Capítulo 23
L a piel le zumbaba mientras cerraba con llave la puerta de casa a su espalda. El coche parecía estar a kilómetros, y los pies le pesaban como si llevara un par de mapaches gorditos aferrados a las piernas.
¿Christine había encargado otro juego de pendientes o había cogido los de Tonya, lo cual la haría mucho más sospechosa?
Como mínimo, Tristan había llamado al joyero su «padre de acogida», así que aquel hombre era alguien cercano al propio Tristan y tendría información sobre el numerito que Christine había montado en su tienda.
Tal vez pudiera arrojar luz sobre ambas cosas.
Además, «Benedict, Eden» le había dado un resultado inmediato en el buscador, como si Google la animara a seguir adelante.
El aire del DeLorean olía a viciado, a polvo y a baguete de ayer. Esto es una locura. Es su familia.
Pero daba igual. No veía otro camino viable. No había buenas opciones que garantizaran que Helena estuviera a salvo de su marido; ninguna que asegurase que Tristan Simms mantuviera la boca cerrada sobre el paradero de Helena si la policía lo detenía.
El detective ya estaba investigando a Tristan. Ella investigaría a todos los demás. Alguien tenía que explorar las otras posibilidades, incluido ese detective escurridizo. A alguien tenía que importarle la verdad.
La puerta del coche chilló. Las llaves tintinearon como campanillas de viento al meterlas en el contacto. Maggie giró la llave.
Rrrrr-rrrrr-rrrrr—¡clic!
Frunció el ceño. Precisamente hoy.
Rrrrr-rrrrr-rrrrr—¡clic!
Maggie volvió a girar la llave. Esta vez ni siquiera intentó arrancar. ¿Se habrá muerto la batería? Mierda.
Debería llamar a una grúa y llevar el coche al taller, pero ya lo haría más tarde. Le quedaban menos de dos horas antes de tener que estar en el trabajo; más bien hora y media a aquellas alturas.
Dejó el coche en la entrada de casa, pidió un Hytch y logró llegar a la agencia de alquiler antes de que los nervios la sacaran de quicio.
Escogió un Toyota que parecía bastante reluciente, pero olía a tristeza.
La mayoría de la gente creía que la tristeza no tenía olor, pero ella sabía que sí.
Era salada, almizclada. Como patatas casi podridas: con diferencia, la peor clase de patata.
Le quedaba una hora cuando tomó la autopista. Apretó el volante del Toyota y pisó más el acelerador.
El pequeño centro comercial no fue difícil de encontrar, y tampoco estaba lleno de gente; bien.
No quería público. Aparcó en la primera fila y avanzó bajo una marquesina con hojas de plata en relieve sobre enredaderas doradas.
Esmeraldas del Edén: una de las veinte joyerías independientes de la zona y la única cuyo propietario era un Benedict, que era como Tristan había llamado a su padre de acogida durante la primera sesión.
La puerta principal era de roble y no había timbre que anunciara su llegada.
Eso le daba al local un aire pintoresco, pero las relucientes piezas expuestas disipaban enseguida aquella impresión.
Como en la mayoría de las joyerías, las vitrinas formaban una gran U a lo largo del perímetro de la tienda, iluminadas por una luz blanca brillante que enfocaba las joyas centelleantes bajo el cristal.
Allí no había fluorescentes, solo lámparas en cada esquina y flexos de cuello de cisne detrás del mostrador para quienes quisieran examinar las joyas más de cerca.
En la pared del fondo se abrían dos accesos en penumbra.
A la derecha del marco del acceso izquierdo colgaba una enorme cruz dorada: casi un metro de altura, los ojos del mesías hechos de una piedra azul que podía ser zafiro, una resplandeciente corona de espinas posada sobre los rizos dorados del pobre infeliz.
El porno de tortura católico jugaba en otra liga.
Le dieron ganas de hacer una mueca, pero se puso cara de psicóloga y se acercó al mostrador. Maggie pulsó el timbre, medio esperando que apareciera un botones con gorra negra y le preguntara si necesitaba ayuda con las maletas.
—Enseguida salen a atenderla.
Maggie dio un respingo. Una anciana de piel como papel crepé estaba sentada en una silla contra la pared del extremo izquierdo, oculta desde la puerta principal por el mostrador.
Tenía el pelo blanco surcado de negro y unas leves entradas sobre el pico de viuda.
Bajita, achaparrada y extrañamente abultada, como una lechuza embutida en un disfraz de persona. ¿La abuela de acogida... de Tristan?
Maggie abrió la boca para responder, pero una joven de larga melena oscura ya salía de la trastienda con una niña pequeña pegada al costado. ¿Era Jeanna, la hermana de Tristan? Eso creía. Con una cría a cuestas, parecía de la familia, no una empleada.
—¡Hola! —sonrió la mujer, mostrando unos dientes blancos y rectos; una sonrisa sincera—. ¿En qué puedo ayudarla?
La anciana soltó un resoplido. Maggie no sabía a cuál de las dos mirar. Eligió a la que menos parecía una lechuza.
—Tengo una petición un tanto inusual. Una amiga mía compró aquí unos pendientes hace unos tres años. —Sacó el móvil y lo dejó sobre el cristal—. ¿Los reconoce?
