Capítulo 18
T ristan la miró con frialdad, la mirada despejada. Hasta las heridas de sus manos parecían más tranquilas, vendadas con gasa limpia. Pero Maggie no se imaginaba que seguiría tan tranquilo cuando le explicara por qué le había hecho venir.
—¿Los psicólogos suelen pedirles a sus pacientes que se salten la cena para acudir a una sesión?
Solo si ellos o sus compinches andan enterrando cadáveres por puro cachondeo.
—Hay circunstancias atenuantes. —Intentó mantener una expresión de sereno apoyo, pero el corazón le vibraba en el pecho como un grillo nervioso—.
Anoche alguien entró por la fuerza en esta consulta, señor Simms. Destrozaron su expediente y se llevaron la hoja de admisión.
¿Preparado para averiguar quién va realmente a por usted?
Maggie ya no creía que el detective fuera el culpable, ahora que sabía que no existía, aunque seguía sin tener claro si «Rich» era un delirio persecutorio, una suposición equivocada o un caso de identidad errónea: Tristan podía haberse confundido con el nombre del policía.
Rich también podía ser una mentira descarada.
Tristan se cruzó de piernas, apoyando un tobillo sobre la rodilla contraria, y parpadeó como si ella acabara de decirle que no le gustaba el melón cantalupo, pero que el melón verde era lo más de lo más. Apenas reaccionó, algo que no tenía sentido dado lo que acababa de decirle.
—¿Qué está haciendo su consulta para localizar esa hoja de admisión robada?
Sí, estaba demasiado tranquilo, aunque era posible que en realidad no le preocupara. En su primera sesión había dicho que era sonámbulo, pero nada que pudiera causarle problemas ante un tribunal, ni siquiera aunque ella lo hubiera anotado todo. Y no lo había hecho.
—Por desgracia, no hay nada que pueda hacer.
Se quedó desconcertado, pero se recuperó enseguida.
—Para ser una mujer que valora tanto la privacidad...
—Precisamente por eso está usted aquí: para que pueda proteger su privacidad.
Su expediente fue el único que se llevaron.
A pesar de ello, no he dado su nombre a la policía, lo que revelaría que es paciente de esta consulta.
Pero eso también significa que estoy a oscuras y desprotegida.
Quien tuviera motivos para entrar aquí por la fuerza puede tener intenciones siniestras de las que no sé nada.
Así que o averiguamos por qué alguien podría ir a por usted y, por extensión, a por mí, o tendré que informar a la policía para que garantice nuestra seguridad.
Él se inclinó hacia delante. Tenía los ojos claros, más brillantes e interesados que cuando había llegado... casi emocionados.
—Entonces... sabe que digo la verdad cuando afirmo que alguien va a por mí. Sabe lo de Rich.
—No sé nada, señor Simms. —Ni siquiera sabía si Tonya figuraba en la lista de mujeres desaparecidas de Sammy; también se producían desapariciones aisladas durante las oleadas de secuestros—. Quizá pueda ayudarme a averiguar qué quiere de usted ese intruso. Desde luego, es un hombre de recursos.
Se le ensombreció la mirada; parecía enfadado, pero no sorprendido por aquella apreciación. Entrelazó los dedos, formando un nudo de nudillos.
—¿Me ha investigado? Va a conseguir que le hagan daño.
¿Era una amenaza? Se le erizó el vello de la nuca, pero irguió los hombros y no apartó la vista de él.
—Podía decirle a la policía que se habían llevado su expediente y arriesgarme a una investigación que no tendría forma de mantener confidencial, o buscar información sobre usted para asegurarme de que mi trato con usted no entrañaba peligro.
Creo que estará de acuerdo en que tomé la decisión correcta.
—Cruzó las piernas; le ardía el pecho—. Soy psicóloga, señor Simms, no policía, y no me gusta que me pongan en peligro. Así que ¿quién querría su expediente?
—No tengo ni idea.
—¿Christine? La mencionó la última vez. Y hoy la he visto.
Aquella mujer encabezaba su lista de posibles acosadoras ladronas de expedientes. Pero ¿era una asesina? ¿Había hecho desaparecer a Tonya?
—Como ya le he dicho, Christine no tiene ningún motivo para acosarme ni para entrar aquí por la fuerza, y... —Negó con la cabeza—. No creo que Rich fuera tan estúpido como para entrar aquí. Pero podría equivocarme. —Entrecerró los ojos—. ¿Ha venido ya a verla?
