Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

P ara cuando Maggie salió del centro comercial, la piel ya se le había enfriado; la brisa le besaba los hombros.

La carne había dejado de vibrarle. El cerebro ya no era un amasijo retorcido de nervios y púas.

La tensión que arrastraba se había aflojado lo bastante para que los pulmones dejaran de parecerle globos reventados, la peor de todas las creaciones con globos de un payaso de fiestas.

Aun así, la luz de las farolas seguía molestándole en los ojos y, para cuando recorrió los kilómetros que separaban el club de su barrio, se le había instalado un dolor de cabeza. Y también los pensamientos.

¿Era su paciente un asesino o una víctima? ¿Qué relación tenía Christine con el detective? Suspiró. Quizá las cosas se aclararan cuando hablara con Sammy. Y si no... bueno, ya cruzaría ese puente cuando llegara a él y, con suerte, aún estaría a tiempo de evitar precipitarse por el borde.

Giró a la derecha para entrar en su barrio. Unos pocos kilómetros por calles silenciosas y estaría en casa, donde podría pensar o, al menos, dormir algo. No quería agotarse demasiado y acabar enterrando cadáveres por la noche ella también... ¡Toma ya!

Pero la serenidad que había encontrado se evaporó en cuanto avanzó por la primera manzana. Allí el aire tenía un aspecto turbio y el cielo estaba teñido de naranja. Alargó la mano para bajar un poco la ventanilla, aunque no le hizo falta abrirla para oler la aspereza acre del humo.

En su calle, el humo era más espeso; el aire refulgía con destellos rojos y azules, y todo brillaba como si fuera de día.

La noche no podía competir con el fuego.

El corazón era una piedra ardiente encajada bajo sus costillas; cada latido, una llama palpitante que parecía acompasarse con los reflejos titilantes del parabrisas.

No podía acercarse a su casa: agentes y cinta policial cerraban el paso en un amplio perímetro.

Arrimó el coche al bordillo a cámara lenta y salió con las piernas de goma.

Maggie se quedó mirando el incendio. Las llamas eran lenguas de serpientes enfurecidas, azules, blancas y naranjas, todas lamiendo el cielo.

Su inútil DeLorean —Joder, ¡mi coche no!

— se burlaba de ella desde la entrada, como si, de haber logrado arrancarlo, hubiera podido hacer retroceder el tiempo, empezar el día de nuevo e impedir que aquello ocurriera.

La parte delantera del vehículo estaba ennegrecida y cubierta de ampollas por el calor.

Pero apenas sintió nada por él. Se le habían entumecido las entrañas. Shock. Tenía que ser shock. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora?

Sus pies decidieron por ella y la llevaron más cerca, atraída por el infierno.

Se abrió paso agachándose entre la gente que se apiñaba en el perímetro exterior, los curiosos del barrio que formaban una muralla de irritante ajetreo.

No estaban allí por preocupación. Apenas conocía a sus vecinos de vista, y ni uno solo se había percatado de que ella se acercaba por la calle.

Parecía que el detective tampoco la había visto. Reid Hanlon, cómo no iba a ser él, estaba en mitad de la calle, a unos cien metros de distancia, pero podía oírle gritar incluso por encima del rugido de las llamas.

—¿La habéis encontrado? ¡Maldita sea! ¿Dónde está?

A ella. ¿A mí? ¿Creía que estaba dentro?

Maggie levantó una mano para llamar su atención, pero él ya corría hacia dos bomberos completamente equipados que cruzaban el césped mientras se quitaban los cascos. El de la izquierda negó con la cabeza; tenía la cara embadurnada de hollín.

—No podemos entrar —gritó—. La estructura está a punto de...

En ese preciso instante, un estruendo enorme desgarró la noche: el crujido chirriante de los suelos de madera al astillarse y de las vigas de soporte al desplomarse.

La casa pareció ceder por el centro y tembló, aunque quizá fueran sus ojos, engañados por las olas de calor que desprendía el edificio.

Su casa. Todo cuanto poseía. Fotos de ella y Aiden. La ropa de Kevin, las entradas de su primera cita.

Reid se pasó una mano por el pelo espeso y negó con la cabeza, el rostro vuelto en dirección contraria a ella... contemplando el incendio.

Maggie hizo ademán de agacharse bajo la cinta policial, pero una agente fornida, de largas trenzas negras, levantó una mano y negó con la cabeza.

—Detrás de la línea, señora.

—Esta es mi casa, y creo que el detective...

—¡Jesucristo! ¡Eh! ¡Apartaos!

Tanto ella como la agente miraron hacia allí y vieron a Reid cruzar la acera corriendo, haciéndole señas para que entrara en el perímetro.

La agente retrocedió y asintió primero hacia ella y luego hacia el detective.

Algunos vecinos se dieron codazos. Alguien le palmeó el hombro. No miró para ver quién había sido.

—Gracias —le dijo Maggie a la agente al pasar, pero la palabra le sonó hueca en los oídos, apenas audible bajo el rugido del fuego.

Quien no ha estado cerca de una casa en llamas no puede comprender la luminosa y dolorosa pulsación de unos cimientos al rojo vivo, el crujido jadeante de miles de kilos de madera silbando al perder la humedad antes de astillarse.

El chasquido y el chillido del ladrillo, el cristal y el metal.

