Capítulo 24
A Maggie le picaba todo el cuerpo cuando salió de la joyería; la piel de gallina de los brazos se le había convertido casi en un sarpullido. Los músculos le vibraban de tensión contenida. Apretó el volante hasta que le dolieron los nudillos.
El detective era el hermano de Tristan, conocía íntimamente a Christine y estaba haciendo todo lo humanamente posible por meter entre rejas al casi hijo adoptivo de Benedict.
Pero Christine tenía el collar, el medallón.
Una mujer tan celosa como ella tenía motivos para allanar la consulta…
quizá para matar. Christine era su principal sospechosa, pero ¿dónde encajaba el detective? ¿Estaban compinchados?
Reid Hanlon desde luego parecía estar de parte de Christine.
Y daba la impresión de que le sobraban razones para odiar a Tristan; el drama familiar saltaba a la vista.
Tristan había estado liado con Christine, una mujer con la que Reid había querido casarse.
Quizá el celoso era el detective. Hasta Benedict Rose odiaba a Reid —«Richie»— Hanlon tanto como lo odiaba Tristan, aunque los motivos de Benedict eran paternales.
Parecía pensar que «Rich» había sido una mala influencia para Tristan desde que eran niños.
El detective había intentado hacer que Maggie se sintiera culpable, como si ella fuera la que estaba obrando mal por proteger a su paciente; le había dado aquel estúpido papelito, amenazándola de aquella manera tan vaga: si llegas viva hasta entonces…
Para Benedict, Reid era el malo. Y a Maggie le parecía muy cierto.
Su paciente había dicho la verdad. Lo seguían; también tenía razón respecto a Rich. No deliraba.
Rich . Qué apodo más raro. Ni siquiera Benedict sabía de dónde había salido. Esa fue la última pregunta que respondió antes de que Eden recordara que tenían un compromiso urgente y acompañara a Maggie hasta la puerta.
Le quedaban veinticinco minutos para su primer paciente del día, pero la idea de ir a trabajar en aquel estado, de que Owen la viera mordiéndose el labio y cerrando los puños, le revolvía el estómago.
Maggie miró por el retrovisor y dio media vuelta.
El móvil vibró. Le echó un vistazo, esperando ver el nombre de Owen o quizá el de Alex, pero no: era su madre.
Maggie pulsó Rechazar y pisó el acelerador a fondo.
Ahora mismo no podía enfrentarse a su madre.
Tenía la cabeza como un globo de agua a punto de reventar: un movimiento en falso y…
¡Bum! Todos los niños de los alrededores se pondrían a chillar si le explotaba la cabeza.
Puede que los adultos también. Pero no la persona a la que iba a ver.
El cementerio donde estaba la lápida de Aiden quedaba de camino entre su casa y la consulta.
Se detuvo en el arcén y recogió flores silvestres: un buen manojo de encaje de la reina Ana y unas flores amarillas que le hicieron estornudar.
Pero merecía la pena. El amarillo era el color favorito de Aiden; antes era su color favorito.
Aparcó en uno de los muchos caminos sinuosos y cruzó el césped en pendiente, que aún se aferraba a los últimos coletazos del verano. Hacía un calor impropio de la época. Le brotó sudor a lo largo de las clavículas y se deslizó entre los pechos como aceite.
La tumba de su hermano estaba cerca del centro del cementerio: una lápida de mármol gris, con matojos de garranchuelo adornando ambas esquinas.
Le pegaba; el garranchuelo era lo único que Maggie había conseguido cultivar en su vida.
Una vez compró un lirio y juró que lo había oído llorar de camino a casa. Murió antes de que terminara la semana.
Dejó las flores al pie de la lápida y se sentó con las piernas cruzadas frente a ellas.
—Hola, tío —dijo.
El granito no respondió. El móvil volvió a vibrar.
Tenía el pecho tan oprimido que casi esperaba bajar la vista y descubrir una maraña de gomas elásticas estrujándola como en uno de esos experimentos de YouTube con sandías.
Apagó el teléfono y lo lanzó a la hierba.
Aquí. Limítate a estar aquí, Maggie. Pero los árboles que bordeaban el cementerio parecían acercarse poco a poco.
Bajó la cabeza. La lápida estaba fría y lisa contra su frente.
—Ha sido una semana dura, Aid. Papá está ido, como casi siempre últimamente.
Y tengo un paciente… un caso muy complicado.