Pulsó la pantalla y giró el teléfono para mostrarle a Jeanna una captura de redes sociales con un primer plano de los pendientes de Christine. En la imagen no se veía ninguna cara, solo los pajaritos volando en distintas direcciones.
—Me encantaría comprar un par igual.
La sonrisa de Jeanna vaciló, y la niña que llevaba en la cadera alzó la vista: carita redonda como la luna, mofletes regordetes. Tendría unos tres años.
—Bueno, mi padre jamás hace dos pares iguales; estamos especializados en joyería por encargo. Pero seguro que podemos hacerle algo igual de bonito.
Había esperanza en sus ojos, pero también un filo de desesperación. A juzgar por el estado de la tienda vacía y por la pequeña mella de la vitrina junto al meñique de Jeanna… ¿problemas de dinero?
La niña parpadeó hacia Maggie como si le rogara que se diera prisa.
—Es una pena que no hagan duplicados. Me gustan muchísimo estos pendientes.
Sonaba a disco rayado, pero necesitaba confirmar que aquello de las piezas únicas era cierto. Si solo existía un par de pendientes, eran una prueba que vinculaba a Christine con la mujer muerta.
—Lo siento, querida —retumbó una voz mucho más grave.
El hombre que salió por la puerta junto al crucifijo reluciente llevaba una barba de rizos grises y apretados que le llegaba a las clavículas, y unas cejas igual de indómitas: todo un Papá Noel.
Benedict Rose, supuso. Sonrió, pero Maggie solo lo dedujo por cómo se le movían los carrillos; no podía verle la boca.
—No son especiales si cualquiera puede conseguir los mismos.
—¡Amén! —dijo la mujer de la silla.
De pronto, Maggie se sintió en minoría. Pero ya tenía lo que había ido a buscar.
Si nunca hacían dos pares iguales, Christine llevaba unos pendientes robados: Tonya no se los habría regalado.
Y, por sospechoso que pareciera el detective, no es que hubiera quitado las joyas del cadáver de Tonya para dárselas a la novia de quita y pon de Tristan. Eso convertiría a Christine en testigo.
Benedict se acercó, intercambió una sonrisa con la niña y luego entrecerró los ojos al mirar el móvil de Maggie, que seguía sobre el mostrador.
Su expresión cambió; la mirada se le ensombreció.
Rabia, pero una rabia muy contenida, de esas que se leen en los músculos de la mandíbula.
Como un Proud Boy en un Walmart, en vez de en una concentración del Ku Klux Klan.
Se le secó la boca, se le quedó pastosa.
El crucifijo la fulminaba desde la pared, y la voz del detective le susurró al oído: Si tuviera que apostar, diría que es algo religioso, pero es solo una corazonada.
La niña se apretó aún más contra su madre…
tres años. Según el expediente de Tonya, el ataque a Jeanna había tenido lugar más o menos por la época en que aquella niña fue concebida.
—Creo que sé por qué lo pregunta —dijo Benedict.
Maggie tragó saliva, intentando concentrarse mientras él señalaba el teléfono con la cabeza.
—¿Es amiga de esa chica?
Había malicia en sus palabras; la sintió como zarzas clavándosele en la carne de los brazos.
—Si está relacionada con ella, más vale que se vaya ahora mismo. No necesitamos más problemas, y Tristan ya trajo bastantes aquí.
—Papá… —Jeanna negó con la cabeza—. Deja en paz a Tris. No fue culpa suya.
—Cuida esa lengua, Jeanna —dijo la anciana, poniéndose por fin en pie.
Jeanna se quedó rígida, los labios convertidos en una fina línea blanca, y no dijo nada más. Bienaventurados los mansos.
Benedict miró de reojo a la mujer lechuza, acarició el pelo de la niña con gesto protector y volvió a centrarse en Maggie.
—Esa mujer aterrorizó a mi nieta. Con todos esos gritos y el escándalo que montó. Y, por su lenguaje soez, parece que Tristan la conocía —resopló— en el sentido bíblico.
¿En plan bíblico, eh? ¿Habían estado pintando puertas con sangre de cordero? ¿Con zarzas ardientes? ¿Cogiendo fruta de serpientes? Ah, la universidad. Todos habían pasado por eso.
Los dedos de Maggie se cerraron sobre el teléfono. Aquello era un asunto de familia. Si quería sacarles más información, ya iba siendo hora de que fingiera que la familia le importaba.
—No soy amiga de Christine. Era amiga de Tonya.
Tonya había sido encantadora; incluso iba a misa, si no recordaba mal. Justo la clase de chica que les gustaría emparejar con Tristan.
—Esos pendientes eran los favoritos de Tonya, pero no pude encontrarlos después de que desapareciera.
El rostro de Benedict se dulcificó; los hombros de Jeanna se relajaron. Solo los ojos de la anciana seguían entrecerrados. Desconfiados.
—Tonya era muy maja —dijo Jeanna, aunque su sonrisa resultaba forzada—. Cenamos con ella unas cuantas veces. A Robin le caía muy bien.
Al oír su nombre, la niña miró a su madre. Tiró de la mano de Jeanna, que se la apretó sin dejar de prestar atención a Maggie.