Capítulo 20
L a negrura de la habitación se sentía más de lo que se veía: un vacío denso e impenetrable que le oprimía los hombros y la clavaba contra el colchón. Pero distinguía las cosas bajo la brumosa luz plateada de la luna.
Podía verlo.
Tristan Simms salió de las sombras de la esquina y se detuvo ante la ventana.
A la luz de la luna, su pelo parecía más claro; las puntas, teñidas de blanco plateado, y la barba incipiente que le rodeaba la boca centelleaban.
Sus ojos eran negros. Profundos. Y, cuando los clavó en ella, Maggie sintió que se ahogaba.
No podía moverse. No podía respirar. Tenía las muñecas inmovilizadas por encima de la cabeza, aunque no veía cadenas. Las piernas se le habían quedado pegadas al colchón. Incluso la cabeza le pesaba demasiado para levantarla.
Entonces estuvo allí. Se alzaba sobre ella, con aquellos ojos taladrándole los suyos.
Extendió la mano y las yemas de sus dedos le rozaron la clavícula.
Quiso echarse atrás, encogerse, pero solo pudo mirar, con la piel ardiendo y la carne hormigueándole mientras él bajaba la mano entre sus pechos, por encima de la camiseta.
Las yemas destrozadas de sus dedos le alcanzaron el muslo desnudo y le arañaron y rasparon la carne de un modo delicioso, sin apartar los ojos de su cara.
—¿Crees que soy peligroso?
—Sí.
La palabra fue un susurro que pareció salir de algún lugar ajeno a ella.
—¿Quieres que sea peligroso?
Sí. Pero esta vez no pudo decirlo; se le había ido la voz, se le había ido el aliento.
Solo existía la presión de su mano mientras le deslizaba los dedos entre las piernas.
Y entonces ya estaba dentro de ella, el nudillo masajeándole el punto sensible de su centro, su cuerpo estremeciéndose a su alrededor.
Tristan se subió a la cama y se sentó a horcajadas sobre sus caderas. Bajó la cara hacia la de ella, cada vez más cerca, más cerca, más cerca, mientras sus dedos seguían trabajando. Le rodeó la garganta con la otra mano, áspera como el papel de lija sobre su piel.
—¿Quieres que sea peligroso, Maggie?
—Sí —siseó ella.
—Los dos somos peligrosos —dijo él—. Los asesinos tenemos que mantenernos unidos. Nadie más puede entender lo que somos.
Entonces apretó. La presión en su garganta aumentó al tiempo que aceleraba el movimiento de los dedos entre sus piernas y el calor se le acumulaba en el vientre...
Despertó de golpe, con el corazón martilleándole el pecho, como si quisiera salírsele. No había dedos cerrados en torno a su garganta, pero no conseguía respirar.
¿Qué coño ha sido eso? Un sueño, solo un sueño. No pasa nada, Maggie. No pasa nada.
Apartó las mantas a patadas hasta los pies de la cama con más fuerza de la necesaria. Era lógico soñar con el tipo que llevaba un tiempo acaparando su atención en el trabajo, pero joder. No. Aquello no estaba bien.
Jamás cruzaría esa línea con un paciente. Jamás.
Pero lo has pensado, Maggie, no te mientas. ¿No fuiste al club la otra noche precisamente por eso? Antes de conocerlo, llevabas tres meses sin ir a ese club.
Maggie se arrancó del colchón; la camiseta se le pegaba a la espalda. Se desnudó en el baño mientras esperaba a que se calentara la ducha. Echó la ropa empapada de sudor en el cesto. Por fin se metió bajo el chorro, demasiado caliente.
Se echó champú en el pelo. Tristan. Sus dedos.
Sus manos. Se restregó la piel hasta que le ardió, arañándose la cicatriz bajo el nacimiento del pelo, dejando que el dolor le sirviera para centrar la mente.
Ese día tenía que ver a sus pacientes y a su padre, y también ir a la prisión.
Eso la mantendría ocupada. Y también evitaría que fuera a visitar a más ex de Tristan mientras averiguaba qué hacer. Mientras averiguaba qué era... real.
¿Era Tristan un asesino sonámbulo? Prácticamente la había chantajeado para que guardara silencio, aunque ella no tenía ninguna prueba concreta contra él.
Saber que alguien era sonámbulo no era lo mismo que demostrar que había cometido un delito, y cualquier fiscal se reiría de ella si pretendiera conseguir una condena basándose únicamente en sus conjeturas.
Y Tristan era lo bastante listo para saberlo.
¿Por qué no encajaban las piezas? ¿Su motivo para mencionar a Helena era solo otra porción del pastel de su paranoia?
