Capítulo 25
C uando llegó al trabajo, la presión en el pecho se había reducido a un nivel soportable.
Maggie se dejó caer en la silla del escritorio, sacó los expedientes que necesitaba para aquel día e intentó despejar la mente.
Pero los pensamientos no dejaban de acudir, como era de esperar de la Gran Soberana del Sobrepensamiento, la Reina de la Rumiación, la… Oligarca de la Obsesión.
Suspiró. Las víctimas habían tenido relaciones sentimentales con Tristan.
Christine tenía el medallón. Pero Christine era amenazante, agresiva...
inestable. La clase de persona que Maggie consideraría capaz de cometer un crimen pasional; la clase de mujer que llamaría para amenazar a las conquistas de Tristan…
Y lo había hecho. Pero ¿era lo bastante organizada como para matar a aquellas mujeres de una forma tan ritualista?
¿Y qué había de la tensión entre los hermanos?
El bolígrafo hizo tap, tap, tap contra la pila de expedientes, dejando minúsculas hendiduras en las carpetas.
Tal vez Christine había movido los hilos para que Reid sospechara de Tristan, su cabeza de turco.
O quizá el detective amante de Christine era su cómplice.
Cualquiera de los dos podría haber entrado en la consulta de Maggie para averiguar qué sabía Tristan…
, si sospechaba de ellos. Y si Reid era de verdad culpable, tendría que enfrentarse a la policía.
Le apetecía tanto como sonarse los mocos con un cactus.
Se apartó los rizos de la cara. Velma necesitaba a su Scooby para salir de aquella… ¡ zoinks !
Sammy se pasaría toda la tarde en el juzgado, pero Maggie cogió el teléfono antes de que pudiera arrepentirse y le dejó un mensaje en el móvil.
Tendría cuidado de no contarle nada que pudiera ponerlo en peligro, pero Sammy ya estaba implicado en el caso.
Además, tenía acceso a información a la que ella no llegaba: cronologías, coartadas, datos forenses, detalles sobre aquel medallón, si había suerte.
Tal vez incluso pudiera arrojar algo de luz sobre Reid.
Sammy trabajaba estrechamente con el departamento y conocía a la mayoría de los detectives por su nombre.
Sammy era amigo de todo el mundo. Pero el mejor amigo de Maggie era él. Chúpate esa, Hanlon, pringado.
Mientras tanto, trabajó. Necesitaba algo que pudiera arreglar.
Sally Winchester tenía cita a las dos. Estaba de duelo por la pérdida de su hija, y el grave tono de su desamparo mantuvo a Maggie concentrada durante los cuarenta y cinco minutos de sesión.
La muerte de un hijo se te quedaba impresa en el alma y dejaba un dibujo de encaje hecho de dolor en carne viva, que relucía en los momentos más inoportunos.
Maggie se había esforzado por hacer sonreír a su madre después de que Aiden desapareciera, pero resultaba que hacer el payaso no resucitaba a un niño perdido. Quién lo habría dicho.
La cita de Sally dio paso a otra sesión con Elroy y después a una primera consulta por adicción sexual a las cuatro y media.
Pero cuando los pacientes se marcharon y se acabaron las palabras, el parloteo en su cabeza empezó de nuevo.
Ni siquiera podía incordiar a Owen: se había ido a las cuatro para cenar con sus hijas.
Maggie apoyó los codos en el escritorio y dejó caer la cabeza entre las manos. El caso de Tristan se estaba filtrando en todos los ámbitos de su vida. Y seguía sin tener ni idea de cómo arreglarlo. Apenas habían pasado un par de días; todo había ocurrido tan jodidamente deprisa … Pero aun así.
El teléfono vibró dentro del cajón del escritorio.
¡Sammy, ya era hora! Lo sacó con torpeza, pero no era Sammy.
Mamá. Otra vez. Le había mandado un mensaje, lo que normalmente significaba malas noticias…
o una emergencia. Maggie pulsó el botón, pero no tuvo tiempo de leerlo antes de que otro sonido cortara el aire desde la sala de espera.
¡Bing!
Miró hacia la puerta; la última paciente la había dejado entreabierta.
Normalmente no importaría: no estaba haciendo nada raro allí dentro, sola…
probablemente una oportunidad desaprovechada.
Pero se quedó inmóvil, con los dedos suspendidos sobre la pantalla del móvil. ¿Aquel sonido era… el ascensor?
La puerta de entrada de la consulta se abrió y, a continuación, el toc, toc, toc de unos pasos se aproximó a su despacho.
Maggie se tensó. No tenía ninguna otra primera cita aquel día; no había nada más en su agenda.
Owen solía pasar las tardes en que estaba solo en su despacho, pero no volvería allí una noche en que estuviera con las niñas.
Sin embargo, aquel ritmo marcial de los pasos… era demasiado resuelto para tratarse de un conserje. Tenían la energía tensa de un bulldog hasta arriba de cafeína con un pañuelo con la bandera estadounidense al cuello.
Dejó caer el móvil de nuevo en el cajón y plantó las palmas en el escritorio, dispuesta a ponerse en pie. No llegó a levantarse.
La puerta se abrió de par en par y el pomo se estrelló contra la pared que tenía detrás.
Ni Tristan. Ni Owen. Tampoco un paciente nuevo.
Sus hombros eran tan anchos como el marco de la puerta. Incluso sin la gorra de béisbol, lo reconoció: el hombre de las imágenes de vídeo que el detective le había enseñado aquella mañana.
Y vaya si parecía cabreado.