Pero creo que estoy tan alterada porque todo parece tan grave, tan de vida o muerte.
Y la muerte… bueno, eso siempre me hace pensar en ti.
En los errores que cometí. En que, si hubiera hecho las cosas de otra manera, tú estarías aquí.
El viento silbaba entre los árboles y recorría con un siseo los delicados huesecillos de sus oídos. En lo hondo de las entrañas, un pozo profundo se revolvía y palpitaba como una babosa venenosa a punto de parir.
—Lo siento, Aiden. Siento haberte dejado volver solo a casa. Haberme ido con Kevin solo porque era guapo.
Veía el edificio abandonado con los ojos de la memoria, sentía correrle por las venas la libertad de lanzar ladrillos contra las ventanas interiores de las oficinas. Notaba la mano de Kevin en la parte baja de su espalda, el primer cosquilleo cálido del amor adolescente.
—Lo pagué caro: acabé con una cicatriz de órdago por culpa de un chico mayor que se coló mientras Kevin iba a mear. Pero tú pagaste un precio mucho más alto. Tú ni siquiera volviste. No es justo, joder.
La mano cálida de Kevin se desvaneció. De pronto volvió a sentir la tierra como aquel día, el polvo en los ojos, los cristales rotos incrustados en las rodillas de los vaqueros. El desconocido olía a cobre; incluso antes de tocarla, ya olía a sangre.
Pero aquel monstruo no se había llevado a su hermano.
Estaba con ella cuando Aiden desapareció y, poco después, él también sangraba, con una esquirla de cristal sobresaliéndole de la mejilla izquierda.
Si entornaba los ojos, aún podía verla brillar bajo el ojo, los labios abiertos a la fuerza por la presión punzante, el borde dentado atravesándole la lengua.
Le ardían los ojos.
—No puedo decir que lo mejor esté aún por llegar.
Tú te has ido, Kevin se precipitó con el coche desde un puente...
Recaer es una putada. Papá también se está yendo.
Puede que no físicamente, pero mentalmente está ausente muchas más veces de las que está conmigo.
Intento obligarme a arreglar las cosas que puedo arreglar, a afrontar los problemas sobre los que tengo un mínimo control.
Pero este caso... No sé si puedo arreglarlo.
No sé qué cambiar. No sé cuál es el camino correcto.
No lo sabía. De verdad que no.
—Solo sé que no quiero acabar como nuestros padres rebeldes, que me pusieron el nombre de un río de piedra fundida como si quisieran que me partiesen la cara.
A veces pienso en cómo sería si estuvieras aquí.
En que quizá viviríamos cerca el uno del otro.
Puede que nos reuniéramos para hacer barbacoas.
Puede que Kevin y yo estuviéramos casados y que tus hijos jugaran al pilla-pilla con los nuestros, como hacíamos de pequeños.
Se rio, pero el sonido fue amargo.
—Me gusta pensar que quizá tú también serías psicólogo, y entonces podrías ayudarme con este paciente en vez del boy scout que me ha tocado.
Tenía el pecho ardiendo, un fuego que crecía en sus entrañas. Quería a Owen. Quería a sus amigos. Pero no podía contarle a ninguno lo que estaba pasando. Ellos también tenían sus propios problemas; también echaban de menos a Kevin. Y ya habían hecho demasiado por ella.
Además, si les contaba demasiado sobre el caso, podían salir heridos. No podía poner en peligro a la gente que quería. Ya le había fallado a Helena. Les había fallado a Kevin y a Aiden. Estaba jodidamente cansada de fallar.
Por eso estaba allí. Necesitaba un lugar donde pudiera decirlo todo en voz alta a alguien, aunque ese alguien no estuviera realmente allí. Era lo más cerca que podía estar de él. No tenía ni idea de dónde había dejado los huesos el asesino de Aiden.
Las hojas susurraron a su alrededor; la brisa le azotaba el pelo con dedos violentos. Maggie se estremeció por el frío en la espalda y el calor tras los párpados.
—Te echo de menos. Y, por mucho que ahora todo sea una mierda, al menos nos tenemos el uno al otro, ¿no?
Le escocían los ojos; esta vez dejó que las lágrimas cayeran.
—Gracias por escucharme, Aid.
Las lágrimas le corrían libremente por la cara. Tenía la barbilla mojada. Apoyó una palma en la lápida, pegó la mejilla a la piedra fría y lloró.