Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

TRISTAN

T ristan Simms dejaba los pies reposar en el agua, mientras el borde de la piscina le raspaba los talones.

Una amplia terraza se extendía hasta la casa, y la piscina quedaba encajada en el centro como un lago en un afloramiento de piedra natural.

Su hogar le parecía muy lejos. Nada de nadar aquel día: había metido la mano para sacar un sapo del filtro y la yema del pulgar aún le escocía por el cloro.

Pero el cuchillo que empuñaba con la otra mano le ayudaba a olvidarse de aquel dolor. Por los altavoces ocultos entre el follaje, Elvis entonaba Hound Dog con una melancolía dulzona y pegajosa. Desde la consulta no había logrado sacarse al Rey de la cabeza.

Arrastró la hoja por el trozo de pino, procurando no clavarse ninguna astilla mientras el filo, afilado como una cuchilla, extraía un diminuto nudo del centro.

Hacía dos horas que había visto a Maggie Connolly cruzar el aparcamiento, con el aliento atenazado en los pulmones.

Durante aquellos tres minutos no había existido nada más; nada salvo sus rizos rojos, resplandecientes bajo las farolas como un halo.

Pero no era ningún ángel. Eso ya lo sabía.

Y aquella manera ágil de caminar, el vaivén de sus muslos bajo aquel conjunto de empollona.

¿A qué venía eso? Los lunares habían pasado de moda en los cincuenta, si es que alguna vez llegaron a estarlo.

Aquella ropa le parecía una armadura: lunares en vez de coraza de metal, pero igual de eficaz para mantener a casi todo el mundo a distancia.

Pero no a él.

En su mente, Tristan la vio desaparecer dentro del edificio desde el otro lado del aparcamiento; al instante volvió a encontrarse junto a la piscina, con el mundo bullendo de sonidos a su alrededor.

El viento silbaba entre los árboles con un gemido agudo que imitaba el de los pájaros.

El aire frío palpitaba de podredumbre; las hojas muertas ya se deslizaban contra el borde de la piscina.

Las rezagadas se aferraban a las ramas sobre su cabeza, ahogando la luna.

Tristan frunció el ceño e inhaló hondo. Los vapores de cloro le mordieron los senos nasales, le limpiaron los pulmones.

Hizo girar la hoja alrededor de la pequeña lanza de madera que sujetaba junto al meñique de la otra mano, tallando un salvaje detalle en forma de sacacorchos, mientras trataba de recordar cuándo había empezado a hacer aquello: a fabricar aquellos instrumentos de muerte.

No lo recordaba. Le parecía que no podía pensar en absoluto.

Tenía el cerebro y los oídos embotados, como si hubiera caído a la piscina y fuera incapaz de distinguir dónde estaba la superficie. Era como ahogarse.

Terminó la última curva de la diminuta espiral de cuatro púas y se incorporó con esfuerzo, con el agua pegajosa en torno a los tobillos.

Inquieto. Inestable. Nunca había sido un hombre misterioso, pero sí muy reservado, sobre todo porque sabía lo fácil que era dejar al descubierto aquello que uno quería mantener oculto.

Y Maggie Connolly lo perturbaba . Le sacaba las palabras de la boca, lo obligaba a hablar, a decir algo solo para que aquello terminara.

¿Sus padres…? ¿Un tiro? ¿Un asesinato-suicidio?

¿Por qué le había contado eso? Sabía perfectamente qué le había pasado a su madre: había sido culpa del policía, aunque no pudiera demostrarlo.

Pero si Maggie podía ayudarlo… ¿por fin conseguiría demostrar que el detective era culpable? Eso también podría demostrar que Tristan era culpable, pero quizá no importase, siempre y cuando no cayera él solo.

Le dolían los pies mientras chapoteaba sobre la piedra que rodeaba la piscina.

Ella le había hecho mentir, decidió; se lo había arrancado a la fuerza.

Había estado con aquella mujer diez minutos y ya se había puesto a largar como un niñato de fraternidad borracho.

Estúpido. Era una estupidez, sobre todo porque quizá la policía ya la hubiera presionado.

¿Y si era así? ¿Ya la habrían puesto en su contra?

Desde luego, lo había mirado como si lo conociera.

Por eso necesitaba un seguro; por eso la había seguido hasta aquel club. Pocos sabrían qué había al otro lado de aquella anodina fachada, pero él había ganado millones escarbando en cosas que los demás no querían que nadie supiera.

Su negocio eran los secretos. Igual que Maggie Connolly.

Pero no todos los secretos eran fáciles de guardar. ¿Dónde pondría el límite? Era imposible saberlo, y no podía pedirle consejo a la persona que lo había enviado a Maggie.

