Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—Tonya parecía una buena chica. —Benedict asintió—. Perdona mis sospechas, hija. Pero esa Christine... lleva al diablo dentro. Igual que la propia madre de Tristan, que Dios tenga en su gloria a esa pobre alma confundida.

Benedict se llevó una mano al pecho y se frotó en pequeños círculos, como si estuviera masajeándole la vida de vuelta al corazón.

Parecía que el mero hecho de hablar de la difunta madre de Tristan le provocaba dolor en el pecho.

Había estado lo bastante cerca de él como para hacer de padre de acogida, así que no resultaba extraño que aún la echara de menos. Por algo se llamaba mal de amores.

Pero aquello del diablo era una afirmación bastante rotunda viniendo de un hombre con un crucifijo de casi un metro vigilando todos sus movimientos. Maggie esperó a que le cayera un rayo y, cuando no ocurrió, dijo:

—Lo entiendo. Supongo que me desconcierta un poco que diera por hecho que la foto era de Christine.

Lo era, claro, pero él lo había sabido enseguida, sin ningún rasgo distintivo.

—¿Cómo acabó Christine llevando los pendientes de Tonya si usted nunca hace dos pares iguales?

Benedict volvió a frotarse el pecho.

—Entró aquí echando pestes por esos pendientes. Exigió un par igual que los que le hice a Tonya, supongo que para restregárselos por la cara a la pobre chica.

Todo cuadraba con los celos. ¿Había robado los pendientes porque Benedict se había negado a hacerle otros?

¿Porque Tristan no le había dado lo que quería?

Y, más importante todavía, ¿eran los celos motivo suficiente para matar a Tonya, para matar a Lillian...

, para matar a cualquiera de las ex de Tristan?

Claro.

Claro que lo eran.

—Lo siento muchísimo —dijo Maggie—. No se merecía que le hicieran eso. Y no he venido a reabrir viejas heridas.

Robin volvió a tirar de la mano de su madre y, esta vez, Jeanna bajó la vista y le revolvió el pelo.

—Creo que la abuela Eden tiene zumo de manzana para ti en la trastienda.

A Robin se le abrieron mucho los ojos. Miró esperanzada a su abuela, Eden. Pero la anciana negó con la cabeza.

—Después de comer, y ni un momento antes, criatura. A mi manera, no a la de tu madre. Ay. —Pero ve al fondo ahora. Esto es asunto de mayores.

A Robin se le descompuso la cara, pero obedeció. Hacía caso a sus mayores, igual que parecía hacer Jeanna. Eden tenía que ser una mujer de cuidado para tener a una niña de tres años tan dominada. Esos pequeños gamberros rara vez escuchaban a nadie.

Vieron alejarse a la niña y entonces Benedict dijo:

—Conseguí echar a Christine de aquí dándole un par defectuoso. Uno de los pendientes estaba retorcido.

Con razón había sabido que la de la foto era Christine.

—A veces, para crear arte hay que hacer uno o dos intentos en falso, sobre todo a mi edad.

Alzó las manos. Los meñiques de ambas tenían los nudillos abultados, pero los demás dedos parecían funcionar bien. Seguramente, ahora necesitaba mucha más paciencia y tiempo para elaborar sus creaciones.

—Iba a fundir el oro, pero perder el material valía la pena con tal de quitármela de encima. Quizá incluso valiera la pena arriesgar mi reputación si iba enseñándolos por ahí. Y está claro que lo hizo.

Tenía sentido. Había querido proteger a su nieta de la rabieta de aquella mujer sin Dios.

Pero... vaya. Eso quería decir que Christine no tenía por qué haber robado los pendientes de Tonya. Quizá diera igual. Las joyas eran un síntoma, no la causa, y los celos eran un motivo de cojones si Christine creía que Tristan estaba pasando página..., que podía dejarla para siempre.

—También le robó a Tristan su medalla de san Benito —dijo Eden. Hasta sus palabras sonaban a búho, redondas y huecas, a nada de convertirse en un ulular.

—Ese medallón lo tiene desde el día que lo bautizaron, y ahí estaba, colgado de su miserable cuello, mientras ella seguía con sus estupideces. Negó con la cabeza.

