Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—Vale —resopló—. Llamémoslo una consulta, ya que le importa una mierda mantener a la gente con vida o castigar a los culpables. Envíele la factura al departamento.

Una consulta. Podía hacerlo sin que supusiera un conflicto de intereses; no tenía por qué mencionar a ningún paciente.

No era la primera vez que le pedían un perfil psicológico, y quizá aquello le permitiera conocer de primera mano los detalles del caso.

Pero ¿por qué se lo ofrecía el detective?

¿Creía que ver las pruebas que estaba a punto de enseñarle la llevaría a dar por culpable a su paciente?

Lo más probable era que sí: una artimaña.

—Le enviaré la factura a usted, detective.

—Por fin se puso en pie y miró hacia él.

Ya tenía el móvil levantado delante de sí...

otra vez. ¿Vivía en esa postura, con un brazo extendido y el teléfono en alto eternamente?

Seguro que tenía una fuerza descomunal en el antebrazo de ese lado. Un auténtico caso de Popeye .

—¿Le dice algo este símbolo?

Maggie parpadeó. Sabía reconocer una foto de una escena del crimen al verla; la carne muerta y pálida tenía cierta cualidad cerosa.

Una única quemadura redonda cubierta de ampollas desfiguraba la piel; era roja y morada, con los bordes chamuscados hasta quedar negros.

Justo bajo el borde superior de la marca circular corría una diminuta franja...

¿letras? Pero había demasiadas ampollas en la carne para saberlo con certeza.

—¿Qué estoy viendo exactamente? —preguntó.

No podía apartar los ojos de la pantalla. ¿Era el cuerpo de Lillian o se trataba de una foto anterior... del cuerpo de Tonya?

Volvió a sonar el teléfono. Joder. Debería haberlo apagado cuando estaba en la cocina.

—¿Tiene que cogerlo?

Negó con la cabeza. Los dos escucharon cómo sonaba una vez, y otra, y otra.

Cuando el teléfono enmudeció, él dijo:

—Fíjese bien en el espacio negativo: las zonas donde no hay quemaduras.

Sé lo que es el espacio negativo, colega. Tragó saliva y parpadeó ante las zonas de carne irritada, pero sin ampollas, que discurrían a ambos lados de una forma ovalada central, casi como un ojo dentro de un círculo mayor.

Él se aclaró la garganta.

—Para mí es como ver a la Virgen María en una tostada: distingo las diferencias en la quemadura, pero sigo sin tener ni idea de qué significa.

Creo que es algún tipo de medallón —dijo—.

De metal, sin duda; probablemente ritual.

Si tuviera que apostar, diría que religioso, pero no es más que una corazonada.

Quizá una psicóloga acostumbrada a tratar con lo peor de lo peor pueda aportar alguna idea sobre qué dejaría una marca así.

Tenía que admitir que su teoría le producía cierto alivio. Los asesinos ritualistas seguían patrones específicos, y Tristan no parecía encajar en aquel perfil. A menos que se convirtiera en otro hombre mientras dormía.

—Podría ser cualquier cosa. Un colgante, una medalla de natación relacionada con una rivalidad de instituto que acabó mal...

—Las chicas malas se convierten en Mike Meyers al llegar a los treinta, ¿eh?

Asintió.

—Algo así. Aunque seguramente ya eran peores que Mike Meyers en el instituto.

En eso Maggie tenía experiencia de primera mano.

Él la escrutó con ojos acerados.

—¿Y los chicos? ¿En qué se convierten? —Como ella se limitó a mirarlo, bajó el móvil—. El instrumento era más o menos de este tamaño, demasiado pequeño para una medalla. Juntó la yema del pulgar con la del índice. Más o menos del tamaño de la esfera de un reloj.

El aire se enrareció. La marca alrededor de la muñeca de Tristan... las líneas de bronceado. ¿Venían de ahí? ¿De un medallón y no de un reloj? ¿Coincidía con aquella marca concreta del asesino?

—Las víctimas de este caso fueron drogadas, marcadas a fuego y, por último, asfixiadas —prosiguió—.

Creo que le gusta que estén vivas cuando les graba este símbolo en la carne.

Pero, como puede ver, la herida no se quemó de manera uniforme.

Por la posición, parece que sujetaba el objeto mientras lo calentaba con una llama, quizá con un mechero tipo soplete.

—Su mirada taladró la de ella—. ¿Alguno de sus pacientes tiene heridas en las yemas de los dedos?

Los nudillos le palpitaban mientras sujetaba el recogedor; el mango de la escoba resbalaba por el sudor de su palma. El detective parpadeó como si tratara de mirar dentro de su cabeza.

No había visto quemaduras en Tristan, ni ampollas; solo aquellas abrasiones de asfalto con aspecto de rallador de queso, aunque quizá esas lesiones tuvieran un aspecto parecido.

Pero, incluso si Tristan era culpable, culpable de verdad, ella no disponía de información confidencial que pudiera ayudarles a relacionarlo con los crímenes.

