Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

—¿ M agma Connolly?

El hombre arqueó una ceja y esperó a que ella asintiera antes de continuar:

—Soy el detective Reid Hanlon. Tengo entendido que sufrió un robo la otra noche.

Un momento, ¿estaba allí por el robo? Al menos no se llama Rich. Aunque… quizá habría sido mejor. Al menos entonces el detective de Tristan habría sido real.

—Yo… sí. En mi consulta.

La brisa de septiembre le revolvió el pelo antes de amainar.

Llevaba un traje tan impecable como el de la noche anterior: azul oscuro, con una corbata del azul de un huevo de petirrojo y un pañuelo de bolsillo a juego.

Parecía más un abogado carísimo que un detective.

Un pañuelo de bolsillo para un carca. ¿Seguía usándose carca como insulto?

—Hemos encontrado unas grabaciones de seguridad adicionales, tomadas al otro lado de la calle de su consulta. He pensado en pasarme para ver si le decían algo.

Sacó el móvil del bolsillo delantero, tocó la pantalla y se lo tendió.

Ella se acercó, aunque tenía todos los músculos en tensión, deseando dar un portazo y salir corriendo.

Pero ponerse en modo suricata total no parecía justificado a juzgar por la fotografía: una sombra de hombros anchos frente a su edificio.

Era casi la misma toma que habían obtenido de las cámaras del aparcamiento, pero el ángulo de aquella permitía ver el pecho y la parte inferior del rostro; resultaba más fácil calcular la altura y la corpulencia.

Aquella persona no era Christine. Un hombre, casi con toda seguridad, y uno bastante fuerte, por lo que se veía.

—¿Le resulta familiar? —preguntó el detective.

Ella frunció el ceño ante el teléfono.

—Se parece a usted.

No es Tristan. Y no es Christine. Christine no es quien me persigue, no fue ella quien se llevó el expediente de Tristan.

Entonces, ¿qué otros sospechosos quedaban?

Era ridículo pensar que el allanamiento no tuviera relación con los cadáveres, con el sonambulismo, pero no entendía cuál era el vínculo. Todavía .

—¿Señora Connolly?

—Doctora.

Se le curvaron los labios en una media sonrisa. Recuperó el móvil, pero no se lo guardó.

—Mis más sinceras disculpas, doctora Connolly. ¿Se encuentra… bien?

Él bajó la mirada. Ella la siguió hasta… ah. Sus pies salpicados de té. Uno de los dedos le sangraba, cortado por una esquirla de cristal. Ni siquiera le escocía.

—Un pequeño percance con el chai.

—¿Está segura? Parece alterada.

Por lo visto, no era la única que sabía leer el lenguaje corporal. Se resistió al impulso de cruzarse de brazos, gesto que él interpretaría sin duda como defensivo. Y tendría razón.

—Ha salido en televisión esta mañana, ¿verdad? Por ese homicidio.

—La mayoría de los civiles lo llaman asesinato. —Ladeó la cabeza—. Aunque, claro, la mayoría de los civiles no trabaja habitualmente con asesinos condenados ni se pasa la vida defendiendo el honor de matones y ladrones.

Vaya, aquello era saber demasiado sobre ella para una visita rutinaria de seguimiento por un robo con allanamiento. Sintió que se le erizaba el vello a lo largo de la columna. El móvil sonó a lo lejos, desde la cocina.

—Todo el mundo merece respeto, detective. Incluso usted.

Él abrió los ojos de par en par.

—Ah, sí. Incluso los detectives que parecen ladrones. —Soltó una risita—. Entonces… ¿va a invitarme a pasar?

Había olvidado que los policías eran como los vampiros. No podían entrar a menos que los invitaras… o salvo que estuvieras en peligro inminente, que era básicamente justo lo contrario que los vampiros. Menudo rompecabezas mental. El móvil volvió a sonar.

—Ya le he dicho que no reconozco al intruso —dijo, mirando hacia la entrada de la cocina. El teléfono. Ese maldito teléfono.

—Tengo un asunto más urgente que tratar con usted.

Quiere hablar del cadáver que encontraron anoche. Vio a Tristan allí y, de algún modo, sabe que es mi paciente. No estaba dispuesta a contarle nada, todavía no, pero necesitaba toda la información que pudiera reunir para proteger a Helena.

Se obligó a sonreír. Estaba segura de que parecía fingida, justo como pretendía.

—¿Dónde están mis modales?

Las palabras eran tan empalagosas que le dolieron los dientes. Abrió más la puerta y retrocedió.

—Pase, por favor.

Él cruzó el umbral tras ella, pero se detuvo junto al arco que daba al salón, con los ojos fijos en el televisor.

Había dejado el televisor en pausa justo en una imagen de la escena del crimen.

En Tristan. Eso te pasa por pensar en el kickball en vez de en un asesinato.

Esquivó la taza hecha añicos, agarró el mando que había sobre el cojín del sofá y, cuando la pantalla se quedó negra, sintió que le quitaban un peso de encima.

El detective sonrió, divertido, aunque ella no podía imaginar que estuviera realmente jovial. ¿Qué demonios le pasaba a aquel tipo?

—¿Un poco de narrativa ligera para empezar el día? —dijo.

