Capítulo 22
M aggie vio al detective salir hecho una furia, tiró los cristales rotos a la basura y cogió otra taza de café, procurando ignorar que aún le dolían los nudillos.
¿Acababa de amenazarla el detective? ¿Si llegas a durar tanto?
¿Y a qué venía aquello de ir repartiendo papelitos como si fueran tarjetas de visita? ¿Qué demonios era eso?
Echó un vistazo a los números digitales del microondas: faltaban dos horas para que tuviera que estar en la consulta.
Ni siquiera eran las nueve y ya estaba hecha polvo.
Otro día más saltando de una crisis a otra, de Suspicious Minds a Jailhouse Rock y de vuelta a…
Don't ? Quizá Devil in Disguise . Elvis había cantado demasiadas canciones de amor como para que encajaran de verdad con aquella vida de locos, pero con imaginación quizá bastaban los títulos.
Te estás evadiendo, Maggie. Distrayéndote.
Tristan había llamado cuatro veces mientras el detective estaba en su casa y había dejado un mensaje diciendo que había tenido que marcharse del hotel.
Pero ella ya sabía que se había ido; lo había visto en las noticias.
Como si un hotel pudiera retener a un genio tecnológico bien despierto y empeñado en merodear por la escena de un crimen.
Se metió el móvil en el bolsillo de la bata.
No estaba preparada para devolverle la llamada.
¿Qué iba a decirle? «Oye, ¡te he visto en las noticias de la mañana!
¿Eres un asesino en serie o qué?» Aunque él supiera la respuesta, no se la diría; eso lo había dejado bien claro.
Maggie ni siquiera sabía cómo había conseguido su número privado. Igual que sabía lo de Helena, supuso.
Maggie estaba harta de ser una marioneta, de hacer lo que los demás querían o esperaban de ella.
Seguir las normas —ese supuesto conjunto de decisiones lógicas y legales— no le había servido de nada: había puesto a Helena en peligro, aunque fuera sin querer.
El detective la había amenazado. Y la desfachatez de Tristan Simms, el morro de chantajearla a ella y a su paciente y esperar que siguiera jugando a su juego…
Tendría que resolverlo por sí misma, al estilo Scooby-Doo .
Sería una buena Velma. Estaría bien atrapar a un asesino, ayudar a un inocente y proteger a Helena al mismo tiempo, pero no estaba segura de tener tanta suerte.
Aunque solo lograra mantener a Helena a salvo y encerrar a un asesino, dos de tres no estaba nada mal.
Maggie se pasó los dedos por el pelo y, al instante, se le enredó el pulgar entre los rizos, como si el universo hubiera decidido que, para ponerle el cerebro en marcha, necesitaba de propina un poco de dolor de cuero cabelludo.
Se liberó los dedos de un tirón. La cicatriz de la cabeza le palpitó y luego se calmó.
Piensa, Maggie. Sobrepiénsalo. Es lo tuyo.
Tristan había estado en una escena del crimen. Conocía a Tonya. Sería facilísimo creer que era culpable, verlo todo en blanco y negro, pero había demasiadas incoherencias. Demasiadas piezas que no encajaban.
Al principio, Maggie había supuesto que lo de que alguien siguiera a Tristan era un delirio o una invención de su cerebro soñador, pero ya no lo creía.
Un alguien de carne y hueso había irrumpido en su consulta mientras ella estaba con él; alguien que sabía que Tristan acudía a verla.
Esa información no era pública. Y si supieras que eres un asesino, ¿por qué demonios irías a una psicóloga a contarle que sufres episodios de sonambulismo y que has estado enterrando objetos desconocidos?
Por un momento había pensado que estaba preparando una defensa por enajenación mental, pero casi nadie intentaba algo así antes de ser detenido.
No tenía sentido negociar un acuerdo con la fiscalía y arriesgarse a quedar al descubierto si ni siquiera estaba seguro de que fueran a pillarlo.
También creía que Tristan decía la verdad sobre el detective: se hubiera equivocado de nombre o no, Reid Hanlon había admitido que «llevaba tiempo tras él» y le había dado un papelito en vez de una tarjeta de visita, como si la retara a llamar a comisaría.
