Capítulo 11
R epasaron el plan de seguridad cuatro veces: las llaves del coche en recepción, la puerta cerrada con llave, directo a la cama.
Maggie había estado a punto de esposarlo al cabecero, pero en el manual de ética para psicólogos no había ningún apartado sobre esposas consentidas sin sexo de por medio.
Y, aunque quería asegurarse de que no volviera a salir, de que cumpliera el plan de seguridad al pie de la letra, no podía quedarse allí…
no debía quedarse. Había visto a su padre volcarse tanto en sus pacientes que se olvidaba de comer durante semanas, y la obsesión de su madre había acabado con ella detenida y expulsada del colegio de abogados.
Maggie no tenía la menor intención de acabar así, pero caminaba por una cuerda floja.
Podía sentirlo royéndola por dentro: el tenue sostén del cable bajo los arcos de los pies, entre el manual del cerebro lógico y ético y el otro lado…
las tripas. Y sus tripas no eran de fiar.
Había visto a aquel hombre dos veces… dos …
y ya había perdido horas pensando en él, además de pasar una tarde en su habitación de hotel.
No había hecho nada ilegal, nada éticamente reprobable, pero no tenía buena pinta.
Y él podía estar delirando. Podía estar soñando. Necesitaba una revisión médica.
Tenían otra cita dentro de un par de días, una que, con suerte, aclararía lo que estaba pasando, pero aquella noche necesitaba espacio para pensar.
Maggie llevaba los hombros tan tensos que notó la tensión en el cuello al entrar derrapando en el aparcamiento del Sherwood, junto al Volkswagen Escarabajo de Alex. Arrebató el maletín de cuero del asiento trasero. La puerta del DeLorean chirriiiiiió en la noche.
El aire de septiembre ya tenía ese filo fresco de las manzanitas silvestres al pudrirse; mientras cruzaba el aparcamiento y se agachaba para pasar bajo el toldo, percibió el olor dulzón y frío de la descomposición.
Desde el pasillo exterior, frente a la puerta de roble, llegaba el acompasado tump-chac , chac , tump-chac del metal contra la madera, y el tonc más grave de madera contra madera.
También lo sentía en los huesos: agresividad reprimida buscando una salida, el pulso de una energía aún sin descargar.
Dentro, las paredes estaban cubiertas por un enorme mural realista: árboles hasta donde alcanzaba la vista.
Habría sido como entrar en un bosque de no ser por las pistas a ambos lados, cada una con su diana al fondo.
Había mesas redondas en los pasillos, y al fondo del local se extendía una barra larga donde servían bebidas.
Parecía un bar reconvertido en galería de tiro, pero allí no había armas de fuego.
Arcos y carcajes descansaban apoyados al inicio de algunas pistas; un hombre sostenía una lanza.
A quienes lanzaban lanzas les cobraban un suplemento por los desperfectos en las dianas de madera, pero las armas más afiladas no montaban tanto espectáculo: entraban deprisa y salían con suavidad. Eso dijo ella.
—¡Mags! —Alex era una voz enorme en un cuerpo diminuto, y sus palabras resonaron por todo el Sherwood, entusiasmadas, como si estuviera vendiendo una carísima propiedad junto al lago, que era precisamente a lo que se dedicaba.
¿Tenía las ojeras algo más oscuras de lo habitual?
Pero Alex no era de las que se sinceraban…
ni de las que se quedaban ancladas en el pasado, al menos no en voz alta ni delante de los demás.
Alex se acercó a Maggie con los ligeros movimientos de un hada traviesa. Sus pendientes enormes se balanceaban contra los hombros, bajo su pulcro bob rubio, mientras enlazaba su brazo con el de Maggie.
Maggie sabía que era mejor no resistirse.
Dejó que Alex la arrastrara por delante de cinco, seis, siete pistas anchas.
En vez de dianas de papel, siluetas humanas pintadas la observaban a su paso, todas tatuadas por las marcas de las hojas.
Chac . Chac . De algún punto a su derecha se alzaron vítores, el sonido de una sed de sangre satisfecha.
Owen estaba junto a una pista al final de la fila, con el gesto contraído.
Owen Jennings-Steele, con su sofisticado apellido compuesto, era el vivo testimonio de una infancia progresista y no violenta, y hasta lanzar armas blancas en un entorno controlado le resultaba incómodo.
Pero siempre acudía. Era esa clase de hombre.
Alex le soltó el brazo y Owen le tendió un vaso a Maggie: limonada.
La tensión de las comisuras de sus ojos y de sus fibrosos antebrazos se había disipado, nada que ver con su actitud en la oficina.
Qué suerte tenía. Los hombros de Maggie, en cambio, eran un amasijo de nudos furiosos, algo perfectamente lógico después de haber estado en una habitación de hotel con un tipo que quizá había enterrado a alguien unas horas antes.
¿Lo había hecho? Bah, claro que no, pero ¿qué eran las decisiones informadas si no se contaba con toda la información?
—¡Eh, Mags! ¡Has venido! —Los dos se giraron cuando Sammy regresó de la pista, hacha en mano.
Sammy tenía la piel oscura y la cabeza calva y reluciente; el polo le caía holgado sobre los vaqueros.
