Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Casi lo mismo que le había dicho a Helena poco antes.

Pero Maggie no podía estar segura de que fuera verdad en ninguno de los dos casos.

Quizá el marido de Helena le había pegado un tiro de camino al refugio.

Quizá un acosador esperaba a Tristan a la puerta de aquel mismo hotel para…

¿qué? ¿Observarlo mientras escarbaba en la tierra?

Retiró los dedos y se echó hacia atrás en el asiento.

¿Simms era un delirante, un peligro o una víctima?

No quería que nadie saliera herido, pero tampoco quería que acabara desatendido, y menos aún si era inocente.

Además… sin cadáver, no hay crimen. Todo podía estar en su cabeza.

Era poquísima la gente que había matado mientras dormía; una anomalía estadística.

Y, si le sugería que ingresara en un hospital, perdería su confianza y quizá no volviera a pedir ayuda nunca.

Maggie enderezó los hombros.

—Debería dormir aquí, en el hotel, esta noche, señor Simms; quizá incluso por el momento.

Puede que sea capaz de desconectar la alarma de casa mientras duerme, pero, si se queda aquí, el personal del hotel lo verá si intenta salir deambulando.

Podemos dejar las llaves de su coche en recepción, con instrucciones de que las guarden bajo llave hasta el amanecer, para que no pueda escaparse en mitad de la noche.

No querrá conducir en piloto automático.

Ni enterrar cadáveres.

—¿Y si pega un volantazo para no atropellar a un Elvis imaginario y se despeña por un puente de verdad?

Como Kevin, aunque dudaba que el Rey tuviera nada que ver con su muerte.

Él enarcó una ceja.

—¿Eso pasa a menudo?

—Elvis suele limitarse a las cárceles.

Una comisura de sus labios se alzó y, por fin, asintió, aunque más parecía una rendición.

—Si así la gente está a salvo, de acuerdo.

La gente, no él.

—¿Ha bebido algo esta noche? ¿Ha tomado alguna droga?

Tenía los hombros tan tensos que casi dolía verlo; los tendones del cuello se le marcaban tirantes como cuerdas de piano.

—Suelo prepararme un vodka con tónica por la noche… Bueno, hoy ha sido por la tarde. Pensaba echarme una siesta, pero…

Un vodka al día podía indicar abuso. Kevin había empezado con una copa de ginebra cada noche cuando aún iba al instituto.

—Quiero que se haga una revisión médica completa para descartar cualquier factor físico y asegurarnos de que no esté consumiendo sustancias después de quedarse dormido. También programaremos un estudio del sueño.

Había leído el caso de una mujer que, sonámbula, entró en una discoteca y al día siguiente no recordaba nada; estaba convencida de que alguien había echado algo en su bebida, hasta que las grabaciones y una serie de estudios del sueño demostraron lo contrario. De hecho…

Si conseguían averiguar dónde había estado, ¿podrían demostrar que sus temores no tenían fundamento? A menos que sí lo tuvieran. Entonces sería un problema de otra clase, pero, en cualquier caso, podrían tomar decisiones con más información.

—También necesito que guarde bajo llave cualquier arma que posea; quizá podría dejársela a algún amigo.

—No tengo armas…

La comprensión afloró en sus ojos verdes.

—Cree que he hecho algo malo.

No era una pregunta.

—No tenemos pruebas de que haya hecho daño a nadie.

Todavía. Hay gente que se mete en peleas de bar o se pelea con los vecinos mientras camina sonámbula, así que es mejor no tener a mano nada que pudiera agravar la situación.

Pero, si averiguamos adónde va mientras duerme, quizá podamos tranquilizarlo.

Tragó saliva con fuerza.

—No estoy seguro de dónde estuve. Solo recuerdo las flores moradas y… unas farolas. Creo que también había un banco, uno de esos de hierro forjado.

Sonaba a parque. Bien: alguien repararía en una tumba recién cavada en un parque. Pero había muchos parques por ahí; docenas, si cogía el coche.

—¿Su coche tiene GPS? ¿Y lleva el móvil con seguimiento?

Tristan negó con la cabeza.

—No llevaba el teléfono encima, y conduzco coches americanos potentes de los de antes; nada de GPS. Me gustan los clásicos.

Le lanzó una mirada de soslayo. Seguro que se había fijado en el DeLorean que Maggie tenía aparcado junto a la consulta.

—Es como si estuviera intentando, a propósito, ocultarme secretos a mí mismo —prosiguió.

Pero la respiración se le había acompasado.

Durante un instante, una vocecilla le susurró que sabía perfectamente dónde había estado, pero Maggie la apartó.

Acababa de contarle que había enterrado algo, había insinuado que quizá fuese un cadáver; no tenía ningún motivo para ocultar el lugar.

A menos que quiera atraerte allí la semana que viene, igual que te atrajo a esta habitación de hotel.

Hizo una mueca al mirar su pulgar sangrante y se envolvió la mano con la toallita de alcohol manchada de sangre.

—A veces siento que soy un tipo completamente distinto, alguien a quien ni siquiera reconozco.

Le sostuvo la mirada.

—Creo que usted sabe lo que se siente.

La voz ya no le temblaba y los ojos se le habían aclarado, avivado; su expresión tenía un punto casi acusatorio, como cuando había hablado de «secretos».

La piel se le erizó por toda la espalda: puro instinto. Amenaza. Las yemas de los dedos se le humedecieron. Algo iba muy mal. No sabía qué, pero de pronto tuvo la absoluta certeza de que Tristan Simms no era en absoluto lo que parecía.