Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

E l aire durante el trayecto de vuelta a la consulta pesaba más de lo normal, como si estuviera conduciendo hacia su propio asesinato, aunque no parecía que el problema en las oficinas tuviera que ver con ningún cadáver.

Aun así, su cerebro se negaba a calmarse.

Tenía las tripas hechas un nido de zarzas.

¿Estaría relacionado el caso de Sammy con su paciente?

Tristan era sonámbulo, pero no tenía heridas de defensa.

No habría secuestrado a alguien… ni matado a alguien…

¿verdad? Quizá si la víctima estaba drogada…

o embaucada. Los sonámbulos podían parecer completamente normales, con más labia para ligar que la mitad de los hombres que se le habían insinuado a ella a lo largo de los años.

Al menos era poco probable que Tristan hubiera recurrido al «¿Te has caído del cielo? ».

Mierda . Él había dicho que no quería hacer daño a nadie. Ella había añadido mentalmente a nadie más . Luego estaba Sammy. Y ahora… esto en la consulta.

Necesitaba hablar otra vez con Sammy; tenía que llenar algunos huecos. Porque si su paciente era de verdad un asesino… tendría que hacer algo al respecto.

Un coche patrulla ocupaba la plaza donde ella solía aparcar, con las luces apagadas.

Ya no era una emergencia. Encajó el DeLorean junto al Mitsubishi Outlander de Owen y entró a toda prisa por la puerta principal, rumbo a las escaleras.

La idea de quedarse atrapada en un ascensor en aquel momento le daba ganas de gritar, y cada golpe hueco que resonaba en el hueco de la escalera le aceleraba el corazón e intensificaba el martilleo de las sienes.

El jersey de cuello alto le olía a romero y sal, y se le revolvió el estómago.

Le gustaba la sensación de llegar a lo alto de una montaña rusa, la euforia antes de la caída, pero no solía bajar rodando por el recorrido como un melón demasiado maduro.

Irrumpió en la tercera planta y recorrió el pasillo a toda prisa.

La puerta de las oficinas estaba entreabierta y el marco, reventado.

Owen y la agente que estaba a su lado se volvieron hacia ella mientras sorteaba las sillas de la sala de espera y el mostrador de recepción, que no era más que decorado: por el momento utilizaban un servicio de contestador.

Tampoco había vigilante abajo; funcionaban con lo mínimo, y era deliberado.

A muchos clientes no les gustaba tener que identificarse ante un desconocido uniformado, por razones de privacidad, y jamás habían tenido problemas de seguridad… hasta entonces.

—¿Es usted Magma Connolly? —preguntó la agente.

Magma, qué horror. Sus padres habían escogido aquel nombre por su pelo rojo como el fuego, pero no habían seguido con la vena hippie cuando llamaron Aiden a su hermano. Su teoría era que les había gustado más él.

—Depende. ¿Estoy lo bastante buena?

¿Qué haces, Mags? Pero había sido un reflejo. Había tenido que sacudirse suficientes pullas por su nombre en primaria. Y en el instituto. En bachillerato. En la universidad. O aprendías a hacer gracia o te hacían daño.

La agente alzó una ceja oscura y gruesa.

Al hacerlo, el bindi del centro de su frente ascendió como un tercer ojo de verdad, vagamente receloso.

Maggie no pudo evitar recordar cómo los agentes habían interrogado a sus padres después de que Aiden desapareciera: ladraban preguntas, les exigían saber por qué no lo habían vigilado más de cerca.

A Maggie también la habían interrogado durante horas, aunque ella parecía más sospechosa.

El pelo le había tapado la espantosa mordedura que le habían hecho en la cabeza, pero no había podido ocultar los moratones de los nudillos.

Maggie recorrió la estancia con la mirada.

Detrás de la policía, la puerta del despacho interior de Owen estaba entreabierta, pero, a diferencia de la entrada, tanto el marco como el pomo parecían intactos.

La madera alrededor del marco de su puerta era un amasijo de astillas.

¿Había llegado la policía antes de que el intruso pudiera revolver el resto del lugar? ¿O es que ella era especial?

La agente seguía observándola.

—Sí, soy Maggie Connolly —dijo, acercándose de lado a su puerta.

La agente bajó la mirada al bloc que sostenía, quizá marcando casillas para el informe. Maggie empujó la puerta con la punta del pie. Quería irrumpir dentro, pero al mismo tiempo temía descubrir qué había al otro lado.

—¿Qué ha pasado? —preguntó a nadie en particular. Que respondiera quien supiera la respuesta.

