Capítulo 10
E sto es una estupidez, Maggie. ¿Qué estás haciendo?
Pero aquello no era una incursión al margen de la ley. No estaba repartiendo armas ni poniéndose delante de las balas. Estaba ayudando a alguien que se lo había pedido, que lo necesitaba.
La curación no siempre llega cuando mejor viene.
Había dado sesiones de terapia en hospitales, funerarias y, una vez, en un barco.
Había visitado a agorafóbicos en sus casas y los había ido llevando poco a poco hasta la consulta.
A veces, la curación ocurría en centros comerciales apartados, en la oscuridad, con botas de cuero y máscaras que ocultaban el rostro.
Y por teléfono había parecido tan… asustado.
Pero era más que eso. Maggie no podía negar el escalofrío que le recorría la sangre: una mezcla a partes iguales de euforia y redención, o al menos de la posibilidad de redimirse.
Oportunidades así no se presentaban todos los días.
Si hubiera ido con Kevin la noche en que se precipitó con el coche desde aquel puente, él seguiría vivo.
Si hubiera acompañado a su hermano a casa el día que desapareció, él también seguiría aquí.
Con Tristan no había hecho nada tan grave; solo había ido demasiado lejos durante la sesión.
Pero ahora podía corregir el error. Tenía la oportunidad de arreglarlo.
Puso el intermitente y giró hacia el aparcamiento del hotel.
El letrero resplandecía a través del parabrisas y le trazaba franjas de luz cegadora ante los ojos.
Maggie se había negado a ir a casa de Tristan —no lo conocía lo suficiente para eso—, pero en el hotel alguien la oiría gritar si la sesión salía terriblemente mal.
Aunque no esperaba problemas; había tratado con muchos hombres que querían hacerle daño, y Simms no le daba esa impresión.
Aparcó en un garaje del hotel que olía a gambas fritas, quizá de esas que venden en las gasolineras, y atravesó el vestíbulo mientras sus pasos resonaban huecos bajo los techos altos.
Los ascensores estaban vacíos. También el pasillo.
Pero, al otro lado de las puertas, percibía susurros de vida: risas en una habitación, el golpeteo de un cabecero en otra, alguien pasándoselo en grande.
Maggie se detuvo ante la habitación 5478.
Alzó la mano para llamar, pero la puerta se abrió hacia dentro antes de que sus nudillos llegaran a tocar la madera.
Tristan Simms estaba al otro lado: vaqueros y camiseta, una ropa que no pegaba nada con él.
El agua moteaba la tela de los hombros y le goteaba por un antebrazo; las gotas relucían en su barba recortada.
Y aunque tenía los brazos rosados de tanto restregárselos, unas heridas recientes le ensangrentaban las yemas de los dedos.
Una línea negra bordeaba el pliegue bajo sus uñas destrozadas, como si hubiera estado escarbando en la tierra.
Puede que lo hubiera hecho.
Retrocedió para dejarla pasar y, como no sintió en la piel ningún cosquilleo de alarma que la instara a marcharse, Maggie entró.
La suite era más grande que toda su consulta, incluido el despacho de Owen y la sala de espera.
Desde luego, el tipo tenía dinero. La cama quedaba casi oculta tras un gran biombo de madera tallada con un amanecer geométrico, un separador convertido en pieza de arte moderno.
Ante el biombo se abría una zona de estar.
Un escritorio grande ocupaba una pared; en el centro, un sofá largo miraba hacia un televisor de pantalla plana colgado en la pared de enfrente.
Él señaló la mesita de bistró de la esquina derecha, donde había dos bandejas tapadas.
—¿Tiene hambre?
Antes de ponerse con el papeleo no la tenía, pero el aroma salado de patata y romero le hizo la boca agua. Maggie negó con la cabeza.
—No, gracias.
Se sentó en una de las cuatro sillas, la que no tenía una bandeja delante, y esperó a que él ocupara la de enfrente.
Simms la examinó durante un instante insoportablemente largo.
Finas venillas rojas se ramificaban por el blanco de sus ojos alrededor de los iris; unos moratones violáceos le manchaban la piel bajo ellos.
Había pasado más de una noche en vela aquella semana.
¿Intentaba mantenerse despierto a propósito, evitando el sonambulismo a base de no dormir?
Por fin se acercó y se dejó caer en la silla, pero no paraba de mover el pie bajo la mesa. Agitado.
—¿Cómo está, señor Simms?
Con cuidado. La primera vez lo había interpretado mal, y no quería volver a equivocarse.
Él negó con la cabeza.
—Siento haberla hecho venir hasta aquí. La verdad es que no sé por qué la llamé.
—Quizá quería a alguien con quien hablar. Alguien que lo ayudara, ¿no? Por ahora, piense en mí como en… una guía. Como Gandalf.
Él parpadeó.
—¿Quién?
—¿Dumbledore?
Sus ojos inquietos se posaron en ella. Entrecerró los párpados.
—¿Mufasa?
—Vale, sí. Nos saltaremos la parte en que lo tiro por un precipicio.
Frunció el ceño.
—Yo… no. En la película, Mufasa es el que muere.
