Capítulo 27
TRISTAN
A espaldas de la visita se alzaba el camino de entrada, y el pelo de Jeanna relucía bajo el resplandor del porche. ¿Qué haces aquí, Jeanna?
Pero ya sabía qué la había llevado hasta su barrio, y no era el paquete que tenía entre las manos. Retrocedió hacia el recibidor. Ella lo siguió, sonriéndole como hacía antes en la iglesia cuando él se dedicaba a hacer el gamberro: meterla en líos siempre había sido lo suyo.
—¿Dónde estabas cuando he llegado? —preguntó ella, pasando a su lado hacia el salón—. Llevo esperando como una hora.
Siempre se preocupaba por él. Y, desde luego, no ayudaba que él hubiera estado esquivando sus llamadas. Así que ¿por qué le brillaban tanto aquellos ojos azules?
—Por ahí... Dando una vuelta en coche.
Era mentira, pero ella no se daría cuenta. Su hermana era una chica dulce; podría decirle que aquella noche había conocido a Elvis en persona y se lo creería.
Jeanna entrecerró los ojos, como si estuviera pensándolo, pero pareció aceptar la excusa. Se dejó caer en el sofá, se apartó un mechón de pelo oscuro tras la oreja y le tendió la caja mientras él se sentaba enfrente.
—Aquí tienes. Como nuevo.
Tristan levantó la tapa. El reloj que había dentro era irreconocible comparado con el que había dejado en la tienda. Las grietas que lo surcaban como una telaraña habían desaparecido; habían cambiado el cristal.
—Papá le ha puesto un montón de diamantes —dijo, aunque su voz sonó hueca, forzada.
No estaba mirando la caja. En la cabeza le aullaban sirenas. Ante sus ojos flotaba la bolsa para cadáveres.
Jeanna se mordió el labio.
—Bueno, dijiste que lo querías un poco más elegante...
—Claro. Ya sabes que pago por la excelencia.
Siempre buscaba una excusa para dejar algo más de dinero en la tienda, pero aún le escocía la espalda; las marcas de los latigazos le recordaban insistentemente cuál era su lugar en el mundo. Por mucho que intentara ayudar a su padre de acogida, no era un buen hombre.
—Me alegro de que te guste, porque ya te he cargado el importe a la tarjeta, ricachón —dijo Jeanna, guiñándole un ojo.
Él forzó una sonrisa y dejó el paquete a un lado. Mantuvo la vista fija en la tapa cerrada, como si pudiera solucionar sus problemas... como si pudiera hacer que las mujeres que una vez le habían importado estuvieran menos muertas.
—¿Tris?
Alzó la cabeza.
Jeanna tenía el codo apoyado en su mesita auxiliar de cristal y estaba dejando huellas en la superficie reluciente. Los dedos le temblaron de ganas de limpiarla. Joder, Jeanna. ¿Por qué hacía siempre esas cosas?
Porque no sabe hacerlo mejor. Benedict era un hombre meticuloso, pero su vena artística solía imponerse a la práctica. Por eso Eden estaba siempre en la tienda, tomando las decisiones importantes y limpiando los cristales. Alguien tenía que hacerlo.
—Sé que no estás bien —dijo ella—. No sé por qué, pero sé que no lo estás.
Él carraspeó y obligó a sus ojos a apartarse del mueble.
—Estoy bien. Tú tienes más cosas de las que ocuparte que yo. Como esa niña tuya.
—Robin es maravillosa —dijo ella con una sonrisa.
Cada vez que hablaba de su hija, se le iluminaba la cara, pese a la espantosa forma en que había venido al mundo.
—Se lo está pasando genial con la abuela Eden mientras yo trabajo en la tienda.
Benedict todavía parecía alterado por la niña; a veces miraba a Tristan de reojo, como si él, por ser hombre, tuviera algún control sobre con quién se acostaba su hermana. Pero Jeanna no se había quedado embarazada por elección. Eso lo sabían todos.
—Deberías estar en la universidad, no trabajando en la tienda. Cursando asignaturas. Eden podría seguir cuidando de Robin.
Tal vez fuera ingenua, pero se le daban de maravilla las ciencias. Había querido ser farmacéutica, como su madre. Hasta la violación.
La mirada de Jeanna se enturbió. Había dicho justo lo que no debía.
—Este es mi hogar. Tengo familia, un trabajo... ¿Qué más podría querer?
¿Quizá una vida que no girase en torno al negocio familiar?
Había dejado la universidad la semana en que descubrió que estaba embarazada.
Tristan sospechaba que tener que caminar por el campus le provocaba flashbacks, pero Benedict no le había hecho ni una sola pregunta al respecto.
Solo le preguntó qué tipo de aperitivos quería para el bautizo; siempre se había dado por sentado que habría uno. No había otra opción.
Para Tristan había muchas opciones, y si ella le hubiera dicho el nombre del hombre que la había violado, que Dios lo ayudara, él mismo habría matado a ese cabrón en vez de ponerse a elegir sándwiches de cóctel.
Sí... no era un buen tipo. Eso resultaba evidente al ver la angustia en la cara de su hermana.
—Lo siento, Jeanna, no quería...
—¿Puedo preguntarte algo?
Menos mal que me ha interrumpido.
—Dispara, hermanita.
Ella hizo una mueca, como si la pregunta que estaba a punto de hacerle le doliera físicamente.
—¿Cómo se ensució tanto ese reloj? Creo que nunca había visto nada tuyo sucio.
Ahora mi mesita es un desastre. Pero la mención de la suciedad, la mera palabra, le arrastró una imagen al primer plano de la mente: el cuerpo de Lillian arrancado de la tierra.
Había intentado reconstruir sus movimientos de la noche, como le había sugerido la doctora, y había acabado en la escena de un crimen.
¿Tenía razón Richie al decir que era un asesino? ¿Volvía a visitar los crímenes de su pasado mientras dormía, desenterrando aquellos cuerpos por culpa? ¿O Richie lo había seguido y enterrado a aquellas mujeres en sitios por los que Tristan acababa pasando?
En cualquier caso, la doctora podía estar en peligro. Y aquel pensamiento lo aterrorizó mucho más de lo que habría imaginado.
—¿Me has oído?
La miró.
—Perdona.
—Habla conmigo, Tris. Por favor.
Jeanna lo observaba fijamente, con el ceño fruncido por la preocupación.
—Estoy bien —dijo—. Es solo que aún me queda un largo día de trabajo por delante.
—¿Trabajo? Sí, claro. Es tarde. —Frunció el ceño—. Has vuelto con Christine, ¿verdad? ¿Ahí es donde has estado esta noche?
Como él no respondió enseguida, Jeanna añadió:
—¿Por qué los hombres sois tan idiotas ? —Puso los ojos en blanco, con toda la naturalidad de una hermana—. ¿No puedes buscarte otra novia? ¿Una que no esté completamente loca?
Loca. O una persona normal en una situación anormal. Pero si él era normal, ¿por qué no podía dejar de mirar las huellas de la mesita?
—Las chicas buenas son difíciles de encontrar.
—¿Y tu nueva amiga? ¿Le hacemos algo? Papá tiene ideas increíbles para una pieza nueva.
¿Amiga? Alzó una ceja.
—¿Quién?
—La pelirroja. Ha venido hoy a la tienda. Parece simpática, Tris.
Los ojos de Jeanna se clavaron en los suyos, inquisitivos, preocupados, pero sus palabras se apagaron en sus oídos.
La pelirroja.
Helena no la había disuadido. Quizá nada disuadiría a Maggie hasta que estuviera muerta y enterrada. La única pregunta era si sería él quien la mandara a la tumba.