Capítulo 15
M aggie logró sacarse a Tristan de la cabeza durante el resto de la tarde —a pesar de todos sus esfuerzos, había empezado a pensar en él como Tristan, no como el señor Simms; seguramente tenía algo que ver con haber pasado una noche en su habitación de hotel—.
Pero cuando su paciente de las cuatro no se presentó, los minutos transcurrieron a cámara lenta y la riada de pensamientos volvió a irrumpirle en la cabeza.
La expresión de su rostro cuando estaba sentado a la mesa del hotel la noche anterior.
El olor a antiséptico y a miedo. Las manos cubiertas de sangre que coagulaba despacio.
¿Qué significaba todo aquello? Abrió el cajón superior del escritorio y sacó su muñeco cabezón de emergencia : Bert, de Barrio Sésamo.
Kevin se lo había regalado cuando iba al instituto —un fidget spinner de los de antes— y todavía la ayudaba a concentrarse.
Kevin tenía en el coche el cabezón de Ernie a juego.
Esperaba que aquel sarcástico cabrón naranja hubiera sido lo último que vio Kevin; que recordase cuánto lo amaba antes de cerrar los ojos para siempre.
Maggie dejó el juguete sobre el escritorio y acarició suavemente los pinchos de Bert, haciendo que la cabeza se bamboleara.
Le gustaba ser resolutiva, pero le estaba costando enlazar la información de una forma que tuviera sentido.
Solo tenía especulaciones y demasiadas ideas, lo cual no era nada nuevo.
Darle vueltas a todo era, básicamente, su superpoder. Más le valía aceptarlo.
Volvió a golpear el muñeco. Bamboleo, bamboleo, bamboleo, como si Bert le dijera: «Venga, Mags, teje esa red de pensamientos desbocados, por muy locos que parezcan». Vale, Bert. Vale.
Opción uno: Tristan era un secuestrador, un asesino, y no lo recordaba porque estaba sonámbulo cuando lo hizo.
Aunque faltaba una semana para el estudio del sueño que lo confirmaría, Maggie creía que era sonámbulo; no tenía ningún sentido que acudiera a una psicóloga si sabía lo que había estado haciendo.
Revelarlo era correr un riesgo innecesario.
Y desde luego no habría un detective siguiendo a Tristan si fuera un asesino.
Si un policía lo hubiera visto enterrar un cadáver, Tristan estaría esposado, no en aquel hotel.
Podía haberse equivocado sobre la identidad de quien lo acosaba, pero ella ya no creía que estuviera delirando.
Opción dos: había presenciado algo mientras caminaba dormido, y los episodios posteriores eran el intento de su cerebro de asimilarlo. Ahora el verdadero secuestrador-asesino estaba acosando a Tristan, intentando averiguar qué sabía… o silenciarlo para siempre.
Opción tres: nada de aquello estaba relacionado. Tristan era un sonámbulo que hacía cosas raras, pero no ilegales, de noche; el secuestrador del caso de Sammy era otra persona completamente distinta, y quien había robado el expediente de Tristan iba tras él por algún otro motivo.
¿Y si quien robó el expediente no tenía nada que ver con lo demás? Si alguien lo vigilaba —a él y a ella—, el culpable más probable era un acosador sentimental: una expareja o alguien que deseara acostarse con el deliciosamente complicado Tristan Simms.
Miró con el ceño fruncido su chai frío y luego a Bert, silencioso e inmóvil ahora, sin dignarse a darle ni un triste cabeceo de ánimo. Kevin me habría animado… porque me quería. Probablemente incluso más que un acosador.
Maggie suspiró. Cuando Tristan denunció que lo seguían, la policía había considerado que la sospechosa más lógica era su exnovia.
A Maggie también se lo parecía: el propio Tristan había admitido que Christine siempre sabía dónde estaba.
Y si conseguía demostrar que la ladrona era una amante celosa, al menos sabría que no la acosaba un secuestrador… ni un asesino.
Pero sigue siendo posible que estés tratando a un secuestrador, Maggie. Otra mujer podía haber desaparecido la noche anterior, y quizá la policía ni siquiera lo sabía aún. Tenía más preguntas que una virgen en una orgía.
La luz que entraba por la ventana caía sobre su brazo derecho, haciendo brillar el fino vello rubio.
No había manera de que todo aquello no estuviera conectado; sería demasiada casualidad.
