Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

L a dirección de Christine Archer correspondía a una casa de una sola planta, de ladrillo color canela, al final de un largo callejón sin salida. El chirrido de la bisagra de la puerta del DeLorean rasgó el silencio junto al bordillo.

Un alto poste de luz se alzaba frente a la casa; dentro de unas horas se encendería cuando el cielo empezara a apagarse con el crepúsculo, pero Maggie pensaba irse mucho antes.

Las bajas verjas de hierro forjado dejaban ver un banco al fondo, en un jardín.

Un banco, la farola… ¿Era allí donde Tristan había pasado la noche cavando?

¿En el jardín trasero de su ex? Debería haber reconocido el lugar, pero el sonambulismo seguía siendo un campo de estudio incipiente y resultaba difícil saber qué podía haber experimentado él, qué había visto en su cerebro mientras sus ojos contemplaban el mundo real.

La vocecita de su cabeza, tan indecisa y hiperactiva, le susurró: ¿Qué estás haciendo, Maggie? Podrías perder la licencia por esto. ¡No puedes ir así como así a casa de un paciente!

Pero no iba a casa de un paciente. Iba a casa de la amiga de un paciente para averiguar si aquella mujer estaba desaparecida, muerta o era una acosadora violenta y chiflada. ¿Qué podía salir mal?

La camioneta de la entrada tenía una rueda trasera oxidada y un solo piloto. No era el tipo de vehículo que sus seguidores esperarían ver conducir a la Christine Archer sexy y sudorosa de las redes sociales.

Mientras cruzaba el césped, oyó la voz de Owen por encima de los graznidos de los pájaros.

—¡Esto es una temeridad, es peligroso, tienes que ponerte a salvo, Maggie!

Pero, al subir los escalones del porche, lo que le llenó los oídos fue el silbido desafinado de su padre.

Había silbado para mantenerse sereno después de recibir aquel balazo en el costado; lo tumbó al suelo y permitió a la policía disparar a su paciente suicida en pleno pecho.

Sacar un cuchillo había sido un giro inesperado, pero nunca se sabía qué podía hacer una persona desesperada, y la mera presencia de la policía tendía a intensificar aquella desesperación.

Su padre le había dicho una vez que haber intentado proteger a su paciente era la única razón por la que lograba dormir por las noches.

Y ella sabía lo que era dejar de dormir, sentir aquella culpa.

La policía tenía que ser el último recurso.

Como la camioneta de la entrada, la pintura de la puerta principal había visto días mejores: se estaba descascarillando.

Las cuentas de redes sociales de aquella mujer, tan perfeccionistas, sugerían que, a la primera señal de desgaste, estaría allí fuera con una lija y una brocha.

Pero las redes sociales mostraban una vida sin mácula. Una mentira.

Maggie alzó la mano. Durante un instante, el mundo vibró con el eco persistente de los nudillos sobre la madera; las notas se fueron apagando, como ondas en un estanque. Del interior llegó un arrastrar de pies, seguido del shhhht-clink de una cadena de seguridad.

La puerta se abrió.

Christine estaba en el umbral, mirándola bajo un flequillo rubio y brillante, igual que en las fotos de internet, salvo por la ausencia de aquellos enormes pendientes relucientes.

No estaba desaparecida. No está muerta. Maggie se dio cuenta de que había esperado a medias encontrarla enterrada junto a aquel banco, y seguramente por eso sintió el repentino impulso de abrazarla de una forma extrañamente festiva.

A juzgar por los ojos de la mujer, aquella intromisión no iba a ser bienvenida: tenía la boca torcida en una mueca irritada.

Christine probablemente le soltaría un puñetazo directo al ovario a la menor provocación.

Christine se cruzó de brazos y ladeó la cabeza, entrecerrando los ojos al mirar a Maggie.

—¿Quién coño eres tú?

¡Soy tú, del futuro! ¡A ochenta y ocho millas por hora, nena! ¿No has visto el coche? Por suerte, no tuvo ocasión de responder antes de que Christine rematara:

—¿Eres una de las zorras de Tristan?

Uy, uy, uy. Pero quizá aquello jugara a su favor. Maggie se cruzó de brazos, imitando la postura de Christine, con la esperanza de parecerse lo bastante a la amante celosa que, por lo visto, Christine esperaba encontrarse.

—Hace unos días que no lo veo y he pensado que tú sabrías mejor que nadie dónde puede estar. Siempre estuvisteis muy unidos.

Si no es una víctima, es una acosadora, una ladrona de archivos… Maggie, ¿qué estás haciendo?