Ella ignoró la pregunta.

—Puede sentarse, si quiere, pero tengo que barrer.

Maggie lo dejó plantado en el pasillo y se refugió en la cocina. En cuanto salió de su campo de visión, soltó el aire que llevaba conteniendo, aunque eso no hizo nada por aliviar la tensión que le atenazaba los hombros.

No había matado a nadie, así que ¿por qué tenía la sensación de que había ido a detenerla?

Seguramente porque te sientes culpable. Si hubieras denunciado a Tristan, quizá Lillian seguiría viva.

Pero no habían dicho cuándo habían matado a Lillian; podía llevar semanas desaparecida.

Tal vez era el propio detective quien la ponía nerviosa.

Reid sí se parecía muchísimo al intruso de su consulta: misma constitución, misma corpulencia.

Qué ridículo. Estaba tan paranoica como su paciente. Maggie se agachó y se presionó el dedo del pie, que seguía sangrando, aunque ya apenas. ¿Necesitaba una tirita? ¿Agua oxigenada? De pronto se sintió incapaz de tomar ninguna decisión, sobre todo una que pudiera acarrear consecuencias.

El suelo del pasillo crujió; el detective andaba moviéndose por ahí fuera.

Necesitaba ganar tiempo para decidir cuál sería su siguiente paso.

Sé más lista que tus padres, Maggie. No seas impulsiva.

Nada de saltar delante de las balas ni de lanzar armas ilegales a la gente. Limítate a escuchar: es tu trabajo.

Maggie cogió la escoba y volvió al salón con paso airado, pero, pese a los crujidos que había oído, el detective no se había movido del pasillo. Al pasar junto a él, volvió a enseñarle la pantalla del móvil. Esta vez no era una captura de las imágenes de seguridad.

Era una foto.

De Tristan.

—¿Reconoce a este hombre?

Claro que lo reconozco. Es mi paciente, un hombre con el que llevo una semana obsesionada…

incluso en sueños. Además, Tristan acababa de salir en televisión.

Maggie estaba segura de que el detective, como mínimo, había visto eso.

Inspiró despacio y le dio la espalda, encaminándose hacia los cristales, con la esperanza de que no pudiera leer en la rigidez de sus hombros lo que sin duda se le veía en la cara: la mentira. No hables. Limítate a escuchar.

Necesitaba garantías de que Helena estaría a salvo antes de decir nada que pudiera ponerla en peligro.

Y, aun sin la amenaza contra Helena, el detective necesitaría una orden judicial antes de que ella pudiera revelarle si Tristan era paciente suyo; al menos hasta estar segura de que era culpable.

Y… no lo estaba, comprendió. Su inocencia era una corazonada, quizá nacida de su parecido con Kevin —un inocente si los hay, otra persona a la que sus actos habían hecho daño—, pero también había incoherencias lógicas.

Tristan no había robado su propio expediente.

Christine era quien llevaba los pendientes de Tonya.

Sí, Tristan la había chantajeado: era un hombre desesperado.

Pero también había acudido a ella en busca de ayuda.

Si era culpable, contarle cualquier cosa, y especialmente «entierro cosas mientras duermo», era una idea espantosa.

—No, no lo conozco —dijo.

Bajó la escoba hasta el suelo, delante de los cristales.

—¿Está segura de que quiere seguir por ahí? —dijo él a su espalda.

Los cristales produjeron un tintineo que se mezcló con el chirrido de los bordes afilados contra la madera: como unas uñas arañando la puerta de un sótano.

—De acuerdo —dijo él—. Probemos así: tenemos que hablar de uno de sus pacientes.

Entró en el salón y, aunque Maggie no se volvió, sintió su presencia a su espalda, enorme e invasiva.

Aquella clase de actitud probablemente intimidaba a la mayoría, pero la mayoría no pasaba parte de cada semana encerrada en celdas con barrotes junto a asesinos que le doblaban el tamaño.

Menudo capullo. Mantuvo los hombros rígidos y siguió barriendo mientras él continuaba:

—¿Lo hacemos aquí o en comisaría?

No apartó la vista del suelo, pero se le erizó el vello de la nuca; los agentes habían dicho algo parecido después de que desapareciera su hermano.

—Cuando tenga una orden de detención con mi nombre, avíseme.

Desenganchó el recogedor y se agachó para recoger los pedazos de la taza que le había regalado su padre. Mantén la calma, soy psicóloga. Era lo que le faltaba.

—Por ahora, no puedo ni confirmar ni desmentir que tenga paciente alguno.

—A la madre de Lillian no le importa la confidencialidad de los pacientes. Le importa la justicia.

—Lo que ella quiera no es asunto mío.

Los cristales hicieron ras, ras al caer en el recogedor.

—Soy psicóloga, detective.

—Así que guarda secretos.

Casi lo mismo que había dicho Tristan.

—Hago lo que debo para ayudar a quienes lo necesitan. No entran en juego otras consideraciones.

Pero sí entraban. Solo necesitaba tiempo para reunir datos suficientes, tomar una decisión fundada y seguir adelante con la conciencia tranquila. Ya había cometido bastantes errores en su vida: Aiden y Kevin eran solo los más evidentes. El precio de la impulsividad era demasiado alto.