Medallón…

—¿Era redondo? ¿Más o menos de este tamaño? —Maggie se lo indicó con el pulgar y el índice, como había hecho el detective.

Benedict asintió, pero se le había afilado la mirada.

—Aún lo tiene, ¿eh? Esperaba que hiciera lo correcto y se lo devolviera a Tristan cuando rompieron.

A menos que siga rondándolo. —Miró a Maggie y parpadeó como si aguardara una respuesta, pero apenas podía tragar.

Puede que los pendientes no fueran relevantes, pues había dos pares, pero aquel medallón sí que lo era. Y Christine lo tenía. Christine .

Maggie tenía razón sobre la ex de Tristan… si el medallón coincidía. Pero no podría comprobarlo por sí sola.

—¿Conoce bien a Tristan? —preguntó Benedict—. Mi hija lleva días llamándolo por lo del reloj roto.

Los hombros se le destensaron; ni siquiera se había dado cuenta de que los tenía rígidos.

Un reloj; eso era lo que había llevado en la muñeca, donde tenía aquellas marcas de bronceado.

Todo lo que habían dicho reforzaba la idea de que su paciente era inocente, y ella apenas llevaba allí cinco minutos.

Seguro que el detective habría podido descartar la relación de Tristan con aquel medallón si se hubiese molestado en intentarlo.

Aún tenía que explicar la presencia de Tristan en la escena del crimen, pero las cosas no estaban tan claras como Reid Hanlon las había presentado.

Y el detective debería haber acudido allí antes que a ningún otro sitio.

Estaba intentando hacer que Tristan pareciera culpable porque quería que lo fuera. Pero ¿por qué?

—Seguro que solo está ocupado —dijo Jeanna, y Maggie la miró. ¿De qué estaban hablando?

—Pero quizá pueda decirle que tenemos sus cosas… si habla con él antes que nosotras. —Se mordió el labio—. ¿Está bien?

Cuidado. Aunque estuviera pintando fuera de las líneas como una niña de cinco años hiperactiva después de atiborrarse de Red Bull, no estaba dispuesta a quebrantar la confidencialidad, y menos ahora que parecía que Tristan era de verdad inocente.

—Está tan bien como cabe esperar.

Eso debería ser lo bastante ambiguo.

Pero Benedict entrecerró los ojos. Al parecer, era justo lo que no debía haber dicho: o demasiado ambiguo, o quizá porque no esperaba que Tristan estuviera bien.

Maggie tocó la pantalla del móvil y, por última vez, giró el teléfono hacia Benedict, esforzándose por que no le temblara la mano mientras le mostraba una captura de pantalla de Reid Hanlon.

—¿Y este…?

—¿Por qué tiene una foto de Richie? —espetó Eden; su voz sonó menos a búho y más al graznido seco de un cuervo.

Richie… Rich . Él también había estado husmeando por la joyería. Y le había dado un nombre falso a todo el mundo… a todos menos a Maggie.

Seis ojos se clavaron en ella. De pronto, el jersey pareció haber encogido dos tallas, y los puños y el cuello la oprimieron con una presión asfixiante. Estrangulándote como un paciente guapo en tu dormitorio oscuro que, por casualidad, te recuerda a tu amante recién fallecido.

Maggie se aclaró la garganta y se obligó a decir:

—Vino a verme por un asunto relacionado con mi consulta. Dijo que era amigo de Tristan.

Benedict negó con la cabeza.

—Richie es peor que Christine.

Los ojos de Eden centellearon de malicia y, cuando volvió a hablar, su tono era duro.

—Richie fue quien metió a esa chica en la vida de Tristan. Salía con esa zorra y hablaba de casarse con ella… —Fulminó a Maggie con la mirada—. No quiero ni una foto suya en mi tienda.

Maggie se guardó el teléfono en el bolsillo a cámara lenta. El detective conocía a Christine. Había tenido una relación con ella, lo bastante seria como para hablar de matrimonio.

—Richie era una bala perdida —prosiguió Benedict—. Siempre metía a Tristan en líos. Y desde luego no es amigo suyo; nunca lo ha sido. —Entrecerró los ojos, con el pulso latiéndole en las sienes—. Richie es el hermano de Tristan.