Capítulo 30
E l barista llevaba una máscara morada de lentejuelas, cuyos bordes se elevaban en alas de águila amarillas y plateadas.
Asintió al verla. Maggie no necesitaba invitación ni presentación.
Todos los miembros pasaban por un riguroso proceso de selección que incluía informes médicos, pruebas clínicas y acuerdos de confidencialidad.
Aún le costaba creer que hubiera sido Owen quien le hablara de aquel sitio, aunque él jamás había ido.
Una de las amigas de su mujer se lo había revelado años atrás, y él se había reído — escandalizado —, pero Maggie nunca había oído hablar de nada más liberador.
Aquel lugar era mucho menos complicado que el mundo de las citas y, estadísticamente, más seguro.
En un bar, el hombre que conocías podía tener una ETS.
Allí todos se hacían pruebas con regularidad.
En un bar, los hombres se mosqueaban si rechazabas una copa o intentabas terminar la noche con un apretón de manos de despedida.
Allí, el consentimiento era la máxima prioridad.
Para la mayoría de la gente, eso era el bondage: seguridad. Control absoluto.
Maggie iba allí para olvidar.
Unos pesados cortinajes blancos daban paso al vestuario.
Estaba vacío. Era probable que aquella noche también hubiera menos gente en las salas de juego —entre semana solían estar menos concurridas—, pero le daba igual.
No estaba allí por los demás; al menos, no por nadie en particular.
Nunca había escogido dos veces al mismo hombre.
Guardó la ropa en la taquilla. La seda de los batines le rozó la piel, que ya vibraba de expectación. Las botas de cuero se le ajustaron a los muslos. También tenía el cerebro en llamas, aunque no con la sensación de liberación, sino con la de una montaña rusa. Estaba cayendo. Cayendo.
Cayendo.
Maggie se puso la pulsera roja alrededor de la muñeca y se caló la máscara. El cuero le sofocó los pensamientos, reduciéndolos a un rugido sordo.
La tensión le sacudió el pecho, aunque con menos fuerza que antes, y se disipó todavía más al entrar con paso decidido en la sala de juego.
Las puertas que rodeaban el espacio principal daban a cuartos privados equipados con todo cuanto pudiera desear el corazón.
Algunos tenían columpios de cuero suspendidos de las vigas.
Otros, paredes enteras cubiertas de látigos; otros, de plumas.
La zona principal contaba con largos sofás modernos, sillones tapizados con telas cómodas y taburetes con agujeros en los lugares precisos.
Toda la estancia resplandecía bajo la luz amarilla y ondulante de las lámparas de araña.
Aquella noche había otras cuatro personas en la sala. Una mujer y dos hombres se retorcían ya, abrazados unos a otros, en el sofá del fondo. El sillón de cuero situado al frente estaba libre, con el respaldo permanentemente reclinado.
Desde un asiento en la esquina opuesta, un hombre alto la observó mientras ella se acomodaba en el sillón.
Hombros anchos, la luz parpadeando sobre el pecho afeitado.
Muslos gruesos. Una máscara de un blanco deslumbrante, adornada con plumas color rubí, que le cubría todo salvo los labios y la barbilla.
¿Estaba Christine muerta o seguía ahí fuera buscando otra víctima? ¿Había matado ella a la madre de Tristan, a Tonya, a Lillian y a otras dos personas? Tenía aquel medallón... ¿era el mismo que se había usado en los crímenes? ¿Qué papel desempeñaba el detective en todo aquello?
Maggie mantuvo la vista clavada en el hombre de la esquina mientras se recostaba y abría las piernas. Él ladeó la cabeza. La observaba. Ella se lo permitió, y el calor le ascendió por el pecho; ya no era tanto la sensación de caer dando tumbos como la subida hacia la cima: pura expectación.
Pero su mente seguía corriendo a toda velocidad.
Los patrones de los cortes eran muy parecidos y no se habían hecho públicos: tenía que tratarse del mismo asesino.
¿Era Tristan? El matricidio solía tener su origen en un hogar marcado por los malos tratos, a menudo con fuertes motivaciones religiosas y morales... Eso encajaba.
Estaba tan absorta en sus pensamientos que apenas advirtió que el hombre de la esquina se había levantado. Cuando pestañeó, estaba allí, de pie ante ella. Pulsera verde. Maggie abrió más las piernas y deslizó los dedos bajo el borde de las bragas. Con la otra mano señaló el suelo.
Él se arrodilló.
Rara vez permitía que otros la tocaran; a menudo ni siquiera sentía esa necesidad. Le bastaba con el control. Pero el cerebro no dejaba de ladrarle y había algo en la firmeza de aquellos hombros que le transmitía seguridad. Que le parecía correcto. Que le resultaba... familiar.
No es Kevin. No lo es. Pero ¿podía fingir, solo durante un rato? Claro que sí. Había hecho lo mismo todas las demás noches que había ido allí... hasta la semana anterior.
Él avanzó a gatas. Olía a especias, a algo de un aroma intenso y penetrante.
Le recordó a la Navidad, a Kevin... otra vez aquella familiaridad.
¿De verdad lo conocía? ¿De verdad, de verdad?
Apartó aquel pensamiento: un truco de la mente, el deseo de ser conocida.
Pero el anonimato era mejor; más seguro y más fácil cuando no tenías intención de llevarte a nadie a casa.
No podía controlar la vida fuera de aquellas paredes, ni sentía el menor impulso de intentarlo. Pero allí podía hacer que él hiciera cuanto quisiera.
Él seguía mirándola a la cara. Esperando instrucciones.
Maggie le indicó dónde lo quería.
Sus manos eran electricidad contra su piel febril. Las yemas de sus dedos le recorrieron el cuerpo y dejaron tras de sí un rastro de hormigueo y deseo mientras él le bajaba la ropa interior por las caderas.
Después bajó la cabeza entre sus piernas, con el aliento ardiente. La rozó con la lengua una vez, dos, tanteándola. Maggie observó el ondular de sus hombros mientras él llevaba los dedos a la unión de sus muslos. Aspiró su aroma especiado hasta que, por fin, la mente se le quedó en blanco.