Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

E l hombretón entró en el despacho de una zancada, cruzando el umbral.

Los músculos de Maggie le gritaban que se moviera, que echara a correr, pero dejar que creyera que mandaba él parecía una opción mejor.

Muéstrate sumisa, como harías con un mapache rabioso o una ardilla particularmente agresiva.

Según Sammy, los ultramachotes solían tener los genitales del tamaño de una ardilla, y ella no tenía motivos para no creerle.

Tragó saliva mientras recorría el escritorio con el rabillo del ojo. Un bolígrafo. Un abrecartas. Un pisapapeles con forma de serpiente enroscada. Una carpeta que podría provocar un buen corte de papel... eso debería detener a cualquiera en seco.

¡No es momento de bromas, cerebro de Maggie!

Durante unos segundos, el hombre no se acercó. Se quedó justo dentro del despacho, con los hombros subiendo y bajando, la mandíbula tensa y el cuerpo bloqueando la luz del pasillo.

—¿Dónde está Christine?

Maggie sostuvo la mirada y mantuvo los hombros firmes, pero su cerebro berreaba: ¡Christine conoce al hombre que entró aquí por la fuerza; todo está relacionado con ella!

El hombre dio un pesado paso al frente, escorándose hacia la izquierda como una noria a punto de venirse abajo. ¿Estaba borracho?

—No está aquí, pero quizá podamos...

—Pero sabe dónde está, ¿verdad? —Se detuvo tras las sillas, con los dedos aferrados al respaldo de una, como si tratara de mantenerse en pie o, tal vez, de contenerse. Tenía los nudillos blancos de tanto apretar—. ¡Tiene que saber dónde está!

¿Por qué iba a saber ella dónde estaba Christine?

¿Quizá por ahí, asesinando a otra mujer inocente?

A Maggie le daba vueltas la cabeza. Aquel era el hombre que había irrumpido en su consulta, pero estaba allí buscando a Christine.

No era lo que habría esperado si trabajaban juntos.

Estaba claramente furioso, pero, por la inflexión de su voz, aquella rabia iba dirigida contra la propia Christine.

¿Creía, como Maggie, que Christine era la culpable de aquellos crímenes y había irrumpido para averiguar si Tristan le había confesado su implicación?

¿Era alguien cercano a Lillian Mace? ¿Alguien que conocía a Tonya? ¿Qué se me está escapando?

Maggie señaló la silla frente al escritorio.

—Si se sienta, estoy segura de que podremos hablar...

—¡No me mienta! —bramó él, dejando caer las manos; los puños se le cerraban y abrían a los costados—. ¡La vi en mi casa! Se la ve con toda claridad en la cámara del timbre, así que ni se le ocurra negarlo.

Un momento, ¿en su casa? Un hilo de saliva le colgaba de la comisura izquierda de los labios; tenía una furia casi rabiosa.

Aquello era malo. Muy malo. El meñique de Maggie casi tocaba el pisapapeles, lo bastante pesado como para ser un arma decente.

La botella de agua quizá también, pero estaba algo más lejos; la vería si iba a por ella.

—Entiendo su preocupación, señor...

Él vaciló, desconcertado por aquella media pregunta.

—¡Archer! Gordon Archer, el marido de Christine.

La yema del dedo de Maggie quedó inmóvil sobre la fría serpiente de cristal. ¿La novia intermitente de Tristan estaba casada? La revelación encajó las piezas de golpe, mientras las palmas sudorosas de Maggie dejaban marcas sobre el escritorio.

Gordon Archer no estaba allí porque creyera que su mujer era una asesina.

Era él quien estaba celoso. Bastaba con el brillo intenso de sus ojos, un brillo que ella había confundido con rabia.

Su convicción de que Christine era culpable le había nublado el juicio.

Por eso no puedes implicarte demasiado con los pacientes, Maggie.

Se aclaró la garganta.

—Fui a su casa para hablar con...

—Sé perfectamente por qué fue; Christine me lo contó.

Era por Tristan. —Rodeó las sillas y se acercó al escritorio.

La espalda de Maggie se puso rígida como una barra de acero.

Aquel hombre había irrumpido en su consulta; tenía acceso al medallón, si Christine lo poseía.

Pero ¿por qué atacar a aquellas mujeres?

¿Quién las había matado? ¿Él, su mujer o el detective?

Deja de hacerte preguntas, Maggie, ¡pregúntale al memo que tienes al otro lado del escritorio! Maldita sea. ¿Dónde estaba Scooby-Doo cuando lo necesitabas? En aquel momento hasta se conformaría con el zoquete de Shaggy.

Archer apoyó las palmas sobre el escritorio, paralelas a las manos de ella, y se inclinó hacia Maggie. Ella no se movió; mantuvo su posición.

—Todo el mundo tiene debilidad por ese cabrón —siseó—, pero yo no. Yo lo veo tal como es. —Respiraba con un jadeo frenético. Olía a cerveza barata.

—Me parece usted una persona perspicaz —dijo despacio, con cuidado .

No serviría de nada agitar aún más a un hombre inestable y borracho y, como marido de Christine, seguramente arrastraba años de dolor.

Le gusta jugar con la gente. Quizá aquello no tuviera nada que ver con las mujeres desaparecidas.

Hacía falta autocontrol para matar y ocultar aquellos cuerpos, y aquel hombre no tenía ninguno.

Los celos, sin embargo... eran evidentes y muy reales.

¿Qué otras posibilidades había? ¿Por qué había entrado por la fuerza?

—¿Vino aquí a vigilar a su mujer? —Había robado el expediente de Tristan para averiguar si su esposa le era infiel, ¿no?

Era lo que más sentido tenía. Pero ni siquiera entonces usaría el nombre de Tristan; no iba a darle más munición a Archer.

Y, aunque tenía la boca seca y los músculos le temblaban, le sostuvo la mirada, serena y directa—.

Entiendo que quiera saber más sobre los amigos de su mujer.

Pero venir aquí, venir a por mí... eso no arreglará su matrimonio.

Quizá podamos hablarlo antes de que alguien salga herido.

Él se echó hacia atrás como si acabaran de abofetearlo, con los ojos muy abiertos.

—Oh, Dios, no, no es... ¡No lo entiende! —Archer volvió a estrellar las palmas contra el escritorio y se inclinó sobre ellas; el hedor de su sudor le quemó la nariz como ácido—. Christine... —Se le quebró la voz—. Ha desaparecido.