No, porque no hay ningún Rich trabajando en el departamento de policía. Pero si estaba atrapado en un delirio en toda regla, reaccionaría con fuerza si ella lo desmentía sin rodeos. En vez de eso, negó con la cabeza para responder y preguntó:
—¿Y otra expareja? ¿Alguien lo bastante celoso como para husmear en su vida actual?
—No.
Otra mentira. Por lo que había visto en internet, cambiaba de mujer como de camisa, lo que significaba que había muchas personas ahí fuera con motivos para estar celosas.
Seguía empeñado en jugar, y ella ya estaba harta. Era igual que Eric Small, negándose a admitir que formaba parte del problema. Al menos Kevin había sabido cuándo necesitaba ayuda, aunque eso no le había impedido rendirse después de que ella le rompiera el corazón.
Se le retorcieron las tripas; los hombros se le tensaron. Todo el mundo tenía segundas oportunidades para arreglar las cosas, salvo las personas a las que quería. No era justo .
—¿Quién le dijo que viniera aquí, señor Simms?
Su mirada se aguzó al comprenderlo.
—¿Todos los loqueros fisgan en la vida de sus pacientes cuando no consiguen las respuestas que quieren?
Incluso entonces intentaba mantenerla a oscuras, amenazado por aquella línea de interrogatorio. Pero ella no pensaba retroceder. Casi podía sentir cómo los agujeros de los archivadores destrozados la taladraban con la mirada.
—Si Christine de verdad lo sabe todo de usted, seguro que sabe que vino aquí.
—Y Christine llevaba los pendientes de Tonya apenas unas semanas después de que la mujer desapareciera; tenía pruebas fotográficas.
A menos que Tristan regalara los mismos pendientes a todas sus novias.
Pero eso resultaba demasiado cutre, como regalarle a tu mujer y a tu amante el mismo perfume para poder poner los cuernos tranquilo—.
Y usted estuvo en una gala con Christine el mes siguiente a la muerte de Tonya —concluyó.
—Tonya no está muerta —dijo él en voz baja—. Solo... se fue.
Había empleado aquella terminología a propósito, para calibrar su reacción.
Sus ojos no delataron pánico ante su afirmación, pero los hombros se le vencieron.
Vaya . Tristan no parecía preocupado porque hubiera descubierto algún secreto celosamente guardado, ni albergaba esperanza alguna de que Tonya apareciera con vida.
Dijera lo que dijese, no creía que Tonya siguiera viva. Maggie tampoco.
Maggie le sostuvo la mirada y esperó. Al fin, él suspiró.
—Christine y yo lo hemos dejado y hemos vuelto desde la universidad. Ni siquiera sé qué somos ahora mismo, pero ella sabe cuándo salgo o cuándo me acuesto con otras mujeres. No necesita entrar aquí a escondidas para averiguar qué hago.
Mmm . Así que Christine era una mujer inestable con la que él compartía su vida de forma intermitente, y no dejaba de hacerle daño, restregándole sus conquistas por la cara. Era lógico que tuviera algo que decir al respecto.
—¿Qué sentía Christine por Tonya?
—Ella... no le caía bien. Quería que volviera con ella. Aquella vez me resistí más; Tonya fue la primera mujer con la que de verdad pensé que podía tener un futuro.
Lo cual era, sin duda, un motivo para que Christine la matase. Y si Christine creía que Tristan sabía que le había hecho daño a Tonya, también tenía un móvil para robar su expediente. ¿De verdad no había relacionado una cosa con la otra?
Tristan la observaba de una forma extraña, con una mezcla de angustia y curiosidad descarada que le erizó el vello de los brazos.
—La busqué, ¿sabe? A Tonya. Pero sencillamente había desaparecido. Y fue culpa mía.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire como una rama cargada de manzanas envenenadas. Maggie se tensó; las palmas le ardían contra las rodillas.
—Eso suena... difícil.
¿Estaba a punto de confesar que había ayudado a Tonya a desaparecer? Pero Maggie podría haber dicho lo mismo de su hermano. Aiden sencillamente había desaparecido... y había sido culpa suya.
—Christine tampoco está libre de culpa —prosiguió él—.
Le dijo a Tonya que me habían detenido por acosarla, lo cual era ridículo.
Ir diciendo que me han detenido o que estoy en la cárcel es un numerito que monta cada vez que se siente amenazada.
Incluso fue a ver a mi padre de acogida...
montó un escándalo tremendo en Eden, su joyería.
