Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

L os pendientes. Christine llevaba los pendientes de su paciente.

Maggie parpadeó, clavando la vista en la carretera mientras los árboles pasaban zumbando a ambos lados del DeLorean.

Llevaba el pie hundido en el acelerador y el corazón en la garganta.

¿Y si se equivocaba? La memoria era falible; las ideas cambiaban sin cesar para acomodar nueva información.

Quizá solo se había convencido de haber visto antes aquellos pendientes.

Pero eran unas joyas inconfundibles, y lo había sentido en cuanto las vio en las publicaciones de Christine en redes sociales.

Maggie no era perfecta, pero tenía bastante buena memoria, salvo que aquello no fuese más que su cerebro dándose aires.

Pero si esa masa de gelatina electrificada y engreída que tenía dentro del cráneo estaba en lo cierto…

¿Eran los pendientes de Tonya, y Tristan se los había regalado a Christine después de que Tonya desapareciera?

No, no se imaginaba a Tristan haciendo algo así.

Con aquellos zapatos relucientes, las rayas impecables de los pantalones del traje y los recursos de que disponía, no tenía ningún inconveniente en gastarse dinero en cosas bonitas.

Christine podía haber robado los pendientes de Tonya; teniendo en cuenta el allanamiento de la consulta, era una posibilidad lógica.

Pero ahora Tonya estaba desaparecida. ¿Había hecho Christine que Tonya se esfumara cuando no logró ahuyentarla con una llamada telefónica?

¿También había hecho daño a otras mujeres?

¿Y qué tenía que ver todo aquello con el actual problema de sonambulismo de Tristan?

Tal vez Tristan sabía que Christine era responsable de la desaparición de Tonya, y la culpa lo sacaba de la cama mientras dormía.

Giró bruscamente a la derecha, los neumáticos chirriando y escupiendo gravilla y trozos de asfalto. Un claxon bramó a su espalda, y ella levantó un poco el pie del acelerador sin mirar por el retrovisor.

Christine podía estar mintiendo sobre Tonya, claro, pero el nudo en el pecho de Maggie se negaba a aflojar.

Había ido demasiado lejos. Lo sentía en los huesos: una pesadez punzante bajo las costillas.

Había alertado a Christine —posiblemente una acosadora, una ladrona, una secuestradora, una asesina— de que Maggie sabía cosas sobre ella.

Y, aunque en aquel momento le había parecido razonable, había ido a ver a la exnovia de un paciente…

o a su novia actual. Ya había metido la pata ante el colegio profesional. Y había ocurrido tan rápido .

¿Cómo había ocurrido tan rápido?

Pero a veces las cosas pasaban así, sin más.

Su padre había decidido en el acto interponerse ante una bala.

Su madre empezó a proporcionar armas a víctimas de violencia doméstica al principio de su carrera, pero bastaron dos horas para que una de aquellas mujeres matara a cuatro personas en cuanto tuvo aquel acero entre las manos.

Incluso la cicatriz de la mordedura en la cabeza de Maggie, toda la cadena de acontecimientos que la había llevado hasta allí…

Por eso te ciñes a las normas, Maggie. Esto ni se acerca a las normas. Y, más quedo, un susurro al fondo de su mente: Tristan no es Kevin. Y no es tu hermano. No puedes protegerlo como si fuera de la familia.

Maggie giró a la izquierda para entrar en el aparcamiento de la consulta, apretando el volante con tanta fuerza que le dolían las palmas.

Tenía razones para haber ido a aquella casa.

Buenas razones. Había ido demasiado lejos, pero no se arrepentía, aunque debería.

Por desacertada que hubiera sido la decisión vista en retrospectiva, había dado sus frutos: había averiguado algo crucial.

Tonya.

Tonya. Tonya. Tonya.

Metió el coche de golpe en posición de aparcamiento y prácticamente subió las escaleras de la consulta corriendo.

Pero abrir la puerta le asestó el mismo puñetazo en el estómago que aquella mañana.