Ya no.

Se detuvo junto a los jardines, al fondo de la terraza de la piscina.

A ambos lados se alzaban macizos de hortensias blancas y azules que ocultaban tras de sí las redes y las bombas; las ramas, cargadas de flores sedosas, se vencían al morir la estación.

Se agachó en el rincón donde una fina capa de pétalos y hojas caídas cubría la tierra negra y compacta.

Crujieron al tocarlas, quebradizas como un cristal demasiado fino.

Tristan no podía permitirse cometer más errores. Tenía que asegurarse de que Maggie no se pusiera de parte de ellos cuando por fin fueran a por ella. Y si aquella tarde la había cagado —que la había cagado—, tendría que moverse con mucho cuidado para cubrirse las espaldas.

Introdujo la estaca de madera en la tierra y raspó con ella.

A la caza.

Tristan no tuvo que esperar mucho. La tierra onduló y tembló mientras las criaturas que había debajo trataban de enterrarse más hondo, de escapar.

Hundió la estaca en el suelo, procurando no mancharse las manos de porquería; el escarabajo que había debajo se retorció y luego se rindió.

Sintió cómo se quebraba el caparazón; también lo oyó: el satisfactorio chasquido del exoesqueleto.

Se incorporó con cuidado y entrecerró los ojos para examinarse las yemas de los dedos: ni rastro de tierra. Las losas de piedra estaban frías bajo sus pies. A la luz de la luna, la piscina había cambiado de color: un blanco plateado, como el ojo muerto de un gigante malvado.

Malvado. La palabra resonó en su cabeza.

Durante los últimos años, algo se había apoderado de su cuerpo —de su cerebro—, y solo entonces empezaba a comprender hasta dónde llegaba su malicia.

El medallón se volvió incandescente, un pequeño círculo de acero fundido justo por encima de la clavícula.

A su madre, piadosa como era, le había encantado, pero ahora él lo sentía como un peso al cuello.

Un peso que lo arrastraba hacia abajo.

Espera… no.

Se llevó los dedos al pecho. El collar no estaba allí.

Estaba alucinando. Agotamiento, sin duda. Llevaba días sin dormir, y cuando dormía… bueno. ¿Quién moriría la próxima vez que el cansancio lo arrastrase a la cama?

Tristan se agachó bajo el alero del porche.

Paredes angulosas de cristal lo rodeaban como si ya estuviera dentro de la casa.

Al otro lado del ventanal se extendía el salón: sofás largos y negros, alfombras grises, arte moderno en las paredes, la chimenea oscura y fría.

A su izquierda distinguía el dormitorio, con los ventanales altos perfectamente dispuestos para dejar entrar la luz de la luna. Pero tampoco iba allí.

Se volvió hacia la derecha, hacia la pared de cristal que separaba su despacho del exterior. Pero aquella pared no era una ventana. Un acuario de agua dulce, del suelo al techo, le devolvía la mirada. Justo delante de él había una tapa larga y rectangular: el comedero.

El agua centelleó al acercarse. Primero apareció un pez, luego otro; sus cuerpos plateados brillaban bajo la luna, y el rojo de sus vientres se fundía en una franja retorcida que parecía una cinta de sangre.

Las pirañas eran muy de villano de la vieja escuela, pero no le gustaban por eso.

Las tenía porque se comían cualquier cosa.

Los peces lo observaban mientras se lanzaban hacia el centro del acuario, peleándose por acercarse al comedero.

Desprendió el escarabajo de la punta de su arma improvisada.

Estaba frío y viscoso, pero no le repugnaba como la tierra.

Los peces se agitaban; el agua se enturbiaba como el oleaje del mar.

Sostuvo el insecto y contempló cómo se estremecía una de sus patas moribundas mientras el animal se debatía sobre la abertura del acuario.

Tristan lo soltó.

Los peces se abalanzaron sobre el escarabajo, embistiéndose y dándose dentelladas, retorciéndose y luchando.

El agua siseó y se arremolinó y, mientras lo pensaba, oyó junto a su oído el siseo de un aliento furioso.

Sintió dientes en el cuello, el pinchazo de unas uñas en la espalda.

Olió la sangre, empalagosa y metálica al fondo de la garganta. Algo iba mal en él. Muy, muy mal.

Estoy perdiendo la cabeza.

Un ala solitaria de escarabajo se desprendió de la refriega y flotó, ondulando en la corriente convulsa, antes de que otro pez la engullera de un bocado.

En cuestión de segundos, el agua se calmó.

La horrible criatura había desaparecido.