Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

E l festival de boniato y jalapeño seguía agitándosele en el estómago cuando llegó a la consulta: la manifestación física de su arrepentimiento por los errores de la semana.

Pero no podía salvar a todo el mundo. Lo único que podía hacer era tomar la decisión más lógica y mantenerse firme; los y si… te hundirían si les hacías caso.

Así que, en vez de darle más vueltas, Maggie tomó aire, cogió su taza y evaluó al hombre sentado al otro lado del escritorio. A diferencia de Tristan Simms, aquel quería estar allí… más o menos.

Elroy Hanson era más bajo que ella: el enjuto y formal director ejecutivo de una empresa papelera de medio pelo.

Michael Scott, pero sin la gracia ni compañeros que cultivaran remolachas, con un deje de «voy a ver a un hombre por lo de un paraguas», porque parecía haberse tragado un nubarrón.

Las canas le surcaban el espeso pelo negro en las sienes y hacían centellear el azul plateado de sus ojos.

Una comisura de los labios se le alzó apenas, pero su boca no dibujaba ese arco coqueto que rezumaba machismo de señorito con derecho a todo.

Hanson sabía por qué estaba allí, y no le hacía ninguna gracia; gruñía como una tormenta.

Maggie dio un sorbo al chai. La canela le abrasó la garganta.

—Déjese de gilipolleces, Hanson.

Las cejas del hombre se dispararon hasta la línea del pelo.

—¿Perdón?

Maggie se recostó en la silla y cruzó los brazos. En su rostro apareció la misma sonrisita apenas perceptible que le había visto a él unos segundos antes. Lo miró directamente a los ojos, sin vacilar.

—Hemos repasado sus motivos treinta veces y siempre dice lo mismo: que engañó a su mujer porque creía merecer más atención física de la que recibía y porque sabía que no lo pillarían. Pero no es por eso por lo que está aquí.

—Estoy aquí porque mi mujer me obligó a venir. Cree que soy un narcisista —puso los ojos en blanco.

El gris plateado se le apagó hasta volverse un peltre turbio: agitado, pero triste.

Los narcisistas sabían explotar tu culpa y, por lo general, eran mucho mejores manipulando.

Elroy no era bueno manipulando ni fingiendo ser un buen tipo.

Estaba desesperado. Él y su mujer ya se habían separado, y Maggie calculaba que le quedaba un mes fuera de casa antes de que ella solicitara el divorcio.

Probablemente lo haría de todos modos en cuanto comprendiera el alcance de lo que había hecho.

—Es usted un creído, eso se lo concedo a su mujer —dijo Maggie—, pero no está aquí por narcisismo. Está aquí porque pilló una ETS de una prostituta a la que ligó en el bar de un hotel.

Él cruzó los brazos, con los hombros rígidos.

—La mayoría de las mujeres esperan alguna clase de pago. Una cena, un hotel, un regalo caro… Yo pagué la casa en la que vivió mi mujer los últimos quince años. Todo el mundo tiene un precio. Al menos la prostituta fue directa al respecto.

—Todo eso está muy bien, pero es una maniobra de distracción.

—¿Una distracción de qué? —Alzó las manos—. ¡Por fin estoy siendo sincero!

—¿De verdad? Porque lo de la prostituta del hotel no se parece a los otros episodios que me ha contado, los que su mujer desconoce.

Se acostó con una mujer del trabajo, con varias mujeres que conoció por internet, pero nunca pagó por ello.

No tiene que pagar. Y usted mismo dijo que era lo bastante listo para no dejarse pillar, que fue la enfermedad lo que al final lo delató.

—Apoyó ambos pies en el suelo y esperó a que él le sostuviera la mirada—. No estaba allí por el sexo.

—Eso… Quiero decir… —balbuceó—. ¿Para qué otra cosa iba a estar?

Maggie resopló y volvió a cruzar las piernas, fingiendo despreocupación.

—¿Qué creía que iba a pasar cuando se la llevó?

—Yo… Creía que tendríamos sexo. ¿Qué otra cosa iba a pensar? Pero su voz sonó menos segura, y el brillo de sus ojos se había apagado.

—Pero utilizó protección con todas las demás mujeres. ¿Por qué no con ella, siendo, sin duda, el escarceo más arriesgado?

El rostro se le descompuso. Los ojos se le tensaron.

—Creo que quizá…

Maggie se inclinó hacia él sin apartar la vista de su cara. El cuello alto la estaba estrangulando.

—Quizá quería que me pillaran —susurró él.

Y, mientras agachaba la cabeza, Maggie no pudo evitar pensar que, si hubiera sabido interpretar bien a Tristan Simms, también habría podido ayudarlo a él, en vez de espantarlo. A veces, lo mejor de uno mismo —lo mejor de cualquiera— sencillamente no bastaba.