Les daría igual que fuera sonámbulo; lo interpretarían como una táctica de defensa antes de que terminara la frase.

Cualquiera podía verle las manos. Y Helena...

Helena .

—¿A las víctimas las matan en el mismo sitio donde las abandonan?

No se había dado cuenta de que iba a hablar hasta que las palabras ya estaban en el aire.

Él ladeó la cabeza.

—Sí. —Una comisura de la boca se le alzó—. Ahora le toca a usted responder a una pregunta.

Maggie echó los hombros hacia atrás.

—Solo puedo hablar de aquello para lo que me ha contratado: elaborar un perfil.

—Pero sabe quién es. Sabe perfectamente de quién sospecho. Llevo tiempo tras él, pero siempre va un paso por delante. Necesito su ayuda.

¿Llevaba tiempo tras él? Pero aquel hombre se llamaba Reid.

¿Creía Tristan que se llamaba Rich? Mentir sobre su nombre sería una buena estrategia: si el detective Rich no existía, Tristan parecería un delirante si llamaba a la policía…

, que era justo lo que había hecho. He llamado a la policía, pero él siempre consigue que parezca inestable.

Y aquella foto de vigilancia frente a su consulta, la que tanto se parecía al hombre que tenía delante…

Un escalofrío le recorrió la columna.

—No puedo ayudarle —dijo con voz glacial.

Él guardó el móvil en el bolsillo de la americana.

—También encontramos restos de lino incrustados en las quemaduras —prosiguió, como si no la hubiera oído—.

El asesino envuelve la herida justo después de la ceremonia de la quema y luego las asfixia.

Lillian es solo la víctima más reciente que hemos encontrado con este modus operandi tan concreto; hace casi dos años que la mataron.

Un momento. ¿Tristan había estado en la escena de un crimen de hace dos años? ¿Estaba… desenterrando a las víctimas? ¿Había presenciado el entierro de Lillian mientras caminaba sonámbulo, o la había matado él y solo ahora empezaba a recordarlo? Demasiadas posibilidades. Demasiadas especulaciones.

—Tonya Rupert es otra de sus víctimas. Estoy seguro de que la conoce, aunque no quiera admitirlo.

Le ardió la garganta. Vaya, eso lo aclaraba. Su paciente estaba vinculado oficialmente con al menos dos mujeres desaparecidas: Tristan era el novio de Tonya y la noche anterior había estado en el lugar donde enterraron a Lillian. Pero si Lillian era la más reciente…

—¿Me está diciendo que la última víctima fue secuestrada hace dos años?

Él asintió, pero mentía. Sammy le había dicho que tenían una víctima reciente: una mujer secuestrada la semana pasada, ¿no? ¿Seguían intentando mantener oculta a la nueva víctima, o sencillamente aún no habían encontrado el cadáver para confirmar la conexión?

—No estamos reabriendo este caso porque estén secuestrando ahora a estas mujeres —continuó Reid—. Lo investigamos porque por fin estamos encontrando los cuerpos.

Maggie frunció el ceño. El recogedor le pesaba demasiado; le dolía la muñeca.

—La carne de la foto que acaba de enseñarme no llevaba dos años muerta. Esa quemadura era reciente.

—Supongo que yo también sé guardar secretos.

—Sonrió, pero el gesto no tenía nada de amable—.

Cuídese las espaldas, doctora Connolly. El hombre que mató a esas mujeres va ahora a por usted.

La reciente intrusión en su consulta no es una coincidencia.

Y, por su comportamiento, no sé si está protegiendo a alguien o si usted misma anda haciendo algo poco decoroso.

¿Poco decoroso? Qué manera tan rara de hablar para un detective de homicidios.

Pero lo único que oía eran las preguntas de los agentes sobre Aiden: ¿Pretende que me crea que no lo vio en toda la tarde?

¿Que se suponía que debía acompañarlo a casa, como hace todos los días, y lo dejó en el bosque? ¿Qué se ha hecho en la muñeca?

Se puso rígida.

—Por suerte, tiene una foto de la persona que entró en mi consulta. Ese hombre no es mi paciente y, desde luego, no soy yo. Aunque podría ser usted. Y sí, creía que aquel detective era un mentiroso, un tipo rastrero. Aún no sabía qué ocultaba, pero todo en él estaba mal.

—Las cosas no siempre son lo que parecen, doctora.

—Sacó una tarjeta de visita de la americana y se la tendió.

No, no era una tarjeta: era un trozo de papel con su número.

Aquello no estaba bien; no era profesional en absoluto, y desentonaba por completo con su traje recién planchado y el elegante pañuelo de bolsillo.

¿Había llegado siquiera a ver su placa? Lo había visto en televisión, pero…

Maggie lo miró fijamente, con firmeza, sin vacilar. Al no coger el papel, él lo dejó caer en el recogedor, encima de los cristales.

—Si quiere modificar su declaración, ya sabe dónde encontrarme. —Se volvió hacia la puerta—. Si es que llega hasta entonces.