Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

T ristan mintió sobre su madre.

Pero ¿qué significaba eso? Las pruebas —las quemaduras, las marcas de cortes— indicaban que se enfrentaban a un único asesino, que primero había matado a la madre de Tristan y después a las víctimas actuales.

Reid parecía creer que Tristan era el responsable, pero quizá solo estuviera cubriéndose las espaldas…

o cubriendo las de Christine. Todos tenían ya veintitantos cuando murió la madre de Tristan.

Un parón de siete años era inusual en un asesino en serie, pero no imposible, y aquel sabía perfectamente cómo esconder un cadáver.

Se obligó a inspirar hasta llenarse los pulmones, pero le dolió el pecho. El estómago se le revolvió y la bilis le quemó el esófago. Era como si todos sus órganos estuvieran enfadados con ella, y el estruendo en su cabeza era aún peor. Las preguntas le latían dolorosamente en el cerebro.

¿Christine estaba realmente desaparecida o había huido porque tenía algo que ver con los asesinatos?

Lo segundo parecía más probable. Llevaba años muy unida a Tristan, más que ninguna de sus otras novias, así que, si el asesino iba tras las personas que le importaban, Christine debería haber sido una víctima mucho antes.

Su asesino. El caso era ya tan suyo como del detective.

El mundo de los homicidios y la búsqueda de pistas se había colado en su consulta de psicología.

No era solo aquella sensación de montaña rusa corriéndole por la sangre, la emoción justo antes de la caída, por terrible que fuera a ser aquella caída: se jugaba algo en todo aquello.

Si moría más gente, la culpa la devoraría.

Sobre todo si el detective tenía razón sobre Tristan Simms.

Maggie recogió sus cosas. La consulta era demasiado pequeña; la escalera, más estrecha todavía.

Incluso la oscura extensión del aparcamiento le resultaba asfixiante.

Pero no sintió ojos clavados en la espalda mientras avanzaba hacia el coche de alquiler, con los pensamientos dando vueltas y más vueltas dentro de su cráneo.

Aunque Gordon Archer había entrado por la fuerza en su consulta, no creía que fuera un asesino.

Estaba celoso, sí, pero Archer no tenía ningún motivo para atacar a la madre de Tristan ni a ninguna mujer que pudiera apartar a Tristan de Christine.

En los casos de celos sexuales, el objetivo solía ser la amenaza para la relación: el propio Tristan.

Y Gordon no se habría presentado en su consulta si él hubiera sido quien se llevó a su mujer.

Era posible que hubiera ido allí para encubrir sus verdaderas intenciones; posible que estuviera tan furioso con su esposa como para torturar a otras mujeres en su lugar. Pero sencillamente no le cuadraba .

Y el detective… ¿Que me comprara una pistola? ¿Era ese un consejo de verdad? Abrió la puerta del coche y se metió dentro, irritada porque no era su DeLorean. Echaba de menos el chirrido de la bisagra. Echaba de menos la normalidad… cualquier cosa normal.

Se dejó caer en el asiento y arrancó el motor.

Si Tristan era inocente, el detective era tan sospechoso como cualquiera.

Si su objetivo era incriminar a su hermano, que Maggie disparase a Tristan le resolvería todos los problemas.

Hacer que le tuviera miedo a su paciente, decirle que se protegiera, decirle que era un asesino y después esperar a que ella terminara el trabajo por él.

Había querido a Christine lo suficiente como para plantearse casarse con ella.

Y llevaba siguiendo a Tristan, haciéndole parecer inestable, como haría cualquier maltratador.

Estaba trabajando de forma poco ética en un caso que implicaba a su propio hermano y, más aún, tratando de demostrar que alguien de su propia sangre era el culpable de aquellos crímenes.

O estaba firmemente convencido de que Tristan era culpable, o participaba en los asesinatos y odiaba a su hermano lo bastante como para incriminarlo. Las familias eran complicadas.

La X marca el lugar.

Condujo. La noche al otro lado de las ventanillas era densa y opresiva.

Maggie mantenía las manos en el volante, pero tenía la piel tirante sobre los músculos; le hormigueaba, le picaba, como si cosas invisibles reptaran justo bajo la carne.

¿Qué no estaba viendo? El eslogan de Los enigmas más desconcertantes del mundo le susurró en la cabeza: «Con tu ayuda, quizá estos enigmas se resuelvan por fin».

Ah… y Sammy. Había llamado a Sammy. Con suerte, ya le habría devuelto la llamada.

Buscó el móvil a tientas en la oscuridad y lo dejó sobre el volante. Un vistazo rápido le confirmó que Sammy aún no había llamado. Su madre sí. Dos veces. Leyó el mensaje que se había perdido antes:

«Tengo que hablar contigo. Tengo una derivación».

Se le hundió el estómago. Dejó caer el móvil en la consola. Otra derivación. Otra mujer como Helena. Pero no podía ayudar a todo el mundo… no podía ayudar a nadie en aquel momento, no con Tristan husmeando en las vidas de sus pacientes más vulnerables.

¿Era culpable el detective? ¿Y Christine? ¿Era Tristan un asesino?

¿Se equivocaba ella? ¿De verdad se equivocaba por completo en todo? No sería la primera vez. El estrés y la obsesión estaban erosionando su capacidad para pensar con claridad.

Se le acalambraron los dedos aferrados al volante, pero Maggie no conseguía aflojarlos. Tenía que encontrar alguna manera de aliviar aquella presión antes de estallar.