No podía permitirse ningún error con su siguiente paciente: la consulta que le había enviado su madre.

Helena era una mujer de cincuenta años con un pasado traumático, un marido maltratador y dos terapeutas anteriores asignados por el juzgado, ambos convencidos de que ella era la agresora a raíz de su detención por violencia doméstica.

Le habían levantado la libertad condicional apenas una semana antes.

—¿De verdad cree que puede ayudarme a sentirme mejor? —Los ojos castaños de Helena reflejaban una preocupación tensa—. Si le soy sincera, me cuesta creerlo, pero he oído… bueno, cosas. Que ayuda a la gente cuando nadie más puede.

De su madre, sin duda.

—Necesitará un plan de seguridad —dijo Maggie—. El momento de abandonar una relación es el más peligroso.

Y más aún cuando el marido de Helena era capitán de policía y una de sus exnovias había muerto en circunstancias misteriosas, aunque al final la muerte se consideró «accidental».

Helena ya sabía lo peligroso que era plantarle cara.

Había llamado a la policía después de que él la atacara, y fue ella quien acabó con un año de terapia obligatoria por violencia doméstica y una detención en su historial.

Maggie no tenía muy claro de dónde sacaba su madre aquellos casos, pero disponía de un sistema más seguro que un arsenal de armas ilegales.

—¿Dejar la relación?

Los ojos de Helena se llenaron de lágrimas. Se pasó una mano por el pelo negro y se lo recogió en un moño a la altura de la nuca, presa del pánico.

—Yo solo quiero… tener menos miedo. Estar menos deprimida, ¿sabe?

No puedo irme; lo he intentado todo para escapar.

He llamado a la policía, pero él siempre consigue hacerme parecer inestable e intenta que me encierren.

Si vuelvo a intentar que lo detengan o trato de dejarlo, me matará.

Incluso estuve mirando refugios para víctimas de violencia doméstica, pero conoce a todo el mundo allí, y…

—¿Y si le dijera que tengo un sitio para usted? ¿Una salida? ¿Se iría entonces?

Helena dejó caer la mano y arqueó una ceja, pero Maggie vio algo más que confusión en su expresión. Un destello de alivio entremezclado con el pesado manto de la duda. Era una reacción justificada: nadie había intentado ayudarla antes, al menos no de la forma que ella necesitaba.

—¿Usted… tiene una salida? ¿Por eso me mandó ella aquí?

Las lágrimas le anegaron los ojos a Helena, pero no cayeron, como si se estuvieran conteniendo del mismo modo en que ella mantenía la esperanza atenazada.

Maggie se había aferrado a una esperanza parecida: que encontraran a Aiden con vida.

Por supuesto, se había llevado una decepción atroz.

Pero si Helena salía decepcionada de allí, también acabaría muerta, y Maggie se condenaría antes que permitirlo.

Se apoyó en los codos y sostuvo la mirada vidriosa de Helena.

—Le daré lo que necesite para salir de la ciudad sin peligro. Pero tiene que estar segura de que es esto lo que quiere. Cuando se vaya, no habrá vuelta atrás…

—Aquí no me queda nada.

Una sola lágrima escapó y trazó un surco por la hondonada de la mejilla de Helena. Bajó la cabeza y se frotó los ojos con el dorso de la mano. Moratones en el antebrazo. Una cicatriz junto al codo… ¿de una cuchillada?

—Pero sigue dando un puto miedo , y…

—Lo sé. Pero podrá trabajar en ello cuando viva en paz; cuando esté físicamente a salvo, en algún lugar muy lejos de aquí.

Esa misma noche, Helena estaría escondida en la vieja casa del padre de Maggie y, al día siguiente, estaría ya camino de abandonar Fernborn. Después, los amigos de su madre —los amigos de Sammy— en la fiscalía podrían preparar un caso contra el marido de Helena.

Le tembló el labio y, esta vez, las lágrimas le rodaron por las mejillas.

—No sé qué decir. ¿Qué se le dice a alguien que te está salvando la vida, literalmente? Es como…

Las palabras se deshicieron en un sollozo desgarrador que Maggie sintió en el punto blando bajo el corazón; le ardían los ojos.

Maggie le tendió los pañuelos, intentando apagar el calor que le subía a la cara y esforzándose por mantener la voz firme, aunque por dentro se agitaba como un chihuahua hasta las cejas de cocaína.

—Nos aseguraremos de que no pueda volver a hacerle daño. Va a estar bien.

Ojalá hubiera podido hacerle la misma promesa a Aiden. O a Kevin.