Maggie cruzó el umbral.

El guante de béisbol de su hermano seguía intacto, con una pelota de las ligas infantiles bien encajada dentro.

Bajo la ventana continuaba la foto de los dos que mucha gente creía que eran los hijos de Maggie.

Las sillas frente al escritorio estaban enteras.

Su botella de agua yacía de lado sobre la mesa, pegada al pisapapeles, pero ninguna de las dos cosas se había roto.

Ahí terminaba la normalidad. Había papeles —evaluaciones en blanco, notas de casos, formularios de admisión— esparcidos por los asientos, sobre el escritorio y por el suelo.

El lienzo que normalmente colgaba detrás de la mesa descansaba torcido sobre la moqueta: VERDAD.

Fluffy estaba bien, gracias a Dios, agazapado en su cueva improvisada detrás del escritorio.

El único testigo, con tantos ojos y tantas patas, y no podía ayudar.

Como era de esperar. Al menos ya no tenía hambre.

No hay dieta como la del allanamiento de la consulta, porque la dieta del allanamiento de la consulta te da ganas de potar.

—Los vecinos del edificio de enfrente vieron una linterna en la ventana hace una hora, más o menos —dijo la agente desde el umbral—. ¿Se le ocurre alguien que pudiera querer algo de usted? El resto de las oficinas estaba intacto, así que quien entró buscaba algo en su despacho.

Fue la voz de su madre la que respondió dentro de la cabeza de Maggie: Ten mucho cuidado con ella, Maggie. El marido de Helena es un auténtico monstruo.

Por fin, Maggie dejó que la mirada se posara en la zona que había estado evitando: los archivadores antiguos, aquellos que su padre había exhibido con orgullo en su despacho hasta que ya no pudo seguir ejerciendo.

Le hirvió la sangre. Aquello era peor que un marco reventado o un cuadro caído. Sus secretos… los secretos de ambos .

Se dirigió hacia allí y se agachó junto al cajón inferior.

La parte trasera de su escritorio parecía intacta, pero las cerraduras del archivador estaban hechas trizas, el pestillo arrancado a tajos; ¿había entrado alguien allí con un cincel?

Faltaba una sección de expedientes de la zona central del cajón.

Las carpetas colgantes yacían desperdigadas sin orden por la moqueta frente al mueble, y las hojas aleteaban con la leve corriente que salía de los conductos de calefacción.

Frunció el ceño ante aquel vacío mientras repasaba mentalmente a sus pacientes actuales.

Las fichas de las primeras consultas de aquel día seguían allí.

También el expediente de Mannie. No tenía ningún expediente de Helena, así que, si el culpable era el policía que pronto sería su exmarido, no habría encontrado nada.

Pero faltaba el expediente de Elroy Hanson y...

El de Tristan tampoco estaba en el lugar alfabético que le correspondía. Quien hubiera entrado se había llevado esos dos, sin duda... o los había lanzado por ahí. Pero ¿por qué?

La mujer de Elroy no iba a aparecer para leer lo que él había dicho de ella.

Tristan no tenía motivo alguno para curiosear, aunque tampoco habría importado demasiado que lo hiciera.

Solo había conseguido terminar una nota de evolución sobre Simms, y redactaba aquellas notas de forma deliberadamente vaga para que, si las reclamaban judicialmente, le sirvieran de poco a un fiscal: Alerta, orientado en las tres esferas, sin ideación suicida ni homicida; antecedentes familiares comentados como parte de la evaluación biopsicosocial.

Frunció el ceño. ¿Qué demonios? ¿Faltaban más expedientes?

Ningún paciente obligado a acudir por orden judicial irrumpiría allí y se arriesgaría a llevarse un expediente cuando necesitaba que aquellas notas llegaran a su agente de libertad condicional.

Algunos de sus pacientes actuales acudían con sus parejas, y ninguno tenía los rasgos de personalidad que cabría esperar en un delito así.

Y, si había sido un antiguo paciente, alguien dado de alta meses o años atrás, habría entrado entonces, cuando aún estaba bajo su cuidado.

No, no siempre se podía predecir lo que la gente podría hacer. Pero hacía falta un motivo, racional o no.

—¿Falta algo? —preguntó la agente desde la puerta.

Su voz era como jarabe: pegajosa y tan lenta que a Maggie le dolían los dientes.

Sí. Dejó que la mirada se le deslizara hasta la moqueta, donde las notas de evolución anaranjadas crujían bajo sus zapatos.