Había recogido los papeles desparramados sobre el escritorio y la foto volvía a estar colgada en la pared, pero los profundos arañazos del archivador seguían mirándola fijamente, la madera desnuda como cicatrices hondas y sin sangre.

Abrió de un tirón el cajón superior y pasó carpetas hasta encontrar la que buscaba.

El expediente de Tonya seguía allí, guardado con pulcritud.

Abrió la historia por los formularios de admisión y avanzó hacia el meollo del expediente, leyendo las escuetas notas tanto como recordando lo que no había dejado por escrito.

Sus apuntes clínicos no le servirían a nadie salvo a ella y, si algún día su memoria se rendía como la de su padre, no habría nadie capaz de interpretarlos.

Alerta, orientada x3 , había escrito, pero junto al número dos y a un código de facturación diagnóstica había dibujado tres puntitos en la esquina de la página: su abreviatura personal para el duelo.

Bastó para refrescarle la memoria. Tonya había acudido a terapia después de que murieran su abuelo y su perro, ambos en la misma semana: los últimos miembros vivos de su familia.

Había sufrido ataques de pánico, un fenómeno pasajero.

Respondió bien al tratamiento y, a lo largo de seis meses, los ataques fueron remitiendo.

Sin ideación suicida u homicida , decía la penúltima nota, algo que anotaba en todas.

Pero aquel pequeño signo de más que había añadido en la esquina…

Hacia el final del tratamiento, Tonya había empezado a volver a salir con gente y contó que tenía novio: su más uno.

Estaba radiante, enamorada. Había dicho que su pareja era amable con ella y que apoyaba muchísimo a su hermana, algo que a Tonya le había parecido una buena señal.

Maggie frunció el ceño. ¿Habían violado a su hermana?

¿Se había quedado embarazada? Estaba casi segura de que era eso.

Y él la había cuidado como debe cuidar un hermano.

Un buen hombre, según Tonya. Y la guinda del pastel habían sido unos pendientes grandes, hechos a medida: un regalo.

Maggie podía ver las joyas en su mente con solo leer aquellos garabatos escuetos: los mismos pendientes que Christine llevaba en su publicación de redes sociales. Tristan había sido el novio de Tonya. Eso también explicaba de dónde había sacado Tristan el nombre de Maggie.

Siguió leyendo — bien vestida, afecto estable, estado de ánimo positivo — y recordó el rostro de Tonya, cómo resplandecía al hablar de Tristan, las primeras sonrisas que le había visto en meses.

¿Había sido él, incluso entonces, un caballero de día y un monstruo sonámbulo de noche?

¿Había hecho desaparecer a Tonya él, y no Christine?

Tal vez Tristan sabía exactamente lo que había hecho, y el principal motivo de pedir cita había sido echar un vistazo a aquellos expedientes y averiguar qué podía haber dicho Tonya sobre él.

Maggie se detuvo con el dedo cerca del final de la página.

Eso no tenía sentido. Si ella fuera a contarle a alguien lo de las sesiones de Tonya, a implicarlo en un delito contra su paciente, él habría ido a por ella tres años atrás, cuando lo que ella supiera aún podía importar, no ahora, cuando el caso de Tonya estaba ya tan frío.

Además, si el intruso hubiera querido averiguar algo sobre Tonya, también se habría llevado su expediente.

No. El ladrón había ido allí para averiguar cosas sobre Tristan. Y la única persona que no tenía absolutamente ningún motivo para robar aquel archivo era el propio Tristan.

Pasó a la última nota, la de la última sesión de Tonya. La paciente solicitó cita para la semana siguiente.

Se le cerró el pecho. Tonya había puesto fin a sus sesiones de forma abrupta hacía más de tres años.

Pero Tonya no había puesto fin a las sesiones, ¿verdad?

Simplemente… había dejado de acudir. Los pacientes dejaban de presentarse por toda clase de motivos, pero en el caso de Tonya era extraño.

Repasó el expediente, pero no encontró ni una sola cita perdida hasta aquella última.

Maggie estaba bastante segura de que la mujer tenía intención de volver.

Tonya no había vuelto porque no había podido.