Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

M aggie cenó un sándwich de jamón, pepinillo y guindilla mientras terminaba las notas de sus casos en el escritorio, pero nada le sabía bien. Tenía las tripas revueltas y un dolor de cabeza que le palpitaba con tanta fuerza en los oídos como en las sienes.

¿Por qué se sentía más inútil que un pez de colores en una pelea de perros? Helena ya estaría en el piso franco, eso esperaba, y solo por eso la semana debería haber sido un éxito. Había salvado una vida. ¿Qué más quería?

Pero Mannie no iba a mejorar, no en aquella prisión. La mujer de Elroy iba a dejarlo, entendiera él o no por qué le había sido infiel. Y Tristan...

Tristan Simms.

Habían pasado tres días y seguía obsesionada con el paciente que había salido enfurecido de su consulta. Su llamada de seguimiento no había obtenido respuesta.

Maggie oía a sus amigos en la cabeza, diciéndole que lo dejara estar, que dejara de darle vueltas, que había tomado la decisión correcta —la única decisión lógica—, pero su propia voz sonaba más alta: Lo que haga a partir de ahora será culpa tuya.

Acercó el papeleo. Nada de mirar atrás; el caso de Tristan Simms no era una cuestión de vida o muerte, y tenía otros mucho más apremiantes. Agarró el bolígrafo, apuró los últimos sorbos de chai frío y abrió la primera carpeta.

Jack Olsen, de veintidós años, cumplía una condena de catorce años por violación, pero había una pega: el tipo era inocente.

Para cuando confesó, tenía el pómulo destrozado y tres muelas rotas.

Ahora, tras tres años entre rejas, su mejor oportunidad consistía en que una profesional certificara que no reincidiría, y ella estaba dispuesta a jugarse su reputación por la sinceridad de sus propósitos en la vista de libertad condicional del día siguiente.

Sí, si lograba una victoria para Olsen, quizá se sentiría mejor.

Sammy también se alegraría: él había sido quien le pasó el caso de tapadillo.

Nunca había estado convencido de la culpabilidad de Olsen cuando el asunto pasó por la fiscalía, aunque el abogado gilipollas que había ejercido la acusación contra Olsen no opinaba lo mismo.

Bajó el bolígrafo hacia el papel.

Bzzzzt-bzzzzt-bzzzzt .

Dio un respingo; el bolígrafo dejó una larga raya de tinta azul sobre la hoja. Claro. Justo cuando encontraba algo que podía controlar, la interrumpían.

¿Preparada para volver a aquel club del sótano, Maggie? Allí sí que tienes todo el control.

Apartó el pensamiento de un empujón, rebuscó a tientas el móvil en el cajón superior y lo dejó caer sobre la mesa. Tocó la pantalla para descolgar.

—¿Qué se mueve?

Al menos Alex sonaba contento.

—¿Gelatina?

—Era una pregunta retórica, Mags. ¿Estás escuchando a Elvis?

Ah... sí.

Alex resopló.

—¿Cuándo te has vuelto tan rara?

Cuando mi cerebro dejó de funcionar. Cuando empecé a obsesionarme con alguien a quien no podía ayudar... otra vez.

—¿No es por eso por lo que te juntas conmigo? ¿Porque a mi lado pareces muy guay?

Alex volvió a resoplar.

—Por suerte, estoy aquí para salvarte de tu patética existencia.

Del móvil llegó un ruido que podría haber sido el chirrido de unos neumáticos.

—¿Dónde estás?

Hubo una pausa. Después:

—Voy a hablar con un hombre sobre tu horario laboral de mierda.

Maggie alzó la vista al oír unos golpecitos suaves en la puerta entreabierta; Owen asomó la cabeza.

La pantalla Tiffany, que había pertenecido a su padre, le teñía de verde el pelo rubio blanquecino, y la camisa parecía salpicada por arcoíris de vidriera.

Daba la impresión de ser un duende muy alto y demasiado estresado que no se había enterado de que ya habían devuelto sus Lucky Charms.

Maggie le hizo señas para que entrara mientras Alex decía:

—Mira tus mensajes dentro de cinco minutos. Te vemos a las ocho en punto, y como llegues tarde, voy a por ti.

Eso era lo más amenazante que llegaba a ponerse Alex.

—Vale. Avisaré a Owen.

—Ya lo he hecho —dijo Alex.

Claro que sí. La llamada se cortó. Maggie parpadeó mirando el teléfono y luego se volvió hacia Owen, que ya negaba con la cabeza.

—¿Despedida brusca?

—Ya conoces a Alex.

—Sí. —Asintió—. Voy a cenar algo, por si te apetece venir.

Pero mantenía tensas las comisuras de los ojos. Sus anchos hombros estaban rígidos, anudados. Entrenaba todos los días; decía que era bueno para liberar estrés, pero parecía que el método no estaba dando resultado. Aquel hombre necesitaba un masaje, no levantar pesas.

Apartó el teléfono.

—Tengo que terminar un par de cosas antes de ir allí, pero... ¿estás bien? Si hablas durante... —miró el reloj— tres horas, puedo saltarme la reunión de Alex. A no ser que Alex venga a arrastrarme del pelo.

Owen se encogió de hombros.

—Estoy tan bien como puedo estar. Los dos sabemos cómo van los divorcios. Pero gracias por estar aquí.

Le dedicó una sonrisa apagada y se encaminó hacia el pasillo.

—Cuando quieras. —Agarró el bolígrafo—. Oye, por cierto, si ves a Fluffy correteando por ahí, avísame para que pueda capturarlo otra vez.

Owen se volvió de golpe, pálido como un fantasma incluso en su visión periférica.

—Ay, Dios... ¿Y si está en mi despacho?

Maggie levantó la vista justo a tiempo de ver cómo su mirada se posaba más allá de su hombro.

—Maggie... Está justo ahí. —Negó con la cabeza—. Esta es la última vez que pico.

Mentiroso. Pero al menos sonreía. Sonreía de verdad.

Le dijo adiós con la mano y escuchó cómo se cerraba la puerta principal. El ascensor emitió un ding , una puntuación luminosa, como un punto final que marcara el término de la jornada laboral de Owen. Después se perdió en el rasgueo de la tinta sobre el papel.

Maggie estaba dando los últimos retoques a su declaración cuando sonó el teléfono, ensordecedor en la oficina, por lo demás silenciosa.

Asintió ante la página: había logrado no destrozarla con más rayas azules dentadas.

¡Qué primor, mi amor! Pero al otro lado de la ventana, el cielo era una espesa noche de terciopelo.

Mierda, ¿qué hora era? ¿Ya llegaba tarde? Como llegues tarde, voy a por ti.

Tocó el botón para responder.

—Eh, Alex, yo...

—¿Doctora Connolly?

La voz era baja, tensa, pero la reconoció.

—¿Señor Simms?

—Necesito verla —susurró—. Ha vuelto a pasar.