Todas las cosas que construyen una vida, gritando su despedida.

El detective se detuvo a menos de un metro de ella. El sudor le relucía en la frente y le goteaba de la nariz. También tenía la camisa empapada y la corbata salpicada de sudor y hollín. El pañuelo de bolsillo había desaparecido.

—¿Qué sabe, doctora? —le espetó—. ¿Ya está lista para contármelo?

Sin preámbulos, ¿eh?

—Estoy perdiendo todo cuanto tengo en este preciso momento, así que quizá podrías dejar de ser un gilipollas durante cinco minutos.

—No estoy aquí para llevarte de la mano. Estoy aquí para salvarte la vida. Ahora mismo, o eres un objetivo o eres una sospechosa, y no tengo claro cuál de las dos cosas.

¿Sospechosa? ¿Por qué iba a incendiar su propia casa? Pero, aun así, el intercambio apenas le provocó nada. Tenía los músculos sin tensión; el corazón no era más que una presión sorda y palpitante dentro del pecho.

—¿Tiene coartada para esta noche?

Sí, estaba con un desconocido en un club sexual clandestino, intentando olvidar mi vida. —Solo estaba dando vueltas con el coche.

—Puedo mirar las cámaras de tráfico. ¿Adónde fuiste?

Se le quedó mirando.

—No me acuerdo.

—Bueno, eso es sospechoso.

Clavó los ojos en ella; tenía las escleróticas surcadas de venitas rojas, como telarañas.

—Hagamos como si te creyera. Ningún incendio accidental prende tan deprisa, así que quien hizo esto quería asegurarse de que murieras.

Pero aquello no encajaba con el perfil de su asesino. Un incendio en una casa no tenía nada que ver con enterrar a alguien, aunque... estaba lo de quemar el medallón, ¿no? Y el utensilio que el asesino usaba para marcar los huesos.

—Bueno, parece que no lo ha conseguido.

—Lo intentarán otra vez. —Negó con la cabeza; unas gotas de sudor salieron despedidas de su rostro, destellando en la noche antes de caer al asfalto—. Dices que no estás implicada, pero está claro que sabes algo que no deberías saber.

Vio la acusación silenciosa en sus ojos: Casi mueres por tus secretos. Pero entonces él desvió la mirada hacia algún punto a su espalda. Maggie se volvió.

Sammy se abría paso entre la multitud como una excavadora, con los ojos clavados en Reid como si el detective hubiera sido quien prendió fuego a la casa.

Una rabia mal dirigida, quizá, pero cuando volvió a mirar a Reid, este ya había cuadrado los hombros, preparándose para el enfrentamiento.

Se... conocían. Y estaba claro que no eran amigos.

Si a Sammy no le gustaba aquel hombre, no necesitaba saber nada más.

Sammy le puso una manaza en el hombro y le tendió la otra mano: sus llaves. Las del coche de alquiler. ¿Lo había dejado en marcha?

Parpadeó ante las llaves, incapaz durante un instante de comprender qué se suponía que tenía que hacer con ellas. Sammy le dio unas palmaditas en el hombro, se guardó las llaves en el bolsillo de la chaqueta, la rodeó con un brazo y la apartó del detective para apretarla contra su pecho.

En cuanto apoyó la cabeza en su hombro, las lágrimas le escocieron en los ojos y la caja torácica se le destensó como una presa al reventar. El pecho se le encendió de un modo tan afilado y brillante como las llamas.

—He recibido tu mensaje de voz —le susurró entre el pelo—. Siento haber tardado tanto, pero no hacía falta quemar el sitio.

Hermanos. Se aferró a él como si le fuera la vida en ello, con los pulmones atenazados por el humo y la pena. Sammy le acarició el pelo.

—¿Qué ha pasado aquí, Reid?

—Alguien ha intentado matar a tu amiga. Si quiere seguir viva, tiene que decirme lo que sabe.

Sammy se tensó y la estrechó con más fuerza.

Maggie observó a Reid por el rabillo del ojo mientras este se volvía hacia la casa, examinaba el coche y después miraba de nuevo hacia ellos.

—Tal vez deberíamos hablar en comisaría.

Sammy negó con la cabeza.

—No. Pregunta aquí lo que tengas que preguntar y luego me la llevo conmigo.

—Tiene un paciente implicado en cosas muy graves; en tu oficina ya lo sabéis, Sam. Otra de sus pacientes, Tonya Rupert, ya está muerta. O está encubriendo a un asesino o está implicada. Me gusta pensar que es lo primero, pero averiguaremos si es lo segundo.

Sammy dejó de respirar. Estaba tan conmocionado como ella, aunque por motivos muy distintos.

Reid seguía hablando.

—Alguien acaba de intentar matarla, doctora —repitió.

El detective se acercó, y aunque no estaba lo bastante cerca, Maggie tuvo de pronto la certeza de que podía olerla por encima del hedor de la madera quemada.

—¿Qué motivo podrías tener para protegerlo? Puede que tenga que investigar más a fondo cuál es tu implicación en todo esto.

Sammy apartó la cabeza para poder verle la cara. En sus ojos no había acusación, solo preocupación; el sudor le relucía en la frente. ¿Ella también estaba sudando?

—¿Mags?

Se apartó de él y negó con la cabeza, con los labios apretados.