—Que yo sepa, no.

La mentira le dolió en el pecho, pero no podía revelar los nombres de los pacientes cuyos expedientes habían desaparecido. Les contaría directamente lo ocurrido y ya vería qué hacer después.

Se apartó de los archivadores y se inclinó para levantar el cuadro con cuidado.

Estaba abollado, con un pequeño desgarrón en el lienzo cerca de una esquina que dejaba al descubierto la madera del marco.

También había papeles detrás. En los que estaban tras el cuadro aparecía el nombre de Elroy.

El de Tristan figuraba en la cubierta de cartón de la carpeta apoyada contra el rodapié.

Los hombros se le relajaron. Parecía que, después de todo, no había mentido.

Recogió la carpeta de Tristan y la abrió, pero dentro de la cubierta de cartón...

Nada. La nota de evolución, por vaga que fuera, había desaparecido.

También faltaba la hoja de derivación. No veía sus formularios de evaluación.

Mierda. Maggie recorrió rápidamente el suelo con la mirada, buscando las páginas del expediente de Elroy.

Esas sí estaban allí, intactas, cubiertas de sus reconocibles garabatos azules.

Pero en su consulta no quedaba ni una sola hoja del expediente de Tristan Simms.

Con manos temblorosas, levantó el cuadro y volvió a colocarlo con cuidado en la pared: VERDAD, VERDAD, VERDAD. A menos que, por lo visto, necesitaras MENTIR, MENTIR, MENTIR a los polis.

Owen hablaba con la agente, algo sobre las cámaras, pero Maggie no lograba concentrarse en sus palabras.

En todos sus años de profesión, nunca había conocido a un solo psicólogo al que le hubieran destrozado los expedientes.

A uno de sus profesores del posgrado lo había asesinado el novio celoso de una paciente suya —aunque seguía sin estar claro si el profesor se acostaba con ella—, pero no se le ocurría nadie que pudiera querer hacer desaparecer sus archivos.

Aunque Tristan Simms tenía un cúmulo muy particular de complicaciones, no había robado su propio expediente.

Había estado con ella cuando había ocurrido aquello, ¿no? Hacía una hora, según la agente.

Maggie miró el reloj. Había estado con él hacía una hora y media.

Acababa de tardar treinta y tres minutos en llegar a la consulta, y no era precisamente famosa por conducir despacio.

Si él hubiera venido allí mientras ella iba en coche a Sherwood...

no le habría dado tiempo. El margen era demasiado estrecho.

Además, ella misma había dejado en recepción las llaves del coche de Tristan.

¿Sería tan idiota como para ir a toda pastilla en un Hytch hasta la escena de un delito? Ni de coña.

—¿Maggie?

Se sobresaltó al oír la voz de Owen. Su amigo sostenía el móvil, con el brazo extendido hacia ella. En la pantalla había imágenes de las cámaras de vigilancia: imágenes del aparcamiento.

Maggie se acercó para examinar el vídeo granulado de alguien —presumiblemente el intruso— que atravesaba el aparcamiento con una gorra de béisbol y un voluminoso abrigo de camuflaje.

Era imposible verle la cara mientras se dirigía al edificio, pero no era Tristan Simms. Se le notaba en el paso: demasiado seguro, aquel modo de marchar.

Casi furioso. Y Tristan Simms era un hombre cauteloso, alguien que conocía muy bien las videocámaras y la vigilancia.

Un experto. Si hubiera entrado a la fuerza, no lo habrían captado en vídeo, lo cual no resultaba precisamente tranquilizador.

Se encogió de hombros ante Owen —«No lo conozco»—.

Pero, al hacerlo, un hormigueo inquietante le nació en la nuca y se extendió por los omóplatos.

Se volvió, medio convencida de que alcanzaría a vislumbrar a alguien en la ventana, pero solo encontró el negro opresivo de la noche y las palabras de su paciente resonando en su cabeza: No está en mi cabeza. Había alguien allí cuando me desperté.

¿Y si tenía razón? Aunque no tenía ni idea de qué relación podía haber entre aquel allanamiento y su sonambulismo, ni de si lo perseguía el detective del que había hablado, parecía que sí era un objetivo. Alguien lo estaba vigilando de verdad.

Pero eso no era lo que le erizaba la piel a lo largo de la columna. A menudo trabajaba a horas extrañas; normalmente, a esas alturas aún seguía en la consulta. Quien hubiera estado allí sabía exactamente cuándo entrar. Cuándo no estaría ella.

A ella también la vigilaban.