenía con la última víctima. Pero, al margen de su historial, Reid no debería llevar este caso con tantos conflictos de intereses.
Al margen de su historial... Eso quería decir que rara vez se equivocaba, o que se le daba muy bien hacer creer que tenía razón.
Y todo aquel tiempo le había mentido descaradamente o le había ocultado información: que era pariente de Tristan, que había tenido algo con Christine, lo de las huellas inexistentes en su coche.
La verdad le importaba bien poco. Las mentiras eran un medio para alcanzar un fin.
Si pretendía hacer pasar a Tristan por culpable, lo haría tan bien que nadie más podría darse cuenta.
Salvo quizá ella. Y Christine, claro, que convenientemente estaba muerta.
Apartó esos pensamientos mientras Sammy abría la puerta principal.
Owen y Alex ya estaban allí, sentados en el sofá del salón de estilo tradicional de Owen.
Los pendientes de Alex centellearon cuando se puso en pie, y Maggie procuró no pensar en cuánto se parecían a los de Tonya.
A los de Christine. Ya eran cinco víctimas recientes; seis, si contaba a la madre de Tristan.
¿Y cuántos cadáveres más aún no habrían descubierto?
Maggie se quitó los zapatos de una patada. Tenía los pies húmedos. Qué asco .
Imani estaba en la cocina, a la derecha de Maggie, con la encimera de granito cubierta de fuentes de judías y carne, tacos duros y salsa.
Imani levantó la vista, vio entrar a Maggie y cerró la puerta del horno con la rodilla.
Maggie ya estaba entre sus brazos antes siquiera de que pudiera hacerle un gesto con la cabeza, aunque seguro que apestaba a sudor y ceniza.
Y quizá a sexo raro. Necesitaba una ducha.
Pero lo que de verdad quería lavar no se iría por mucho que se refregara...
y tendría que pedirle ropa a alguno de ellos.
Maggie le devolvió el abrazo a Imani, débilmente, pero de corazón.
Los demás hicieron lo mismo: una sucesión de abrazos y muestras de apoyo.
Quería que bastase —y casi bastaba—, pero sentía como si le hubieran vaciado el vientre, como si le hubieran ahuecado los huesos.
Había perdido su casa, sus cosas. Sí, no eran más que objetos, pero los que más le dolían eran aquellos que no podía reemplazar.
Las camisetas de Kevin con las que dormía habían desaparecido.
Las cosas que le recordaban a su padre, los objetos con valor sentimental...
desaparecidos. Las fotos de ella y Aiden, originales de antes de que existiera la nube y sin copias digitales que pudiera volver a imprimir...
desaparecidas. Había un millón de recuerdos más en aquella casa que jamás podría recrear.
Y sentía las miradas de todos clavadas en ella, abrasándola como rescoldos. Casi podía oler su tristeza.
No. Así no podía seguir. Tenía que salir de su cabeza.
Se disculpó y pasó unos minutos a solas en el estudio de Owen, trasteando con su impresora y sonándose la nariz para librarse del humo. No sirvió de nada. Recorrió sin rumbo el pasillo del fondo, entró en el baño y se echó agua en la cara.
Cuando volvió al salón, Owen barajaba las cartas en su sillón orejero, golpeteándolas contra la mesa de centro. El siseo de la baraja sonaba como el aleteo de unos cuervos. Menos mal. Era evidente que habían comprendido que necesitaba distraerse más que recibir lástima.
Se sentó entre Imani y Alex. Alex la estrechó en un abrazo antes de soltarla.
Imani le había preparado un plato, colocado en el centro de la mesa, entre las copas de vino de Owen y de Sammy y las cervezas que preferían Alex e Imani.
Sammy había desaparecido. Seguramente estaría lavándose la cara, como había hecho ella, intentando borrar la ceniza que sentía incrustada hasta en las células.
Maggie tragó saliva pese al nudo que tenía en la garganta y apartó resueltamente la mirada del hueco vacío del suelo donde Kevin solía sentarse — donde se sentaba — y llenó los pulmones de aire. Juraría que olía la colonia de Kevin. Especiada. Un poco a canela, un poco a mirra. Un poco a… él.
Tac-tac-tac. Flap-flap-flap.