Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

TRISTAN

F rente a la casa de Maggie, la oscuridad era como pez: espesa, pegajosa. La casa también estaba a oscuras, ahora que había cortado las luces exteriores; cada ventana, un ojo negro abierto de par en par en la fachada de ladrillo.

Tristan se ajustó los guantes de cuero y abrió el capó del coche de ella —seguía pareciéndole rarísimo que el motor estuviera atrás—.

Cinco horas después de la sesión, aún tenía el pecho ardiendo.

Se había pasado al sacar a relucir a Helena; lo había visto en la tensión de la mandíbula de la doctora.

Pero tenía motivos de sobra para ponerse a la defensiva. Christine lo había llamado antes de que el DeLorean de Maggie hubiera bajado del bordillo. Tanto hablar de confidencialidad, y Maggie Connolly lo había investigado . Había ido arrancando capas de su vida sin su permiso.

La rabia le arañó la garganta, un ardor líquido que rivalizaba con las heridas abiertas a cuchilladas en su espalda.

Un giro desafortunado de los acontecimientos.

Sí, tendría que andarse con mucho más cuidado.

Ella estaba jugando a un juego de una violencia espantosa, y él ni siquiera estaba seguro de que ella se lo creyera.

Tristan metió la mano en las entrañas del coche y buscó al tacto lo que necesitaba.

Se le erizó el vello de la nuca. Se volvió, esperando descubrir un par de ojos fisgones entre los árboles; a Rich vigilándolo desde su coche o desde una casa vacía al otro lado de la calle.

Pero el mundo seguía siendo solitario y profundo, una quietud aterciopelada que sentía en su interior.

Quizá los ojos fisgones estuvieran dentro de él, su conciencia fulminándolo con la mirada y susurrándole al oído: ¿De verdad tienes que hacer esto, Tristan?

Se volvió hacia el coche y se agachó bajo el capó. El objeto que tenía en la mano vibraba, acusándolo con su sola presencia. ¿Es necesario? susurraba. ¿Tenemos que hacerlo? Sí; claro que la respuesta era que sí.

Maggie Connolly no le dio tu nombre a la policía , discutió la otra parte de su cerebro.

Intentó protegerte . A pesar de todo lo que sabía de él —de sus manos sucias y sus cuestionables actividades nocturnas—, había guardado sus confidencias.

Nadie en su sano juicio lo consideraría digno de confianza, pero ella había hecho lo correcto por él… casi.

Pero, aunque hubiera ocultado su nombre en relación con el allanamiento, nada garantizaba que siguiera respetando su intimidad.

Y en cuanto revelara que estaba involucrada con él…

bueno. Confiaba en que Helena bastara para cubrirse las espaldas.

La doctora protegería sin duda a una mujer vulnerable que con toda certeza moriría a manos de su marido maltratador, aunque él pudiera ser peligroso.

Era la elección lógica. Y ella parecía aferrarse mucho a esas cosas: a la racionalidad de sus decisiones.

Que lo hubiera echado de la consulta, sin embargo… Eso no le gustaba. Ni lo que significaba. Por eso estaba allí.

Entrecerró los ojos en la oscuridad, movió la mano apenas un poco hacia la derecha y por fin encontró lo que buscaba. Se inclinó; el borde del parachoques se le clavaba en la cadera mientras maniobraba alrededor del bloque del motor.

¿Cuántas horas tenía antes de que Richie apareciera por allí? Incluso con una orden judicial, la doctora debería mantener la boca cerrada respecto a él: protegería a Helena. No le diría nada a Rich.

¿Lo haría?

Se enderezó, frunció el ceño y bajó el capó con cuidado, asegurándolo con apenas un clic.

Rich vendría allí, de eso estaba seguro. También pasaría por casa de Christine. Richie iba a verla cada vez que algo malo ocurría en la vida de Tristan; aprovechaba cualquier excusa para ver a esa mujer.

¿Y quién sabía qué le contaría Christine al detective esta vez?

Tristan se deslizó por el camino de entrada. La presión aguda de la garganta se alivió cuanto más se alejaba de la casa, pero las costillas siguieron tensas.

Se santiguó —frente, pecho, hombro, hombro— mientras subía por la calle hacia su propio coche.

Tenía que llegar a Christine ahora. Antes que Richie.