Y si partía de la base de que su paciente estaba relacionado con las mujeres desaparecidas del caso de Sammy, la posibilidad de que alguien más saliera herido pesaba más que las consideraciones éticas de husmear en los perfiles públicos de un paciente.
La capa adicional de seguridad que el hotel interponía entre Tristan y el sucio, sucio mundo nocturno solo serviría durante un tiempo.
Escuchar no bastaba cuando tratabas con hombres heridos en habitaciones de hotel y cerraduras reventadas en los archivadores.
La única pregunta de verdad era por dónde empezar a investigar.
Quizá por el detective que Tristan había mencionado. Si existían sospechas fundadas de actividad delictiva, todo el cuerpo de policía debería estar vigilándolo. Un único agente, como el que había descrito Tristan, sonaba más a una vendetta personal.
Así que, aunque le parecía una asquerosa invasión de la intimidad, abrió el portátil y tecleó: Detective, Rich, Departamento de Policía de Fernborn.
No obtuvo resultados, al menos no con aquel nombre.
Solo enlaces a la página principal. Había unos cuantos artículos de prensa donde aparecían los nombres de otros detectives —contaba con la cobertura mediática de las condenas, ya que las páginas web de los departamentos de policía no incluían una lista completa de empleados—. Pero… nada.
¿Pertenecía a otro departamento? En ese caso no tendría jurisdicción allí, pero las vendettas tendían a extenderse más allá de las arbitrarias fronteras creadas por el hombre. Quizá sencillamente era malo en su trabajo; se pasaba el tiempo acosando a Tristan en lugar de resolver otros casos.
Lo intentó de nuevo sin el nombre de la ciudad, pero tampoco encontró nada. Un detective que trabajaba a tres horas de Fernborn se apellidaba Rich, y había dos agentes llamados Richard, pero ambos vivían demasiado lejos como para estar vigilando a Tristan Simms.
Sacó el móvil del cajón y le escribió a Sammy:
—¿Hay algún detective Rich en la policía de Fernborn?
La respuesta llegó enseguida:
—Que yo sepa, no. ¿Está bueno?
Bert la fulminó con la mirada.
Lo más probable era que Tristan se equivocase al pensar que aquel detective era un acosador; eso ya se lo esperaba.
Lo que no esperaba era que el detective fuese producto de la imaginación de Tristan.
Quizá el detective Rich era nuevo; quizá estaba allí asesorando en algún caso sin resolver y Sammy nunca se había cruzado con él.
Pero algo no encajaba. Estaba pasando algo extraño —los allanamientos no ocurrían porque sí—, pero eso no significaba que pudiera descartar que Tristan estuviera delirando.
Bert la observaba con sus ojillos rebosantes de reproche mientras abría una pestaña nueva y tecleaba: Tristan Simms.
A diferencia del escurridizo detective Rich, su paciente existía de verdad.
Tristan Simms era un fantasma en las redes sociales, aunque ella tampoco se habría fiado de ellas: sus perfiles solo contenían fotos de cosas que sus amigos odiaban y algún que otro susto para mantenerlos alerta.
Pero el buscador tenía muchísimo que decir sobre Tristan.
Con cada artículo que leía, a Maggie se le encogían un poco más las tripas, mientras le acariciaba con el índice la carita sentenciosa de Bert.
Su paciente era director ejecutivo y dueño de una próspera start-up tecnológica especializada en cuestiones de privacidad; seguridad, vaya.
Ah... Así que tenía acceso a datos. Y le había contado que ni siquiera la policía sabía que se infiltraba en sus bases de datos, de modo que era poco probable que un desconocido sospechara que había descubierto sus secretos y fuera a por él.
Aquel acosador tenía que buscar algo más tangible. ¿Estaría relacionado con su trabajo?
Suspiró, frustrada. ¿Qué tenía en realidad?
Un detective que no existía y sospechas sobre las mujeres desaparecidas que Sammy había mencionado.
La noche anterior, después de buscar parques en Google, había indagado un poco sobre los secuestros, pero no encontró una sola noticia.
Era evidente que mantenían los informes bajo llave porque la investigación seguía abierta, y eso significaba que implicar a Sammy podía ponerlo en una situación comprometida.
Hasta preguntarle por Rich rozaba una línea ética que no quería cruzar.
Los dedos se le quedaron suspendidos sobre el teclado.
La única otra sospechosa que tenía —y quizá la más probable— era la ex de la que Tristan había hablado.
La mujer celosa con tendencias obsesivas, la que llamaba a sus novias para intentar que rompieran con él; la que había logrado que más de una lo dejara. ¿Cómo se llamaba?