Quizá suponía que ahora trabajaba con «Rich» y necesitaba asegurarse de que no lo desenmascarara, aunque, de nuevo...
no tenía ni una sola prueba real de que hubiera hecho nada malo.
Su mente volvía una y otra vez a aquellos pendientes que colgaban junto a la garganta de Christine. Y Tristan no tenía ningún motivo para robar su propio expediente. Pero estaba claro que tenía acceso a cosas a las que no debería tenerlo: espiaba a sus otros pacientes.
Suspiró y se enjuagó el acondicionador de los rizos, deseando poder llevarse por el desagüe también el resto de aquella locura.
¿Qué hacer con Helena? Maggie no tenía ni idea de dónde estaría ahora, y era así a propósito.
Desde su madre hasta los responsables del destino final de Helena, cada cual era apenas un eslabón de la cadena; ninguno podría servirle de ayuda a un maltratador trastornado con sed de venganza.
Y tratar de desenredar el resto de la red, sobre todo mientras la vigilaban, no solo pondría en peligro a Helena, sino también a otras mujeres. No, buscar a Helena no era una opción.
Cerró el grifo de la ducha de un golpe y cogió el albornoz.
El sol besaba la línea del horizonte cuando fue a la cocina a poner agua a calentar para el té.
El aire del salón se endulzaba con el aroma ligeramente astringente del eucalipto del jarrón de barro que había sobre la mesa: una seta gigante de aspecto psicodélico.
La octava cosa más rara de la casa, según Owen.
A Alex le gustaba la seta, pero todos odiaban las fotos enmarcadas de Maggie.
La que menos soportaba Alex mostraba un par de zapatos perfectamente limpios, pero con uno de los cordones pasado por el agujero equivocado: apenas torcido, pero insoportablemente frustrante.
El talón de Aquiles de Imani era una foto de un hombre de pie en una cornisa elevada, con los dedos de los pies sobresaliendo del borde y, más allá, el cielo desplomándose hasta una calle donde los coches parecían hormigas.
El cuadro sobre el sofá siempre hacía estremecerse a Owen: una araña gigantesca superpuesta a un paisaje urbano.
Sammy se negaba a entrar en el baño de abajo; le preocupaba que el payaso de dientes afilados que había sobre el váter se arrancara del marco y se lo tragara entero mientras hacía sus necesidades.
La terapia de exposición era una herramienta muy útil.
Vale, sus amigas no habían dado su consentimiento, pero si tus mejores amigas no se sentían un poco incómodas, era que no te estabas esforzando de verdad.
La mirada se le quedó clavada en la foto junto a la repisa de la chimenea: un par de ojos relucientes que espiaban desde la negrura, con la corteza plateada de unos árboles en primer plano.
Nunca había sido la oscuridad lo que asustaba a Kevin, no exactamente, pero él sabía mejor que casi nadie qué monstruos acechaban en su interior.
Si no hubiera vuelto a aquel edificio abandonado, su agresor le habría arrancado algo más que un trozo de cuero cabelludo.
Debería haberlo denunciado, pero la policía ya sospechaba que le había hecho algo a su hermano.
Y el ataque se había producido mientras Kevin y ella destrozaban un edificio.
Ninguna niña de trece años se metería voluntariamente en líos por un adolescente anónimo con una compulsión por morder a niños más pequeños, pero había más: le había clavado un cuchillo en la cara al tipo.
Entre el apuñalamiento y el vandalismo, daba por hecho que, si alguien se enteraba, la que acabaría esposada sería ella.
La tetera chilló. Cogió su té, cruzó hasta el sofá y agarró el mando sin quitarle los ojos de encima a la araña. El corazón se le había calmado, pero la presión en la garganta persistía, como si las manos de Tristan siguieran cerradas en torno a su cuello, apretando igual que en el sueño.
¿Por qué no lo llamaste pesadilla, Maggie?
Apretó el botón del mando con tanta fuerza que le dolió el pulgar.
La pantalla cobró vida: dos presentadores hablando del tiempo, lluvia hacia finales de semana.
Maggie rara vez veía la televisión por las mañanas, pero su cerebro graznaba más que una bandada de gaviotas furiosas peleándose por un Pop-Tart de fresa.
El caos de su cabeza no remitió mientras los presentadores seguían largando una de esas noticias de relleno: un perro surfero que seguro que preferiría perseguir gaviotas devoradoras de Pop-Tarts.
Pero las voces de su mente enmudecieron cuando la imagen pasó del can surfista a una cinta policial tendida entre dos árboles, la corteza áspera palpitando bajo los destellos rojos y azules.
Oh, no.
Bajó la taza y forcejeó con el mando para subir el volumen, pero apenas lograba oírlo por encima del torrente de sangre que le rugía en los oídos. Otra vez alto. Siempre tan alto dentro de su cabeza.