Las aletas de la nariz de Christine se dilataron.

—Está con la policía. No es un tío al que te convenga buscarle las cosquillas. Pregúntaselo a Tonya.

¿Tonya? Y… ¿la policía? ¿Le estaba contando lo de los episodios de sonambulismo?

Se le encogió el corazón, pero lo que sintió se parecía más al alivio que a la preocupación.

Si la policía ya estaba con Tristan, si él se había entregado, no tenía por qué intervenir.

Pero el aleteo de las ventanas de la nariz de Christine, el rabillo del ojo levantado…

¿Está mintiendo? Quizá solo quería espantar a otra de «las zorras de Tristan».

Él le había dicho que tenía la costumbre de hacer llamadas amenazantes a sus novias, así que no era descartable.

Ve con cuidado, Maggie. Hazle creer que es la persona más importante del mundo.

—No conozco a ninguna Tonya —dijo Maggie—. Tristan solo habla de ti.

Pero el nombre —Tonya— le resultaba familiar, tan familiar , igual que el de Tristan el día que se conocieron. Él no había mencionado a ninguna Tonya, ¿verdad? No, estaba segura de que no.

—Salió con Tonya antes que conmigo. —Christine frunció el ceño—. Se esfumó sin dejar rastro. No sé por qué te ocultaría algo tan importante , pero ten cuidado con él si quieres llegar al mes que viene, niñata.

La palabra niñata rezumaba pura malicia, pero no fue eso lo que le oprimió el pecho. Esfumada, esfumada, esfumada.

—¿Nunca la encontraron? —se oyó preguntar Maggie.

Era justo la pregunta que Christine quería arrancarle, pero le dejó un sabor amargo en la lengua.

—No.

La comisura de los labios de Christine se curvó en una sonrisa que, en su perfil de Instagram, habría podido parecer sensual.

También le brillaban más los ojos. Le encantaba que aquella mujer hubiese desaparecido.

Justo lo que Maggie esperaría de una acosadora…

o de una mujer capaz de hacer desaparecer a sus rivales.

El vello de la nuca se le erizó de rabia. Maggie retrocedió un paso y bajó del porche.

—Seguro que Tristan solo está tomando distancia, como hace siempre —le gritó Christine—. No se le dan bien las relaciones.

Bajó el primer escalón tras Maggie.

—Yo soy la única que perdura. El chico no puede mantenerse alejado de mí.

Christine la fulminó con la mirada, con las yemas de los dedos blancas de tanto clavárselas en la parte superior de los brazos.

¿Celosa? Sí. ¿Probabilidad alta de acosadora? Sin duda. Pero ¿podía ser Christine la intrusa del vídeo de vigilancia de su consulta? El ángulo de la cámara y la gorra ocultaban el rostro de quien había entrado, y llevaba un abrigo grande que tapaba cualquier rasgo distintivo.

Pero Maggie la veía llevándose aquellos expedientes, irrumpiendo allí. La saña con que habían destrozado sus archivadores revelaba una rabia que iba mucho más allá de una simple búsqueda de información. Y, desde luego, Christine la estaba mirando como si la conociera.

Maggie tragó saliva. Lo importante era que aquella mujer estaba bien. No había pruebas de que Tristan hubiera hecho daño a nadie. Él no tenía heridas defensivas. Otra persona había ido a la consulta de Maggie y había robado el expediente de Tristan. Quizá la propia Christine.

¿Y ahora qué hacer? Tenía que hablar con Tristan… no, con Tristan no. Con el señor Simms. Su paciente .

Pero, mientras retrocedía hacia el camino de entrada, no lograba apartar la vista de Christine. De sus hombros cuadrados. De su boca enfurecida. Había algo en sus… ¿orejas? No llevaba pendientes. Pero entonces Maggie parpadeó y el mundo que la rodeaba se ralentizó hasta avanzar a paso de tortuga.

De pronto pudo ver las joyas como si realmente estuvieran allí: los pendientes que había visto en las redes sociales.

Familiares. Tan familiares. Y cuando el sol asomó entre las nubes y se reflejó en el pómulo de Christine, algo encajó en su cabeza.

Sí, veía aquellos pendientes con absoluta nitidez, colgando junto a los hombros de Christine.

Pero el rostro ya no era el de Christine Archer.

Ahora sabía por qué aquellos pendientes le resultaban tan familiares. Se los había visto a la propia Tonya. En persona.

Tonya, la mujer a la que Christine había mencionado, la exnovia de Tristan… también había sido paciente de Maggie.