Christine .
Maggie cerró los artículos y empezó a recorrer las imágenes del buscador de Tristan Simms. Tristan estrechando la mano de otros hombres de traje ante un edificio gris u otro.
Tristan en grandes fiestas vip: con el alcalde, con...
¿era aquel el gobernador? En cada foto llevaba del brazo a una mujer preciosa distinta.
Un playboy, ¿eh? Le cuadraba. Parecía tener problemas con las relaciones, a juzgar por el vínculo que mantenía con una mujer que sabía que le convenía poco.
Había dicho que Christine era celosa y obsesiva, pero no necesitaba acosarlo porque siempre sabía dónde estaba, lo cual implicaba que él le daba esa información sin reparos. ¿Codependencia?
Siguió bajando. La mayoría de las fotos profesionales incluían pies de foto con nombres, pero no aparecía ninguna Christine.
No fue hasta la cuarta página de resultados cuando encontró una imagen de Tristan en una gala, con una rubia alta del brazo, vestida con un traje de noche brillante y unos pendientes colgantes como los que Alex llevaba siempre.
Casi podía jurar que los había visto antes.
Maggie entrecerró los ojos al leer el pie de foto, con el corazón disparado.
Christine Archer.
Abrió otra pestaña y escribió el nombre completo de Christine en la barra de búsqueda.
A diferencia de Tristan, Christine tenía una presencia considerable en las redes sociales: fotos de comida, instantáneas de conjuntos nuevos ceñidos a su figura esbelta, toda una serie con el rostro brillante de sudor después de entrenar; el tipo de publicación que hacía que los hombres imaginaran cómo estaría después del sexo.
Una foto en particular hizo que Maggie se detuviera.
Llevaba unos pendientes colgantes distintos, pero no era eso lo que la había frenado.
Eran raros: unos aros en espiral con pájaros azules tallados a lo largo de un lateral de cada uno.
Maggie estaba convencida de haberlos visto antes.
Se quitó aquello de la cabeza. No estaba allí por unos pendientes. Y más interesante aún era que en ninguna de las fotos de Christine aparecía otra persona, ni siquiera Tristan. Quizá él le había pedido que no publicase nada sobre él.
Pero Maggie frunció el ceño al mirar las fechas de sus perfiles.
La mujer publicaba religiosamente entre cinco y diez veces al día, a veces más.
Sin embargo, en los últimos cuatro días...
nada. No había subido nada desde el día en que Tristan se despertó con tierra en las manos y sangre bajo las uñas.
Maggie abrió otras redes sociales en busca de cualquier señal de la mujer, pero todas las páginas que Christine solía frecuentar eran un vacío absoluto desde la noche del episodio de sonambulismo de Tristan.
El corazón le vibraba en una frenética oleada de pánico. Le brotó sudor en la nuca.
¿De verdad estaba desaparecida Christine?
¿Se habría dado cuenta, sin más, de que las redes sociales eran una fuerza destructiva y habría decidido desconectar?
Eso era tan probable como que le salieran gremlins volando del culo, un acontecimiento que Christine sin duda habría retransmitido en directo para regocijo de sus seguidores.
Mierda. Podía no ser nada... pero también podía ser algo. Y Maggie se moría de ganas de averiguar cuál de las dos cosas era.
Cerró el portátil despacio. A sus tripas no les gustaba la idea, y su cerebro no terminaba de decidirse.
Hasta Bert parecía tener una opinión tajante: sus cejas negras parecían más fruncidas que apenas unos minutos antes.
Era evidente que estaba cruzando límites, pero la alternativa era llamar a la policía.
Llamar a Sammy para preguntarle si alguien había denunciado la desaparición de aquella mujer en concreto lo pondría en una situación comprometida y le obligaría a hacer preguntas que ella no podía contestar sin quebrantar la confidencialidad.
Maggie cogió el muñeco cabezón del escritorio y lo devolvió al cajón de arriba; por fin quedaba a resguardo de la mirada crítica de Bert.
Antes de hacer nada más, tenía que asegurarse de que Christine estuviera siquiera desaparecida.
En ese momento, Christine podía ser la acosadora de Tristan con la misma facilidad.
Maggie no quería acabar como su padre, con una bala alojada en una costilla por tratar de proteger de la policía a un paciente suicida. No quería ser como su madre, encerrada en casa, incapaz de ayudar a nadie más.
Pero tampoco quería cometer un error que le costase la vida a alguien.
Otra vez no.