—Aviso de spoiler. La próxima vez avíseme, ¿eh?
—Pero los hombros se le habían relajado.
Debería haber empezado por Gandalf en la consulta…
o por Tiger King. No, espera. El rey león.
Ay, Dios, deja de comerte la cabeza. —Entonces, señor Simms, ¿cómo ha acabado en este hotel intercambiando opiniones de cine con una psicóloga?
Él la miró, luego echó un vistazo a la habitación a su espalda y, por último, bajó la vista hacia la mesa.
—Programé las alarmas de casa para que saltaran si intentaba salir de casa y deambular por ahí.
Su voz tenía el tono meloso y ronco de un cantante de club: Elvis después de una bronca a gritos con quien fuera lo bastante idiota para enfrentarse al Rey. ¿Axl Rose? Parecía bastante chulo.
—No recuerdo haberme quedado dormido ni haber desactivado la alarma, pero, cuando desperté, estaba en el jardín trasero y tenía tierra en la ropa… y por toda la piel.
Se estremeció.
—Había tierra por todas partes . Muchísima tierra.
Escupió la palabra «tierra» como si fuera fiambre de seis semanas, como si el suelo le resultara más insoportable que las heridas de las manos.
Encajaba con los rasgos obsesivo-compulsivos que ella había sospechado.
Quizá se había duchado dos veces, primero en casa y luego allí; tal vez lo haría diez veces más antes de que acabara la noche.
Maggie le estudió el rostro, los ojos inquietos, las pupilas ligeramente dilatadas mientras él arrastraba la mirada hasta la ventana y la clavaba en el cristal.
Respiraba demasiado deprisa; si no tenía cuidado, iba a desmayarse.
—Y había… —susurró—. Tenía flores encima, pétalos pequeños y morados.
¿Flores?
—Respire hondo, señor Simms. Inspire y espire.
Lo hizo, pero siguió mirando la noche al otro lado de la ventana, con los músculos de la mandíbula trabajando bajo la piel, tensos como cuerdas. Maggie podía olerle el miedo por debajo del aroma especiado del champú del hotel.
Al fin se volvió hacia ella y cruzó los brazos. Allí donde no las afeaban heridas costrosas, las yemas de sus dedos destacaban blancas como fantasmas contra los bíceps.
—¿Hablaba en serio cuando dijo que no llamaría a la policía si yo no tenía intención de hacer daño a nadie?
La conversación no empezaba precisamente bien. Pero ella asintió.
Sus ojos verdes se enturbiaron. Tenía las mejillas pálidas, como si la sola perspectiva de contarlo le estuviera absorbiendo el color —la vida— del cuerpo.
—Creo que esta noche he enterrado algo.
Ay, ay. ¿Un cadáver? Podría haber enterrado cualquier otra cosa, pero no estaría tan preocupado por una fiambrera, salvo que estuviera llena de partes del cuerpo.
Maggie le miró las manos, los antebrazos desnudos.
No tenía heridas defensivas que ella pudiera ver; si había atacado a alguien mientras dormía y luego lo había enterrado en una tumba poco profunda, tendría que haber alguna señal.
¿Era real? Podía haber sido un sueño… o algo más grave, un brote psicótico.
Todo el mundo era un narrador poco fiable en cierta medida, pero los posibles delirios complicaban las cosas hasta el infinito.
—¿Recuerda qué enterró?
Apretó los dientes con tanta fuerza que Maggie casi creyó oírlos: el chirrido grave del diente contra la raíz.
—No… no estoy seguro.
De pronto fue muy consciente de sus manos; no de las yemas desolladas, sino de su tamaño. Con ellas podía hacer mucho daño. Sin embargo, no se le erizó el vello de la nuca.
—¿El sonambulismo puede hacer que uno sienta que alguien lo observa? —La frase salió en una ráfaga entrecortada de sílabas.
Sí, pero también pueden hacerlo muchas otras cosas.
Ella misma había tenido momentos, durante la última semana, en que se había sentido observada, y su predisposición genética a la ansiedad no hacía más que acentuar esa tendencia.
Aun así, Maggie no creía que él hablara de una vaga sensación de estar siendo vigilado. Alimentaba un miedo concreto, tangible.
—¿Volvemos a hablar de la policía?
Y lo del sonambulismo… Ahora era de noche, pero ¿cuándo había ocurrido aquello? ¿Hacía una hora? ¿Dos? ¿Se había quedado dormido antes de cenar?
—No es toda la policía, solo un detective, y…
Negó con la cabeza y la miró de frente. El pie se le quedó inmóvil bajo la mesa.
—No me lo estoy imaginando. Cuando desperté, había alguien allí, observándome desde el jardín delantero.
Unos minutos después oí unos neumáticos chirriar carretera arriba, pero no fui lo bastante rápido para alcanzarlo.
Ojalá lo hubiera grabado, pero tengo un camino de entrada muy largo y estaba demasiado lejos para que la cámara lo captara.
Se removió, y parte de su pie descalzo asomó por debajo de la mesita de bistró. Los arañazos le recorrían el pie desde los dedos hasta el talón. ¿Se los habría hecho persiguiendo a aquel desconocido?