—Un macabro hallazgo en un barrio de la zona ha llevado a muchos vecinos a preguntarse si deberían tomar precauciones adicionales.
La emisión pasó a un vídeo que parecía grabado con un móvil: de noche.
Un descampado, las briznas de hierba seca pisoteadas por los servicios de emergencia.
Ni bancos ni más coches, solo una farola solitaria que barnizaba la hierba con una neblina amarillenta.
Al fondo del solar, diminuto frente a la cinta policial del primer plano, un hombre bajo desplegaba una bolsa de basura...
No. Una bolsa para cadáveres. Los curiosos apiñados junto al cordón señalaban y cuchicheaban.
Se le cerró el pecho. El presentador siguió con su monótona cantinela:
—El cadáver de una mujer joven fue hallado ayer por la tarde en un descampado junto a Plumdale Road...
Maggie no podía apartar la vista de la pantalla. No eran las luces intermitentes lo que la retenía, ni el horror de la bolsa para cadáveres a lo lejos. En la televisión, Tristan estaba al borde del descampado, detrás de la cinta policial, observando a los agentes desde el amparo de las sombras.
La imagen cambió a un hombre alto y corpulento, con un traje impecable y un pañuelo amarillo en el bolsillo demasiado elegante para desenterrar cadáveres; la mandíbula se le marcaba incluso desde aquella distancia.
El detective Reid Hanlon, según el faldón de la pantalla.
Subió el volumen, pero no logró ahogar los gritos en su cerebro.
¡Tristan estaba allí! ¿Había estado sonámbulo?
No encajaba, no después de Helena. No. Había merodeado por la escena del crimen, mirando cómo desenterraban a la víctima como un asesino en serie.
Sabía perfectamente adónde había ido, dónde había estado cavando con aquellos dedos mordisqueados...
qué había enterrado. Solo había fingido no estar seguro.
¿Formaba parte de una estrategia para alegar demencia?
Mierda. Había intentado tomar decisiones lógicas y aun así la había cagado.
Eligiera lo que eligiera, estaba destinada a equivocarse.
¿Así se habían sentido sus padres después de tomar sus decisiones?
Y ahora corría tanto riesgo de que Helena muriera si denunciaba a Tristan como de que Tristan hiciera daño a alguien si seguía libre.
Pero ¿por qué iba a apuntalar su culpabilidad presentándose a ver cómo sacaban un cadáver de la tierra? Quizá no podía evitarlo. Muchos asesinos sentían la compulsión de presenciar las consecuencias... y la policía lo sabía. Lo que hacía que aquella estupidez fuera aún más estúpida.
El descampado desapareció, reemplazado por un primer plano de una mujer, presumiblemente la fallecida: guapa, morena, con grandes ojos azules.
Las palabras que desfilaban bajo la imagen identificaban a la víctima como Lillian Mace, aunque no ofrecían más detalles, nada útil para Maggie. ¿Era una de las desaparecidas de Sammy?
La pantalla volvió a una vista más amplia de la escena y Maggie pulsó pausa, entrecerrando los ojos al contemplar la nuca de Tristan.
La policía vigilaba las escenas del crimen de forma rutinaria en busca de los culpables.
Hiciera lo que hiciera a continuación, eligiera lo que eligiera, aquello estaba a punto de terminar.
Pero si Tristan le contaba a la policía lo de Helena, sobre todo teniendo en cuenta que el marido de Helena era policía...
¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!
Maggie dio un respingo y la taza se le escapó de las manos; el chai se derramó, el asa estaba resbaladiza, demasiado resbaladiza para sujetarla.
Alzó la rodilla para atraparla, pero llegó tarde.
La taza cayó hacia el suelo a cámara lenta y se hizo añicos contra el parqué.
El chai le salpicó los dedos descalzos de los pies y dibujó un test de Rorschach sobre la madera.
Genial , como aquella vez en clase de gimnasia en que le rompió la nariz a la señora Scottdale: obligar a una pringada de la banda de música a jugar al kickball era buscarse problemas.
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
Mierda. Tenía problemas graves que resolver, ¿y estaba pensando en el kickball?
Tras lanzarle una última mirada fulminante al té, se dirigió a la puerta y la abrió de golpe, frotándose las manchas de la camiseta, porque las migas de pan y el té eran prácticamente lo mismo, obvio .
Pero se le quedó la mano paralizada al ver a su visita.
El hombre al otro lado era alto y corpulento; no paraba de masticar. Olía a chicle de canela. Y le resultaba familiar.
El detective de la televisión. El que la noche anterior había estado de pie sobre un cadáver.