Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

A l día siguiente amaneció con una pesadez en el aire, una vibración embriagadora que le erizaba la piel como carne de gallina infectada.

Estaba claro que alguien quería saber qué le había contado Tristan.

Le importaba lo suficiente como para ir a por ella y profanar su santuario… el santuario de sus pacientes.

La noche anterior había recorrido Google Earth buscando parques de la zona que tuvieran el banco que Tristan había mencionado, buscando flores moradas, pero ninguno reunía ambas cosas y demasiados tenían una u otra.

De todos modos, intentar averiguar adónde iba por las noches no era práctico.

El allanamiento, sumado a lo que Sammy le había revelado sobre un secuestrador no identificado, había cambiado la ecuación: de quizá encontremos una explicación lógica y no homicida para tu sonambulismo a tengo que averiguar por qué alguien entró en mi consulta y quizá esté asesinando mujeres .

Pero tenía otros pacientes. Otras situaciones de vida o muerte.

Jack Olsen encabezaba la lista cuando empezó el día. Ahora, sentada ante el escritorio de su consulta, aún podía oler la prisión, aquella sala fría y húmeda donde Jack aguardaba ante los hombres que decidirían su destino.

Les había dado su opinión clínica: era poco probable que Jack hiciera daño a nadie. Y, aun así, mientras hablaba ya sabía cuál sería su respuesta, y deseó poder vomitar a presión, al estilo de El exorcista , para darles a aquellos hombres la despedida que se merecían.

Denegada. Denegada. Denegada. Solo uno de los miembros de la junta de libertad condicional, un hombrecillo nervioso, un esqueleto de La noche antes de Navidad a punto de sufrir un ataque de pánico en toda regla, parpadeó antes de secundar a los demás.

Jack se había limitado a mirar al frente; solo tenía una mejilla mojada, como si solo la mitad de él estuviera llorando.

La mitad de ella aún lo hacía.

Dejó la taza sobre el escritorio y el chai se derramó por el borde, a punto de mojar el portátil.

Maggie lo secó con una servilleta y se echó hacia atrás en la silla.

La semana siguiente iría a ver a Jack, comprobaría si podían recurrir, pero por el momento tenía que centrarse en las cosas que sí podía cambiar.

Aunque todavía no supiera cuál era el camino correcto.

Así que, ¿qué sabía ?

Alguien había entrado en su consulta y robado el expediente de Tristan.

Solo el suyo; lo había comprobado la noche anterior.

Y llevaba sintiendo miradas clavadas en la nuca desde el viernes, desde el día en que Tristan Simms fue a verla por primera vez.

Maggie no creía que aquello fuera una coincidencia.

Pero si Tristan secuestraba mujeres y después las enterraba, era poco probable que un acosador lo observara hacerlo sin avisar a las autoridades; un detective, desde luego, no lo haría.

Si el objetivo era chantajearlo, bastaba con un solo episodio así, y aquello llevaba años ocurriendo.

Incluso un acosador enamorado habría usado ya esa información para ganarse la confianza de su codiciada conquista.

Tristan le habría pedido a esa persona ayuda para impedir sus sonambulismos homicidas en vez de acudir a una psicóloga para que conjeturase sobre cosas que él ya sabía.

Para un asesino, involucrar a Maggie era un riesgo innecesario.

Y el robo apuntaba sin duda a otra fuerza maligna en juego: otro culpable.

Durante la noche se le había ocurrido una idea, se le había enganchado al cerebro como un arpón, y los ojos desesperados de Jack no habían hecho más que hundirla más: ¿y si Tristan Simms, en vez de ser el culpable, era una víctima, tal como decía?

Llevaba años sufriendo aquellos episodios, desde que asesinaron a su madre, desde que su padre le pegó un tiro.

¿Y si, durante un episodio de sonambulismo posterior a aquello, había presenciado un crimen sin relación?

¿Y si había visto al secuestrador del que Sammy le había hablado?

¿Y si el verdadero culpable vigilaba ahora a Tristan para averiguar qué sabía?

Esa persona no le diría a nadie que Tristan escarbaba en la tierra.

Eso también podría explicar cuándo se producían sus episodios de sonambulismo: quizá bastaba con oír hablar de los crímenes para desencadenarle una recaída.

Frunció el ceño ante el té, pero la taza no le ofreció ningún consuelo y aún menos ideas.

No había demasiados motivos para robar un expediente terapéutico, y el más probable era que el ladrón creyera que Tristan Simms podía haberle contado un secreto, algo que no quería que nadie supiera.

Joder, igual sus episodios de sonambulismo eran intentos de desenterrar un cadáver que había visto cómo enterraba otra persona.

Tal vez no recordaba dónde lo había visto y su cerebro traumatizado despertaba sus extremidades cada noche para que salieran a buscarlo.

¿Una locura? Puede ser. Pero eso era lo que tenía ser psicóloga: casi siempre habías visto cosas más raras. Conseguía que hasta las posibilidades más descabelladas parecieran… bueno, posibles.

Dio un sorbo a su té chai especiado —esta mezcla llevaba pimienta negra extra; era ya su tercera taza del día— y escribió sus notas. Pero, a medida que la mañana se desangraba en la tarde, cada sesión arrastraba sus pensamientos de vuelta a Tristan Simms.

Su paciente de las once era Eric Small, obligado por orden judicial a acudir a terapia después de dos condenas por conducir ebrio.

Iba a ver a Maggie para completar el tratamiento por abuso de alcohol.

Mientras él exponía todas las razones por las que no debería estar allí, por las que en realidad la culpa era del sistema, ella oyó la voz de Tristan: No sé qué hago cuando estoy dormido.

Y luego las palabras de Sammy: Como no cojamos a este tipo, la desaparición de esta semana no será la última.

Y Kevin —el pobre Kevin—, la noche en que ella lo rechazó, cuando le dijo: Te quiero, solo que no sé si estoy preparada para casarme, ni si llegaré a estarlo algún día ⁠ —

—¿Doctora Connolly?

Eric Small parpadeó mirándola. Había terminado de quejarse y, sin duda, esperaba que ella le hiciera preguntas. A veces, el silencio daba a los pacientes la oportunidad de dirigir la sesión, pero en aquel caso… tenía que recomponerse.

Maggie volvió a concentrarse lo mejor que pudo y recondujo la conversación hacia el daño que su comportamiento había causado a su familia y hacia si creía tener alguna responsabilidad en su condena.

No, claro que no, lo cual significaba que aquello iba para largo.

Era un caso que ya había pasado como una patata caliente por dos profesionales distintos de la salud mental.

Se suponía que se le daban bien los «pacientes difíciles», pero su cara insolente y pagada de sí misma le hacía apretar la mandíbula.

Necesitaba ayuda, pero no quería ayuda. Estaba allí obligado por un juez y, ni siquiera así, era capaz de colaborar.

Maggie nunca se tomaba esas cosas como algo personal, pero aquel día le pareció una bofetada.

Aquel día le pareció un desperdicio de vida.