Quizá aquello explicaba que Christine hubiera dicho que Tristan estaba con la policía aquella mañana. ¿Era lo mismo que le había contado a Tonya?
—En fin, Tonya y yo tuvimos una bronca monumental por eso. Se bajó del coche y dijo que iba a volver andando a casa. Pensé que pediría un Hytch. —Sorbió por la nariz—. No volví a verla.
Tenía los ojos vidriosos. Parecía sentirse de verdad culpable, pero ¿por haberla dejado marcharse sola a pie, por haberle hecho daño él mismo o porque sospechaba que Christine había matado a Tonya?
Fuera como fuese, su dolor arrastró el de ella hasta la superficie, fresco como la irritación de una cuchilla recién pasada.
Había dejado que su hermano volviera solo a casa por razones egoístas e irresponsables. Aiden tampoco había regresado jamás.
No es lo mismo, Maggie. Pero su corazón no terminaba de creerlo.
—No estoy aquí para repartir culpas, señor Simms —dijo, intentando que no le temblara la voz pese al estremecimiento que le agitaba el pecho.
Volvió a cruzar las piernas; las manos le habían dejado manchas húmedas en los pantalones.
—¿Le contó a la policía lo de Tonya? ¿Que aquella noche pensaba volver andando a casa?
Él asintió.
—Sí. La policía sospechó que había habido juego sucio, claro, y me interrogaron durante horas.
Tenía sentido. La historia que acababa de contarle resultaba sospechosa. Pero aún había varias piezas sin explicar: el detective, por ejemplo. ¿Paranoia o delirio?
—¿Fue el detective Rich quien lo interrogó por lo de Tonya?
Las aletas de su nariz se ensancharon.
—Tiene que andarse con ojo con él.
Aquello sí que sonaba delirante... o, como mínimo, exagerado.
—¿En qué comisaría ha dicho que trabaja?
El silencio se prolongó. Tristan clavó la vista en Fluffy.
—Si no la conociera mejor, diría que no me cree.
Sus ojos despidieron un brillo sombrío, y el corazón de Maggie se desbocó de un modo que no parecía exactamente ansiedad... o, al menos, no solo ansiedad. Solo estrés. Es solo el estrés, Maggie.
—Pero usted, precisamente usted, sabe que a veces las cosas más increíbles son verdad —continuó—. Entre su trabajo en la prisión y gente como Helena...
Él seguía hablando, moviendo los labios, pero ella ya no oía sus palabras.
Intentó responder, pero el corazón se le había quedado atascado en la garganta; apenas podía respirar.
Helena . Ni siquiera tenía un expediente de Helena.
La única manera de que él supiera de aquella mujer era que hubiese estado vigilando a Maggie...
y a sus pacientes. Y, para alguien como Helena, aquello podía resultar mortal.
No solo su marido suponía una amenaza; Tristan también podía serlo, y Maggie no tenía forma de saber si Helena había desaparecido tal como habían planeado o si yacía oculta en una tumba poco profunda.
Creo que esta noche he enterrado algo.
Maggie entrecerró los ojos y se obligó a hablar sin que le temblara la voz.
—Tiene que entender que mis opciones son limitadas, señor Simms. Mi trabajo consiste en proteger a los inocentes.
—¿Y no está segura de si yo soy uno de ellos? —Sonrió, pero solo mostró los dientes, con los labios retraídos en una mueca lobuna—. ¿Es esta mi última oportunidad, doctora Connolly? ¿Es ahora cuando decide si entregarme a la policía?
Habría dicho que sí de no ser por Helena. Y... Por eso la ha mencionado . Si lo denunciaba, él pondría al descubierto a Helena, o a cualquiera de las docenas de mujeres a las que había ayudado a lo largo de los años. Mierda.
Maggie se aclaró la garganta.
—Soy la última línea de defensa entre el pasado de las personas y su futuro. Y no tengo intención de poner a nadie en peligro. En cuanto a usted... —Se puso en pie—. Mi trabajo es ayudarle a hacerlo mejor. O asegurarme de que caiga cuando pueda garantizar la seguridad de mis pacientes.
La mirada de Tristan se endureció; las aletas de la nariz se le dilataron.
—Escuche...
—La sesión ha terminado, señor Simms.
Lo resolvería por su cuenta, a la mierda las normas y los manuales. Ya estaba demasiado metida en aquello. Y no permitiría que otro de sus pacientes desapareciera a manos de un monstruo.