Era su amigo más antiguo, desde segundo de primaria, para ser exactos.
Conservaba aquella mirada vivaracha después de años de Dungeons llevaba sobrio desde los veinte.
—Deja en paz a Mags, Sammy. Se aburriría con esa hachita tuya.
Sammy se echó hacia atrás con fingida sorpresa, las yemas de los dedos sobre el pecho.
—Que sepas que esta hacha ha reventado más de un tablón.
—Si tú lo dices, cariño —dijo Imani.
Maggie soltó una risita y dejó la limonada.
Sus hachas, regalo de cumpleaños de Alex, seguían enfundadas en su estuche de cuero y, mientras se dirigía a la línea de lanzamiento, sacó una.
El peso contra la palma la centró, aunque seguía sintiendo un hormigueo en la piel, como si una hilera de insectos le recorriera la columna.
Se colocó tras la cinta. Levantó el brazo; la espalda le ardía, las yemas de los dedos se fundían con el cuero frío de la empuñadura y la visión se le estrechó hasta concentrarse en la diana.
Lanzó el hacha con un latigazo, escuchando el silbido del arma al cortar el aire.
La hoja se desvió y se clavó con un golpe seco en la madera, junto a la cabeza de la silueta.
—¡Eres un paqueteee! —tronó Sammy.
Hermanos. Inspiró hondo, pero descubrió que la mano ya estaba más firme. Maggie levantó otra vez el brazo.
Esta acertó de lleno en el cuello de la diana. Esa va por Mannie... por la X que marca el lugar.
Alex lanzó un grito de ánimo.
—¡A por él, Mags! ¡Dale en la polla!
Maggie recuperó las hachas. El sudor le cosquilleaba entre los omóplatos; las hormigas bajo la piel seguían ahí. Volvió a lanzar. Zas, zas . Recuperar.
Por las horas pasadas tras el escritorio; por Helena.
Zas, zas . Recuperar.
Tristan, las marcas en sus manos. Tristan Simms, aterrado ante la idea de dormirse.
Zas, zas . Recuperar.
Tristan, con su piel suave y sus ojos penetrantes, completamente solo en la habitación del hotel, intentando no enterrar a otro ser humano... He oído que se te da bien guardar secretos.
Zas, zas . Recuperar.
Otra vez. Otra vez. Otra vez.
No bastaba. Ni de lejos. Lanzó la última hacha: salió disparada a la izquierda de la diana, golpeó la barra metálica de la esquina y rebotó hacia el grupo, pero se incrustó en las esterillas de goma antes de llegar demasiado lejos.
Imani ya no estaba de pie junto a la mesa, detrás de ella, y Alex tampoco.
¿Habían ido a buscar comida? Con suerte, volverían con nachos...
y jalapeños extra. Quizá debería haberse comido las patatas al romero del hotel.
—¡Buen tiro! —gritó Owen desde detrás de la mesa.
Ella alzó las cejas hacia él.
—¿Seguro? Apuntaba hacia ti.
Owen se rio, pero la risa no le llegó a los ojos; parecía dolido.
Ay, Owen. Los demás habían abrazado el sarcasmo en el instituto, como haría cualquier friki de la banda aficionado al D Maggie dejó de oír los golpes de las hachas de Owen contra la madera. De hecho... Owen no estaba lanzando. Estaba de espaldas a ellos, trasteando en el bolsillo delantero del pantalón: el móvil. Intentó mantener firme la voz.
—¿Así que te preocupa que no atrapen al... criminal? —Si había desaparecidos, había un secuestrador. O un asesino.
—Me preocupa que acaben con otro caso sin resolver. —Suspiró—. La última mujer desapareció a finales de la semana pasada, pero encaja con un perfil conocido de hace tres años. Si no atrapan a este tipo y yo no lo encierro para siempre, la desaparición de esta semana no será la última.
Esta semana... Hace tres años... No había aire suficiente.
El primer episodio de Tristan había sido después de que muriera su madre, pero el sonambulismo se había calmado y luego había vuelto a empezar tres años atrás...
justo cuando desapareció la primera víctima del caso de Sammy.
Y el episodio que lo había llevado a terapia había ocurrido a finales de la semana pasada, lo que encajaba con la cronología de Sammy, y...
Creo que he enterrado algo esta noche.
Y ella acababa de dejarlo solo en aquella habitación de hotel.
—¡Mags!
Se sobresaltó al oír la voz apremiante de Owen. Él también tenía la mirada tensa, cargada de preocupación, y apretaba el móvil con tanta fuerza que se le habían puesto blancos los nudillos.
—Tenemos que irnos.
—¡Pero si acabamos de llegar! —Y necesitaba hablar con Sammy sobre lo de aquella mujer desaparecida.
Sentía un ardor en lo más hondo de las entrañas; la inquietud tiraba del abismo que se abría bajo su corazón.
Tenía un millón de preguntas que necesitaba responder, y una de las principales era: ¿Es mi paciente un asesino secuestrador que entierra cadáveres?
—Hay un problema en la consulta. La policía ya está allí. —Owen se echó la chaqueta sobre los hombros; tenía la voz tirante y los ojos le brillaban de pánico—. Tenemos que darnos prisa.