Y los pendientes… Christine llevaba esos malditos pendientes . Tristan Simms no le quitaría los pendientes al cadáver de su novia para regalárselos a una mujer que lo publicaba absolutamente todo en redes sociales.
Los pendientes eran lo que más la obsesionaba.
Llevarlos puestos era de ir sobrada… y también de idiota, salvo que no supieras de dónde habían salido.
Pero regalarlos era igual de idiota y, pese a haber estado en la escena del crimen, Tristan no le parecía tonto.
Un sonámbulo podía comportarse de forma más errática, pero…
Se contuvo para no estamparse la cabeza contra la mesa de la cocina y, en su lugar, tecleó en el ordenador mientras buscaba al detective — si es que llegas a serlo — Hanlon.
Olía a canela y tenía pinta de un tipo «camino de estafar a unas viejecitas y dejarles sin pensión».
Baboso… taimado. Y no tenía la sensación de que Reid estuviera siguiendo una pista rutinaria.
No la había interrogado con preguntas abiertas, como quien busca la verdad.
Había intentado que demonizara a un sospechoso al que él ya había declarado culpable.
Era una situación de perro con un hueso. Una vendetta.
La pantalla escupió una lista de resultados.
Maggie esperaba encontrarse con un «sin resultados», como en la búsqueda de «Rich», o con una cara distinta mirándola desde el monitor, pero el tipo era legítimo: una larga serie de detenciones, su nombre vinculado a criminales a los que había llevado ante la justicia, elogios de los mandos.
No vio ninguna noticia que lo relacionara con nada «indecoroso», pero podía ser un policía corrupto.
Los peores eran los que mejor sabían ocultarlo, y los criminales listos con placa solían ser los más peligrosos.
Durante los años que había pasado escondiendo a víctimas de violencia doméstica, había visto a demasiadas con una pareja en las fuerzas del orden.
No había nada como el poder sin freno para poner cachondo a un psicópata.
Tipos así les daban mala fama a los buenos policías.
Volvió a pulsar la barra de búsqueda y escribió: Lillian Mace.
Aunque el detective había dicho que estaba muerta, Maggie no tenía clara la cronología.
Le había mostrado una foto de carne recién muerta, así que o mentía sobre cuándo se habían llevado a Lillian o mentía sobre quién era la víctima más reciente.
No tardó mucho en encontrarla. La familia de Lillian Mace había estado activa en redes sociales tras su desaparición…
dos años atrás, tal como Reid había dicho.
Todas las publicaciones posteriores consistían en amigos compartiendo recuerdos y diciendo cuánto la echaban de menos: una sesión virtual de terapia de grupo.
Pero hubo una publicación que hizo que el mundo se contrajera a su alrededor: Tristan y Lillian en una playa, los labios de él en la mejilla de ella, la mujer sonriendo de oreja a oreja.
Lillian había escrito como pie de foto «Tris y yo», pero él no estaba etiquetado en la imagen, ni le había dado a «me gusta» ni había comentado.
Era de esperar, puesto que no tenía perfil en aquella plataforma.
Maggie se recostó en la silla. Tristan había estado íntimamente unido a Lillian, igual que estaba unido a Tonya.
Si Tristan no era el asesino, tenía que ser alguien que escogía a sus víctimas por sus relaciones con él…
o por sus movimientos. Si Tristan sabía dónde estaba Helena, si la había seguido, entonces su acosador —el asesino— también podía saber dónde encontrarla.
Demasiados cabos sueltos, demasiados sospechosos posibles. Un sándwich de mierda gigantesco.
La cara de Tonya le vino a la cabeza. Su sonrisa luminosa. Aquellos aros relucientes. Otra vez los pendientes: le parecían tan cruciales.
Tenía que empezar a reducir su lista de sospechosos.
Y Tristan no era quien llevaba los pendientes de Tonya.
No era quien había entrado por la fuerza en su consulta.
No parecía celoso, ni daba la impresión de tener los problemas de ira que ella esperaba de la persona a la que buscaba.
Y, sin pensar demasiado, se le ocurrían unas cuantas personas que habían visto de lo que Christine era capaz.
Quizá la forma más sencilla de proteger a Helena fuera investigar a la gente que rodeaba a Tristan Simms. Como mínimo, podía comprobar si alguno de ellos le había quitado los pendientes al cadáver de Tonya.