Capítulo 13
TRISTAN
L a puerta de la habitación del hotel se cerró suavemente con un siseo; el mecanismo era tan silencioso que apenas lo oyó. Tristan se quitó los zapatos de una patada.
—Ya era hora.
Parpadeó con los ojos vidriosos. Se había tomado unas cuantas copas desde que la buena doctora se marchó, y el mundo se le había vuelto borroso y confuso.
La habitación estaba a oscuras, anegada en sombras, pero aquella voz tenía que venir de algún sitio.
No salía de las patatas sin comer que seguían sobre la mesa del bistró.
No salía del sofá. Pasó junto al separador que dividía la sala de estar de la cama y encendió la luz.
Christine se alzó del colchón como una aparición, con el pelo rubio apartándosele en mechones de la garganta y los dedos desnudos de los pies, de una palidez enfermiza, contrastando con el esmalte rojo brillante. Rojo como la sangre.
El estómago se le revolvió, enfermo y aceitoso.
—Creía que no venías —dijo.
¿De verdad lo había creído? ¿Estaba borracho? Puede. O quizá fuera la pastilla para dormir que se había tragado. Era más difícil ir por ahí correteando si estabas hasta las cejas de droga… o eso esperaba.
—¿Cómo has entrado?
—Los de recepción ya me conocen, igual que te conocen a ti.
Christine se acercó, pero sus pies no hacían ruido. Ningún ruido. Era raro, ¿no? Pasó por encima de la bolsa de lona negra, y él solo oyó el susurro de sus pantalones de seda contra el suelo y la sangre rugiéndole en los oídos.
—Les he dicho que me había olvidado la tarjeta de la habitación.
Claro. Tenía sentido. Su condición de cliente habitual del hotel era algo que había pasado por alto al hablar con la doctora.
Christine frunció el ceño de pronto. Sus relucientes ojos de zafiro se agudizaron por la agitación, y cuando habló, su voz era baja y peligrosa.
—¿Dónde estabas, Tristan?
—Dando un paseo. Necesitaba aire. Ha sido una noche… muy larga.
Las palabras se le atascaron en la garganta.
—Una noche… mala. Y…
—No he venido a hablar. —Se acercó otro paso—. He venido a averiguar por qué me llamaste y luego desapareciste. Por qué me hiciste esperar.
—Ya estoy aquí.
—Sí. —Sonrió—. Ya estás.
Pero la mirada seguía siendo recelosa.
—¿Estabas con otra?
El mundo palpitó en negro: Christine desapareció. Pero, aunque ya no podía verla, seguía sintiéndose obligado a contestar.
—Ahora mismo no.
—¿Antes?
Se quedó callado. Pero sí había estado con otra, en cierto modo.
El mundo seguía oscuro. Tenía los ojos apretados; formas grises y amorfas correteaban tras los párpados. Pero la sintió cuando ella acercó los labios a su oído. Pudo imaginar el pelo rubio rozándole el hombro.
—Eres un pedazo de mierda.
Su aliento le humedeció el cuello. Tan ardiente.
—Lo sé.
Ella le deslizó las palmas por los bíceps y le curvó los dedos sobre los hombros como garras.
También le servían de garras, aferrándose a él, tanto a su mente como a su carne.
La primera vez que lo había agarrado así, él todavía se estaba desnudando; ella era la camarera del club.
Había usado aquel agarre para sacarlo de un lugar oscuro y no lo había soltado desde entonces.
Durante un tiempo creyó que por fin se habían separado para siempre, cuando pensaba que Tonya era la elegida. Pero Tonya ya no estaba.
Ahora ya no quedaba nadie.
Solo Christine persistía. Como zarzas clavadas en la carne. Como clavos en un ataúd.
—No me mereces —susurró.
—No. No te merezco.
Pero allí estaba de todos modos. Estaba unido a ella como si les hubieran grapado la piel, y el dolor desgarrador de cada intento por arrancarse era más de lo que podía soportar. Sin embargo, no había pensado en Christine mientras veía a la doctora entrar en aquel club.
El corazón le latía en las sienes. El estómago se le revolvía.
Las uñas arañaron con más fuerza, afiladas y puntiagudas, clavándose en las zonas blandas alrededor de los omóplatos. Notaba las puntas surcándole la carne, la dulce agonía allí donde le abrían la piel. Se las cortaba así a propósito, se las limaba con precisión de cuchilla. Estaba seguro.
—¿Por qué me tratas así, Tristan?
—Ya has dicho por qué.
La lengua de ella lamió el costado de su cuello; deseó que se limitara a morderle, que le arrancara la garganta de una vez.
—Quiero oírtelo decir.
Inspiró bruscamente cuando las uñas se le hundieron más en la piel.
—Porque soy un pedazo de mierda.
Ella lo soltó. Tenía el hombro húmedo, la camisa pegajosa donde lo había arañado.
—Estoy harta de ti, Tristan —gruñó—. Estoy hasta la puta coronilla.
Él asintió.
—Lo sé.
Mantuvo los ojos cerrados y se volvió despacio, ofreciéndole la espalda.
Tristan agachó la cabeza. Intentaba respirar, pero la presión en el pecho era demasiado intensa; el corazón le aleteaba como un gorrión atrapado.
La oía detrás de él, un rascar como de ratas en las paredes, pero no hizo ademán de averiguar qué era.
El edredón frente a él era un vacío en blanco, una nada.
Lo que daría por sentirse vacío. Por rendirse al entumecimiento.
Pero no se sintió entumecido cuando ella regresó a su lado.
Sus palmas presionaron con fuerza las heridas recientes, llevando el dolor palpitante de los hombros a un crescendo de púas.
Le masajeó las lesiones con rabia, con crueldad, y luego subió las yemas de los dedos por el cuello, con las palmas apretadas contra la garganta.
La sangre le subió a la cabeza. Le martilleaban las sienes.
Tenía la cara ardiendo, como si tuviera fiebre.
Durante un único instante insoportable, se preguntó cómo sería dejar que siguiera.
Dejar que lo estrangulara hasta borrarlo de la existencia.
Pero entonces lo soltó. Sus dedos reptaron hacia abajo, por la clavícula, luego sobre los abdominales, hasta enganchar el bajo de la camiseta. Se la arrancó por la cabeza y la tiró al suelo. Después, nada. Esperó. El frenético zzzzz de la cremallera de su bolsa de lona le vibró en los tímpanos.
Se inclinó hacia delante y apoyó las palmas en la cama.
Tristan oyó el látigo una fracción de segundo antes de sentirlo: un silbido agudo al cortar el aire. Restalló contra su columna y un escozor terrible, afilado, le incendió los nervios. Otra vez. Otra vez.
Se lo merecía, siendo tan horrible como era. Pero mientras la carne de su espalda se abría, en lo único que podía pensar era en la doctora Magma Connolly.